24 nov. 2009

Liberal a todos los niveles...

Caricatura El Roto Hasta en los más pequeños municipios, los alcaldes son elegidos por la población presentándose con un proyecto. ¡Pero, no en Europa ! El que se denominará a partir de ahora Presidente de Europa ha salido de la sombra, de una sala acolchada del Consejo Europeo de Bruselas, tras múltiples negociaciones de pasillo, de combinaciones diversas, de nombres cuchicheados al oído. Nunca ha expuesto públicamente su visión de la Europa del mañana, sus propuestas para salir de la crisis, menos todavía ha esbozado las condiciones de una nueva solidaridad entre los pueblos europeos. Entre esta gente, ¡la consanguinidad domina ! A cubierto de las miradas de los pueblos, los poderosos se cooptan entre ellos asegurándose evidentemente que el elegido no haga sombra a sus iguales. ¡Qué espectáculo tan desolador ! ¡Qué ejemplo más clarificador del antidemocratismo europeo ! A pesar de que los promotores del Tratado de Lisboa no han cesado de explicar desde hace cinco años que lo novedoso e importante de este texto residía en las instituciones nuevas que iba a crear. Pues bien el primer acto de la puesta en práctica del Tratado hace estallar a la vista de todos, las contradicciones que genera su criatura ultraliberal. Son, de hecho, las contradicciones intercapitalistas e intraeuropeas las que estallan a plena luz. Y ahora se nos da la lata con críticas sobre la personalidad de los elegidos, el señor Van Rompuy, presidente y la señora baronesa Ashton ministra de Asuntos Exteriores. Para mejor enmascarar los problemas de fondo a los que están confrontados los pueblos europeos. Europa, no puede ser una máquina de fabricar competitividad de todos contra todos, de organizar vuelos charter comunes para expulsar afganos o de establecer registros y ficheros policiales. Al contrario, el futuro de una Europa eficaz pasa por un gran proyecto social, democrático, solidario, pacifico, ecológico. Si los dirigentes europeos sólo se plantearan el objetivo limitado de armonizar la fiscalidad y los niveles sociales al alza, ya darían un gran paso hacia una nueva solidaridad europea. Pero constatamos con claridad que desde el presidente del Parlamento Europeo al presidente del Consejo Europeo, del presidente de la Comisión Europea a la Alta representante de asuntos “exteriores”, es el ultraliberalismo y el militarismo a todos los niveles. El presidente del Consejo será el concienzudo ejecutor de los dogmas del Tratado de Lisboa al dictado de sus iguales. La Alta Representante de Asuntos exteriores dispone de un gran poder. Vicepresidenta de la Comisión Europea, presidirá el importante Consejo de ministros de Asuntos exteriores y, sobre todo, dirigirá el nuevo “servicio europeo de acción exterior”, dotado de 6.000 funcionarios. Su papel será presionar a los Estados “para mejorar progresivamente su capacidad militar” y llevará a cabo su acción internacional en el marco de la OTAN, como estipula el Tratado de Lisboa. ¡Éste es el fondo de la cuestión ! Sin embargo es urgente buscar vías de paz en Irak, en Afganistán y en Oriente Próximo, ir al desarme, promover la cooperación y el codesarrollo para salir del hambre y para que la cumbre de Copenhague impulse un nuevo desarrollo humano sostenible. Por una Europa social, solidaria, ecológica, democrática, pacífica, no podemos rendirnos ni bajar la guardia. Patrick Le Hyaric Tomado de L´Humanité

Cayo Lara sobre el caso Alakrana

"Hay gente en Somalia que piensa que les quitan lo que es suyo" Tras conocerse la liberación del atunero Alakrana, el coordinador general de IU, Cayo Lara, se posicionó éste miércoles en Salamanca a favor de un mundo menos dividido entre ricos y pobres, sosteniendo que es la situación que se vive en países como Somalia, aplastados por el sistema comercial dominante de los países capitalistas, la guerra y la falta de Estado, la que está en el orígen de los secuestros y de la piratería informal. "Hay gente allí que piensa que se va allí a quitarles lo que es suyo, en donde hay ciudadanos que ponen en peligro su vida por salir a secuestrar barcos", ha sostenido Lara. Somalia reclama potestad territorial sobre 200 millas mar adentro. Pero las instituciones pesqueras internacionales, dominadas por Europa, Estados Unidos o Japón, otorgan a ese país tan sólo 15 millas. Los mejores caladeros están precisamente en las llamadas "aguas internacionales". Sobre la liberación del atunero español, Lara se mostró contento por los pescadores liberados, pero dijo que "se debe conocer todo" ya que el barco "estaba fuera del radio de protección internacional". En este sentido, criticó a los armadores privados por su ávidez empresarial: "la mayor ambición por recoger un mayor número de pescado "no puede poner en riesgo a los trabajadores". Respecto al posible pago de 2,3 millones de euros a los secuestradores, manifestó que se ha tratado de una situación "nueva y extraordinaria" y que "se estaba gestionando algo tan delicado como la vida de 36 personas". Asimismo, señaló que es preciso abrir un debate entre las fuerzas políticas para evitar nuevos secuestros de este tipo porque actualmente hay 12 atuneros con bandera española en la misma zona y otros 15 procedentes de Sudamérica pero con trabajadores de España. Respecto a la presencia de seguridad privada en los barcos españoles, animó a las fuerzas políticas a analizar "si el monopolio del uso de la fuerza se debe poner en manos privadas". "No estamos por la privatización parcial de elementos que sólo puede utilizar el ejército", añadió. Eloy Pardo Tomado La República

20 nov. 2009

El Sáhara Occidental atenazado por Marruecos

Rabat ha expulsado a Aminatou Haidar, reconocida militante de los Derechos Humanos. Enésima demostración de fuerza contra los saharauis. Intimidaciones, confiscación de pasaportes, amenazas, arrestos, procesos arbitrarios... Desde 2005, inicio de la intifada pacífica en el Sáhara Occidental, Marruecos utiliza la represión contra los militantes de los Derechos Humanos en los territorios que ocupa ilegalmente desde 1975. El viernes 13 de noviembre , la activista saharaui Aminatou Haidar fue detenida, una vez más, a su llegada al aeropuerto de El Aaiún, capital del Sáhara Occidental, acompañada de dos periodistas españoles, y posteriormente expulsada en dirección a las Canarias (España) de donde provenía... "Titular de un documento nacional de identidad y de un pasaporte marroquí (...) Aminatou Haidar fue detenida por haber rechazado cumplimentar las formalidades de la policía", informó AFP. Galardonada con varios premios internacionales de los Derechos Humanos, entre ellos el de Coraje civil en 2009, y candidata al Nobel el año anterior, fue interrogada por doce agentes de la Seguridad marroquí por haberse atrevido a escribir en la ficha de entrada la mención Sahara Occidental. Una ofensa a "la integridad territorial de Marruecos", según Rabat, obligado sin embargo, a organizar un referéndum sobre la autodeterminación del Sáhara Occidental desde hace dieciocho años, como recomiendan numerosas resoluciones de la ONU. Aminatou Haidar, condenada a permanecer en España tras haber sido confiscado su pasaporte, ha iniciado una huelga de hambre en señal de protesta. Ella que ha conocido dos veces las prisiones marroquís y la tortura, no cesa de advertir sobre las graves violaciones de los Derechos Humanos de las que son víctimas los saharauis. Al igual que otros siete militantes, entre ellos Alí Salem Tamek, vicepresidente del Colectivo de defensores de los Derechos Humanos (Codesa), detenidos hace un mes, y amenazados con ser llevados ante un tribunal militar por haberse trasladado a los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf (Argelia). Todos ellos son reconocidos como prisioneros de opinión por Amnistía Internacional, se arriesgan a ser condenados a la pena de muerte. En 2008, durante un coloquio en la Asamblea de la Unión Europea en París, Aminatou Haidar denunció la diplomacia de geometría variable de la U.E. que permanece muda en el tema del respeto a los Derechos Humanos cuando sus intereses económicos están en juego. Cathy Ceibe Traducción J.A. Pina Tomado de L´Humanité

