29 abr. 2011

Pena de muerte: Uno de los mayores crímenes de Estados Unidos



La causa por la condena a pena de muerte de Mumia Abu-Jamal dio un giro inesperado esta semana, cuando un tribunal federal de apelaciones declaró por segunda vez que la condena de muerte de Abu-Jamal fue inconstitucional. El Tribunal Federal de Apelaciones de Filadelfia halló que las instrucciones para la condena recibidas por el jurado y la forma del veredicto que tuvieron que utilizar en la condena no fueron claras. A pesar de que la controversia acerca de la culpabilidad o inocencia de Abu-Jamal no fue tratada, el caso deja en evidencia los problemas inherentes a la pena de muerte y al sistema de justicia penal estadounidense, especialmente el papel que juega la cuestión racial.

El 9 de diciembre de 1981, el oficial de policía de Filadelfia Daniel Faulkner detuvo un automóvil conducido por William Cook, el hermano de Abu-Jamal. Lo que sucedió a continuación es aún motivo de disputa. Hubo disparos y tanto el oficial Faulkner como Abu-Jamal recibieron impactos de bala. Faulkner murió y Abu-Jamal fue hallado culpable de homicidio en un proceso judicial presidido por el juez Alberto Sabo, quien es ampliamente considerado racista. En apenas uno de muchos nefastos ejemplos, una taquígrafa del tribunal afirmó en una declaración jurada que escuchó a Sabo decir en la antesala del tribunal “Voy a ayudarlos a ejecutar a ese negro”.

Este último dictamen del tribunal de apelaciones está directamente relacionado con la conducta del Juez Sabo en la fase de condena del juicio a Abu-Jamal. La Corte Suprema de Pensilvania está considerando varios argumentos sobre si Abu-Jamal recibió o no un juicio justo. Lo que el tribunal de apelaciones halló en forma unánime esta semana es que no recibió una justa condena. El Fiscal de Distrito de Filadelfia, Seth Williams, decidió apelar el nuevo fallo ante la Corte Suprema de Estados Unidos. Al respecto, Williams dijo: “No voy a pedir que se revea todo el dictamen del Tribunal de Apelaciones, pero creo que a esta altura le pediré a la Corte Suprema que aclare y tome una decisión sobre qué deberíamos hacer en este momento ”.

Como consecuencia de este fallo, Abu-Jamal podría obtener una revisión completa de la sentencia en el tribunal, ante un nuevo jurado. En la audiencia de revisión, se le darían instrucciones claras al jurado acerca de cómo decidir entre aplicar una condena a cadena perpetua o la pena de muerte, algo que el tribunal de apelaciones consideró que no recibió en 1982. En el mejor de los casos, Abu Jamal podría salir de la cruel reclusión y aislamiento en el “corredor de la muerte” de la prisión de máxima seguridad SCI-Greene de Pensilvania. John Payton, abogado director del Fondo de Defensa Legal de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP, por sus siglas en inglés), y representante legal de Abu-Jamal, dijo: “El fallo es un paso importante en la lucha por corregir los errores de un capítulo lamentable en la historia de Pensilvania...y ayuda a relegar a un pasado lejano el tipo de injusticias en las que se basó esta condena de muerte”.

Su otra abogada, Judith Ritter, profesora de la facultad de derecho de la Universidad Widener, me dijo: “Esto es extremadamente importante. Es literalmente una decisión de vida o muerte, y ratifica la desición de principios de la década de 2000 de dejar en suspenso la pena de muerte. En ese momento el Fiscal de Distrito impugnó el fallo de que la pena de muerte había sido implementada en forma inconstitucional, y ahora una vez más logramos la victoria judicial con respecto al fallo de que el jurado dictó una condena inconstitucional”

Le pregunté a la abogada Ritter si había hablado con Abu-Jamal luego de que el tribunal emitiera el fallo, y me dijo que la prisión no había aprobado su solicitud de una llamada legal de emergencia. No me sorprendió, considerando la cantidad de años que llevo cubriendo este caso.

Abu-Jamal tuvo que enfrentar muchos obstáculos para hacer escuchar su voz. El 12 de agosto de 1999, mientras estábamos en plena emisión de Democracy Now!, Abu-Jamal llamó a nuestro programa para ser entrevistado. Cuando comenzó a hablar, un guardia de la prisión arrancó el teléfono de la pared. Mumia Abu-Jamal volvió a llamar un mes más tarde y nos contó:

“Otro guardia apareció en la puerta de la celda gritando a viva voz, '¡Esta llamada se terminó!' Cuando exigí saber por qué, respondió 'esta orden vino desde arriba'. Inmediatamente llamé al sargento que estaba de guardia, 'Sargento, ¿de dónde vino esta orden?' Se encogió de hombros y respondió: 'No lo sé. Simplemente recibimos una llamada para cortarle la comunicación'”.

Abu-Jamal presentó una demanda por la violación de sus derechos y la ganó.

