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6 dic. 2010

Buitres y cumbres


Caricatura: El Roto
Una de las imágenes que mejor ha retratado nuestro demencial modelo de desarrollo tuvo como protagonistas a una niña, a un buitre y a un fotógrafo.

Hace ya unos cuantos años Kevin Carter tomaba la fotografía que lo llevaría a ganar el premio Pulitzer de fotoperiodismo cuando el objetivo de su cámara tropezó en Sudán con una niña reclinada sobre sus largos huesos, sola y desnuda, a punto de desplomarse. A escasos metros de ella, un buitre esperaba por el festín.

Al recibir Kevin Carter el premio maldijo la hora en que hizo aquella fotografía. Meses después se suicidaba. Nunca consiguió dejar de verla.

De los protagonistas de aquella historia sólo ha quedado uno con vida: el buitre.

En estos días concluía en Cancún otro de esos encuentros, cumbres les llaman, en las que los sordos exhiben su mejores retóricas y los mudos exponen sus calladas memorias. En esta ocasión se trataba del cambio climático y la cumbre ha tenido como protagonistas a un tercer mundo reclamando su derecho a existir, a un primer mundo festejando como nuevos sus mentidos compromisos pasados, y a Wikileaks revelando todas las infames maniobras del gobierno estadounidense para despojar de contenidos los escasos acuerdos que sobrevivieron a la penúltima farsa al respecto celebrada en Copenhague. “El cambio climático, como el hambre o la miseria, no es violencia ni terrorismo sino enfermedad o mala suerte” sentencia la lógica del mercado por boca de los medios que insisten en mirar para otro lado.

También de los protagonistas de esta historia sólo ha quedado uno con vida: el buitre.