15 nov. 2009

Irán: Allí los terroristas son los muertos

Imagen Juan Kalvellido Cuarenta y nueve muertos por una bomba, sólo once de ellos militares, pero ni se calificaba de atentado terrorista ni a sus ejecutores de grupo terrorista. Así es como lo pudimos comprobar en tres periódicos españoles -El País, El Mundo y La Vanguardia- cuando trataron el 19 de octubre la noticia de la masacre contra la guardia de élite iraní. El término usado fue “ataque”, “atentado” o simplemente “acción” y para el grupo que se responsabilizó -Jundollah- no hubo calificativo ni consideración de terrorista a pesar de que ya en mayo pasado atentó contra una mezquita provocando 25 muertos. Para El País son “un grupo rebelde suní de Balachistán, fundado en 2002”, para La Vanguardia “un movimiento de resistencia popular de Irán formado por suníes que combaten al régimen chií, persa e islámico”, El Mundo se limita a llamarlo “grupo suní Jundollah”. Años y años nos llevan angustiando sobre el peligro del terrorismo iraní y ahora resulta que los atentados suicidas con decenas de muertos es contra esos “terroristas”. Porque, para quienes no lo sepan, Estados Unidos tiene declarado como “grupo terrorista” desde 2007 a las víctimas del atentado, los Guardianes de la Revolución. Una vez más, es el mundo al revés, cuando los muertos no son de los nuestros, las víctimas son los terroristas y los verdugos, combatientes y resistencia. Pascual Serrano/Correo del Orinoco