A pesar de permanecer en aislamiento, Mumia Abu-Jamal continuó durante todo este tiempo con su trabajo como periodista. Sus comentarios radiales semanales son transmitidos a lo largo y ancho del país. Así cierra su programa cada semana: “Desde el corredor de la muerte, soy Mumia Abu-Jamal”. Mumia Abu-Jamal es autor de seis libros y recientemente fue invitado a presentar una ponencia sobre encarcelamiento racial en la Universidad de Princeton. Allí dijo (desde su teléfono celular conectado a un micrófono): “Muchos hombres, mujeres y jóvenes...pueblan el complejo industrial carcelario de Estados Unidos. Como muchos de ustedes saben, Estados Unidos, con apenas 5% de la población mundial, alberga el 25% de los presos del mundo...la cantidad de personas negras en prisión aquí supera la del régimen del apartheid en Sudáfrica en su peor momento”.

Estados Unidos se aferra a la pena de muerte, quedando solo en esta materia entre los países del mundo industrializado. De hecho, se encuentra entre los países del mundo que realizan ejecuciones con mayor frecuencia junto a China, Irán, Corea del Norte, Arabia Saudita y Yemen. El fallo de esta semana en el caso de Mumia Abu-Jamal es una razón más para abolir la pena de muerte.

Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

© 2011 Amy Goodman

Texto en inglés traducido por Mercedes Camps y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Tomado: Democracy Now.org

28 abr. 2011

AfPak llega a África



Tanto si uno es un halcón liberal como si es un conservador neointervencionista, no puede por menos que apreciar el método estadounidense de librar la guerra tecnológica. Precisamente en los mismos momentos en que una pequeña camarilla de iniciados, en Washington y Londres, alborotaba a favor del incremento de la intervención occidental en Libia, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) golpeaba este lunes el complejo de Bab al Azizya, en Trípoli, por segunda vez en cinco semanas.

La OTAN insiste en que no tenía como objetivo al coronel Gadafi, sino un centro de comunicaciones en el interior del complejo. Como si la resolución 1973 de las Naciones Unidas autorizara los bombardeos del complejo de Gadafi como modo de “proteger a los civiles”.

Esta actividad cinética tuvo lugar poco después de que el ex secretario de Estado Henry Kissinger hubiera expuesto con insistencia su idea de fin de partida (endgame) para Libia al menos en tres ocasiones diferentes: en la Elliot School of International Affairs, de la Universidad George Washington; en una sesión del Aspen Institute sobre Valores y diplomacia, también en Washington; y por último en la conferencia de Bretton Woods II, en New Hampshire.

El plan de Kissinger: invadir Libia y mantener la situación por lo menos hasta la primavera de 2012. El demencial orden del día consiste en mantener la zona de Oriente Próximo y África del Norte en total desbarajuste, como táctica de distracción y pretexto de Washington para atacar a Irán en nombre de Israel y a beneficio del complejo militar-industrial. Tal vez con el potencial candidato presidencial mariscal de campo von Trump –también conocido como Donald Trump– al mando de la operación.

Gadafi es el villano perfecto de este vodevil anglo-franco-estadounidense que ni llega a la altura de los de Georges Feydeau. A pesar de su megalomanía dictatorial, Gadafi es un panafricanista declarado, un decidido defensor de la unidad africana. Libia no está en deuda con los banqueros internacionales; no pide dinero prestado al Fondo Monetario Internacional para ningún tipo de ajuste estructural; utiliza el dinero del petróleo para servicios sociales, entre otros para el proyecto del Gran Río Artificial, y para la inversión y ayuda a los países del África subsahariana. Y por si fuera poco, su banco central independiente no está manipulado por el sistema financiero occidental. En definitiva, un muy mal ejemplo para el mundo en desarrollo.

Desmantelar Libia sería sólo el aperitivo para el desguace de otras partes de África donde China tiene grandes inversiones. Efectivamente, porque si la bota occidental pisa el suelo del norte de África, su huella llegará a un Sahel que ya está en turbulencia, y donde Malí y Níger están recibiendo armas de los rebeldes libios, que acaban en manos de Al-Qaida del Magreb Islámico (AQMI). Los poderes públicos de Argelia y Marruecos –donde las protestas pro democracia no remiten– ven ya la situación con auténtico espanto.

Es preciso seguir de cerca todas estas variables. Por el momento, el éxito de taquilla humanitaria de esta primavera va a ser Los drones de Libia, otra superproducción Pentágono-Casa Blanca-Departamento de Estado, que nos llega directamente desde Hollywood, perdón, desde la Base de la Fuerza Aérea de Creech, en Nevada.

Entran en escena los drones humanitarios

¿Por qué no pensaron en esto antes: un ejército de aviones no tripulados (sólo cinco, por el momento, con base en el sur de Italia) en lugar de botas sobre el terreno? El jefe del Pentágono, Robert Gates, ha asegurado que estos aviones no tripulados –los drones– bombardearán Libia por razones humanitarias. Si había algún resto de ironía en su afirmación era tan invisible como los mismos drones. De hecho, Gates ya había engañado al Congreso de los EE.UU. hace unas semanas, cuando afirmó que el papel de EE.UU. en Libia terminaría una vez que la OTAN tomara el mando.