Koldo Campos Sagaseta

Tomado: Cronopiando.com

14 may. 2010

Los nuevos amos de África

El desembarco de China ha empezado a cambiar la cara del continente. Desde Argelia a Mozambique. De Sudán a Zambia. De Mauritania a Congo. La huella del gigante asiático es cada día más visible. Objetivo: las materias primas locales que permiten a la potencia económica oriental continuar con su imparable crecimiento. Este es un viaje al encuentro de dos mundos muy diferentes. Así transcurre la “larga marcha” hacia África. En medio de la nada, a 14 kilómetros de Maputo, un millar de operarios trabaja en la construcción del nuevo estadio nacional de la capital de Mozambique, que en 2011 albergará los Juegos Pan Africanos. Una cúpula de inconfundible estilo oriental corona la entrada del coliseo en obras, que recibe al visitante con varias frases en caligrafía china y en portugués. "Este proyecto será hecho con la mayor perfección para dar gloria a China", dice una de ellas. Las mismas señas de identidad adornan la construcción de la terminal nueva del aeropuerto internacional, que ejecuta también una empresa china, con un crédito blando del banco de exportaciones e importaciones de China (EXIM Bank). "Estar unido, ser pragmático, pedir excelencia ”Calidad, rapidez, eficiencia". Son consignas que el nuevo amigo de África disemina por todos los rincones del continente. Desde Argelia a Mozambique, de Sudán a Zambia, o de Mauritania a Congo, la huella de China es cada día más visible. La ecuación es simple: el gigante necesita materias primas para mantener un ritmo de crecimiento imparable (entre 7% y 9% de promedio en la última década). Petróleo, madera, cobre, hierro, níquel, aluminio, carbón ,oro, diamantes y otras piedras preciosas, viajan desde África a Extremo Oriente para alimentar una maquinaria insaciable. A cambio, miles de obreros chinos trabajan a destajo en la construcción de carreteras, puentes, presas, centrales eléctricas, estadios, edificios públicos. La cara de muchos países africanos ha empezado a cambiar desde el aterrizaje masivo de la cooperación china. El presidente Hu Jintao prometió en el cuarto Foro de Cooperación China-África, celebrado en Egipto en noviembre pasado, un préstamo de 10.000 millones de dólares para poner en pie un sistema financiero robusto en el continente africano. China ha desplazado a Estados Unidos como mercado principal de diversos minerales y, en consecuencia, tiene mucho que decir en la configuración de los precios internacionales. Todo ha ocurrido muy rápido. La necesidad de materias primas determina en gran medida la política exterior de una potencia. Ha sucedido con Reino Unido y Estados Unidos desde el siglo XIX, y lo mismo ocurre con China. Un marcador electrónico indica que faltan 154 días para la conclusión del estadio nacional de Maputo. Los trabajos avanzan a buen ritmo para cumplir el plazo de entrega. Setecientos mozambiqueños están en el eslabón más bajo de la cadena -pocos pasan de peones-, mientras que unos 300 chinos acaparan los puestos directivos y técnicos. "Ellos son los jefes, nosotros, los esclavos", dice Eduardo Abrar, director de recursos humanos en un despacho destartalado. El idioma impide una comunicación fluida entre dos mundos tan distintos. Dos intérpretes del chino al inglés y del portugués al inglés poco pueden hacer para que todos se entiendan en este enjambre humano. Los obreros chinos viven en pabellones dentro del recinto del estadio. A la entrada de muchas viviendas hay ropa colgada, monos de trabajo de color gris y rosa, y cascos. Aquí trabajan, comen y duermen los siete días de la semana. Sólo un grupo sale para comprar en el mercado alimentos frescos. Los demás productos llegan de China. Es sábado por la mañana y una delegación oficial, encabezada por el ministro de Juventud y Deporte, visita el avance de las obras. La tensión sube varios grados cuando los representantes del Gobierno se quejan de la mala calidad del asfalto en la zona del aparcamiento, y de las maderas utilizadas en el interior del estadio. Caras largas de Deng Lai, director general de las obras, ante los lamentos del ministro. Maputo vive un boom inmobiliario sin precedentes. Los edificios en construcción o en rehabilitación suman más de 140 en una ciudad de 1,4 millones de habitantes. En la mayoría de las obras están los chinos, que han instaurado una nueva filosofía de trabajo, con subcontratación de empleados y jornadas de trabajo interminables. "La ley protege claramente a la mano de obra local. Sólo puede trabajar el extranjero especializado que no compite con un mozambiqueño", explica Fernando Lima, presidente del grupo de comunicación Mediacorp. La realidad es bien distinta: "En la construcción civil los chinos ocupan hasta puestos de trabajo no especializado. Ningún medio informativo mozambiqueño ha publicado una línea del tema. Ni nosotros", revela Lima. Casi tres cuartas partes del territorio de Mozambique está cubierto de bosque y selva, que producen una amplia variedad de maderas de todas las calidades. China ha entrado en este sector con su voracidad habitual, con la complicidad de quienes otorgan las licencias, y se ha convertido en el primer comprador de madera en África oriental. Carlos Serra Jr., reputado ambientalista, fue uno de los fundadores de la organización Justiça Ambiental y trabaja actualmente en la formación de jueces en Derecho del Medio Ambiente. "Aquí hubo una época que parecía el Far West, depredación de bosques y selvas sin control". Todo es posible cuando falla la fiscalización y el rigor a la hora de conceder licencias de explotación forestal. "Es un misterio y resulta que aceptamos a cualquier pirata", lamenta Serra Jr. En la sede de Justiça Ambiental, la directora, Anabela Lemos, muestra fotos recientes de troncos cortados y abandonados en la provincia de Gaza para explicar las consecuencias de la crisis y de la caída del precio de la madera. La ayuda a Mozambique, país al que España destina 40 millones de dólares al año, ha sido objeto de interminables debates entre los países donantes en los últimos seis meses. Una serie de naciones, encabezadas por el grupo nórdico, proponían un recorte drástico de la ayuda por considerar que Mozambique es un pozo sin fondo. Finalmente seguirá la ayuda, pero el debate está abierto. China ha actuado por su cuenta en toda la crisis. Eduardo López Busquets, embajador de España en Maputo, asegura que en las múltiples reuniones multilaterales sobre cooperación, el representante chino siempre ha brillado por su ausencia. Toda una señal. Los intercambios comerciales de China con África se han multiplicado por siete desde el cambio de siglo. En 2008 alcanzaron 107.000 millones de dólares en valores absolutos, una cifra que queda lejos todavía del comercio de China con la Unión Europea (425.000 millones de dólares), y con Estados Unidos (334.000 millones). En el terreno político, el gigante asiático ha logrado un éxito más rotundo con el respaldo de la mayoría de naciones africanas al principio de "una China", que implica el desconocimiento de la independencia de Taiwan. Sólo cuatro de los 54 países del continente reconocen actualmente a Taiwan en lugar de la República Popular China. Uno de ellos, el reino de Suazilandia, antiguo protectorado británico, es el único que jamás ha tenido relaciones diplomáticas con Pekín. A cambio de este reconocimiento, el apoyo de la República de China (Taiwan) a Suazilandia es visible en grandes carteles con la bandera azul, roja y blanca que anuncian aquí y allá un proyecto agrícola, una planta de tratamiento de aguas, un tendido eléctrico, un centro de salud o la construcción de una autopista. Este pequeño país de un millón de habitantes, enclavado entre Mozambique y Sudáfrica, vive esencialmente del turismo, la agricultura de subsistencia, una industria minúscula y las remesas de los trabajadores suazis en la vecina Sudáfrica, de la que depende económicamente. Y de la ayuda de Taiwan. "Suazilandia es nuestro hermano. Estamos muy contentos con la cooperación entre ambos países". En su amplio despacho, el embajador Peter M. Y. Tsai, 57 años, se deshace en elogios al rey Mswati III, único monarca absoluto del continente, de 42 años, polígamo con 14 mujeres y 23 hijos. El diseño de la embajada en Mbabane, capital de Suazilandia, recuerda una gran pagoda de tejado verde. Peter Tsai, estuvo destinado en Malawi hasta que este país rompió con Taiwan y reconoció a la República Popular China en enero de 2008. A las seis de la mañana, la carretera desde Lusaka a la provincia minera de Copperbelt, en el norte de Zambia, está repleta de camiones. Aquí están las minas de cobre y cobalto, las mayores fuentes de riqueza y artífices del crecimiento económico del país, que en los últimos años ha superado el 5%. La producción de cobre (líder de África y séptimo del mundo) ha estado sometida a los vaivenes de los precios en los mercados internacionales. El año pasado alcanzó las 667.000 toneladas. China es el mayor cliente de Zambia y primer consumidor mundial de cobre, que emplea en la construcción, electrónica, informática, automóvil y otros bienes de consumo, que exporta a gran escala. Tras el colapso de los precios de los años noventa, que desembocó en la privatización del cobre zambiano, el consorcio China Nonferrous Metal Mining (CNMC) compró en 1998 la mina de Chambishi, que estuvo cerrada durante varios años, y años más tarde, las minas de Luanshya y una fundición. Bajo un intenso aguacero, la primera parada en la provincia de Copperbelt es en Kitwe, segunda ciudad del país e importante polo minero e industrial. En la sede de la Unión de Mineros de Zambia, el sindicato más poderoso que cuenta con 20.000 afiliados, espera el secretario general, Oswell Munyenyembe. "Llevo más de treinta años trabajando en las minas. He tenido jefes de muchas