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11 ene. 2011

En Japón, después de 60 años de la « Purga roja », que supuso la persecución de decenas de miles de comunistas, las víctimas todavía luchan para restablecer su honor.


Publicado inicialmente en Akahata, periódico del Partido Comunista Japonés.
El año que acaba de terminar se cumplía el 60 aniversario de la “Purga roja”, una depuración masiva de miembros y simpatizantes del Partido Comunista Japonés durante la ocupación estadounidense del Japón. Lo que sigue son extractos de una entrevista de Akahata a Kaneko Keiki, que lleva adelante una lucha nacional de las víctimas de la “Purga roja” para restableces su honor y obtener una compensación del Estado por los sufrimientos soportados :

En 1949, se organizaron despidos masivos de miembros del Partido Comunista Japonés y de sindicalistas en las administraciones y empresas privadas. El año siguiente, la ola de despidos injustificados afectó a todos los sectores de actividad el Japón, expulsando a unos de 40.000 trabajadores de sus lugares de trabajo por “subversivos”.

La « Purga roja » en la estrategia patronal e imperialista de destrucción del movimiento comunista y de clase japonés.

La « Purga roja » fue puesta en práctica por el gobierno y la patronal japonesa bajo la dirección de las fuerzas de ocupación norteamericanas. Todo esto formaba parte de su intento de hacer de Japón un “dique anticomunista” en plena emergencia de luchas obreras y a la vista de la influencia adquirida por el Partido Comunista en el país así como de los progresos de los movimientos populares a escala internacional.

Las víctimas y sus familias sufrieron daños incalculables social y económicamente. Sus sufrimientos eran tantos que algunos incluso se suicidaron. El acontecimiento supuso igualmente un golpe fatal a los movimientos nacionales de defensa de las condiciones de vida del pueblo y de los derechos humanos fundamentales, así como la materialización de una recuperación económica independiente y de una paz verdadera. Abrió la vía a la subordinación actual del Japón a los Estados Unidos y a la patronal japonesa.

La justicia japonesa continúa justificando los despidos de la “Purga roja” y legitimando las discriminaciones en el empleo.

Los gobiernos norteamericano y japonés, así como la patronal japonesa, nunca han presentado excusas por la “Purga roja” o aportado cualquier apoyo a las víctimas. El Tribunal Supremo dejó de lado el principio de independencia judicial y dictó un veredicto humillante de apoyo a los despidos ilegales. Esto debe ser reconocido como causa original de la discriminación continua contra los trabajadores basada en sus convicciones que todavía existe en muchos lugares de trabajo.

La lucha de las víctimas ha continuado de diferentes formas, tales como peticiones, luchas judiciales y denuncias ante el gobierno.

Los abogados japoneses denuncian la ilegalidad de las purgas y solicitan compensaciones para las víctimas : ¿un inicio de rehabilitación ?

El momento crucial para nuestro movimiento han sido las recomendaciones recientemente dirigidas al gobierno por la Federación de Abogados de Japón (JFBA) y sus secciones locales de Yokohama, Nagasaki y Sendai. Esta recomendaciones denuncian los despidos masivos de comunistas como una violación de la libertad d conciencia, de la igualdad de todos ante la ley y de la libertad de asociación. Exhortan al gobierno a restablecer el honor de las víctimas y ofrecerles una compensación por los daños causados.

Estas recomendaciones han recalcado la ilegalidad de las “Purgas rojas”, creando mejores condiciones para que nuestro movimiento pueda finalmente concluir este asunto con una solución justa.