Así que ahora es el momento de acelerar este jueguecito de consola, es el momento de que los guerreros de despacho provoquen un infierno con ayuda del ratón. He aquí la guerra tecno-estadounidense en su mejor momento: traigan a los niños para que jueguen a combatir –virtualmente– en el desierto; después de todo, los controles del sistema siguen el modelo de los videojuegos.

He aquí algunas de las cosas que los misiles Hellfire combatirán en Libia. Un producto interno bruto per cápita de 14.192 dólares; unas prestaciones de desempleo de alrededor de 730 dólares al mes, unos salarios de 1.000 al mes para las enfermeras, sin impuestos dignos de este nombre; educación y medicamentos gratuitos; préstamos sin intereses para la compra de un coche o un apartamento. A bastantes estadounidenses desempleados no les importaría conseguir un billete sólo de ida a Trípoli.

El ataque de los aviones no tripulados está en marcha, con lo que Washington podrá pretender que no está extendiendo –¡claro que no!- su “acción cinético-militar”. (Por favor, ¡nada de guerra!) A fin de cuentas, Kissinger tenía razón al menos en una cosa: el presidente Barack Obama apuesta por una guerra aérea hasta el año 2012 que lo conduzca a su reelección.

Luego está la molesta cuestión de los “daños colaterales”, pero ¿a quién le importa? Los drones pueden volar 24 horas seguidas y proporcionar lo que en la neolengua del Pentágono se llama “persistencia ampliada”. Los militares de Gadafi se han transformado ya en población civil y se están diluyendo a la manera de Mao Zedong y Ho Chi Minh. El Vietnam de Obama asoma en el horizonte y el almirante Mike Mullen, jefe del Estado Mayor conjunto, dice que la situación “evoluciona, sin duda, hacia un punto muerto”.

Estancamiento (y daños colaterales) como en AfPak. En el mismo momento en que los rebeldes libios daban la bienvenida a la llegada de los drones, por lo menos 25 personas morían a manos de uno de éstos, un Predator, en Mir Ali, 35 kilómetros al este de Miranshah, en la zona tribal de Waziristán Norte. Las emprendedoras fuerzas vinculadas a Gadafi –y las tribales– ya están trabajando en sus técnicas de derribo de los drones inspiradas en los pakistaníes, como por ejemplo organizarse en grupos de cuatro personas colocadas separadamente y armadas con lanzagranadas.

Qué lástima que Northrop Grumman no pueda todavía desplegar su poderoso X-47B, un fino drone y auténtico asesino que lanzó en febrero pasado en un espectáculo amenizado con música heavy rock –Blue Oyster Cult–. Este killer asesino sólo estará disponible en 2013, es decir, después de la reelección de War-o-Bama.

Entretanto, esta limpia guerra de vídeo producirá unos cuantos accidentes “moralmente aceptable” (como “daños colaterales”). Y aquí la operación Amanecer de la Odisea vuelve al punto de partida. EE.UU. está de nuevo en el lugar donde se siente más cómodo: no jugando a Ulises en el Mediterráneo, sino jugando a Zeus celestial, con Predators en lugar de rayos.

Ahora lo que se impone es organizar una buena fiestorra, como las de antes, con concurso de baile al son de un remix de Fatboy Slim. En lugar de Christopher Walken, con un avión no tripulado bailador diseñado por Pixar. Y como maestro de ceremonias, el mariscal de campo von Trump, finalmente libre para invadir y llevarse el petróleo. No funcionó en Iraq. Puede que funcione en Libia.


Pepe Escobar: Autor de Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War (Nimble Books, 2007) y Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge. Su último libro es Obama does Globalistan (Nimble Books, 2009). 
 Traducción de S. Seguí
Fuente

Tomado: Rebelión.org

Libia y la nueva doctrina estratégica de los EE.UU.


Robert Gates y Barack Obama.

La operación militar aliada en Libia marca un cambio estratégico importante. Washington ha renunciado a una guerra de ocupación y ha subcontratado a sus aliados las futuras operaciones en tierra. Thierry Meyssan describe un nuevo paradigma estratégico de los Estados Unidos: la globalización forzada se interrumpe, la era de los dos mundos comienza.

A menudo se dice que los generales no anticipan el cambio que viene y preparan la próxima guerra como si debiera ser similar a la anterior. Esto se aplica a los comentaristas políticos: interpretan los nuevos eventos no por lo que son, sino como si repitieran a los que les precedieron.