nacionalidades, y puedo decir que los chinos son los peores", comenta. Chambishi es una localidad de 14.000 habitantes junto a la frontera con la República Democrática de Congo, poco agraciada. Mil mineros chinos viven a la entrada del pueblo, aislados del mundo. Los locales, en cambio, viven en el Zambia Compound, el peor barrio, sin luz ni agua corriente. En el recuerdo de todos está el desastre de 2005 en una fábrica de explosivos de la CNMC, que saltó por los aires y mató a los 54 mineros que había en su interior. Todos eran zambianos. El accidente levantó las iras de la población y una manifestación de protesta fue reprimida a tiros por la policía, que causó cinco muertos. "La gente acusaba a los chinos de no haber evacuado el lugar", cuenta Lilian Pungwa, funcionaria del Ayuntamiento de Chambishi. En cinco años no ha habido ni un detenido ni un procesado por el caso de la explosión. Cuando la CNMC compró la mina, adquirió también varias casas en la calle principal del pueblo para los directivos. Todas menos una, de Kenel Tembo, que se negó a vender. "Nunca hicieron una oferta aceptable", explica. Como representante de la Comisión Justicia y Paz de Chambishi, Tembo recibe numerosas denuncias sobre las condiciones laborales en la mina. "Al principio hubo muchos accidentes que no fueron reportados a las autoridades. Recuerdo casos de mineros que perdieron los dedos, nunca fueron indemnizados". A las cuatro de la tarde termina el turno de la mañana. Los mineros zambianos llegan a una plaza del pueblo en autobuses de las distintas compañías. La queja es unánime contra los salarios bajos, malas condiciones de trabajo y el maltrato de los jefes chinos. "¿Qué puede hacer con un salario de 500.000 kwachas al mes (107 dólares) un trabajador que tiene una familia que mantener?", pregunta Katu, de 27 años, tres de ellos en la mina. Evans, de 32 años, trabaja como operador de una máquina. Lleva dos años en la mina y gana 700.000 kwachas mensuales (150 dólares). "No me gusta mi trabajo", es su escueta respuesta. Kay Kabwela, 26 años, dos de ellos en la mina, es el único que no habla más del trabajo. Claro que como contable su salario es superior al de la mayoría, 1,8 millones de kwachas (385 dólares). "No es lo mismo trabajar y ver el sol, que hacerlo a 1.006 metros bajo tierra, colocando explosivos para extraer el mineral". En la entrada de la mina de Chambishi pido ver al director general, Xu Ruiyong. Un guardia de seguridad responde: "Tiene que enviar una solicitud por fax. En 15 días recibirá la respuesta". Gracias, buenas tardes. La llegada de los chinos a Zambia se remonta a los años setenta, cuando construyeron el Tazara, ferrocarril Tanzania-Zambia, la primera gran obra de infraestructura de África. Durante seis años, 25.000 chinos enviados por Mao Zedong instalaron 1.860 kilómetros de vía, perforaron montañas y cruzaron ríos. El tren recorre el trayecto desde la ciudad zambiana de Kapiri Mposhi hasta el puerto de Dar-es-Salaam, capital de Tanzania. Esta obra mastodóntica permitió una salida hacia el océano Índico para el cobre zambiano. Tras la inauguración del Tazara, los chinos se marcharon y no regresaron a Zambia hasta los años ochenta, en una nueva oleada de expatriados. Como la doctora Kenan Gao, de 61 años, que llegó a Lusaka en 1988 para trabajar en el hospital militar, primero, y abrir un consultorio de dentista más tarde. "Los zambianos ven hoy a los chinos con otros ojos. En la época comunista, China construyó el ferrocarril, carreteras, sin pedir nada a cambio. Ahora vienen con los bolsillos llenos para seguir llenándolos. Su actitud es otra: negocio, negocio, negocio". La presencia china en Lusaka es visible en restaurantes, tiendas de productos baratos, motocicletas Jialing y numerosos edificios en construcción bajo licencia china. Según la embajada en Lusaka, hay registradas unas 300 empresas chinas en minería, construcción y agricultura, con una inversión total de 1.500 millones de dólares. Jack Ni llegó a Zambia a finales de 2005 como director general de la empresa china Wah Kong Construction Limited. La sede de la compañía en Lusaka está en una extensa propiedad que alberga las oficinas y las viviendas de los empleados. Curiosidades de la transición china, el señor Ni, empresario agresivo como el que más, es miembro del Partido Comunista. "Pero soy un hombre de negocios. China vive una situación especial", puntualiza. Un ejemplo de la importancia que los dirigentes de ambos países otorgan a la relación bilateral es la visita que realizó el presidente de Zambia, Rupiah Banda, a China en febrero pasado. Después de 10 días en el país, regresó a Lusaka con un préstamo millonario y cinco contratos firmados. El enemigo público número uno de los chinos en Zambia es el líder de la oposición, Michael Sata, 72 años, del Frente Patriótico, apodado Rey Cobra, que prometió reconocer a Taiwan y romper con Pekín si ganaba las elecciones de 2006. Perdió por escaso margen. "Los chinos no aportan ningún valor añadido, ocupan empleos que deberían ser para los zambianos", dice en el salón de su casa. Sata, que fue ministro durante 10 años, acusa al Gobierno de dar un trato privilegiado a los ciudadanos chinos y de permitir que dilapiden los recursos del país. El modelo chino de intercambio de minerales por infraestructuras ha sufrido un revés, quién sabe si momentáneo, en la República Democrática de Congo, vecino del Norte de Zambia. El Gobierno del presidente Joseph Kabila ha dado marcha atrás al principio de acuerdo que había firmado con un consorcio de compañías estatales chinas, de construcción de carreteras, vías férreas y hospitales a cambio de la licencia de explotación de una mina de cobre y cobalto. La operación, valorada inicialmente en 9.000 millones de dólares, fracasó tras intensas presiones del Fondo Monetario Internacional (FMI) y países donantes occidentales. Siguiendo camino hacia el Norte, Sudán es el aliado más incómodo de China y, probablemente, el que tiene peor imagen. Omar al-Bashir, el presidente reelegido en los comicios del pasado 11 de abril que fueron boicoteados por la oposición, tiene una orden internacional de captura del Tribunal de La Haya por crímenes de lesa humanidad. La guerra entre el Norte y el Sur, y posteriormente el conflicto de Darfur han causado millones de muertos y de desplazados. Las denuncias de violaciones de derechos humanos contra el régimen de Bashir son una constante, y el país sigue sometido desde 1997 a sanciones económicas de Estados Unidos. El petróleo es un elemento esencial en la política de Sudán, primera fuente de ingresos y motor del crecimiento económico. China aprovechó la retirada de muchas empresas occidentales y llegó a Sudán con inversiones millonarias. Según el Gobierno de Jartum, ha desembolsado más de 6.000 millones de dólares en 50 proyectos, que incluyen oleoductos, refinerías, la mayor presa de África (Merowe, en el Nilo), plantas eléctricas, carreteras y todo tipo de obras públicas. Con las nuevas infraestructuras, Sudán ha aumentado la producción de petróleo, por encima de los 500.000 barriles diarios. A cambio, el 43% del crudo que se extrae de los pozos sudaneses navega rumbo a China en los petroleros que zarpan de las terminales de Port Sudán y Port Bashir, en el mar Rojo. Con Sudán, la cooperación no es sólo económica. China ha suministrado aviones de combate, helicópteros de transporte de tropas y otro material militar al régimen de Bashir, y desde su puesto en el Consejo de Seguridad ha maniobrado para evitar sanciones de la ONU a Sudán. En la polvorienta Jartum las cosas se ven con otros ojos. "China vino sin imponer condiciones. Los occidentales se meten en todo, en nuestras tradiciones y nuestras constumbres", dice el doctor Abdelrahman Ibrahim Elkhalifa, que intervino en el proceso de paz que puso fin a la guerra Norte-Sur. Diversos interlocutores me remiten a la Embajada de la República Popular China para obtener datos más precisos de la ayuda, inversiones y proyectos. Una larga espera en una sala con un cuadro de Mao Zedong rodeado de niños, y numerosos folletos de empresas chinas con inversiones en África, termina con la llegada de un joven diplomático. "No tenemos la información que busca. Puede preguntar en la Cámara de Comercio China. Gracias por su visita". Qian Zengde es el presidente de la Cámara, director general de una empresa constructora y accionista principal del hotel Plaza de Jartum. Recita cifras con muchos ceros para explicar la presencia de China como primer inversor en Sudán. Quince mil millones de dólares desembolsados hasta la fecha, 15.000 chinos trabajando y unas 120 empresas instaladas en el país. En Al Dbagair, unos 40 kilómetros al norte de Jartum, Qian Zengde compró 100 hectáreas de tierra desértica que ha convertido en un vergel, gracias a la canalización del Nilo desde 10 kilómetros de distancia. "Hemos plantado de todo, hasta árboles de Australia", explica, mientras 20 empleados sudaneses y dos ingenieros chinos trabajan en la construcción de una piscifactoría. Lleva gastados dos millones de dólares y piensa invertir hasta cinco. Es un ejemplo del poderío de los nuevos ricos chinos. El viaje llega a su fin y el debate sobre las implicaciones de la presencia china en África sigue abierto. Entre las opiniones recogidas y fuentes consultadas, las siguientes reflexiones resumen con lucidez la situación del continente: "Los africanos, las élites, los líderes, están más educados y mejor preparados que en el pasado para hacer frente a un eventual neocolonialismo chino" (Abdelrahman Ibrahim Elkhalifa, consultor político sudanés). "En los últimos 50 años, los países ricos transfirieron un billón de dólares en ayuda a África. ¿Ha mejorado esta asistencia la vida de los africanos? No". (Dambisa Moyo, economista zambiana, autora de Dead aid). P Tomado:El País.es