JC para S.I.
Traducción: J.A.Pina

Tomado:L`Humanité.es

10 dic. 2010

El monstruo del cielo



El mito de que el piloto del avión que arrojó la bomba sobre Hiroshima había ingresado en un convento para expiar su culpa dio pie, en la Argentina de la dictadura, a un cómic de Robin Wood llamado “Harry White”. En el cómic, el piloto no se internaba en un convento sino en un monasterio japonés y encontraba alivio no en el recogimiento sino en los golpes de karate con los que hacía justicia por mano propia cuando salía después a recorrer mundo. Típico de Wood ver el filón barato (mezclar Hiroshima con la serie Kung-fu, que por entonces hacía furor) pero traicionar el sentido profundo de aquella historia: en la vida real hubo un miembro del escuadrón que bombardeó Hiroshima que terminó internado por la culpa, pero no en un monasterio, sino en un psiquiátrico del ejército yanqui, y no intentó después solucionar las cosas a golpes de karate, sino que se hizo peacenik, como se denominaba por entonces a los militantes del movimiento antinuclear.

Claude Eatherly ni siquiera iba en el Enola Gay, argumentaban sus compañeros de escuadrón. Es cierto: iba en otro B-29, el que sobrevoló la zona minutos antes, sopesó las condiciones meteorológicas y dio al comandante del Enola Gay las coordenadas exactas del puente que unía el cuartel general del ejército nipón con la ciudad de Hiroshima. Ese era el supuesto objetivo (la tripulación ignoraba el poder de la bomba atómica). Un cambio brusco en las nubes produjo un error de cálculo y la bomba cayó a 300 metros del puente, haciendo impacto en el hospital más grande de la ciudad. Eatherly no participó del vuelo a Nagasaki tres días después, pero se sintió involucrado igual: muchos de los heridos de Hiroshima estaban en hospitales y salas de auxilio de Nagasaki en el momento en que cayó la segunda bomba.

Los miembros del escuadrón fueron recibidos como héroes al volver a su país. Eatherly no pudo soportarlo: pidió la baja en 1947. La culpa lo abrumaba. Mandaba a Hiroshima sobres con su paga del ejército adentro, intentó suicidarse tres veces, trató también de hacerse encerrar en prisión cometiendo pequeños delitos. La Fuerza Aérea intervino en cada ocasión y en 1958 “convenció” a Eatherly de que se internara voluntariamente en el pabellón psiquiátrico del Hospital de Veteranos de Guerra de Waco, Texas (sí: Waco; qué mala vibra ha de tener ese lugar). En un error que después lamentaría la Inteligencia militar norteamericana, se permitió que la revista Newsweek publicara un suelto sobre Eatherly y su internación. Ese artículo fue leído en Austria por el filósofo y activista antinuclear Günther Anders, que había sido el primer marido de Hannah Arendt, había sobrevivido al Holocausto y venía de escribir en esos días un libro sobre Hiroshima. Anders comprendió que tenía ante sus ojos un ejemplar único y procedió a escribirle a Eatherly una carta que generó una conmovedora respuesta. Ambas cartas se publicaron juntas, en Alemania y en Japón primero, y luego en los diferentes países del mundo como parte de la campaña antinuclear. Anders le decía a Eatherly: “Usted es otra víctima de Hiroshima. Su país prefirió verlo como un héroe y como un enfermo mental después simplemente porque usted escucha su conciencia en lugar de acallarla pensando, como sus compañeros de misión, que sólo cumplieron órdenes o que la bomba sirvió para salvar millones de vidas”.