Cuando los movimientos populares derrocaron a Zine el-Abidine Ben Alí en Túnez y en Egipto, Hosni Mubarak, muchos pensaban asistir a una «revolución de jazmín» [1] y una «revolución de la flor de loto» [2], al igual que las revoluciones coloreadas que la CIA y la NED han llevado a cabo de forma encadenada desde la desaparición de la URSS. Algunos hechos parecen darles la razón, como la presencia de agitadores serbia en El Cairo o la difusión de la propaganda [3]. Pero la realidad era muy diferente. Estas rebeliones eran populares y Washington intentó, sin éxito, desviarlas para su provecho. En definitiva, tunecinos y egipcios no aspiraban a la American Way of Life (el estilo de vida estadounidense), sino más bien para deshacerse de gobiernos títeres manipulados por los Estados Unidos.

Cuando se produjeron disturbios en Libia, estos mismos comentaristas han tratado de recuperar la zaga de la realidad al explicar que en esta ocasión, se trataba de un levantamiento popular contra el dictador Gaddafi. A continuación, acompañaban sus editoriales de dulces mentiras, presentando al coronel como un eterno enemigo de la democracia occidental, olvidando que colaboraba activamente con los Estados Unidos desde hace ocho [4].

Sin embargo, si miramos más de cerca, lo que está ocurriendo en Libia es el primer avivamiento del antagonismo histórico entre Cirenaica por un lado, Tripolitania y Fezzan del otro. Es sólo en segundo lugar que este conflicto ha tomado una inclinación política, la insurrección identificándose con los monárquicos, a los que pronto se les unieron todo tipo de grupos de la oposición (nasseristas, khomeinyistes comunistas, islamistas, etc ...). En ningún momento la insurrección se ha extendido en todo el país.

Cualquier voz que denuncia la fabricación y la instrumentación de este conflicto, etiquetándolo de colonial, recibe protestas. La opinión de la mayoría admite que la intervención militar extranjera permite que al pueblo libio liberarse de su tirano, y que los errores de la coalición no puede ser peor que los crímenes de este genocida. Sin embargo, la historia ya ha demostrado la falsedad de este razonamiento. Por ejemplo, muchos iraquíes opuestos a Saddam Hussein y que acogieron como salvadores a las tropas occidentales dicen que, ocho años y un millón de muertes más tarde, que la vida era mejor en el país en tiempos del déspota.

Sobre todo, esta opinión se basa en una serie de convicciones erróneas:

Contrariamente a lo que afirma la propaganda occidental y a aquello que parece dar crédito a la proximidad cronológica y geográfica con Túnez y Egipto, el pueblo libio no se levantó contra el régimen de Gaddafi. Este todavía tiene legitimidad popular en Tripolitania y Fezzan, regiones en las que el coronel había distribuido armas a la población para resistir el avance de los insurgentes de Cirenaica y de las potencias extranjeras.

Contrariamente a lo que afirma la propaganda occidental y a lo que parecen apoyar las declaraciones del furioso "Hermano Líder" mismo, Gadafi nunca ha bombardeado su propia población civil. Ha hecho uso de la fuerza militar contra el golpe de Estado sin tener en cuenta las consecuencias para la población civil. Esta distinción no tiene importancia para las víctimas, pero en derecho internacional separa los crímenes de guerra de los crímenes contra la humanidad.

Por último, contrariamente a lo afirma la propaganda y el al romanticismo revolucionario de opereta de Bernard Henry Lévy, la revuelta de Cirenaica no tiene nada de espontánea. Fue preparada por la DGSE, el MI6 y la CIA. Para formar el Consejo Nacional de Transición, los franceses se basaron en la información y los contactos Massoud El-Mesmar, antiguo compañero y confidente de Gaddafi, que desertó en noviembre de 2010 y recibió asilo en París [5] . Para restaurar la monarquía, los británicos revivieron las relaciones del príncipe Muhammad al-Sanusi, pretendiente al trono del Reino Unido de Libia, en la actualidad en el exilio en Londres y han distribuido en todas partes la bandera roja-negra-verde con la media luna y la estrella [6].
Los estadounidenses han tomado el control económico y militar repatriando desde Washington libios en exilio para ocupar los ministerios claves y la sede del Consejo Nacional de Transición.

Por otra parte, este debate sobre la conveniencia de la intervención internacional es el árbol que oculta el bosque. Si damos un paso atrás, nos damos cuenta de que la estrategia de las grandes potencias occidentales ha cambiado. A pesar de que siguen usando y abusando la retórica de la prevención del genocidio y el deber de la intervención humanitaria de los hermanos mayores o incluso el apoyo fraterno a los pueblos que luchan por su libertad, siempre y cuando abran sus mercados, pero sus acciones son diferentes.

La «Doctrina Obama»
En su discurso en la National Defense University, el presidente Obama ha definido varios aspectos de su doctrina estratégica destacando aquello que la distinguía de las de sus predecesores, Bill Clinton y George W. Bush [7].