12 may. 2010

El ejército estadounidense está provocando un desastre medioambiental en Afganistán

La presencia estadounidense en Afganistán consiste en flotas de aviones, helicópteros, vehículos blindados, armamento, equipamiento, tropas e instalaciones. Desde 2001, todo eso viene generando millones de kilogramos de peligrosos residuos radioactivos tóxicos. Kabul Press plantea una pregunta muy sencilla: “¿Qué están haciendo los estadounidenses con todos esos residuos?” La respuesta es escalofriante, ya que parece que prácticamente todo se ha enterrado, quemado o secretamente depositado en el aire, en el suelo, en las aguas subterráneas y en las aguas de superficie de Afganistán. Aunque los estadounidenses pudieran empezar a retirarse el año que viene, las sustancias químicas tóxicas que dejan atrás continuarán contaminando el país durante siglos. Cualquier residuo radioactivo abandonado puede contaminar el campo afgano a lo largo de miles de años. En tiempos pasados solía describirse a Afganistán como el cementerio de ejércitos enemigos. Hoy en día se podría enunciar algo muy diferente: “Afganistán es el vertedero de los productos tóxicos de los ejércitos enemigos”. El Air Force Times (EEUU) publicó un editorial el 1 de marzo de 2010 bajo este título: “Stamp Out Burn Pits” [Acabando con las fosas de quemar residuos]. Reproducimos aquí la primera mitad de ese editorial: “Cada vez hay más profesionales sanitarios que creen que las fosas para quemar residuos están causando una oleada de enfermedades respiratorias y de otro tipo entre las tropas que regresan de Iraq y Afganistán. Situadas en casi todas las bases estadounidenses en zonas de guerra, tales fosas, o basureros tóxicos al aire libre, funcionan las veinticuatro horas del día incinerando basuras de todo tipo, incluyendo botellas de plástico, pinturas, productos derivados del petróleo, armamento sin detonar, materiales de riesgo, incluso miembros amputados y deshechos médicos. Sus columnas de humo arrojan dioxinas, monóxido de carbón y otras toxinas hacia el cielo, produciendo una niebla tóxica que se mantiene sobre las zonas donde se vive y trabaja. Aunque la hoja informativa de la Fuerza Aérea afirma rotundamente que las fosas donde se queman residuos “pueden causar daños en la salud humana y en el medio ambiente y sólo deberían utilizarse hasta que se establezcan otros mecanismos más adecuados de eliminación”, la línea defendida por el Pentágono es que esas fosas “no tienen efectos conocidos a largo plazo sobre la salud”. El 12 de abril de 2010, el Richmond Times-Dispatch sacó un artículo de David Zucchino, quien se encontraba investigando las fosas para quemar de residuos en Iraq. En él entrevistaba al sargento de primera clase Francis Jaeger, quien le llevó hasta la fosa de residuos de Balad, manejada por un contratista civil que trabajaba para el Pentágono. Jaeger le dijo a Zucchino: “Se nos dijo que quemáramos todo: sistemas electrónicos, gasas ensangrentadas, bolsas médicas con residuos patológicos, guantes quirúrgicos, cartones. Todo eso se convierte en humo”. El Pentágono admite ahora que hay activas 84 fosas “oficiales” para quemar residuos en Iraq y Afganistán. No se conoce la cifra de las no oficiales. El Pentágono afirma que está retirando paulatinamente esas fosas a favor de los incineradores y que actualmente hay 27 de ellos trabajando en Iraq y Afganistán, a los que se añadirán 82 en un futuro próximo. Según un portal de Internet denominada “Burn Pits Action Center”, a cientos de veteranos estadounidenses que estuvieron en contacto con el humo de las fosas se les ha diagnosticado cáncer, enfermedades neurológicas, cardiovasculares, respiratorias e insomnio, así como diversos sarpullidos en la piel. En 2009, se presentaron más de treinta demandas en tribunales federales por todos los Estados Unidos contra Kellogg, Brown and Root (KBR) y su antigua empresa matriz, Halliburton. Se citaba a esas compañías debido a su implicación en los contratos de LOGCAP (siglas en inglés de Programa para el Incremento de la Logística Civil) para Iraq y Afganistán. Varias entidades de KBR o controlaron o ayudaron en la gestión de los deshechos del ejército estadounidense en ambos países y al parecer manejaron algunas o todas las fosas para quemar residuos tóxicos. En 2010 se han interpuesto más demandas, incluida una en el Tribunal del Distrito Federal de Nueva Jersey. Las demandas revelan que el Pentágono ha ignorado las leyes internacionales y estadounidenses relativas a la protección del medio ambiente y que las consecuencias han sido una extendida liberación de contaminantes de riesgo por el aire, suelo, aguas superficiales y aguas subterráneas por todo Afganistán. Ese es un problema persistente que continúa siendo muy grave en la actualidad. A diferencia de Arabia Saudí, que insistió en que las fuerzas estadounidenses limpiaran todo lo que habían contaminado tras la guerra para desalojar a Iraq de Kuwait en 1991, o el Gobierno de Canadá, que insistió, por otra parte, en una estricta limpieza de las bases estadounidenses en su territorio, el gobierno de Afganistán ha sido incapaz de obligar a los estadounidenses y a sus aliados a reparar todos los daños medioambientales que han causado y que continúan causando. Afganistán no quiere acabar como Vietnam. Aunque las unidades terrestres de combate se retiraron de Vietnam del Sur en 1972, ni Vietnam ni su pueblo se han recuperado de los daños medioambientales y los efectos mutagénicos a largo plazo que las operaciones militares estadounidenses y sus exóticas sustancias químicas causaron. El presente artículo resume el problema de los residuos tóxicos del ejército estadounidense y examina los tipos de residuos peligros que pueden estar contaminando Afganistán. La segunda parte abordará las respuestas contradictorias del Pentágono ante este problema y explorará uno de los remedios que el Pentágono está actualmente poniendo en marcha, que es pasar a una fase en la que las incineradoras sustituyan a las fosas para quemar residuos. El artículo examina los errores de esa estrategia y por qué Afganistán debería considerar cuidadosamente si permite el uso continuado de incineradores militares. En la tercera parte, el autor hará una serie de recomendaciones al gobierno de Afganistán sobre cómo investigar y limpiar la polución del territorio afgano causada por las fosas para quemar residuos tóxicos, los vertederos y otras instalaciones de depósito utilizadas por las fuerzas estadounidenses. (I) Fuentes o medios a través de los cuales se liberan diversos residuos tóxicos Se cree que los peligrosos residuos tóxicos del ejército estadounidense han penetrado en el aire, en el suelo y en las aguas subterráneas y de superficie de Afganistán a través de los siguientes métodos (es una lista parcial): Fosas para quemar residuos. Incineradoras. Enterramiento o depósito de deshechos y cenizas. Vertidos intencionales Derrames accidentales Vertidos en superficie Filtraciones de tanques, colectores y cubetas de almacenamiento Letrinas. Categorías de residuos tóxicos del ejército estadounidense En esta ocasión, los residuos del ejército estadounidense no pueden caracterizarse en su totalidad. No se conoce el volumen y la variedad de residuos tóxicos (i.e., miles de productos químicos diferentes) y es preciso clasificar una serie de productos y materiales que se han llevado a Afganistán y de los cuales puede que no haya ni documentación. Con independencia de eso, se sabe bastante acerca de las sustancias químicas que el ejército utiliza rutinariamente y de los residuos tóxicos que también rutinariamente genera. La mayor parte de los residuos del ejército estadounidense pueden recogerse en una de las siguientes doce categorías (12): Las doce del patíbulo: Fugas y derrames de carburantes: Incluyen vertidos de fuel, gasolina y diesel de aviación. Estos vertidos van desde las inmensas pérdidas en las bases aéreas estadounidenses de cientos e incluso miles de litros, a pérdidas menores en las Bases y Puestos de Operaciones de Avanzada cuando los soldados rellenan los generadores de diesel. Los residuos del petróleo tienen la cualidad de filtrarse rápidamente a los acuíferos subterráneos de agua potable y crear columnas de humo que contaminarán permanentemente los pozos locales. No hay forma de limpiar bien una fuente subterránea de agua una vez que se ha contaminado de hidrocarburos. Pinturas, asbestos, disolventes, grasas, soluciones para limpieza (como el percloroetileno) y materiales de construcción que contienen formaldehídos, cobre, arsénico y cianuro de hidrógeno. Fluidos hidráulicos, fluidos para descongelar aviones, anticongelantes y aceites usados. Los aceites usados son carcinógenos, los anticongelantes son venenosos, los líquidos de descongelar contienen residuos peligrosos de etileno y glicol de propileno, junto con aditivos tóxicos como benzotriazole (que es un inhibidor de la corrosión y el fuego). Los fluidos hidráulicos pueden contener TPP (trifenilfosfato). Fugas y derrames de pesticidas venenosos: Afganistán, al parecer, no dispone de la lista de plaguicidas, fungicidas, termiticidas y otros venenos que los estadounidenses llevaron a Afganistán y que se utilizan, se derraman y liberan en el campo para controlar moscas, mosquitos, hormigas, pulgas y se teme que la lista de todas esas neuro-toxinas y la cantidad que de ellas se rocía o se derrama todo Afganistán sea asombrosa. Ácidos y residuos de plomo, níquel, zinc y cadmio de las pilas (que son tóxicos o corrosivos). Deshechos electrónicos (o deshechos E). Incluyen ordenadores, impresoras, faxes, pantallas, televisores, radios, frigoríficos, equipos de comunicaciones, equipos para pruebas. Todos estos deshechos llevan sustancias químicas cancerígenas, como los ignífugos PBDE (éteres difenilo polibrominados), PCDD (dibenzo-p-dioxinas policloradas), bario, cobre, plomo, zinc, óxidos de cadmio, sulfuros de cadmio y antimonio trivalente, que son eco-tóxicos. Bombillas. Esto puede no parecer importante pero muchas de las bombillas militares son fluorescentes y, por tanto, contienen niveles tóxicos de mercurio. En EEUU está prohibido depositar esas bombillas en contenedores normales. Plásticos. El ejército estadounidense utilizas miles de diferentes tipos y formulaciones de plásticos. Aunque la mayoría son inofensivos en su estado actual, como las botellas de agua de plástico y cloruro de polivinilo (PVC), los militares han estado quemando sus residuos plásticos en Afganistán. Cuando los plásticos se queman, muchos liberan una mezcla letal de sustancias químicas que incluyen dioxinas, furanos, benceno, di(2-etilhexil)ftalato (DEHP), ácido clorhídrico, benzo(a)pireno (BaP) y diversos ácidos y gas de cloro (que es una neurotoxina). Respirar unos segundos esa mezcla de forma concentrada sería probablemente fatal. Residuos sanitarios. Los deshechos de