Daños colaterales en Irak y Afganistán

Las otras bajas colaterales del guerrerismo norteamericano en Iraq y Afganistán Cuando el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, honró anteayer a los veteranos y a los soldados norteamericanos caídos en combate, en una ceremonia en el Cementerio Nacional de Arlington, lanzó una frase que escamoteaba dos grandes verdades: la primera de ellas, es que todos ellos habían muerto como resultado de su enrolamiento en guerras injustas como las desarrolladas en Corea, Vietnam, Granada, Panamá, el Líbano, Afganistán e Iraq, para satisfacer las apetencias hegemónicas del imperialismo. La otra verdad es que, al expresar que: “Estados Unidos no los decepcionará”, Obama ocultaba la cruda realidad que viven los veteranos en esa nación, quien los ha usado como carne de cañón y luego los ha abandonado a su suerte. Los veteranos, por tanto, se han convertido en víctimas adicionales, es decir, en otras bajas colaterales de las guerras genocidas desarrolladas por Estados Unidos, que ya suman más de un millón de ciudadanos iraquíes asesinados y de varios miles de afganos entre la población civil. Para agudizar el tan candente problema que pesa sobre la sociedad norteamericana, se dio a echar de ver el 5 de noviembre pasado, que el Pentágono planea pedir al Congreso un fondo adicional de emergencia para la guerra de Iraq y Afganistán, mientras que el jefe del Comando Supremo, almirante Michael Mullen, había solicitado aún más dinero adicional a los ya autorizados 130 mil millones de dólares para esos fines. De la misma manera, el 13 de octubre de este año, se dio a conocer que Obama le dio un espaldarazo al envío de 13 mil efectivos añadidos a Afganistán, integrado por personal de apoyo a los efectivos en combate. De esta forma, las presiones del comandante militar de las tropas de EE UU, general Stanley McChrystal, pretenden elevar a 128 000 sus efectivos en Afganistán. Ni a Obama ni al Pentágono les preocupan las bajas de jóvenes norteamericanos en Iraq y Afganistán, que ya ascienden a más de 900 soldados estadounidenses en territorio afgano y a cerca de 5 000 en Iraq. Estas bajas se unen a los cerca de 70 000 soldados heridos, que se han suicidado o han sido retirados del escenario de la guerra por diversas razones. Para la Casa Blanca y el Pentágono el mantenimiento de la guerra es primordial y está por encima de cualquier cosa, incluso por encima del drama social que viven sus ex soldados, para los que solo queda la satisfacción de ser admirados el 11 de noviembre y ser tratados como objetos discontinuados el resto del tiempo. La celebración del Día de los Veteranos, estrenada el 11 de noviembre de 1918, y finalmente oficializada en septiembre de 1975, pasaría a ser simplemente el único día en que los ocupantes de turno en la Casa Blanca volteaban sus ojos hacia aquellos que usaron a su arbitrio, olvidándose de ellos los otros 364 días de cada año. Triste realidad que hoy pesa sobre la sociedad norteamericana y despierta lentamente un sentimiento antibelicista entre sus ciudadanos. La Secretaría de Asuntos de Veteranos, creada en 1989, pasaría a ser el instrumento orgánico mediante el cual el gobierno estadounidense se encargaría de la atención a los militares que habían servido en sus guerras genocidas, pero en realidad poco o casi nada ha hecho por atender a los miles de desmovilizados que padecen de serios daños sicológicos, inadaptación social, desórdenes conductuales, falta de oportunidades y otros problemas como el desamparo social, carencia de atención médica y siquiátrica, beneficios y pensiones, así como una penosa exclusión social. PARTICIPACION DE LOS VETERANOS EN EL MOVIMIENTO ANTIBELICISTA. Hoy por hoy, el movimiento antibelicista en Estados Unidos va en aumento, nutrido por veteranos de las guerras genocidas norteamericanas a lo largo del mundo, por familiares de los soldados caídos en combate y por una parte de la sociedad que ha tomado conciencia de que las políticas belicistas de las administraciones han traído más pobreza que bienestar a la nación. El movimiento de veteranos contra las guerras agrupa a los veteranos de la primera guerra del golfo, los desmovilizados de Iraq y Afganistán, así como a los veteranos de Vietnam. No hace mucho, mientras Obama y McCain realizaban su último debate presidencial en la Universidad Hofstra, en Nueva York, fueron arrestados varios veteranos miembros de Veteranos de Iraq Contra la Guerra (IVAW), por el delito de pretender entregar a los contendientes sus legítimas demandas, entre las que se encontraban el retiro inmediato de Iraq, las reparaciones de los daños sufridos en ese escenario de la guerra y la solicitud de beneficios completos. LOS VETERANOS ENTRAN A OTRO EJÉRCITO: EL DE LOS HOMELESS. Mientras la institución denominada Ayuda de Urgencia al Ejército (AER), creada en 1942 para proporcionar apoyo financiero a las familias de los soldados participantes en contiendas bélicas, ha sido cuestionada por el manejo de sus fondos y por convertir la supuesta ayuda en préstamos onerosos, un reporte del Departamento de Asuntos de Veteranos señala que más de 336.600 veteranos de guerra han dormido alguna vez a la intemperie y 200 mil son parte del 20 % de los homeless en EE UU. Según un estudio de la Alianza Nacional para Acabar con la Indigencia, dado a conocer hace dos años, una cuarta parte de los vagabundos en Estados Unidos es un veterano de las guerras, es decir, 195.800 veteranos militares sin techo, de un total de 744.313 vagabundos. EL EJERCITO Y SUS MAQUINAS DE MATAR INCONTROLABLES. Con sorprendente frecuencia, los soldados estadounidenses en activo y los veteranos desmovilizados se han visto involucrados en hechos de violencia que han sacudido a la sociedad de su país. Asesinatos múltiples y seriales, ataques sexuales, riñas, golpizas, violaciones, delitos de conducir en estado de embriaguez, tráfico de drogas, violencia doméstica, tiroteos, apuñalamientos, secuestros y suicidios, son algunos de los frecuentes delitos tipificados en sus casos. El reciente suceso acaecido en la base Fort Hood del Army, la más grande base militar de EE UU, en el que fueron asesinadas al menos 12 personas y heridas otras 30, ha convertido en tema de actualidad el aumento de la violencia entre los militares norteamericanos, su peligrosidad hacia la población civil y cómo la frustración ha transformado también a varios veteranos en asesinos y homicidas. Paradójicamente, en este caso el homicida fue el comandante Nidal Malik Hasan, un psiquiatra experto en trastornos de estrés postraumático. El 27 de septiembre del 2009, se dio a conocer que en la Cuarta Brigada de Combate de la Cuarta División de Infantería, ubicada en Fort Carson, Colorado, sucedieron atroces hechos que involucraron a una decena de sus efectivos, los que han sido arrestados por delitos que van desde asesinato, intento de asesinato y homicidios culposos. Todos ellos sufrían severos daños sicológicos y una descontrolada propensión a la violencia desde su retorno de Iraq. Uno de los soldados, Kenneth Eastridge, quien se halla cumpliendo una condena de diez años por ser cómplice de un asesinato, manifestó a un diario norteamericano: “El Ejército lo hace retumbar en tu cabeza hasta convertirlo en un instinto: matar a todos, matar a todos. Y lo haces. Luego creen que simplemente puedes regresar a casa y parar”. Estos hechos de violencia son reiterativos. Hace poco más de un año, tras un altercado, un soldado mató a balazos a su teniente superior y luego se privó de la vida. En otro hecho, Denard Manns asesinó en 1999, luego de violarla, a la asistente médico, Michelle Robson, en un apartamento cercano a una base militar. La División 1 de Caballería tampoco ha escapado de hechos de sangre. En julio de este año el soldado Armando Baca fue acusado de asesinar a Ryan Richard Schlak. Ambos habían regresado a Fort Hood luego de participar en acciones bélicas en Iraq. Con unos días de diferencia el Jared Lee Bottorff fue acusado de matar a otro soldado de esta base al iniciarse una pelea entre ellos. Otro hecho de asesinato fue cometido en la base Liberty, cerca de Bagdad, cuando un efectivo del Army asesinó a cinco de sus compañeros de armas. LA FRUSTRACION COMO DETONANTE DE LA VIOLENCIA DE LOS VETERANOS. Los miembros de las minorías han sido la base principal de la población que ingresa a las fuerzas armadas en Estados Unidos, unas veces intentando escapar de la pobreza y otras buscando reconocimiento social sobre la base de un controvertido gesto de patriotismo. Sin embargo, en vez de disminuir los niveles de exclusión social y discriminación, éstos aumentan al regresar de la guerra. La carne de cañón enviada a Vietnam, Afganistán e Iraq ha sido, en su gran mayoría, integrada por negros y latinos, así como una minoría