Primero dijo: «En sólo un mes, los EE.UU. han conseguido junto a sus socios internacionales, movilizar una amplia coalición para obtener un mandato internacional de protección a civiles, detener el avance de un ejército, evitar una masacre y establecer, con sus aliados y socios, una zona de exclusión aérea. Para poner en perspectiva la velocidad de nuestra reacción militar y diplomática, recordar que en la década de 1990, cuando la gente era intimidada en Bosnia, se tardó más de un año para que la comunidad internacional interviniera con medios aéreos para proteger a los civiles. Esta vez solo nos llevó sólo 31 días».

Esta rapidez contrasta con el período de Bill Clinton. Ella explica de dos maneras.
Por un lado los Estados Unidos en 2011 tienen un plan coherente -vamos a ver cuál-, mientras que en los años 90, dudaban entre disfrutar de la desaparición de la URSS para enriquecerse comercialmente o por construir un imperio sin rival.
Por otro lado, la política de la «reinicialización» (reset) de la administración Obama, apuntando a sustituir la negociación de la confrontación, ha dado en parte sus frutos con Rusia. Aunque ésta sea una de los grandes perdedores económicos de la guerra de Libia, ha aceptado el principio -incluso si los nacionalistas Vladimir Putin [8] o Vladimir Chamov [9] tienen ardores de estómago-.

Luego, en el mismo discurso del 28 de marzo de 2011, Obama continuó:
«Nuestra alianza más efectiva, la OTAN tomó el mando de la aplicación del embargo de armas y la zona de exclusión aérea. Anoche, la OTAN ha decidido asumir la responsabilidad adicional para la protección de los civiles libios. (...) Los EE.UU. jugarán (...) un papel de apoyo - especialmente en términos de inteligencia, de apoyo logístico, de la asistencia en la búsqueda y rescate, y de las interferencias en las comunicaciones del régimen. Debido a esta transición hacia una coalición más amplia, fundada sobre la OTAN, los riesgos y los costos de tales operaciones - para nuestras tropas y nuestros contribuyentes - se reducirán considerablemente».

Después de haber puesto por delante de Francia y fingir estar arrastrando los pies, Washington admitió haber "coordinado" todas las operaciones militares desde el principio. Hizo esto para anunciar inmediatamente la transferencia de esta responsabilidad a la OTAN.
En términos de comunicación interna, es evidente que el Nobel de la Paz, Barack Obama, no quiere dar la imagen de un presidente que dirige a su país a una tercera guerra en el mundo musulmán después de Afganistán e Irak. Sin embargo, esta cuestión de relaciones públicas no debe hacer olvidar lo fundamental: Washington ya no quiere ser el policía del mundo, pero tiene la intención de ejercer un leadership (el liderazgo) sobre las grandes potencias, intervenir en nombre de su interés colectivo y «mutualizar» los costos.
En este contexto, la OTAN se convertirá en la estructura de coordinación militar por excelencia, en la que Rusia o incluso más tarde China deberán participar.

Por último, Obama acabó en la National Defense University:
«Habrá ocasiones en que nuestra seguridad no será amenazada directamente, pero en las cuales nuestros intereses y nuestros valores lo serán. A veces la historia nos pone cara a cara con desafíos que amenazan nuestra humanidad y nuestra seguridad común - intervenir en el caso de los desastres naturales, por ejemplo, o prevenir un genocidio y preservar la paz; asegurar la seguridad regional y mantener el flujo del comercio. Estos tal vez no sean problemas americanos, pero también son importantes para nosotros. Estos son problemas que merecen resolverse. Y en estas circunstancias, sabemos que los Estados Unidos, en tanto que nación más poderosa del mundo, a menudo serán llamados a prestar asistencia».

Barack Obama rompe con el encendido discurso de George W. Bush que pretendía extender por el mundo entero el American Way of Life por la fuerza de las bayonetas. Aunque admite que desplegar recursos militares para causas humanitarias u operaciones de mantenimiento de la paz, solo concibe la guerra para la «seguridad regional y mantener el flujo del comercio».

Esto merece una explicación detallada.

Cambio Estratégico
Por convención o por conveniencia, los historiadores llaman cada doctrina estratégica por el nombre del presidente que la lleva a cabo. En realidad, la doctrina estratégica se desarrolla ahora en el Pentágono y no en la Casa Blanca.
El cambio fundamental no se ha producido con la entrada de Barack Obama al Despacho Oval (enero de 2009), sino con la de Robert Gates al Pentágono (diciembre de 2006). Los dos últimos años de la presidencia de Bush no salen pues de la «Doctrina Bush», sino que son el preludio de la «doctrina Obama». Y es porque él acaba de ganar que Robert Gates plantea retirarse con orgullo del trabajo acabado[10].

Para hacerme entender, yo distinguiría entre una «doctrina Rumsfeld» y una «doctrina Gates».
En a primera, el objetivo es cambiar los regímenes políticos, uno por uno en todo el mundo, hasta que todos ellos sean compatibles con el de los Estados Unidos. Esto se llama «democracia de mercado» es en realidad un sistema oligárquico en el que los pseudo-ciudadanos están protegidos de acciones arbitrarias del estado y pueden elegir a sus líderes sin poder elegir sus políticas.
Este objetivo llevó a la organización de las revoluciones de colores como la ocupación de Afganistán e Irak.