enfermedades infecciosas y materiales biológicos peligrosos, incluyendo jeringas, vendas ensangrentadas, sábanas, guantes, medicamentos caducados, miembros amputados y cadáveres de animales. Residuos de munición. El plomo, el latón y otros metales de la munición, junto con todos los componentes de los propulsores, incluyendo trinitrotolueno, ácido pícrico, difenilaminas, nitrocelulosa, nitroglicerina, nitrato de potasio, nitrato de bario, tetraceno, diazodintrophenol, fósforo, peróxidos, tiocarbamato, clorato potásico, fluoruro de vinilo, cloruro de vinilo, fluoruro sódico y sulfato sódico. Residuos radioactivos. Cuando uno piensa en los residuos radioactivos, normalmente piensa sólo en armas atómicas, pero no es así. El ejército estadounidense utiliza rutinariamente toda una variedad de dispositivos y equipamiento que contienen elementos radioactivos o elementos radioluminescentes. El ejército estadounidense se refiere a todos estos materiales como “productos radioactivos”· Los principales materiales radioactivos son: uranio, tritio, radio-226, americio-241, torio, cesio-137 y plutonio-239. Relación de algunos de los aparatos que contienen elementos radioactivos: Dispositivos de visión nocturna Ensamblajes de Vista Frontal M-16 Luces antitanque M72 para armas Componentes para motores de aeronave T-55 Puestos con objetivos de luz M58 M59 Ensamblajes de Luces Frontales M4 Fuentes de control y elementos de calibradores RADIAC Brújulas de radium Cuadrantes L4A1 para dispositivos para el control de incendios Acimuts para el control de incendios Indicadores de nivel Colimadores M-1 Sensores de hocico de referencia M-1 Sensores de la densidad de la humedad del suelo Marcadores de vehículos y medidores TACOM Radios, incluidos VRC-46/GRC-106/GRC-19 Monitores de agentes químicos Instrumentos de prueba Placas de vehículos con uranio empobrecido. Munición de uranio empobrecido, incluyendo munición de 20 mm Tubos electrónicos para equipamiento de comunicaciones Diversos tipos de análisis para hospitales y laboratorios y máquinas para hacer pruebas Nota: El ejército estadounidense insistirá probablemente en que controla estrictamente el depósito de residuos radioactivos, pero esas afirmaciones carecen de credibilidad. Si bien existe una normativa estricta, el tiempo y el coste de cumplirla en una zona de guerra son tales, que lo más probable es que los comandantes de base la ignoren, optando en su lugar por arrojar los deshechos en fosas de quemar residuos. Las pruebas de que así lo hacen se ofrecerán en la parte tercera de este informe, que cita un estudio financiado por el Pentágono de lo que los comandantes de campo estadounidenses piensan acerca de las normativas medioambientales del Pentágono. Si el ejército estadounidense sigue insistiendo en que no arroja materiales radioactivos en Afganistán, deberían documentar esas afirmaciones publicando sus archivos. El Pentágono debería publicar todos los datos sobre todos y cada uno de los productos radioactivos llevados a Afganistán. Y todos ellos deberían aparecer en la lista de HMIRS (siglas en inglés de Sistema de Información sobre Materiales de Riesgo). El Pentágono debería después detallar dónde se hallan todos esos productos. Aguas negras y grises. El ejército estadounidense y sus contratistas en Afganistán manejan instalaciones de deshechos humanos. El ejército se refiere a esos deshechos como instalaciones LSS (siglas en inglés de Letrinas, Duchas y Afeitado). En ellas se generan lo que se conoce como aguas negras y grises. Las aguas grises de lavabos y duchas tienen como contaminante fundamental los residuos de jabón (i.e., fosfatos y otros químicos que general lo que se conoce como BOD -demanda de oxígeno biológica-, que significa que pueden absorber todo el oxígeno disponible en arroyos y ríos de forma que los peces no puedan respirar). Algunos jabones estadounidenses contiene aditivos tales como el MIT (metilisotiazolinona), que se investiga como toxina. Las letrinas generan contaminación de aguas negras. Aunque el ejército estadounidense tiene que adherirse a normas estrictas en cuanto al vertido de esos residuos en EEUU, no se enfrenta a restricción alguna en Afganistán. Se pueden excavar letrinas cerca de aguas subterráneas e incluso cuesta arriba desde aguas superficiales (por eso los vertidos pueden fluir y llegar hasta ellas). No hay mapas de todas las letrinas estadounidenses. Una vez que el hoyo de una letrina está lleno, al parecer se cubre de suciedad y olvido. Aunque las filtraciones medioambientales de las categorías 1 y 12 anteriores constituyen una certeza, se teme que millones de kilos y millones de litros de los residuos enumerados entre las categorías 2 a 11 se arrojan todos en cientos de fosas de quemado estadounidenses en Afganistán o se arrojan en vertederos secretos. Si eso es verdad, le legado de EEUU a Afganistán no es precisamente la libertad sino la contaminación. En febrero de 2010, el Departamento de EEUU de Asuntos de los Veteranos empezó un estudio de dieciocho meses de duración sobre las fosas de combustión en Afganistán y sus efectos en la salud humana. Afganistán no puede esperar dieciocho meses para conocer los resultados de este estudio, es urgente actuar ya. El autor recomienda las siguientes lecturas sobre la cuestión tratada en este artículo: Houston Chronicle (7 febrero 2010): “GIs tell of horror from burn pits”. Los Angeles Times (18 febrero 2010): “Veterans speako ut against burn pits”. The New York Times (25 febrero 2010); “Health Panel Begins Probing Impacts of Burn Pits”. Salem-News (29 marzo 2010): “Sick Veterans Sue KBR Over Iraq and Afghanistan Burn Pits” AFP (10 noviembre 2009): “Troops sue KBR over toxic waste in Iraq and Afghanistan”. U.S. Departmen of the Army Pamphlet 700-48. (II) Las fosas para quemar residuos del ejército estadounidense contaminan la nación afgana Los incineradores pueden no ser una solución segura para Afganistán Los oficiales del Pentágono parecen apoyar el siguiente epitafio para Afganistán: “Tuvimos que contaminar el paisaje afgano para salvarles de los talibanes”. En realidad, el ejército estadounidense no necesitó contaminar. Les bastó con ser descuidados, imprudentes e ignorar las normas medioambientales más elementales. El 20 de octubre de 2009, George W. Bush, en uno de sus últimos actos como Presidente firmó la aprobación de la ley H.R. 2647, que incluía las disposiciones del “Acta para la Prevención de la Exposición del Personal Militar a Productos Tóxicos en Zonas de Guerra”. El Congresista Tim Bishop, de Nueva York, fue quien presentó esa Acta. Prohibía que el ejército utilizara fosas para quemar residuos en Afganistán. Lo que resulta asombroso de esa H.R. 2647 es que un acto del Congreso tenía necesariamente que obligar al Pentágono a actuar de forma responsable y a dejar de utilizar las fosas para quemar residuos tóxicos (al aire libre). Lo que impulsó esa legislación fue un valiente informe escrito por el Teniente Coronel Darrin L. Curtis, Doctor en Ciencias. El Teniente Coronel Curtis era Comandante de Ingeniería Bioambiental de Vuelos en la Base Aérea de Balad en Iraq en 2006. Elaboró un informe acerca del impacto que las fosas para quemar residuos tenían en la salud y en el medio ambiente. Su informe, fechado el 20 de diciembre de 2006, concluía que las fosas para quemar residuos eran “el peor de los lugares imaginables para el medio ambiente” que había visto en diecisiete años de trabajo medioambiental en Estados Unidos. Describió los humos provocados por el ejército como “un peligro grave para la salud” de cualquier persona que hubiera estado desplegada en Balad o fuera a estarlo en el futuro. Reveló que en abril de 2006 el ejército estadounidense había completado un estudio que apoyaba sus conclusiones. Fue el Centro del Ejército de EEUU para el Fomento de la Salud y de la Medicina Preventiva quién llevó a cabo ese estudio. El Teniente Coronel James R. Elliot, Miembro del Congreso, MFS, Jefe de los Servicios Aeromédicos, superior del Teniente Coronel Curtis (e igual de valiente), revisó y apoyó los trabajos de éste. Después, el informe fue subiendo por la cadena de mando hasta llegar a los altos oficiales, que siempre se muestran mucho menos valerosos. Ellos y el Pentágono ignoraron las conclusiones del informe. Esa no fue la primera advertencia que el Pentágono ignoró. En el otoño de 2004, una publicación del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de EEUU, titulada “Ingeniero - El Boletín del Profesional” informaba que en 2002, el campo aéreo de Kandahar enfrentaba “una creciente amenaza para el medio ambiente y para la salud humana” a causa de la combustión incontrolada de residuos peligrosos. El ejército estadounidense afirmó de forma vaga que el problema estaba ya resuelto en 2004. No era cierto. En 2008, el Pentágono publicó una investigación privada que parecía confirmar que los comandantes del ejército estadounidense consideraban las regulaciones medioambientales como un fastidio que no tenían por qué seguir, sin que tales actuaciones tuvieran consecuencia alguna. Ese estudio fue objeto de un artículo crítico de Kelly Kennedy el 3 de octubre de 2006, publicado en Military Times. Se titulaba “Army Making Toxic Mess in War Zones” [El ejército crea basureros tóxicos en las zonas de guerra]. Lo que provocó ese artículo fue la publicación de un estudio de la Rand Corporation auspiciado por el Pentágono en septiembre de 2008. Una filial de Rand llamada Rand Arroyo Center fue quien dirigió el trabajo. El informe detallaba una serie de vertidos, escapes y depósitos que atentaban contra el medioambiente en Iraq y Afganistán. En respuesta a una primera versión del informe, el ejército estadounidense elaboró el 11 de junio de 2008 un memorando del Vicesecretario Addison Davis IV. Al parecer, afirmaba en él: “No es bueno ganar la guerra sólo para perder la paz”. Bruce Travis de la Escuela de Ingenieros del Ejército de EEUU afirmó que en Iraq no se había cumplido ninguna normativa medioambiental entre 2003 y 2008 (esto podría presumiblemente aplicarse también a Afganistán). Y siguió contándole al Times que había unos seis millones de kilos de residuos peligrosos (i.e., depositados) en Iraq. Los investigadores de Rand entrevistaron a los comandantes del ejército estadounidense hasta el nivel de batallón y les preguntaron por qué no se estaban ocupando y acabando con la polución que causaban en Iraq y Afganistán. Estas fueron algunas de sus respuestas: “No es nuestro trabajo” “Estamos en el desierto. ¿Qué más da?” “Estamos aquí para combatir una guerra, no para recoger la basura” “Estamos de paso y no tenemos tiempo” Si estas respuestas son verdaderamente representativas de la actuación del ejército estadounidense, Afganistán no tiene ni la menor oportunidad de proteger su territorio de la contaminación de ese ejército. En diciembre de 2009, R. Craig