de miembros pobres de la raza blanca. Varios son los factores que contribuyen a la frustración de los soldados desmovilizados de las guerras. ● Se marcharon a la guerra engañados y siguiendo un falso patriotismo usado para reclutarlos, descubriendo después en el campo bélico las verdaderas razones por las que fueron enviados. ● Al regresar no fueron recibidos siempre como héroes, cargados de stress, alto nivel de culpabilidad por los crímenes cometidos y un bajo nivel de integración social. ● Las secuelas de la guerra y desórdenes conductuales provocaron que muchos nunca pudieran reintegrarse a la sociedad y conseguir trabajo. ● Muchos han tenido problemas de inserción dentro del marco familiar, con el creciente aumento de divorcios y problemas en el hogar como violencia doméstica, apatía y disminución de afectividad. ● La evasión de la realidad y los daños sicológicos han conducido a muchos al camino de la drogadicción y la violencia, a la alteración de la disciplina social y a la criminalidad sexual. ● La falta de trabajo y oportunidades, sobre todo para aquellos con daños físicos y sicológicos, los empujaron al abandono y al desarrollo de odios hacia los demás, a la pérdida de los lazos afectivos y a un bajo nivel auto estima. ● Junto a la propensión al suicidio, otros desarrollaron apego a formas incontroladas de violencia, convirtiéndose en asesinos y homicidas. Junto a los crímenes cometidos por varios veteranos como el soldado Frank Ronghi, sodomita y asesino de una niña de once años en Kosovo, se destaca el caso de Jeffrey Glen Hutchinson, quien asesinó a su esposa y a sus tres hijos. Sin embargo, los casos más sobresalientes fueron los de Timoty McVeigh, asesino de cientos de personas en un ataque terrorista en la ciudad de Oklahoma, y del ex sargento John Allen Muhammed, conocido como el francotirador de Washington DC., y quien fuera ejecutado hace dos días luego de que el Tribunal Supremo de EEUU denegara su petición. LOS DAÑOS SICOLOGICOS Y OTRAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA. Las secuelas de su participación en guerras genocidas, en las que se ha desplegado un alto nivel de salvajismo, ha provocado serios daños sicológicos en las tropas norteamericanas. De acuerdo con un estudio realizado en octubre de 2008 por el Centro Nacional para el Desorden de Stress Postraumático de Virginia, EE UU, cerca del 15 % de les efectivos militares norteamericanos participantes en Iraq y Afganistán padecen de stress post traumático, a la par que el 76 % de las mujeres militares han sufrido desde violaciones sexuales hasta distintos tipos de acoso. Por otra parte, un estudio realizado por el Departamento de Asuntos para Veteranos reconoció que casi 300 mil veteranos de Iraq y Afganistán recabaron de ayuda de esta institución para tratarse de desórdenes mentales o secuelas de la guerra. Al respecto, muchos de ellos sufrieron los efectos de las propias armas químicas y biológicas usadas contra la población de los países invadidos. La propia Asociación de Veteranos Americanos de Vietnam, reconoce que 600.000 soldados se enfermaron a causa del agente naranja y de ellos han perecido cerca 238.000. Por su parte 300 mil soldados involucrados en la Guerra del Golfo han desarrollado enfermedades que los han dañado permanentemente. El Dr. Asaf Durakovic, profesor de medicina nuclear en la Universidad de Georgetown, informó que decenas de miles de veteranos norteamericanos están enfermos y siguen muriendo a consecuencias de la contaminación radiactiva. Dijo que se hallaron remanentes de contaminación radioactiva en un 62 % de los veteranos, encontrados en test de orina, biopsias y otros estudios. Ellos mismos contaminaron a sus propias familias. EL SUICIDIO COMO ESCAPE ENTRE SOLDADOS Y VETERANOS DE LA GUERRA. El suicidio de soldados en activo, así como de veteranos de guerra se ha convertido en los últimos años en un fenómeno incontrolable. De acuerdo con Robert Ursano, Director del Departamento de Psiquiatría en la Universidad de Ciencias de la Salud, la causa principal es el stress postraumático, la baja adaptación, desórdenes conductuales, falta de beneficios y reconocimiento social, drogas y alcoholismo Tal fue el grado de incremento de suicidios entre militares en activo que en una sola base militar de Kentucky, EE UU, el Fuerte Campbell, donde está acantonada la 101 División Aerotransportada, se suicidaron 11 efectivos en activo. El 8 de Septiembre de 2008, 16 soldados estadounidenses de la Unidad 57, de la División de Transporte Aéreo, se suicidaron dentro de una base militar en Iraq, presuntamente como resultado de remordimientos por los crímenes cometidos por esta unidad contra niños y mujeres en el norte de Bagdad. La alarmante cifra de suicidios entre soldados en activo fue de 143 en el año 2008, la cifra más alta en tres décadas desde que el ejército inició estas estadísticas. En el 2007 los soldados suicidas fueron 115, mientras que en 2006, fueron 102 los efectivos que decidieron quitarse la vida. Para el 2009 estas cifras pueden alcanzar un nuevo record. Según el propio Departamento de Defensa cerca de 600 militares se han suicidado desde que comenzó la guerra en Iraq, lo que representa en números la pérdida de un batallón de efectivos, colocando al suicidio la cuarta causa de muerte entre las tropas norteamericanas. Los veteranos que se han suicidado superan a los soldados en activo. Según el VA un promedio de 6,500 veteranos se privan de la vida cada año, casi 18 cada día. El alarmante número de suicidas entre las tropas precisó al Pentágono a invertir una alta cifra millonaria, cerca de 50 millones de USD para investigar y prevenir el suicidio entre los militares en activo, apoyándose en investigadores, sicólogos y siquiatras de las Universidades de Harvard, Columbia y Michigan, así como el Instituto de Salud Mental. Por otra parte, también ha recurrido a centenares de expertos en el tema para evaluar a las tropas sobre el terreno. HECHOS DE VIOLENCIA PERPETRADOS POR MILITARES EN BASES NORTEAMERICANAS. Todo el mundo se ha conmocionado ante las atrocidades de los soldados norteamericanos cometidas contra la población aledaña a sus bases en diferentes países. Desde asesinatos, violaciones y otros abusos sexuales, desmanes y otros delitos, ponen hoy en tela de juicio la intención de EE UU de aumentar el número de bases militares en el mundo, especialmente en Colombia. Según Ann Wright, ex militar y diplomática norteamericana, quien renunció a su cargo por objetar la guerra contra Iraq en el 2003, los EE UU deben aplicar mayor severidad con sus efectivos para frenar las frecuentes violaciones contra mujeres civiles. En una entrevista concedida a Catherine Makino de la agencia Inter Press Service (IPS), el pasado 24 de agosto de 2009, declaró, entre otras cosas: “Las mujeres que viven cerca de las bases militares estadounidenses en Japón deberían tener mucho cuidado pues hay muchas violaciones, ataques sexuales y violencia doméstica.” “Los efectivos estadounidenses arguyen que las estadísticas sobre violaciones por soldados no son mayores que las que se producen entre civiles, pero ése no el punto. Los militares se jactan de orden y disciplina, y deben ser capaces de inculcarles a sus miembros temor a cometer este delito. El castigo debe ser una alta prioridad, y eso no existe en el ejército de Estados Unidos.” Una prueba de las alertas de Wright tuvo lugar en el año 2006 cuando un grupo de cinco militares norteamericanos violaron a la niña iraquí Abeer Qassim Hamza al-Janabi, de apenas 14 años de edad, a quien asesinaron posteriormente en unión de sus familiares, incluyendo a otra menor de 6 años. Todos los implicados en este monstruoso crimen ocurrido en Mahmudiya, cerca de Bagdad, lo hicieron bajo el efecto de una desenfrenada orgía de sangre y alcohol. Un año después, otro soldado norteamericano, el sargento Joseph Mayo, asesinó salvajemente a cuatro detenidos iraquíes, maniatados e indefensos. En dicho crimen participó también otro sargento, Michael Leahy, quien se involucró también en la matanza. El Pentágono y la Casa Blanca son los responsable directos de tantos crímenes y frustraciones relacionados con sus tropas. Quienes como el presidente colombiano Álvaro Uribe y otros mandatarios de América Latina coquetean hoy con Estados Unidos para fortalecer la presencia de efectivos militares bajo la falsa justificación de perseguir al terrorismo y al narcotráfico, estableciendo legislaciones que dan paso a su total impunidad ante la ley, serán cómplices de las atrocidades que están por cometerse contra la población civil. La historia juzgará algún día a quienes, por mantener a toda costa un sueño hegemónico, convierten a sus soldados en máquinas asesinas cargadas de odio y frustración. Percy Alvarado Tomado de Cuba Debate