A partir de entonces comienza entre ambos una correspondencia en la que Anders incita a Eatherly a hacer contacto con víctimas de Hiroshima. Eatherly lo hace y los japoneses aceptan a tal punto su pedido de perdón que lo invitan a vivir allí cuando salga. Eatherly recibe cartas de todas partes del mundo. El Departamento de Estado empieza a inquietarse. Por la misma época empieza el juicio a Eichmann en Israel y el abogado defensor de éste argumenta en determinado momento que Eichmann “es, en todo caso, tan culpable como el piloto que tiró la bomba sobre Hiroshima”. Por la misma época, Paul Tibbets, comandante del Enola Gay en el infausto vuelo y recién llegado como agregado militar a la embajada de Estados Unidos en la India, es recibido con manifestaciones de protesta y escándalo diplomático, luego de declarar: “Estoy orgulloso de lo que hice y volvería a hacerlo”. La correspondencia de Anders y Eatherly intenta procesar estos hechos mientras dedica sus principales esfuerzos a la lucha de Eatherly por salir del hospital. A pesar de haberse internado voluntariamente, Claude necesita ser dado de alta para salir y las autoridades apelan a cualquier subterfugio para impedirlo: que tiene tendencias suicidas, que su familia no quiere hacerse cargo de él, que sus trastornos mentales se han intensificado. Desde Bertrand Russell hasta Robert Jüngk piden por la libertad de Eatherly. Anders escribe una carta abierta a JFK cuando éste asume como presidente, conminándolo a fijar su posición moral frente al tema nuclear interviniendo en el caso.

No hay respuesta oficial hasta que, en 1962, Eatherly es discretísimamente liberado. Justo en esos días se publica el libro con la correspondencia entre Anders y Eatherly, en cuyo epílogo el filósofo austríaco dice: “Desde que este libro entró en imprenta, Claude ha sido liberado, aunque su situación puede volver a cambiar cuando se lean estas líneas. Me consolaría decir que las autoridades norteamericanas acabaron por comprender lo que estaba en juego y que este feliz desenlace se lo debemos a ellas. Por desgracia no es así. Aunque las condiciones de vida de Claude hayan cambiado, su caso no se ha comprendido aún. Los autoridades norteamericanas quisieron hacer de él un héroe nacional y un enfermo mental. Ya no tienen derecho a hacerlo, pues actuaron por falsas razones en ambos casos. Les corresponde ahora conceder a Claude la mínima libertad de dejarlo en paz”.

Ninguna de las editoriales grandes de Estados Unidos quiso saber nada con el libro. Se publicó en un sello ignoto. A los dos meses estalló la Crisis de los Misiles y Eatherly se perdió en el anonimato en el que habían anhelado ocultarlo las autoridades. La traducción al castellano del libro acaba de aparecer, “rescatada” por Paidós sin dar muchas explicaciones: nada se dice en ella de lo que le pasó después a Eatherly. Es casi imposible encontrar rastros sobre el resto de su vida. Sólo se sabe que volvió a ser internado en 1964 y que en algún momento recibió el alta porque se volvió a casar, tuvo dos hijas y vivió, vaya a saberse si en paz o simplemente dopado por pastillas, hasta que en 1978 se lo devoró un cáncer, según el brevísimo obituario que le dedicó el The New York Times donde se citaba a su hermano diciendo que el cáncer pudo deberse a la radiación a la que estuvo sometido Claude cuando participó de las polémicas pruebas nucleares en el atolón Bikini, pero que “no creía en absoluto” que Hiroshima hubiese sido la causa de sus trastornos mentales. El obituario terminaba ignominiosamente, informando que un pelotón militar había despedido el ataúd con una salva de honor.

Juan Forn

Tomado: Página 12

5 sept. 2010

Estereotipos de guerra aprendidos de pequeños


A finales de los años 50, mi padre iba a la papelería Reynolds, en la calle Maidston Hight, a comprar tabaco para su pipa e historietas para mí. Historietas de guerra, 64 páginas de violencia de bolsillo en que los heroicos británicos recibían disparos, puñaladas; eran estrangulados y bombardeados por alemanes o japoneses. Jinetes del Aire, Patrulla Birmana, Estalingrado, Hijos de la Gloria, Puñetazo Armado, El Cielo en Llamas, todos estos títulos digeridos con avidez por Robert, de entonces 12 años.