Postlewaite, director interino de Force Health Protection and Readiness Programs del Pentágono, le dijo a Matthew D. LaPlante, del Salt Lake Tribune, que las fosas para quemar residuos eran un problema medioambiental de carácter menor. LaPlante descartó los riesgos para la salud, afirmando que las objeciones eran todas superficiales (i.e., los soldados ponían problemas ante la vista del humo y el olor, no del contenido). Esa sigue siendo la posición del Pentágono. En la actualidad, el Pentágono no parece estar interesado en poner algún remedio a la contaminación creada en el pasado. En vez de eso, se empeña en mirar hacia delante y afirmar que sus nuevos incineradores tratarán de forma segura todos los residuos futuros. Aunque parece que se han instalado docenas de incineradores en las principales bases a lo largo y ancho de Afganistán, esa no es una solución global al problema. En realidad, como se explica a continuación, ni siquiera llega a ser una solución parcial. El número exacto de bases miliares estadounidenses en Afganistán es, al parecer, un secreto celosamente guardado. CBS News publicó el 10 de febrero de 2010 un informe de Nick Turse titulado: “Las 700 bases militares en Afganistán”. CBS afirma que alrededor de 400 de las bases pertenecen a las fuerzas de la coalición, la mayoría de ellas estadounidenses. Por lo general, se escriben esas instalaciones como: Bases aéreas Campos aéreos Campos Bases de Operaciones de Avanzada (FOBs, por sus siglas en inglés) Bases de lanzamiento. Centros de coordinación. Bases de patrulla. Puestos de Combate de Avanzada (COPs, por sus siglas en inglés) Puede que cada una de esas 350 instalaciones tenga una o dos fosas para quemar residuos, vertidos y deshechos. Como no se están instalando incineradores en todas y cada una de ellas, lo más probable es que esas fosas sigan operando. Este artículo aborda los riesgos y peligros de utilizar incineradores. Las unidades de destrucción termal (TDUs, por sus siglas en inglés) se dividen por lo general en dos categorías: Incineradores y unidades termales pirolíticas. Los primeros tratan de destruir los residuos quemándolos, y las segundas calentándolos. Una unidad pirolítica coloca residuos peligrosos en un cilindro o cámara atornillados. La cámara se calienta pero las llamas no tocan nunca el material. Las unidades pirolíticas tienden a quemar de forma más limpia porque no se produce oxidación de los residuos. Por desgracia, el Pentágono ha optado por utilizar incineradores en Afganistán. Los incineradores pueden potencialmente funcionar en Afganistán. El problema es que los hay de diferentes tamaños, tipos y configuración. Algunos podrían funcionar pero otros no. Requisitos para que un incinerador pueda funcionar de forma segura y eficaz: El incinerador debería funcionar a una temperatura suficientemente alta durante un período específico de tiempo. Todo esto se recoge en su DRE (siglas en inglés de Eficiencia en la Eliminación y Destrucción). Para materiales de riesgo, la DRE debería alcanzar el 99,9999%, refiriéndola como “los seis nueves”. Para conseguir esta DRE, dependiendo de la fuente de alimentación, el incinerador puede tener que operar hasta a 1.400 grados centígrados. Recuerden, incluso a ese nivel de DRE, un incinerador no es nunca perfecto. Emite siempre algunos materiales peligrosos al aire y siempre expulsará ciertas partículas submicrométricas potencialmente peligrosas (i.e., polvo ultrafino); El incinerador debe estar dotado de cámaras de combustión primarias y secundarias; El incinerador debería tener APCS (siglas en inglés de Sistemas de Control de la Contaminación del Aire) con múltiples capas. Eso deberían incluir al menos un extractor de agua para metales y ácidos, y un ESP (Precipitador Electro-Estático) para capturar partículas; Las cenizas embolsadas y las cenizas del fondo tienen que recogerse cada hora y deben manejarse con mucho cuidado; Las emisiones de los gases de combustión deberían controlarse cada hora, haciendo asimismo análisis de muestras de las emisiones de partículas submicrométricas; En las tareas de tratamiento de cenizas, deberían controlarse también las fugas de gases; Finalmente, es necesario establecer acuerdos con el gobierno afgano para la eliminación final de cenizas tóxicas altamente concentradas. Lo ideal sería que se embarcaran con rumbo a Estados Unidos para su eliminación final. Es necesario observar varios hechos químicos en relación con los incineradores: Primero: Están diseñados para quemar materiales y elementos químicos orgánicos. No se deben utilizar con metales, porque pueden hacer que éstos, al oxidarse, se vuelvan aún más tóxicos. Segundo: Nunca deben quemarse los plásticos. Liberan componentes tóxicos demasiado numerosos para poder analizarlos. Por ejemplo, cuando se queman cañerías plásticas de PVC se libera un gas clorhídrico que puede ser un veneno letal. Tercero: Es difícil medir la eficacia en la combustión cuando los ritmos y cargas de alimentación no son uniformes. Cuarto: Hay que separar los materiales reactivos y explosivos de la carga de alimentación. En resumen, es bastante improbable que se estén manejando los incineradores del Pentágono de conformidad con los requerimientos arriba expuestos. Si no tienen la calidad adecuada y si no se manejan con toda la seguridad que este autor recomienda, el remedio de la incineración no es mucho mejor que el de las fosas de combustión. Otro de los problemas que plantea el “remedio” de la incineración que utiliza el Pentágono es que va dirigida a un síntoma y olvida la causa. La causa del problema es que el ejército de EEUU tiene un sistema logístico que es excesiva e innecesariamente complejo, y que por tanto produce una cantidad desorbitada e innecesaria de residuos peligrosos. Consideren esta comparación: 1942: Una división Panzer alemana necesitaba entre 30 y 70 toneladas de suministros al día. 1968: Una división del ejército norvietnamita necesitaba menos de de 10 toneladas de suministros al día. 2010: Una división estadounidense necesita más de 3.000 toneladas de suministros al día. En el Pentágono existe una adicción a la tecnología y a los cachivaches que puede dañar la eficacia y preparación militar. Toda esta elaborada tecnología requiere de un sistema de suministros sin fin para poder mantenerse funcionando. Incluso con todos esos dispositivos, el ejército estadounidense parece incapaz de detectar una mina terrestre o un artefacto explosivo improvisado, compuesto principalmente de partes madera y que emplea un explosivo sencillo a base de nitrato. Su equipamiento de visión nocturna no funciona si llueve, hay niebla o penumbra. Los sensores de infrarrojos no pueden diferenciar un civil de un soldado talibán. Todo el dinero que se gasta en tecnología podría utilizarse de forma más útil en algo tan sencillo como enseñar a los soldados estadounidenses a hablar la lengua dari o pastún. Durante la Guerra Civil de EEUU, el Gobierno de la Unión casi perdió la guerra porque sus generales dependían sobremanera de un sistema de logística pesado y torpe. Los ejércitos confederados se movían con rapidez y ligereza, mientras las fuerzas de la Unión se movían lentamente con grandes trenes de suministros. Un exasperado Presidente Abraham Lincoln escribió una carta al General N.P. Banks el 22 de noviembre de 1862, en la que lamentaba el fracaso de Banks porque no era capaz de comenzar las operaciones militares hasta que hubiera recibido una larga lista de suministros. Lincoln escribió: “Esta inmensa acumulación de impedimentos ha sido nuestra ruina hasta ahora y será nuestra ruina definitiva si no la dejamos atrás”. El fracaso del General George McClellan para avanzar hasta recibir el 100% de sus suministros llevó finalmente a que le cesaran como comandante del ejército de la Unión. El General confederado Richard Stoddert Ewell dijo al parecer: “No se puede ir por el camino a la gloria con tanto equipaje”. En conclusión, las soluciones al problema de los residuos del ejército estadounidense son complejas. Deben incluir un esfuerzo importante para minimizar la cantidad de los mismos, separar los peligrosos de los no peligrosos; un control estricto y envío de vuelta a EEUU de todos los residuos radioactivos; y, posiblemente, el uso de incineradores, pero sólo si se manejan con seguridad, con una DRE del 99,9999% para todos los residuos que quemen, siempre y cuando no se quemen plásticos. Todas las letrinas e instalaciones para el aseo deben manejarse cuidadosamente. Finalmente, todas las cenizas tóxicas y otros residuos potencialmente peligrosos deben embarcarse de vuelta hacia Estados Unidos para su eliminación. (III) Las fosas para quemar residuos del ejército estadounidense representan una amenaza para las generaciones futuras afganas Es preciso estudiar más de 350 lugares con residuos tóxicos. El ejército de EEUU continúa utilizando fosas para quemar residuos dieciocho meses después de que el Congreso estadounidense prohibiera su uso. Véase el artículo de Lindsay Wise y Lise Olsen del Houston Chronicle del 1 de febrero de 2010. Se utilizó como ejemplo la fosa del Campo Taji en Iraq, que continúa quemando cada día al aire libre 120 toneladas de residuos. Esto da idea del volumen de residuos tóxicos que se queman ilegalmente cada día en las bases estadounidenses. Multipliquen esa cantidad por los cientos de bases y puestos en Afganistán, piensen que eso es lo que ha venido ocurriendo todos y cada uno de los días de los últimos nueve años y comprenderán la magnitud del problema. Las fosas para quemar residuos son sólo parte del problema. Hay otra contaminación producida por los derrames, vertidos, los ilegales depósitos de cenizas y los enterramientos secretos en vertederos que no figuran en ninguna parte. El mes pasado, el ejército estadounidense se retiró de sus puestos de avanzada de combate en el Valle de Korengal, en la provincia de Kunar, cediendo el área a los talibanes. Aunque los medios occidentales informaron de la retirada estadounidense, nadie planteó la pregunta siguiente: “¿Eliminaron los estadounidenses todos los residuos peligrosos que habían derramado, depositado, enterrado en el Valle de Korengal, dejando los lugares como estaban cuando llegaron?” La respuesta es: “No”. No hay pruebas de que se haya llevado a cabo ninguna investigación medioambiental, ni recogido muestras del suelo, y menos aún realizado una limpieza medioambiental ni restauración en esos puestos de avanzada. Sencillamente, se han dejado allí abandonados todos los residuos peligrosos generados por el ejército estadounidense. Igual pasó cuando los estadounidenses se retiraron en 2008 del Puesto de Avanzada de Combate Wanat en la provincia de Nuristan, donde tampoco se limpió la contaminación creada en ese lugar. Lo terrible es que ese es el modelo de actuación del Pentágono en todas las bases estadounidenses en Afganistán. La política subyacente (y secreta) parece ser la de “¡Apaga y vámonos!”