Yasser Arafat para siempre

René Naba con el presidente palestino Yasser Arafat en la Cumbre de los No Alineados en Harare (Zimbabue), en junio de 1988, tras el discurso en el que el líder de la Organización para la Liberación de Palestina suscribió por primera vez la Resolución 242 de Consejo de Seguridad de la ONU, que prescribía una solución global al conflicto israelí-palestino. Nada, absolutamente nada se le ahorraría a aquél a quien se denominó a veces, con razón, «el superviviente político más famoso de la época contemporánea». Y aquel Premio Nobel de la Paz, uno de los pocos árabes que ha recibido un galardón semejante, apuraría el cáliz hasta las heces. Sin embargo el líder palestino murió, el 11 de noviembre de 2004, sin haber cedido un ápice con respecto a ninguno de los derechos fundamentales de su pueblo; ni al derecho a disponer de Jerusalén como capital, ni al derecho de retorno de su pueblo a su patria de origen. Su talla, sin punto de comparación con la de su insignificante sucesor, Mahmud Abbas, un burócrata especulador sin envergadura y sin carisma, todavía atormenta la conciencia occidental, cinco años después de su muerte. La implosión política de Mahmud Abbas el 5 de noviembre de 2009, seis días antes de la conmemoración del fallecimiento de Yasser Arafat, justifica a posteriori el escepticismo del líder histórico de los palestinos con respecto a los países occidentales y lleva implícita la condena de la complacencia de su sucesor frente a la hipocresía occidental, a la vez que pone de manifiesto el servilismo de la diplomacia estadounidense y de su jefa, la secretaria de Estado Hillary Clinton, en relación con Israel. Calcinado por sus aplazamientos en el asunto del Informe Goldstone sobre Gaza y por el desaire estadounidense con respecto a las colonias, la renuncia de Abbas a un nuevo mandato presidencial aparece tanto más cruelmente patética en cuanto que ha coincidido con una hiriente lección de valor que le han asestado los jóvenes palestinos y los pacifistas israelíes abriendo, no sin riesgos, una brecha en el muro del apartheid con ocasión de la conmemoración del vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín, una acción que ha resonado como una burla a Mahmud Abbas y a Israel, un desafío a la apatía de las instancias internacionales, un regalo póstumo a Yasser Arafat, fundador de la lucha armada palestina. Repaso de una vida de lucha con ocasión de la conmemoración del quinto aniversario de la muerte de Yasser Arafat en el hospital militar de Clamart (Región de París), el hombre sin el cual Palestina habría sido borrada del mapa del mundo. I. La kufiya palestina es él La kufiya palestina es él. Su retrato con gafas negras y kufiya en la portada de la revista Time a raíz del primer hecho de armas palestino contra el ejército israelí, la legendaria batalla de Al Karameh, el 20 de marzo de 1968, causó un gran choque psicológico en la opinión pública internacional y contribuyó enormemente a la toma de conciencia de la lucha del pueblo palestino por el reconocimiento de su identidad nacional. Varias decenas de fedayines palestinos, bajo el mando directo de Yasser Arafat presente en el campamento sitiado, acabaron aquel día diezmados sobre el terreno y obligaron al ejército israelí a batirse en retirada bajo la mirada impasible del ejército jordano, que durante la primera fase de la batalla mantuvo a sus tropas en el valle del Jordán. La batalla de Al-Karameh debe su nombre, por un curioso guiño del destino, al lugar del combate, Al Karameh, la ciudad donde se desarrolló este hecho de armas. Acto fundador de la lucha palestina en el plano internacional, la batalla se percibió y se vivió como «la batalla de la dignidad recuperada» en cuanto que lavaría en el imaginario árabe la traumatizante derrota de junio de 1967, al infligir a los israelíes pérdidas humanas más importantes que las que sufrieron en el frente jordano un año antes (1). Esta batalla electrizó durante mucho tiempo a la juventud árabe en su combate político y propulsó la lucha del pueblo palestino entre la juventud de todo el mundo. Por su carga simbólica, la batalla pasará a la posteridad como el equivalente palestino de la antigua batalla de las Termópilas (2), en cuanto que marca por la sangre y el sacrificio supremo el espíritu de resistencia de los palestinos y su determinación de asumir personalmente su propia lucha. Publicada por la revista estadounidense, la foto del jefe palestino hasta entonces desconocido, le lanzó a la popularidad como portavoz de la causa y símbolo de la identidad palestina. La foto precipitó la marginación de su calamitoso predecesor Ahmad Choukeiry, y al mismo tiempo propulsó a la kufiya, el tradicional pañuelo palestino, a la categoría de símbolo universal de la revolución. La kufiya, en el origen de cuadros en blanco y negro, se teñiría después de todos los colores para acabar convirtiéndose en el punto de cohesión de todas las grandes manifestaciones de protesta de todo el mundo en la época contemporánea. «Todo eso era posible gracias a la juventud, al placer de (…), de ser el punto más luminoso, el más agudo de la revolución, el más fotogénico en todo lo que hiciera, y quizá por el presentimiento de que ese mágico espectáculo revolucionario pronto sería devastado. Los fedayines (voluntarios de la muerte) no querían el poder, ya tenían la libertad», profetizaba poéticamente el escritor francés Jean Genet, uno de sus numerosos compañeros de viaje de la época, que los inmortalizó en su inolvidable reportaje sobre la masacre de los campos palestinos de Sabra y Chatila, en las afueras de Beirut (Jean Genêt «Quatre heures á Sabra-Chatila», Revue d’Etudes Palestiniennes, nº 6, invierno de 1983). En una etapa histórica árabe rica en personalidades carismáticas (décadas de 1960 y 1970): Gamal Abdel Nasser (Egipto), Hafez Al-Assad (Siria), Houari Boumediene (Argelia), Sadam Husein (Iraq) o Faisal de Arabia, muchos no perdonaron a Arafat su popularidad y su prestigio. Israel, en primer lugar y siempre, constantemente, sin descanso, ha querido neutralizar la carga explosiva de la mística revolucionaria que el movimiento nacional palestino transmitía al Tercer Mundo. En el campo árabe, el rey de Jordania, Hussein el Hachemita, fue el primero que se dedicó, en septiembre de 1970, a meterle en vereda con un espantoso baño de sangre (Septiembre Negro, N. de T.), el primero del suplicio palestino, mientras los demás países se dedicaban a limitar su margen de maniobra infiltrando en el corazón palestino, la Organización para la Liberación de Palestina, movimientos títeres, ya fósiles, como el Al-Saika pro sirio; el Frente de Liberación Árabe pro iraquí; o el Frente de Liberación de Palestina pro egipcio; o la hipocresía marroquí que compensaba el apoyo declarado a la causa palestina con una colaboración soterrada con los servicios israelíes. De todos los grandes países árabes, sólo Argelia dio un apoyo incondicional a la guerrilla palestina, «Zaliman kana aw Mazloum», sean opresores u oprimidos, según la expresión del presidente Boumediene (3). La guerra de octubre de 1973 y la destrucción de las fortificaciones israelíes de la línea Bar lev, a lo largo del Canal de Suez, mitigaron los conflictos interárabes, lo que dio un respiro a la guerrilla palestina y allanó el camino para el lanzamiento de Yasser Arafat a la escena internacional. Tomando por sorpresa Nueva York, el 13 de noviembre de 1974, Arafat desembarcó de un avión especial argelino en la metrópolis estadounidense para dirigirse, hecho sin precedentes en los anales diplomáticos, a la Asamblea General de las Naciones Unidas, presidida en la época por el brillante ministro de Asuntos Exteriores de Boumediene, Abdel Aziz Buteflika. Recientemente consagrado por sus pares árabes como portavoz exclusivo de los palestinos, el jefe de la OLP expuso la causa de su pueblo -que no existía jurídicamente- e inauguró solemnemente una estrategia que combina la lucha armada y la acción diplomática, «el fusil y la rama de olivo», según su expresión, para recuperar una patria, Palestina, borrada desde hacía un cuarto de siglo de la geografía política. En ese discurso, que resonó desde la mayor ciudad judía del mundo hasta los confines de la Península Arábiga, el dirigente palestino, diez años después de la fundación de su movimiento en El Cairo en 1964, apuntó tímidamente la posibilidad de una coexistencia judía-árabe. Arafat estaba en el cénit, secundado por la nueva potencia petrolera árabe revelada por la guerra de octubre de 1973. Gracias a la brecha abierta por la OLP, a diecisiete movimientos de liberación africanos se les reconoció el estatuto de observadores de la ONU. Cinco de ellos, en particular, la Guinea portuguesa, Angola, Mozambique y Zimbabue condujeron, algunos años después, a sus países a la independencia. La euforia duró poco. Seis meses después de su coronación en la ONU, estalló la guerra en Beirut, sombrío presagio, el 13 de abril de 1975, en la quincena de la caída de Pnom Penh y Saigón, los dos bastiones estadounidenses en Asia. Muy a su pesar, Arafat se precipitó, y después inexorablemente se enfangó, en lo que al principio sólo era una guerra entre fracciones y después se convertiría en la primera guerra civil urbana de la época contemporánea. Los coletazos de ese conflicto de proyección regional e internacional hicieron volar en pedazos, en un período de siete años (1975-1982), la cohesión libanesa, la cohabitación libanesa-palestina y la solidaridad árabe. Egipto hizo la paz con Israel y Estados Unidos vinculándose por la «cláusula Kissinger», que subordinaba cualquier contacto con la OLP a condiciones equivalentes. Una capitulación incondicional, según los palestinos. Atrapado en la tormenta, Arafat tocó el fondo del abismo, en junio de 1982 en el Beirut asediado, convertido por sus adversarios en el «foco del terrorismo internacional» y por sus partidarios en el «vivero de la oposición tercermundista». Abandonado por todos, Arafat aseguró que en su viejo santuario convertido en trinchera había percibido el «aroma del