Ahí, en la página cinco de Guerra de un solo Hombre, un jactancioso Rommel, en 1940, decía a sus oficiales que el ejército francés estaba derrotado.«Excelente», dice uno de ellos. «Y esos perros británicos serán arrasados». Un soldado armado con un rifle a bordo de un avión Stuka dispara y el piloto grita:«Retuérzanse bajo la Luftwaffe, ingleses… ¡AAAGH!» (…) «Esos cerdos ingleses han usado todas sus municiones», arenga otro nazi.«Sepulten en el valle a toda esa carroña británica», vocifera un soldado de los Cuerpos Africanos de Alemania.«Hundan a esos cerdos ingleses», ordena un oficial alemán después del Día D. “Donner und Blitzen! (¡Truenos y rayos!), ¡son los estadunidenses!, ACHTUNG!”, ese fue siempre mi diálogo favorito. Así como cuando el cabo David Fisher le rompe el cuello a un soldado alemán y le dice: «A dormir, cabezudo».

Desenterré estos horrores de a céntimo el otro día de una caja de cartón que mi madre -quien, como yo, almacenaba como una urraca- tuvo en el ático de su casa durante medio siglo. Ahora, a 12 años de su muerte, encontré la caja repleta de decenas de historietas publicadas por Amalgamated Press (ahora IPC), con las que generaciones de escolares aprendieron que los alemanes y los japoneses eran infrahumanos y nosotros, los británicos -y también a veces también los franceses, estadounidenses y soviéticos-, luchábamos valerosamente contra esas«hordas».

Las ilustraciones eran muy detalladas, en ocasiones dibujadas por hombres que habían estado en batalla. Las balas eran líneas rectas que atravesaban las cabezas y vientres de los alemanes y laceraban a los miembros de la patrulla birmana. Cuando dichas balas le daban a los nuestros, éstos gemían ¡UGH!, y no«¡AAAGH!», como los alemanes.

Los vehículos militares y los tanques Panzer de los alemanes, los bombarderos Mustang y Yak eran retratados con detalle obsesivo. La mayor parte de los conflictos era verídica -El Alamein, Dieppe, la batalla de Bulge, la de Bismarck, la de Estalingrado, el Blitz-, todo esto confería una fantasmal autenticidad a las ingeniosas sentencias de uno de los arrojados pilotos que derribaba aviones alemanes sobre las blancas colinas de Dover: «Deberías fijarte por dónde vas».

«Tómense un trago a mi salud, muchachos», dice un oficial canadiense a su regreso de Dieppe. «Ojalá volvamos a trabajar juntos, son un gran equipo». La batalla de Dieppe, señala el autor, fue «una hazaña magnífica»pero que «fracasó». Entre otras cosas, hubo 3 mil 500 bajas canadienses, muertos y heridos en la tan vanagloriada operación de Mountbatten.

Los civiles eran objeto de bombardeos en las calles de Londres, en las estepas rusas y los malayos estaban bajo ocupación nazi. Todos estos son personajes entrañables, pero los civiles alemanes y japoneses no existen. “Mike Thompson pilotea suLancaster durante el primero de los mil bombardeos que se lanzarán contra Colonia, un importante centro industrial”, afirma el autor de Alas de Guerra a sus jóvenes lectores. Ni una palabra sobre los 411 civiles muertos. Cuando Thompson bombardea Hamburgo, el autor de Avión Explorador admite que «siguieron dos horas y media de terror para aquellos en tierra» y que una lluvia de fuego creó «un tifón nunca antes visto». Cinco borrosas y diminutas figuras negras que corren por entre las llamas son el único indicio de los 50 mil civiles que murieron esa noche.

Los ataques de la Real Fuerza Aérea sobre la ciudad francesa de Caen, ocupada por los nazis, tienen como fin «devastar las defensas enemigas», y nuevamente no se menciona a los mil 150 civiles franceses muertos. Cuando los aliados destruyen el monasterio de 10 siglos de Monte Cassino, se nos contó que «al caer, las bombas espantaron a los monjes de este fabuloso monasterio».«¿Lo ocupaban aún los alemanes? Eso nunca lo sabremos». De hecho, los únicos alemanes que quedaban en el recinto eran los que estaban tan mal heridos que, según el testimonio de un soldado polaco, «parecían animales salvajes». Nada vimos de ellos en la versión de historieta.