. Escapa de tus responsabilidades y huye de las consecuencias tóxicas. A mediados de la década de 1980, el ejército estadounidense cerró toda una serie de ubicaciones de viejos radares a lo largo de la frontera norte de Canadá que habían sido parte de un sistema de defensa denominado la Línea DEW. Durante décadas de operaciones derramando o soltando materiales de riesgo en esas instalaciones, incluyendo PCBs (siglas en inglés de bifenilos policlorados). El Gobierno de Canadá insistió en que el Pentágono levantara todo el suelo contaminado y se lo llevara a EEUU para su eliminación. Medidas similares adoptó el gobierno del Reino de Arabia Saudí tras la liberación de Kuwait y la invasión de Iraq en la Operación “Tormenta del Desierto”. Estos son los modelos que el gobierno de Afganistán debería seguir. Al otro lado del espectro tenemos ejemplos de países que no insistieron en las responsabilidades estadounidenses. Entre esos países figuran Filipinas, Somalia, Iraq, Vietnam, Camboya, Laos, etc. Tendrán que seguir soportando el legado tóxico de la “asistencia” a sus países del Pentágono. El Pentágono tiene su propio programa de limpieza medioambiental, denominado Programa de Restauración Medioambiental de la Defensa (DERP, por sus siglas en inglés). El DERP ha supuesto un esfuerzo muy mediocre. Véase: “Superfund: Greater EPA Enforcement and Reporting Are Hended to Enhance Cleanup at DOD Sites”. GAO-09-278, 13 de marzo de 2009. Debido a la contaminación, se evaluó la situación originaria de 985 bases militares estadounidenses. Se enumeraron 140 de esas bases como problema graves y se asignaron a lo que se llama programa Superfund [acta del gobierno federal de Estados Unidos sobre substancias toxicas o peligrosas y los sitios donde puedan encontrarse esos desechos contaminantes]. Cada una de las bases podía tener docenas de lugares tóxicos diferentes. Al resto de las bases se les dio menor prioridad. Se asignaron a diferentes programas o se trasladaron a las autoridades locales encargadas de la limpieza. No hay una lista total de todos los lugares tóxicos creados por el Pentágono dentro de EEUU, se cree que su número supera los 2.000. En realidad, ninguno de esos lugares se ha limpiado completamente (i.e., eliminar toda la contaminación). Ciudades estadounidenses importantes como Tuscon, Sacramento, Denver, San Diego, Irving y otras están amenazadas por la contaminación de esas bases, que se ha extendido hasta alcanzar las aguas subterráneas. Este autor ha trabajado en lugares DERP. Por desgracia, no se puede contar con el Pentágono para que lleve a cabo una investigación global de sus ilegales prácticas en relación al tratamiento de los residuos. Tiene demasiado que ver con un conflicto de intereses. El gobierno de Afganistán debe insistir en que expertos independientes se hagan cargo del problema. Es bien conocido el formato que debe seguirse para investigar los más de 350 lugares tóxicos del ejército estadounidense en Afganistán. Primero hay que empezar haciendo un listado de todos los lugares e instalaciones conocidos y sospechosos donde haya cualquier material peligroso estadounidense. Después, es preciso llevar a cabo una investigación histórica de cada lugar, seguida por un análisis y valoración medioambiental de los datos en cada sitio. El paso siguiente es recoger muestras del agua y del suelo en cada lugar. Después, hacer nuevos análisis y finalmente empezar a tratar todas las propiedades, devolviendo cada una de ellas a su situación original. Identificación de lugares potencialmente contaminados El proceso del DERP empieza con la recopilación de todos los lugares en Afganistán donde el ejército estadounidense haya estado operando durante algún período de tiempo. Ese listado no debe limitarse a instalaciones, puestos y bases sino que tiene que incluir también campos de tiro, áreas de maniobras, zonas de acantonamiento, zonas de disparo y áreas que hayan sufrido bombardeos aéreos o impactos de artillería importantes. Entre los lugares a evaluar también deben incluirse las carreteras sucias que salen y entran en esos lugares y áreas en la dirección del viento y/o aguas abajo desde los mismos. Hay que definir cada instalación estadounidense no sólo por la línea del perímetro de su valla, sino que debería abarcar las zonas que la rodean al menos en 2.000 metros en todas las direcciones. Cualquier solución para cada instalación debería incluir esfuerzos para recuperar todos los proyectiles y balas tóxicos que sea posible que los estadounidenses dispararon desde 2001. Esto debería incluir la munición aérea sin detonar. Investigación histórica Una vez que se ha hecho la lista de lugares potenciales, puede empezar a realizarse una investigación histórica de cada uno de esos lugares. Eso se hace generalmente en dos fases: Fase 1: Reunir todos los datos escritos disponibles acerca de cada lugar. Eso supone preparar una base de datos de todos los materiales y equipamiento enviados dentro y fuera de esa instalación o utilizados en esa área. El paso siguiente es recopilar todas las fotografías aéreas y de otro tipo tomadas antes de que llegaran los estadounidenses, y desde el año 2001 hasta el momento actual. Las fotos ayudarán a identificar dónde se produjeron operaciones que pueden haber ocasionado liberación de materiales de riesgo. Las fotos aéreas son especialmente importantes porque pueden utilizarse para detectar fosas para quemar residuos y le permite a uno seguir las columnas de humo tóxico. Las fotografías pueden indicar trincheras, vertederos, estanques de líquidos, sumideros, depósitos de fuel, zonas de lavado de vehículos y tanques de almacenamiento. Pueden detectar cambios del color de los suelos de superficie, que pueden indicar derrames, depósitos o enterramientos secretos de residuos tóxicos. Esta información es útil a la hora de localizar potenciales lugares calientes que requerirán un muestreo intensivo del suelo. Una vez recopilados todos los documentos posibles, puede que no sean adecuados para proporcionar un cuadro completo de lo ocurrido desde 2001. En este momento, debe darse inicio a la Fase 2. Fase 2: Realizar entrevistas a testigos. La idea es localizar a oficiales del ejército que hayan estado implicados en cualquier generación o depósito de residuos peligrosos en cada una de las instalaciones durante cada uno de los últimos diez años. Normalmente, uno empieza con los oficiales encargados del almacén, con los jefes de mantenimiento de los equipos, con los administradores de los depósitos de fuel, con los oficiales del cuerpo de bomberos y con los conductores de transportes. La lista debe ampliarse si se necesitara más información. Esta información, en eso confío, le permitiría a uno desarrollar un modelo dinámico de cómo operó cada instalación, qué residuos generó y dónde/cómo se depositó cada tipo de residuo. Principales bases de datos En coherencia con este esfuerzo, el Pentágono deberían preparar ocho bases principales de datos en relación a Afganistán: Una base de datos de todos los materiales que el ejército estadounidense ha enviado a Afganistán, desde 2001 hasta este mismo momento. La base de datos debería incluir los tipos de productos químicos y materiales implicados, sus fórmulas químicas y cantidades; Una base de datos de todos los materiales que se han sacado de Afganistán; Una base de datos de todas las instalaciones importantes de almacenamiento de fuel (temporales y permanentes) donde haya almacenados o se hayan despachado más de 1.000 litros de fuel; Una base de datos de todas las instalaciones de mantenimiento, lavado y reparación (temporales y permanentes), donde se hayan utilizado aceites, grasas, disolventes y otros productos químicos; Una base de datos de todas las fosas para quemar residuos, incineradores, fosas de vertidos, vertederos y letrinas; Una base de datos de todas las emisiones, vertidos y eliminación de metales o productos químicos, con copias de todos los informes, memorandos, anuncios y cualquier tipo de datos; Una base de todas las Hojas de Datos sobre Seguridad del Material (MSDSs, por sus siglas en inglés) de todos los materiales que EEUU haya enviado a Afganistán desde 2001; y, Una base de datos con informes de enfermedades o heridas del personal militar que pudieran estar vinculadas con una exposición medioambiental en Afganistán. Esa base de datos deberían incluir un listado de los sitios más probables de exposición. Planificación para recogida de muestras Una vez que se completen las bases de datos, deberá analizarse la información que contengan. Después podría empezarse a planificar cómo hacer un muestreo lo más amplio posible de todos los suelos, aguas subterráneas, aguas de superficie dentro, cerca y en la dirección del viento desde todos los lugares donde el ejército estadounidense opera y ha operado. El muestreo debe ir seguido de una serie de pruebas de laboratorio de todos los metales principales, de todos los pesticidas militares, de todos los subproductos de hidrocarburos (incluidos disolventes, desengrasantes, fuel, diesel), dioxinas y furanos, compuestos volátiles y semivolátiles, asbestos, bifenilos policlorados, cloro, restos de productos electrónicos, residuos radioactivos y docenas de compuestos plásticos quemados. Además, deberían recogerse muestras de las aguas de superficie para analizar su toxicidad biológica, la demanda de oxígeno biológico, bacterias coliformes (i.e., indicadores de aguas fecales) y toda otra serie de parámetros. Este artículo no es suficiente para explicar los métodos adecuados para recoger muestras de aguas subterráneas, aguas de superficie, sumideros, fosas, montones y otras áreas. Las zonas de disparo del ejército, por ejemplo, necesitan de un método de muestreo único, al igual que los bidones de líquidos. Todo lo que puede decirse en este breve informe es que, por desgracia, es fácil “evadirse” de los datos de esas muestras. Eso significa que es posible coger muestras en un lugar fuertemente contaminado y no encontrar nada porque se está sesgando la muestra. Un método obvio es coger muestras en un suelo aparentemente limpio y evitar cualquier suelo decolorado. Otro es tomar sólo muestras superficiales cuando la contaminación ha tenido tiempo de filtrarse a cierta profundidad de la superficie. Otro método es tomar los que se denominan muestras “compuestas”, que son dos, tres o cuatro muestras que se mezclan, diluyendo por tanto los resultados. Esto no debe permitirse nunca. Se puede también elaborar planes para recoger muestras que eviten los contaminantes. Una táctica es limitar arbitrariamente el número de muestras por área. Por ejemplo, el ejército puede decidir tomar sólo veinte muestras en un área del tamaño de un campo de fútbol. Eso es inadecuado. En zonas utilizadas intensamente por el ejército