paraíso» (Rawaeh al Janna), el presentimiento del más allá. Dejó su feudo de Beirut con los honores de la guerra, pero con su exangüe organización, el movimiento de liberación más importante del Tercer Mundo, prácticamente desarticulada. Doce años después del Septiembre Negro jordano (1970), mientras los beduinos del rey Hachemita se empleaban alegremente contra los fedayines palestinos, los israelíes, por su parte, se dedicaron a una «caza de palestinos» en Beirut, importante centro de los contestatarios árabes, asediada bajo la mirada impasible de los dirigentes árabes. Por segunda vez en su vida, Yasser Arafat, gracias a sus prodigios diplomáticos y a una resistencia a toda prueba, escapó del asedio militar en el que sus enemigos querían enterrarle. Con la fuerza del capital de simpatía que acumuló en el transcurso de los 65 días de asedio, el líder palestino se lanzó entonces a la búsqueda de una nueva consagración internacional. Fue el período de la diplomacia volante. Recibido con mucha fanfarria por una asamblea de jefes de Estado árabes en Fez (Marruecos), después por el Papa Juan Pablo II, por el presidente italiano Sandro Pertini en septiembre de 1982, en los países del norte de Europa y en la cumbre de los no alineados en Nueva Delhi, en febrero-marzo de 1983 se convirtió, por instigación de Estados Unidos, en blanco de las reticencias del núcleo central de la Europa occidental: Francia, Reino Unido y la RFA que movidos, según los palestinos, por una especie de «solidaridad expiatoria» con respecto a Israel, le negaron el derecho de ciudadanía. Estados Unidos, el principal aliado de Israel en el mundo, pagó el precio más caro de de la radicalización de Oriente Próximo. En dos años, 1982-1984, la embajada de Estados Unidos en Beirut Oeste, cuartel general de los marines, y después la misión estadounidense en el reducto cristiano, fueron arrasadas sucesivamente por sendos atentados mortíferos, y la célula de la CIA en Medio oriente decapitada, lo mismo que el cuartel general de los franceses y el de las milicias cristianas falangistas. Al mismo tiempo, algunos de los principales protagonistas de la intervención israelí desaparecieron de la escena pública: Alexander Haig, secretario de Estado y su amigo el Primer Ministro israelí Menahem Begin; el jefe de las milicias cristianas libanesas, Bachir Gemayel; el oficial traidor libanés pro israelí Saad Haddad, mientras que Ariel Sharon, el artífice de la invasión de Líbano, era obligado a dimitir por su responsabilidad en las masacres de los campos palestinos de Sabra y Chatilla, en septiembre de 1982. Los supervivientes de esa hecatombe política –Arafat y el presidente sirio Hafez Al Assad, el gran vencedor del verano de 1982 fortalecido por el sofisticado armamento soviético-, se dedicaron entonces a un implacable ajuste de cuentas. La central palestina estaba sacudida por fuerzas centrífugas amplificadas por los desengaños de su líder en su política de apertura hacia Occidente y los pacifistas israelíes, de lo cual las masacres de Sabra y Chatila, en el distrito sur de Beirut, son una ilustración trágica. Primera advertencia, el asesinato de Issam Sartawi, el hombre de la apertura pro occidental; después, suceso inconcebible en aquella época, la disidencia de dos de los más fieles lugartenientes de Arafat, Abu Saleh y Abu Moussa; y más grave todavía, el líder de la OLP, hecho único en la historia, fue expulsado de Siria en junio de 1983. El movimiento se agrietaba: los guerrilleros se convirtieron en desesperados. Los palestinos dirigieron sus armas contra otros palestinos. Por tercera vez en su azarosa existencia, Arafat, como trece años antes en Amman y el año anterior en Beirut, es asediado en Trípoli (norte de Líbano), esta vez por los sirios y los israelíes. Privado desde entonces de cualquier autonomía territorial, Arafat es rescatado in extremis, por segunda vez en un año, por los franceses, que actuaron bajo cobertura de las Naciones Unidas. La prensa internacional hablaba del ocaso del líder palestino. Sin embargo, Arafat triunfó en la Cumbre Islámica de Casablanca al entreabrir la puerta del regreso de Egipto al regazo árabe islámico, de donde estaba excluido desde hacía cinco años. Desde su exilio de Túnez, a 2.000 kilómetros del campo de batalla, Arafat intentaba recoger los pedazos de lo que continúa siendo el vector de la reivindicación nacional palestina. A pesar de los buenos oficios de Argelia, Yemen del Sur y la Unión Soviética, el presidente Assad no cedió. En cuatro ocasiones en ese año, en el otoño de 1984, Arafat se vio obligado a renunciar a reunir al parlamento palestino para recibir la confirmación de su liderazgo y evitar la atrofia de la central palestina. Por miedo a escindir definitivamente su movimiento y además por no encontrar la hospitalidad de ningún país donde colocar sus escaños. Una situación paradójica para un líder antes incuestionable de una organización reconocida por ciento diez Estados. Paradójica por el propio símbolo del exilio del pueblo palestino de encontrarse a la búsqueda de un refugio para sus parlamentarios en el exilio, cruel ironía de la historia y trágica ilustración del drama palestino. Amputado de sus dos principales colaboradores, Khalil Wazir (Abu Jihad) adjunto de operaciones militares, y Abu Iyad, responsable de la inteligencia, y de su hombre de confianza, Ali Hassan Salameh, oficial de relaciones con la CIA, los tres eliminados por los servicios israelíes para matar en el origen cualquier diálogo entre los palestinos y los estadounidenses, Yasser Arafat fue objeto de un proceso de satanización que desembocaría, quince años después, en su confinamiento arbitrario por orden del carnicero de Sabra y Chatila, el general Ariel Sharon, ante la mirada indiferente de los países occidentales. La invasión de Kuwait por Iraq, en 1990, le proporcionó un respiro. En vez de alinearse en un bando contra el otro y acentuar la división del mundo árabe, Arafat optó por asumir el papel de mediador entre Sadam Husein y el rey Fahd de Arabia, seguido muy de cerca por el egipcio Hosni Mubarak encantado por su activismo belicista de recuperar el papel motor de Egipto en el escenario diplomático árabe y de justificar su función de subcontratista regional de la diplomacia estadounidense. Yasser Arafat fue marginado de la comunidad árabe e internacional, y más precisamente, de la coalición occidental, la alianza de veintiséis países occidentales y árabes fundada para castigar a Sadam por su atrevimiento con respecto a un principado petrolero, Kuwait. Arafat sólo debió su salvación al acuerdo israelí-palestino de Oslo, firmado casi a espaldas de los diplomáticos occidentales. El líder palestino, por su audacia, se vio galardonado con el Premio Nobel de la Paz el 14 de octubre de 1994, junto con los coautores israelíes del acuerdo de Oslo, el primer ministro Isaac Rabin y el ministro de Asuntos Exteriores Simón Peres. Firmado el 13 de septiembre de 1993, el acuerdo de Oslo debía conducir a la autonomía de la Franja de Gaza y la zona de Jericó (Cisjordania) antes de desembocar, cinco años después, en la proclamación de un Estado palestino. No duraría ni un año. II. El cáliz hasta las heces En 1995, Benjamín Netayahu, jefe del Likud y nuevo Primer Ministro israelí, frenó la aplicación del acuerdo, antes de vaciarlo completamente de su sustancia, ante la indiferencia de los países occidentales. En total impunidad. Fue un nuevo descenso a los infiernos para Yasser Arafat, donde el Nobel carecía de influencia frente a las vejaciones que los aliados occidentales de Israel le iban a infligir regularmente. Nada, absolutamente nada se le ahorraría a aquél a quien se denominó a veces, con razón, «el superviviente político más famoso de la época contemporánea». Y Aquel Premio Nobel de la Paz, uno de los pocos árabes que ha recibido semejante galardón, apuraría el cáliz hasta las heces. Así, con ocasión de las ceremonias conmemorativas del quincuagésimo aniversario de la fundación de las Naciones Unidas, Yasser Arafat, recientemente aureolado por los acuerdos israelíes-palestinos de Oslo y el Nobel de la Paz (1993), el hombre que simbolizó para la mayoría de los suyos el renacimiento del pueblo palestino, el símbolo de la reivindicación nacional palestina, fue rechazado de una ceremonia en Nueva York, a finales de octubre de 1995, como un vulgar intruso. Suprema infamia, la prohibición procedió del cáustico alcalde de Nueva York, Rudolph William Luis Giuliani III, un italoestadounidense, con el pretexto de que las manos del dirigente palestino estaban manchadas de sangre estadounidense. Como si los estadounidenses no tuvieran sobre la conciencia la muerte de palestinos. Como si los estadounidenses no tuvieran sobre la conciencia el exterminio de los indios de América, cuya erradicación permitió a esos hijos de inmigrantes italianos prosperar en Nueva York, en la tierra de sus ancestros expoliados. Como si los responsables estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial, para organizar el desembarco en Italia, no hubieran pactado con la mafia de origen italiano sobrecargada de sangre de víctimas estadounidenses inocentes. Otro dirigente árabe, un jefe orgulloso, el presidente Soleiman Frangieh, al desembarcar en Nueva York en 1974 para apadrinar la primera gran campaña diplomática de Yasser Arafat, fue humillado por la brigada canina de la oficina de la lucha contra estupefacientes. Un ultraje infligido al presidente libanés, el dirigente político árabe más resueltamente antiestadounidense. Y esta tradición se ha perpetuado con su descendencia. A la vista de esas experiencias es difícil censurar a quienes prefieren la ropa de faena al traje diplomático. No se trata en absoluto de una simple coquetería en el vestido. Por ejemplo, Fidel Castro. El dirigente cubano, uno de los últimos supervivientes de la epopeya revolucionaria de después de la guerra, se ganó una ovación de doce minutos por cinco minutos de intervención ante la Asamblea General de la ONU con ocasión del quincuagésimo aniversario de la fundación de