Muy ocasionalmente, los alemanes se convierten en humanos, cuando los doctores británicos los atienden cuando están heridos. En el título Scramble!, un piloto alemán reta a sus rivales de la Real Fuerza Aérea a un duelo al pelotón conocido como «los chicos de Abberville». En dicho duelo, ambos participantes resultan heridos pero sobreviven.

En su manifestación más racista, las historietas cubren la guerra con los japoneses. «El emperador nos ha ordenado aleccionar a estos perros ínfimos para que entiendan que somos hijos de Japón», dice un japonés sobre los británicos en Malasia. Pero no teman, un vivaz soldado esta ahí para«acabar con todos los japoneses» al grito de «¡Vengan y retáquense, changos risueños!»

Curiosamente, dado que la guerra fría estaba en su punto álgido cuando empezaron a imprimirse estas historietas en 1958, el «camarada Stalin» y los soviéticos son tratados con respecto. Estalingrado incluso tiene una historia de amor (que involucra, desde luego, a una enfermera), si bien resulta improbable que un soldado del Ejército Rojo arengue a sus camaradas al grito de «por San Nicolás», mientras dejan tras de sí baños de sangre.

La colección Biblioteca Ilustrada de Combates llegó a incluir enfrentamientos posteriores. «Los gallardos soldados chinos» luchando contra los japoneses en Los Tigres del Aire se tranforman en los «diablillos amarillos» que atacan a las fuerzas estadunidenses en Corea. En Dien Bien Phu, un artillero Viet Minh grita «¡Fuego contra el hospital!», mientras un oficial médico francés observa: «Es un crimen contra la humanidad disparar así contra los heridos».

La guerra es terrible y gloriosa. Acaben con los hunos y los nipones. No se preocupen por los civiles enemigos. Si, ya sé que los nazis y japoneses eran el mal personificado. Pero me queda la idea de que otros adolescentes que leyeron estos absurdos podrían incluir a algunos altos funcionarios y diplomáticos que nos mandaron a la guerra en Afganistán, en 2001, y a Iraq, en 2003.

¿Será que estas historietas marcan a los jóvenes? Me pregunto si a esto se debe que hayan llamado a Saddam Hussein «el Hitler del Tigris», y que los talibanes se hayan convertido en «los nazis de Kabul».

Robert Fisk

Tomado de © The Independent.

Traducción: Gabriela Fonseca,

Tomado: La Jornada, México)