es necesario recoger muestras a diferentes profundidades y en cada metro cuadrado. Un esquema popular es señalar “determinados contaminantes” y sólo recoger muestras de aquellos con “mayores probabilidades” de encontrarse ahí. La teoría es que si no aparecen, el suelo está completamente limpio. Esta técnica puede ser válida en sitios de contaminación específica (tales como un lugar donde se acumulan las baterías rotas donde el plomo es el más probable contaminante), pero no donde se han vertido o quemado miles de productos químicos. Otro esquema es recoger muestras de los productos químicos liberados pero no de sus subproductos. Algunos productos (como el disolvente de tricloroetileno) son inestables y se degradan rápidamente convirtiéndose en subproductos tóxicos. Si uno “olvida” recoger los subproductos, el suelo aparecerá limpio. Se pueden utilizar docenas de esquemas de ese tipo para diluir, evitar, minimizar y mezclar contaminantes en las muestras. El gobierno de Afganistán debe insistir en que el Pentágono financie un equipo de expertos independientes seleccionados por dicho gobierno. Ese equipo debe aprobar todos los planes de recogida de muestras y supervisar todo lo relativo a ese proceso. Soluciones para limpiar la contaminación Una vez que se han identificado todos los lugares y que se han recogido muestras, debe llegarse a un acuerdo sobre cómo remediar o limpiar la contaminación en cada uno de ellos. El remedio medioambiental que en EEUU tiene mejor acogida es levantar todo el suelo contaminado y depositarlo en un vertedero controlado y seguro. Lo mejor para los ciudadanos de Afganistán es que esos vertederos estén fuera de su país. Si las aguas subterráneas o superficiales estuvieran contaminadas, el remedio es más complicado y puede llevar años o incluso décadas poder completarlo. Rehabilitación de los lugares No es suficiente con eliminar los productos químicos tóxicos del suelo y las aguas subterráneas. Es preciso restaurar biológicamente la zona y devolverle su situación original y prístina apariencia. Este es un requerimiento estándar del gobierno estadounidense cuando personas o grupos utilizan tierra federal en los EEUU. La rehabilitación del sitio requiere otro proceso de planificación, análisis e implementación. Derecho Internacional El Derecho Internacional está de parte de Afganistán. Los Protocolos Adicionales de 1977 de los Convenios de Ginebra de 1949 (Protocolo I), y el ENMOD (Convenio para la Prohibición del Uso Hostil por parte de los Ejércitos de Técnicas de Alteración del Medioambiente) prohíbe “acciones destructivas medioambientales”. Esos dos tratados proporcionan derechos y posiciones legales “naturales”. Dañar un medioambiente puede constituir un crimen de guerra. MERFA El Congreso estadounidense tiene que establecer un “Fondo de Rehabilitación Medioambiental Militar para Afganistán” (MERFA, por sus siglas en inglés) y destinar 10.000 millones de dólares al fondo como inversión inicial. Se equivoca quien considere que esa cifra es excesiva. El coste actual de la limpieza de la contaminación creada por el ejército en Afganistán puede ser diez veces superior a esa suma. El 1 de febrero de 2010, la BBC informó que la Administración Obama estaba cancelando su “Programa Constelación”, un plan de la NASA para construir el cohete Moon llamado nave Orion. La NASA ha gastado ya 9.500 millones de dólares en esa nave y el coste de cerrar el programa y pagar todas las multas establecidas por cancelar el contrato supondrá otros 2.500 millones de dólares. En su lugar, el Presidente Obama ha propuesto un presupuesto de 19.000 millones de dólares para la NASA en 2012, que incluye esfuerzos para empezar a estudiar cómo construir una nave que llegue a Marte. Si EEUU puede gastar 12.000 millones de dólares en estudiar un cohete que vaya a Marte, puede también gastar miles de millones en limpiar el desastre medioambiental que ha creado en Afganistán. El Pentágono debería dedicarse a limpiar la Tierra en primer lugar antes de empezar a contaminar el espacio exterior. Terminología medioambiental En función de las leyes medioambientales europeas y estadounidenses, los “materiales peligrosos” es el término más amplio y comprende todos los elementos peligrosos. Cada material peligroso puede contener uno o más elementos peligrosos (productos químicos, metales, sales, etc.). Hay toda una variedad de subconjuntos de la categoría general “materiales peligrosos” y es muy posible que se hayan depositado en Afganistán todos y cada uno de esos subconjuntos. Incluyen: Residuos peligrosos Residuos corrosivos Residuos inflamables o incendiables Residuos petrolíferos (incluyendo neumáticos usados) Residuos reactivos Residuos infecciosos Residuos radioactivos Residuos tóxicos El término “residuos tóxicos” incluye residuos que son: Ecotóxicos Dermotóxicos Biotóxicos Mutagénicos (i.e., que causan mutaciones); y/o Carcinógenos (i.e., que causan cáncer), etc.; Los residuos de bifenilos policlorados (PCB) y otros tipos parecidos de residuos merecen especial mención porque abarcan múltiples categorías de residuos. Son tóxicos, persisten en el medio ambiente (i.e., no se degradan naturalmente) y son termalmente resistentes, por lo que este autor recomienda que los incineradores del ejército deberían operar a temperaturas mucho más altas que los incineradores municipales en Europa. Residuos exóticos Hay residuos que no están comprendidos en el listado anterior que son los que el Pentágono denomina informalmente “residuos exóticos". Este autor encontró alguno cuando trabajaba en la limpieza de lugares militares en EEUU, donde se están utilizando alrededor de 60.000 productos químicos. Además, hay componentes químicos desarrollados en secreto por el Pentágono en sus programas de investigación y utilizados en sus sistemas de armamento y equipamiento. No resulta rentable probar la presencia de todos esos 60.000 productos químicos y es imposible probar su presencia al estar clasificados como “secretos”, no sabemos qué parámetros o elementos utilizar para hacer las pruebas. Por ejemplo, los intentos legales desplegados durante años en los tribunales estadounidenses para descubrir los nombres de los productos químicos exóticos que se estaban utilizando en una base secreta del Pentágono llamada “Área 51” fracasaron. Como consecuencia de ese velo de secretismo, nunca podrá declararse que una base militar, lugar o puesto de avanzada estadounidense está limpia de contaminación al cien por cien. Daños en los ecosistemas del desierto afgano Los ejemplos de los daños medioambientales enumerados en este informe no son exclusivos. Las operaciones del ejército estadounidense han causado probablemente otros tipos de daños medioambientales. Entre ellos podrían incluirse la destrucción del habitat, la muerte de especies en peligro de extinción, los daños a lugares arqueológicos (conocidos y desconocidos), la destrucción de lugares de enterramiento y la destrucción a de los ecosistemas a largo plazo, especialmente en los desiertos. Los desiertos de Afganistán, al igual que los desiertos en EEUU, son extremadamente frágiles. Contrariamente a la creencia popular, los más áridos y semidesiertos están vivos, tienen plantas y vida animal, vida que existe en estado precario. Los desiertos vivos están cubiertos por una delgada capa de biomasa denominada “corteza biocrióptica”. Es una masa de algas, musgos y líquenes interconectados que estabilizan el suelo y permiten que existan plantas con vida. La corteza es resistente en las condiciones extremas de un clima muy duro, pero es de “frágil compactación”, lo que significa que puede ser fácilmente destruido por el tráfico de vehículos y las duras botas de las tropas de combate. Si resulta dañada, puede que esa corteza, para recobrarse, necesite de 50 a 250 años. Si esas áreas se destruyen, recuperarlas puede llevar hasta 3.000 años. En el suroeste estadounidense, el Buró estadounidense de Gestión del Territorio ha impuesto normas estrictas para el uso de vehículos motorizados todo terreno en las zonas del desierto para proteger esa corteza biológica. Asimismo, las bases militares estadounidenses ubicadas en zonas de desierto, como la base Twenty-Nine Palms del Cuerpo de la Marina, tienen que observar toda una serie de normas medioambientales muy estrictas. En Afganistán, el ejército estadounidense no sigue ninguna de esas normas. Sus tanques y vehículos blindados parecen operar por donde les da la gana. La cantidad de desierto pisoteada por vehículos oruga y carros de combate debe ser inmensa. No va a poder nunca calcularse la extensión del daño causado a la flora y fauna del desierto. Lo único seguro es que esas zonas necesitarán de cientos de años para recuperarse, si es que pueden conseguirlo. Por ejemplo, hay inmensas zonas en el desierto del Sahara que nunca han podido recuperarse de los daños perpetrados en ellas. En la actualidad, extensiones inmensas se han convertido en tierra yerma biológica. Si los biólogos no llevan a cabo estudios extensos no hay forma de calcular si los daños perpetrados en los desiertos de Afganistán son temporales o permanentes. Nota Final La rehabilitación medioambiental de Afganistán debería ser un objetivo compartido por Occidente y los talibanes. Iría en interés de ambas partes declarar altos el fuego locales para cooperar en este esfuerzo en lugares específicos. Esas medidas de construcción de confianza podrían facilitar un diálogo más amplio. Matthew Nasuti es ex capitán de la Fuerza Aérea de EEUU. Fue asesor en limpiezas medioambientales en el Mando de Logística sobre las bases y depósitos más contaminados de la Fuerza Aérea. Trabajó después para Bechtel Environmental y colaboró en la Superfund Cleanups (acta del gobierno federal estadounidense sobre substancias toxicas o peligrosas y los sitios donde se localizan ese tipo de deshechos y residuos) por todo los EEUU y en las limpiezas radiológicas de los lugares del Departamento de Energía. Últimamente ha trabajado como asesor de un grupo de compañías de atención medioambiental y de reciclaje de residuos y fundiciones. Matthew Nasuti Kabul Press Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández Matthew Nasuti es ex capitán de la Fuerza Aérea de EEUU. Fue asesor en limpiezas medioambientales en el Mando de Logística sobre las bases y depósitos más contaminados de la Fuerza Aérea. Trabajó después para Bechtel Environmental y colaboró en la Superfund Cleanups (acta del gobierno federal estadounidense sobre substancias toxicas o peligrosas y los sitios donde se localizan ese tipo de deshechos y residuos) por todo los EEUU y en las limpiezas radiológicas de los lugares del Departamento de Energía. Últimamente ha trabajado como asesor de un grupo de compañías de atención medioambiental y de reciclaje de residuos y fundiciones.
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