la organización internacional, mientras que el presidente William Clinton, por un discurso de 17 minutos, en la misma circunstancia, sólo consiguió aplausos de compromiso. Lo que sigue ya es conocido y conlleva la condena de Occidente y sus prácticas deshonrosas: la presión final ejercida por Bill Clinton en 1999 para arrancar un acuerdo israelí-palestino con el fin de lustrar el final de su mandato salpicado por el escándalo Monica Lewinsky. Desacreditado por sus enemigos, denigrado por sus falsos hermanos árabes, Arafat, solo contra todos, frente al estallido mediático sobre las presuntas generosas ofertas de Ehud Barak, no cedió. En nada. Dos años después, los atentados del 11-S contra los símbolos de la superpotencia estadounidense pusieron al día la temática de la «guerra contra el terrorismo», una bendición para su implacable enemigo Ariel Sharon y su discípulo estadounidense George Bush, que satanizaron a ultranza a Yasser Arafat para convertirle en la encarnación del mal absoluto, a pesar de que el comanditario de la operación, Osama Bin Laden, jefe de Al Qaeda, no era otro que el ex subcontratista de los estadounidenses, el mismo que había desviado a Afganistán a miles de combatientes musulmanes para luchar contra los soviéticos, entonces principales aliados de Yasser Arafat en la época del asedio de Beirut en 1982. En 2003, la invasión estadounidense de Iraq ofreció a Ariel Sharon la ocasión de confinar a Yasser Arafat en su residencia administrativa con la pasiva y vergonzosa complicidad de los países occidentales y, tragándose la vergüenza, de algunas de las plumas más reputadas del mundo árabe, mercenarios de la prensa que participaron en la escabechina. Resguardado en su lujosa residencia londinense, al abrigo del riesgo y la necesidad, Jihad el Khazen, el más destacado de los periodistas «petromonárquicos», director del periódico Al Hayat y garantía palestina del periódico saudí, reclamó la dimisión no del carnicero de sus compatriotas palestinos de Sabra y Chatila, el general Ariel Sharon, o de su cómplice George Bush, ni del follonero libio o de los gerontócratas del Golfo, todos ellos sepultureros de la causa nacional árabe, sino, paradójicamente, la dimisión de Yasser Arafat, el líder sitiado del movimiento palestino, entonces al alcance de los cañones de los tanques israelíes, el símbolo de la resistencia nacional, la leyenda viva de la lucha árabe. Ilustración patológica de la podredumbre mental de una fracción de la élite intelectual árabe gangrenada por los petrodólares monárquicos, su prescripción descabellada apareció el 18 de mayo de 2004, al día siguiente de la destrucción del campamento palestino de Rafah por la aviación israelí y menos de un mes después de los asesinatos extrajudiciales de los jefes carismáticos del movimiento islámico palestino Hamás, Cheikh Amad Yacine y Abdel Aziz Al-Rantissi. Dicha declaración le costaría, de parte de la estrella ascendente del periodismo árabe, el editorialista vedette de Al-Qods Al-Arabi, Abdel Bari Atwane, una severa llamada al orden deontológico sobre las reglas elementales de la decencia en el combate político. Sin embargo, dieciocho meses de reclusión no erosionaron la voluntad de resistencia del líder palestino, que murió el 11 de noviembre de 2004 sin haber cedido ni un ápice sobre ninguno de los derechos fundamentales de su pueblo, ni del derecho a disponer de Jerusalén como capital ni del derecho de retorno de su pueblo a su patria de origen. Mejor, como una premonición del destino, su verdugo, Ariel Sharon, trece meses más tarde, el 5 de enero de 2006, se vio reducido a un estado vegetativo de muerto viviente, convertido en un «vegetal» según la jerga médica, hundido en el coma, a imagen de su política belicista. Su talla, sin punto de comparación con la de su insignificante sucesor, Mahmud Abbas, un burócrata especulador sin envergadura y sin carisma, todavía atormenta la conciencia occidental, cinco años después de su muerte, y lleva a los dirigentes occidentales, sin miedo al ridículo, a patéticas contorsiones: Hillary Clinton, la secretaria de Estado de EE.UU. en gira por Oriente Medio, igual que su predecesora republicana Condoleezza Rice, en un ritual inmutable, cada vez que pasan por Beirut llevan flores a la tumba de Rafic Hariri, el Primer Ministro libanés asesinado, y persisten en ignorar, a su paso por Ramala (Cisjordania), el mausoleo de Yasser Arafat. Lo mismo que Nicolas Sarkozy, autoproclamado «amigo del pueblo palestino», que rodeó Ramala, la sede del poder legal palestino, para entrevistarse con Mahmud Abbas en Jericó, durante su viaje en junio de 2008. Como si un Premio Nobel de la Paz palestino constituyera una monstruosidad infamante, como si el abanderado de la reivindicación nacional palestina fuese un apestado incluso más allá de la muerte. Es irrisorio rodear la conciencia buscando un atajo. Patético esconder la cara ante sus propias traiciones: George Bush y Condoleezza Rice ya han pasado al olvido de la historia desde hace mucho tiempo, y su compadre Ariel Sahron hace mucho que desapareció de la memoria de los hombres, pero el mausoleo de Yasser Arafat, que continúa presidiendo delante de la sede de la Autoridad Palestina, sigue siendo regularmente objeto del homenaje de todo un pueblo, como una señal indeleble de gratitud hacia su lucha por el renacimiento de la nación palestina. En el «hit parade» del liderazgo palestino, Yasser Arafat adolecía de un aspecto teatral en ciertos comportamientos, y en ese hueco Abu Ammar era sustituido por dos personalidades tan discretas como eficaces: Georges Habbache, el carismático dirigente de la organización marxista Frente Popular de Liberación de Palestina, de voz estentórea y una rigurosa vida ejemplar, médico de los pobres de donde le viene su apodo «Al Hakim» y ex jefe del movimiento nacionalista árabe que derribó el protectorado británico de Aden (sur de Yemen), y Khalil WEazir, alias Abu Jihad, comandante en jefe adjunto de la guerrilla palestina y, como tal, promotor clandestino de la Intifada palestina. Pero Yasser Arafat focalizó, él sólo, la totalidad del ostracismo israelí-estadounidense concentrando sobre su persona las vejaciones infligidas a través de él al pueblo palestino, sin duda por el hecho de que pasaría a la posteridad por haber sido el hombre sin el cual Palestina habría sido borrada del mapa del mundo La implosión política de Mahmud Abbas el 5 de noviembre de 2009, seis días antes de la conmemoración del fallecimiento de Yasser Arafat, justifica a posteriori el escepticismo del líder histórico de los palestinos con respecto a los países occidentales y lleva implícita la condena de la complacencia de su sucesor frente a la hipocresía occidental, a la vez que pone de manifiesto el servilismo de la diplomacia estadounidense y de su jefa, la secretaria de Estado Hillary Clinton, enrelación con Israel. Calcinado por sus aplazamientos en el asunto del Informe Goldstone sobre Gaza y por el desaire estadounidense con respecto a las colonias, la renuncia de Mahmud Abbas a un nuevo mandato presidencial aparece tanto más cruelmente patética en cuanto que ha coincidido con una hiriente lección de valentía asestada por los jóvenes palestinos y los pacifistas israelíes que abrieron, no sin riesgo, una brecha en el muro del apartheid con ocasión de la conmemoración del vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín, una acción que ha resonado como una burla a Mahmud Abbas y a Israel, un desafío a la apatía de las instancias internacionales, un regalo póstumo a Yasser Arafat, fundador de la lucha armada palestina. El Estado palestino que ya se perfila inevitablemente en el horizonte, compensación de saldo de las torpezas occidentales hacia el pueblo palestino inocente, resuena también retrospectivamente como el triunfo póstumo de Yasser Arafat, un homenaje retroactivo al combate del líder histórico del movimiento nacional palestino, un homenaje al portador de la kufiya palestina, al símbolo de la identidad palestina convertido ya en el símbolo universal de la lucha contra la opresión. Referencias: (1) La noche del 20 de marzo de 1968, el ejército israelí atacó por sorpresa el campo palestino instalado en la localidad de Al Karameh, en el valle del Jordán, declarado por Moshé Dayan, entonces ministro de Defensa, «guarida de Fatah» Según el historiador Benny Morris, las pérdidas israelíes se elevaron a 33 muertos y 161 heridos. En el plano material, Israel registró la pérdida de cuatro tanques, 3 haf-tracks, 2 coches blindados y un avión, en el curso de esa batalla que duró 15 horas. Por el lado palestino, Kenneth Michael Pollack, antiguo analista de la CIA, estimó las pérdidas palestinas en 100 muertos y 100 heridos, es decir, un tercio de los combatientes implicados muertos o heridos. (2) Uno de los hechos de armas más famosos de la historia antigua, la batalla de las Termópilas, en el 480 a.C., se convirtió en el emblema de la resistencia griega al invasor, porque a pesar de la toma de Atenas por los persas, los griegos consiguieron que se reconociera su independencia después del triunfo en Salamina, el 22 de septiembre del año 480 a.C. Trescientos espartanos al mando del rey Leónidas I tomaron posición a la entrada del paso de las Termópilas y combatieron hasta el sacrificio para dar tiempo a que los griegos organizaran su defensa. En la cumbre de Kolonos, escenario de la última resistencia espartana, donde se erigió un mausoleo, una inscripción del poeta Simónides de Ceos (556-467 a.C.) conmemora esa acción: «Extranjero, ve y dile a Esparta que aquí trescientos de los suyos murieron por obedecer sus leyes». (3) Sobre el papel de Argelia: L’honneur de l’Algérie. Para saber más: Gilbert Achcar: Les Arabes et la Shoah, La guerre israélo-arabe des récits, Sindbad, octubre 2009, 528 páginas, ISBN 978-2-7427-8242-0. Gilbert Achcar es profesor en la Scbool of Oriental and African Studies (SOAS) de la Universidad de Londres. Es coautor, con Noam Chomsky, de La Poudrière du Moyen-Orient. René Naba Traducido para Rebelión por Caty R. Tomado de Rebelión