1 sept. 2009

Los costes humanos de la II Guerra Mundial

Se nos suele ofrecer una visión de la II Guerra Mundial que se compone sobre todo de escenas de batallas terrestres y navalesStalingrado, El Alamein, Normandía, Midway, protagonizadas por tanques, aviones, acorazados o submarinos. Pero si tomamos en cuenta lo que la guerra significó en términos de su coste en vidas humanas, que se cifra en torno a los 70 millones, su historia se transforma por completo . Lo primero que sorprende es descubrir que la supuesta contienda mundial fue, sobre todo, una guerra entre alemanes y rusos: de los 20 millones de militares muertos, 16 eran de los ejércitos soviético y alemán, mientras que las de los ejércitos de Francia, Reino Unido y EEUU, sumadas, pasan muy poco de un millón. De los 20 millones de militares muertos,16 eran de los ejércitos soviético y alemán Más importante aún es percatarse de que una de las características que distinguen esta guerra de las que se produjeron anteriormente en la Historia es el hecho de que hubo muchas más muertes civiles que militares: por lo menos dos de cada tres de los fallecidos en la guerra fueron hombres, mujeres y niños asesinados al margen de cualquier proceso legal, aniquilados en campos de internamiento o de trabajo, o víctimas del hambre causada por la contienda. Las batallas nos ofrecen espectáculos terribles: los 60.000 soldados alemanes muertos en Stalingrado y la destrucción producida en Kursk, la mayor batalla de todos los tiempos, en la que participaron millones de hombres, 13.000 tanques y 12.000 aviones. Jrushchov, que recorrió aquel campo días más tarde, recordaría toda su vida los centenares de tanques que empezaban a oxidarse bajo el sol del verano, después de haber ardido con sus tripulaciones dentro, y el olor a muerte que se extendía por todos lados. O la última gran batalla de la guerra, la de Okinawa , donde murieron 70.000 soldados japoneses y 12.000 norteamericanos y donde perecieron también más de 100.000 de los habitantes de la isla, atrapados entre el fuego de ambos bandos. Dos grandes carnicerías Y, sin embargo, estos no son más que episodios menores en comparación con las dos mayores carnicerías de la guerra, que fueron el holocausto nazi y el más olvidado, pero no menos atroz, de los japoneses en su intento de conquista del continente asiático . En el caso de los nazis, se habla siempre de los cerca de seis millones de judíos exterminados, pero se suele olvidar que no fueron las únicas víctimas, sino que hay que incluir, entre otros, a más de tres millones de prisioneros de guerra soviéticos que fueron internados en reductos vigilados, sin alimentos para sobrevivir. La Guía del Holocausto de la Universidad de Columbia admite que, en una definición amplia, se puede considerar que las víctimas del holocausto nazi fueron unos 17 millones. Mientras los crímenes nazis recibieron amplia publicidad al término de la guerra, no sucedió lo mismo con los de Japón, a quien se atribuyen de 20 a 30 millones de víctimas civiles, en especial de etnia china, pero que se benefició de una ocultación que favorecieron los norteamericanos, interesados en conseguir su colaboración en la Guerra Fría. En comparación con la amplia difusión de lo sucedido en campos como el de Auschwitz, se habló mucho menos de las atrocidades cometidas por los japoneses con los prisioneros de guerra y los civiles en los cruceros de la muerte y en unos campos de concentración en que se les obligaba a trabajos agotadores. O se habló mucho más de Mengele que del general Ishii Shiro, que dirigía el centro de investigación de armas bacteriológicas de Pingfan , cerca de Harbin (en Manchuria), conocido como "unidad secreta 731", donde un millar de investigadores japoneses experimentaron armas bacteriológicas con los presos chinos y practicaron la vivisección sin anestesia en seres humanos. Se decidió echar tierra sobre las responsabilidades de quienes habían participado en esta infamia y se les ofreció inmunidad a cambio de los resultados de sus investigaciones. Para satisfacer las demandas de venganza, se escenificó en Alemania una representación de castigo en el proceso de Núremberg, que dictó 12 sentencias de muerte, al igual que se hizo en otro proceso similar en Tokio. Pero la realidad fue que hubo poco empeño en castigar a los que habían cometido estos crímenes. Muchas sentencias de muerte a miembros de la Gestapo o de las SS fueron conmutadas al poco tiempo, de modo que algunos estaban a los pocos años en cargos directivos de las grandes empresas alemanas. Y los industriales, que se habían beneficiado explotando inhumanamente a los trabajadores esclavos, salieron bien librados. En especial los japoneses, que se niegan todavía hoy a pagar ninguna indemnización, alegando, como hace Mitsubishi, que es discutible afirmar que los japoneses invadieran China y que esta compleja cuestión debe dejarse para que la aclaren en el futuro los historiadores (en 2008 el general Tamogami, jefe de la fuerza aérea japonesa, sostuvo públicamente que la ocupación de territorios asiáticos la habían hecho para liberarlos del imperialismo occidental). Millones de expulsados Pero la existencia de estos casos de impunidad, de los que se beneficiaron sobre todo las clases dirigentes, no implica que la derrota no causara numerosas víctimas, de las que no se suele hablar y que no se agregan a las listas de las de guerra, como en estricta justicia debería hacerse. El mayor de los daños sufridos por los derrotados fue, en Europa, el del desplazamiento de civiles, en especial de alemanes, no sólo de las tierras ocupadas después de la conquista nazi, sino de regiones en que sus familias vivían desde hacía mucho tiempo. Todo comenzó con la despavorida marcha hacia el oeste de los que habitaban en la Prusia oriental, en Pomerania y en Silesia, ante el avance de los ejércitos rusos. En el verano de 1945, apenas acabada la guerra, cinco millones de alemanes habían participado en esta fuga. Y ése era tan sólo el comienzo. Lo peor fue la expulsión, en los tres años siguientes y de acuerdo con medidas aprobadas en Potsdam por las potencias vencedoras, de otros siete millones de hombres y mujeres que habitaban en Polonia , Checoslovaquia, Rumanía o Hungría. El coste total en términos de vidas humanas de esta sangrienta posguerra europea, como consecuencia de los malos tratos, violaciones, linchamientos y suicidios que sufrieron los expulsados, en especial los que vivían en Polonia y Checoslovaquia, puede haber sido de unos dos millones de civiles, sin contar otros tantos, o tal vez más, entre los soldados presos en manos de los vencedores. Japón se vio igualmente obligado a repatriar a cerca de siete millones, que no eran sólo los soldados, sino los numerosos civiles que se habían instalado en Corea, Manchuria y Taiwán. Esta mirada hacia atrás sobre los costes humanos de la II Guerra Mundial debería no sólo cambiar nuestra percepción del drama de esta guerra, sino hacernos más sensibles a los costes humanos de la violencia que reina hoy en un orden mundial desquiciado, que sigue cobrándose vidas humanas en los últimos 10 años, por ejemplo, unos cinco millones en el Congo ante la indiferencia general. Josep Fontana Tomado de Rebelión