Sin embargo, dice Barack Obama en el mismo discurso:
«Gracias a los extraordinarios sacrificios de nuestras tropas y la determinación de nuestros diplomáticos, tenemos muchas esperanzas en el futuro de Irak. Pero el cambio de régimen tomó ocho años, costó miles de vidas estadounidenses e iraquíes y cerca de un billón de dólares. No podemos permitir que eso vuelva a suceder en Libia».

En resumen, este objetivo de una Pax Americana, que a la vez protegería y dominaría todos los pueblos de la tierra, es económicamente inviable. Del mismo modo, además, que el ideal de convertir la humanidad entera a la American Way of Life.


Otra visión imperial, más realista, se ha impuesto poco a poco en el Pentágono. Fue popularizada por Thomas PM Barnett en su libro The Pentagon’s New Map. War and Peace in the Twenty-First Century (El Nuevo Mapa del Pentágono. Guerra y Paz en el siglo XXI).

El mundo del futuro estaría dividido en dos. Por un lado, el centro estable, en torno a los Estados Unidos para los países desarrollados o al menos democráticos. El otro una periferia, abandonada a sí misma, experimentando el subdesarrollo y la violencia. El rol del Pentágono sería el de garantizar el acceso del mundo civilizado que necesita la riqueza natural de los suburbios que no saben usarla.

Esta visión presupone que los Estados Unidos están compitiendo cada vez más con otros países desarrollados, pero se convierte en su líder de seguridad. Parece posible con Rusia, desde que el presidente Dmitry Medvedev, abrió el camino para la cooperación con la OTAN durante el desfile para conmemorar el final de la Segunda Guerra Mundial, a continuación, en la cumbre de Lisboa. Esto puede ser más complicado con China, cuya nueva dirección parece más nacionalista que la anterior.

La división del mundo en dos zonas, estable y caótica, donde la segunda es la reserva de las riquezas naturales de la primera, obviamente, plantea la cuestión de límites. En la obra de Barnett (2004), los Balcanes, Asia Central, la mayor parte de África, los Andes y América Central son lanzadas a las tinieblas. Tres estados miembros del G-20 -de los cuales uno es también miembro de la OTAN-, están condenados al caos: Turquía, Arabia Saudita e Indonesia. Este mapa no es estático y las repescas siguen siendo posibles. Así, Arabia Saudita está ganando sus galones aplastando en la sangre la revuelta de Bahrein.

Puesto que ya no es una cuestión de ocupar los países, sino sólo de mantener las áreas de explotación y llevar a cabo redadas en caso necesario, el Pentágono debe extenderse a toda la periferia el proceso de fragmentación de «remodelación» que se inició en el «gran Medio Oriente» (Greater Middle-East). El fin de la guerra ya no es la explotación directa de un territorio, sino la desintegración de toda posibilidad de resistencia. El Pentágono se está centrando en el control de las rutas marítimas y las operaciones aéreas para subcontratar en mayor medida las operaciones de tierra a sus aliados. Este fenómeno es el que acaba de comenzar en África con la partición de Sudán y las guerras en Libia y Costa de Marfil.

Si, en términos de discurso democrático, el derrocamiento del régimen de Muammar Gaddafi, sería una meta gratificante, no es ni necesario ni deseable desde el punto de vista del Pentágono. En la «doctrina Gates», más vale mantener un Gaddafi histérico y humillado en una reducido tripolitano que una Gran Libia capaz de resistir un día de nuevo al imperialismo.

Por supuesto, esta nueva visión estratégica no será sin dolor. Habrá flujos de migrantes, que son cada vez más, huyendo del infierno de la periferia para entrar en el paraíso del centro. Y habrá esos incorregibles humanistas para pensar que el paraíso de unos no debe construirse sobre el infierno de otros.

Es este proyecto el que está en juego en Libia, y es en relación a él que cada uno tiene que determinarse.

Thierry Meyssan
Analista político francés. Fundador y presidente de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación

Tomado: Red Voltaire.org

El aumento de la tensión en Oriente Medio presenta doble riesgo para Israel



Algunos expertos opinan que la difícil situación en varios países de Oriente Medio puede conllevar un aumento de los movimientos radicales. Esto a su vez podría suponer un doble riesgo para Israel que ya se está enfrentando a muchos problemas.

Washington está respaldando a los rebeldes en Libia pese a que, según algunos, en sus filas hay personas vinculadas con Al Qaeda. Esta noticia ha causado mucha polémica en la sociedad. Pero aún más controvertidas son las recientes publicaciones de WikiLeaks que afirman que EE. UU. forma grupos antigubernamentales en Siria.