13 nov. 2009

"En la desesperación florecen las musas que me gusta cortejar"

Joaquín Sabina publica el martes 'Vinagre y rosas', su primer disco en cuatro años Cosas del azar. Camino de la entrevista, el taxista, sorprendentemente, sintoniza Radio 3 (y no la Cope). Es un chaval joven. "Si quieres escuchar buena música, sólo queda Radio 3. Lo demás es la música pastiche de siempre. O viejas glorias como el Sabina, que lleva 30 años haciendo la misma canción y con producciones horrendas. Estos últimos días lo ponen en todas partes", suelta airado el conductor. Porque sí: hay gente a la que no le gusta Sabina, empezando por el grueso de la generación indie, que lo ha ignorado, cuando no demonizado. Aceptando que el sonido de los discos de Sabina es convencional (en su favor hay que decir que en los últimos años tampoco se ha implicado mucho en esas lides) y que evolución, lo que se dice evolución, no ha habido mucha a lo largo de su discografía, es indudable que es un gran composiciones de canciones. Puede pecar de clásico, de monotemático y no pocas veces se le va la mano con los giros poéticos, pero ha escrito temas que están al alcance de pocos músicos."Ya, pero vive en otro tiempo. Se le nota que ya no escucha la música de ahora", continúa el taxista. Pues nada, comprobemos si tiene razón o no y se lo preguntamos al mismo Joaquín Sabina. Y artistas jóvenes, ¿le gusta alguno? "Estoy muy fuera de onda. Para mí los más jóvenes son los Pereza, que ya tienen más de 30. También Quique González, Concha Buika... Pero de ahí para abajo ya me pierdo, no sé lo que hay. No sé, tendré que hacer cola un día de estos para ver a los Jonas Brothers (risas). Pero no puedo opinar, porque por debajo de los 30 años no sé lo que está pasando". Pues premio para el taxista y, seamos justos, premio para la sinceridad de Joaquín Sabina, que recibe a Público en una especie de torreta acristalada con vistas deslumbrantes que corona un edificio del centro de Madrid. ¿El artista en su torre de marfil? Algo así, pero luego Sabina desconcierta en las distancias cortas. Uno se espera alguien seco, serio y distante, una personalidad rocosa y defensiva con tintes de divo. Sin embargo, de buenas a primeras inspira confianza (quién lo iba a decir después de escuchar temas como Mentiras piadosas o Y sin embargo). Es alguien cercano, acogedor, muy cachondo, permeable... Hasta ágil se le ve. Cuando uno se llama Joaquín Sabina, ¿cuesta encontrar a alguien que le lleve la contraria? Bueno, Benjamín Prado [con él ha escrito la mayor parte de canciones de su nuevo disco, Vinagre y rosas ] . "Yo no soy la caricatura del tipo del bombín. Ese es el que sale al escenario. Soy infinitamente más pie a tierra que eso, como sabe toda la gente que me conoce y que me llevan la contraria todo el tiempo. No tienen razón, pero me llevan la contraria (risas)". ¿Cómo ha sido ese matrimonio con Benjamín? "Como todos los matrimonios, sin sexo (risas). No, escribir a cuatro manos ha sido fantástico. Es algo que no había hecho nunca. Nos basamos en sus experiencias, porque atravesaba un bache sentimental gordo. Y tanto su bache como mi seca, porque era una época en la que no me venían canciones, las curamos juntos en Praga tomándonos unas copas y discutiendo cada coma". ¿Por qué no hay inspiración en su "felicidad doméstica"? "Yo casi todas las películas que veo son de un tipo que sale de la cárcel después de matar a no sé cuántos, y los versos que me encantan de César Vallejo suelen ser más vinagre que rosas, y las canciones de amor más hermosas son las más tristes. En la melancolía, en la amargura, en la desesperación florecen mejor el tipo de musas que a mí me gusta cortejar. La felicidad doméstica es cojonudo para vivirla, pero desde luego para contarla es un desastre." ¿Para qué sirve una canción? Bueno, las primeras que haces quieres que sirvan para follar. Y a veces, para qué te voy a engañar, sirven. Lo peor es cuando le sirven a otro. Cuando te dicen: ayer estuve echando un polvo escuchando una canción tuya. Pues no, las hice para follar yo (risas). Hace unos días apoyó un manifiesto en el que se pedía una salida progresista a la crisis. ¿Lo está haciendo mal Zapatero? Esa es una pregunta que no sé si puedo contestar. En su día hice lo de la ceja por miedo a la derecha y por un cierto apoyo a una política de buenismo progresista, pero ahora el momento es mucho más complicado y no sé si lo volvería a hacer. Pero desde luego, no me gustaría que este país lo gobernara la derecha, y menos esta derecha que tenemos. En todo caso, si me dijeran hoy que hiciera lo de la ceja diría que he quedado con una chica (risas). No es mala excusa. ¡La mejor! (más risas). ¿Qué crisis es peor, la económica o la creativa? La educacional. Estoy bastante horrorizado de ver el lenguaje que hablan los jóvenes, los grandes hermanos, los triunfitos y todas esa cosas. Esos programas donde parece que si no hablas con faltas de ortografía y eres analfabeto no te llaman. ¿Por qué ‘Vinagre y rosas'? Pues vinagre es el desamor y las rosas el amor. Me gustan los contrarios porque soy contradictorio. Dudo todo el tiempo. Guti hace coros en el disco. Siendo usted del Atleti, ¿es para que el Madrid siga perdiendo? Yo soy del Alcorcón, que quede claro (risas). Guti vino con los Pereza, que es amigo suyo. Y coincidió con Serrat. Era muy divertido verles hacer coros juntos. ¿Qué tal canta Guti? Mejor que Serrat (carcajadas). ¿El sarcasmo y la ironía no le van a abandonar nunca? Son instrumentos cosméticos para disfrazar que uno es un baboso ternurista. Y ahora se embarca en una gira mastodóntica, y esta vez sin Serrat a su lado. Sí, eso tiene un lado malo y un lado bueno. El bueno es que no tengo que darle la mitad del dinero a un catalán (risas). Y el lado malo es que estoy solo debajo del foco, cuando con Serrat nos apoyábamos uno al otro muchísimo. Jesús Miguel Marcos Tomado de Público
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