31 ago. 2009

Elecciones en Japón

Votantes japoneses desplazan del gobierno a partido conservador El electorado de Japón desplazó al conservador Partido Liberal Democrático y puso fin así a 55 años de gobierno prácticamente ininterrumpido. En las elecciones celebradas el domingo, el populista Partido Democrático de Japón obtuvo la cantidad récord de 308 escaños de los 408 que conforman la cámara baja del parlamento. Se trata de la peor elección del conservador Partido Liberal Democrático desde su fundación en 1955. Un analista describió los resultados electorales como una revolución sin derramamiento de sangre, la primera transferencia de poder de un partido a otro en el Japón de posguerra. Se prevé que Yukio Hatoyama, líder del Partido Democrático, se convierta en el nuevo primer ministro del país. Hatoyama siempre criticó la estrecha relación de Japón con Estados Unidos. El profesor Koichi Nakano, de la Universidad de Sophia, dijo: “El Partido Democrático de Japón pone más énfasis en Asia. También pone más énfasis en el marco de las Naciones Unidas, en contraposición a la postura de simplemente seguir la línea marcada por Estados Unidos. Por lo tanto, esa parece ser la diferencia fundamental, es decir, la de afirmar que sus alternativas políticas no se ajustan simplemente a Estados Unidos, sino que van a desarrollar la relación con China, con otros vecinos asiáticos, y también tratar de trabajar dentro del marco de las Naciones Unidas, mucho más que en el gobierno del Partido Liberal Democrático”. Durante la campaña electoral, el líder del Partido Democrático, Yukio Hatoyama, cuestionó el papel de los 50.000 soldados desplegados en todo el territorio japonés y afirmó que no renovaría el mandato de los buques japoneses que están en misión de reabastecimiento de combustible en el Océano Índico en apoyo de las actividades militares dirigidas por Estados Unidos en Afganistán. Hatoyama también afirmó que Japón permanecerá desnuclearizado bajo su liderazgo y que buscará obtener el compromiso estadounidense de que no lleguen barcos con armamento nuclear de esa nacionalidad a los puertos japoneses. Tomado de Democracy Now
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