"La gente es consciente de que Siria no es Libia y de que una intervención en Siria provocaría repercusiones graves en toda la región, en Irak, Líbano, Israel y Palestina", comenta James Denselow, experto en política y seguridad en Oriente Medio.

Articulo completo en: http://actualidad.rt.com/actualidad/internacional/issue_23579.html



Tomado: RusiaToday.com
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Cambios clave en la seguridad de EE.UU.


Leon Panetta, Robert Gates y David Petraeus, los protagonistas de la renovación en seguridad nacional.Imagen: AFP.

Expertos señalan que Obama eligió a Petreus al frente de la CIA para neutralizar su posible candidatura.

El general David Petraeus, el comandante de Estados Unidos en Afganistán, será director de la CIA, como parte de un importante cambio en el equipo de seguridad nacional del presidente Obama. A su vez, el actual director de la central de inteligencia, Leon Panetta, reemplazará a Gates como secretario de Defensa. Los cambios, que se vienen rumoreando desde hace tiempo y podrían ser anunciados por la Casa Blanca hoy, probablemente se lleven a cabo en julio, cuando Gates –el único vestigio republicano de la administración Bush– deje su cargo después de cinco años en una de las tareas más extenuantes del gobierno de Estados Unidos.

Como parte de la renovación, el general John Allen, actualmente vicejefe del Comando Central de Estados Unidos, reemplazará al general Petraeus en Afganistán. Trabajará con Ryan Crocker, uno de los más experimentados diplomáticos de Estados Unidos, que será el nuevo enviado de Estados Unidos a Kabul. Aunque a primera vista es radical, el recambio marca una continuación de las políticas presentes, subrayando la determinación del gobierno de llevar la guerra de Afganistán de una década de tiempo a una conclusión exitosa y de seguir presionando con las reformas iniciadas por Gates en el Pentágono.

Desde el momento en que Barack Obama lo persuadió para quedarse en noviembre de 2008, el saliente secretario de Defensa dijo que no cumpliría con todo el término del nuevo presidente. El cambio le permitirá al Senado las audiencias de confirmación que se llevarán a cabo antes de que la campaña presidencial de 2012 entre en la locura total, haciendo que la atmósfera en el Capitolio se vuelva aún más polémica.

Sin embargo, la partida de Gates será una dura pérdida para Obama. Calmo, muy experimentado y señalado como alguien que se ubicaba por encima de las refriegas ególatras de las políticas de Washington, personificó un cambio de estilo de su antecesor, el matón Donald Rumsfeld, destituido por Bush 24 horas después de la paliza que recibieron los republicanos en las elecciones de mitad de término en noviembre de 2006. Para entonces, las peleas entre el Departamento de Estado y el Pentágono eran casi lo normal en Washington, en detrimento de la tarea política. Por el contrario, las relaciones entre Gates y Hillary Clinton, la secretaria de Estado, han sido ejemplares, mientras Gates se movió para achicar el gasto militar al recortar la enorme burocracia que supervisa el presupuesto anual de 700 mil millones de dólares del departamento.

Bajo Panetta, es probable que sea más de lo mismo. El ex congresista se convirtió en director del presupuesto de la Casa Blanca durante la administración de Bill Clinton y luego fue jefe del Estado Mayor.

Es tan hábil operador burocrático como Gates y muy apropiado para dirigir el Departamento de Defensa cuando la prioridad es recortar el déficit.

El cambio del general Petraeus a la CIA también implica un claro mensaje. Como el principal especialista en la operaciones de contrainsurgencia de ejército, llevará esa experiencia a la CIA –que ya juega un rol central en la lucha contra el terrorismo–. Su prestigio también será un reaseguro para la agencia misma, zarandeada por las luchas endémicas entre los distintos departamentos de inteligencia de Estados Unidos, y cuya reputación no se ha recuperado del todo del desastre de no anticipar los ataques del 11 de septiembre y de haber sido engañada para creer que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva.

Algunos analistas vieron implicaciones políticas en la movida. Al general Petraeus, el arquitecto y ejecutor del “aumento” de tropas que impidió el desastre en Irak, se le asignan ciertas ambiciones políticas personales, sin importar que las niegue categóricamente. Bajo esa teoría, el presidente Obama se movió para neutralizar a un rival potencialmente peligroso para 2012, especialmente cuando el existente campo republicano parece tan débil.

Por Rupert Cornwel/ Desde Washington
De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Celita Doyhambéhère.

Tomado: Página 12.com.ar

Un fuego que puede quemar a todos



Se puede estar o no de acuerdo con las ideas políticas de Gaddafi, pero la existencia de Libia como Estado independiente y miembro de las Naciones Unidas nadie tiene derecho a cuestionarlo.

Todavía el mundo no ha llegado a lo que, desde mi punto de vista, constituye hoy una cuestión elemental para la supervivencia de nuestra especie: el acceso de todos los pueblos a los recursos materiales de este planeta. No existe otro en el Sistema Solar que posea las más elementales condiciones de la vida que conocemos.

Los propios Estados Unidos trataron siempre de ser un crisol de todas las razas, todos los credos y todas las naciones: blancas, negras, amarillas, indias y mestizas, sin otras diferencias que no fuesen las de amos y esclavos, ricos y pobres; pero todo dentro de los límites de la frontera: al norte, Canadá; al sur, México; al este, el Atlántico y al oeste, el Pacífico. Alaska, Puerto Rico y Hawai eran simples accidentes históricos.

Lo complicado del asunto es que no se trata de un noble deseo de los que luchan por un mundo mejor, lo cual es tan digno de respeto como las creencias religiosas de los pueblos. Bastarían unos cuantos tipos de isótopos radiactivos que emanaran del uranio enriquecido consumido por las plantas electronucleares en cantidades relativamente pequeñas ─ya que no existen en la naturaleza─ para poner fin a la frágil existencia de nuestra especie. Mantener esos residuos en volúmenes crecientes, bajo sarcófagos de hormigón y acero, es uno de los mayores desafíos de la tecnología.

Hechos como el accidente de Chernóbil o el terremoto de Japón han puesto en evidencia esos mortales riesgos.

El tema que deseo abordar hoy no es ese, sino el asombro con que observé ayer, a través del programa Dossier de Walter Martínez, en la televisión venezolana, las imágenes fílmicas de la reunión entre el jefe del Departamento de Defensa, Robert Gates, y el Ministro de Defensa del Reino Unido, Liam Fox, que visitó Estados Unidos para discutir la criminal guerra desatada por la OTAN contra Libia. Era algo difícil de creer, el Ministro inglés ganó el “Oscar”; era un manojo de nervios, estaba tenso, hablaba como un loco, daba la impresión de que escupía las palabras.

Desde luego, primero llegó a la entrada de El Pentágono donde Gates lo esperaba sonriente. Las banderas de ambos países, la del antiguo imperio colonial británico y la de su hijastro, el imperio de Estados Unidos, flameaban en lo alto de ambos lados mientras se entonaban los himnos. La mano derecha sobre el pecho, el saludo militar riguroso y solemne de la ceremonia del país huésped. Fue el acto inicial. Penetraron después los dos ministros en el edificio norteamericano de la Defensa. Se supone que hablaron largamente por las imágenes que vi cuando regresaban cada uno con un discurso en sus manos, sin dudas, previamente elaborado.

El marco de todo el escenario lo constituía el personal uniformado. Desde el ángulo izquierdo se veía un joven militar alto, flaco, al parecer pelirrojo, cabeza rapada, gorra con visera negra embutida casi hasta el cuello, presentando fusil con bayoneta, que no parpadeaba ni se le veía respirar, como estampa de un soldado dispuesto a disparar una bala del fusil o un cohete nuclear con la capacidad destructiva de 100 mil toneladas de TNT. Gates habló con la sonrisa y naturalidad de un dueño. El inglés, en cambio, lo hizo de la forma que expliqué.

Pocas veces vi algo más horrible; exhibía odio, frustración, furia y un lenguaje amenazante contra el líder libio, exigiendo su rendición incondicional. Se le veía indignado porque los aviones de la poderosa OTAN no habían podido doblegar en 72 horas la resistencia libia.

Nada más le faltaba exclamar: “lágrimas, sudor y sangre”, como Winston Churchill cuando calculaba el precio a pagar por su país en la lucha contra los aviones nazis. En este caso el papel nazifascista lo está haciendo la OTAN con sus miles de misiones de bombardeo con los aviones más modernos que ha conocido el mundo.

El colmo ha sido la decisión del Gobierno de Estados Unidos autorizando el empleo de los aviones sin piloto para matar hombres, mujeres y niños libios, como en Afganistán, a miles de kilómetros de Europa Occidental, pero esta vez contra un pueblo árabe y africano, ante los ojos de cientos de millones de europeos y nada menos que en nombre de la Organización de Naciones Unidas.

El Primer Ministro de Rusia, Vladimir Putin, declaró ayer que esos actos de guerra eran ilegales y rebasaban el marco de los acuerdos del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Los groseros ataques contra el pueblo libio que adquieren un carácter nazifascista pueden ser utilizados contra cualquier pueblo del Tercer Mundo.

Realmente me asombra la resistencia que Libia ha ofrecido.

Ahora esa belicosa organización depende de Gaddafi. Si resiste y no acata sus exigencias, pasará a la historia como uno de los grandes personajes de los países árabes.

¡La OTAN atiza un fuego que puede quemar a todos!

Reflexiones de Fidel.

Tomado: CubaDebate.cu

Guantánamo cien veces peor


Una imagen de Guantánamo tomada por al Agencia AP, el 6 de junio de 2008.

Por lo visto las recientes revelaciones de Wikileaks que tanta conmoción están provocando, se han quedado cortas, si prestamos la debida atención al director de Reprieve, la organización británica que se ha hecho cargo de la defensa legal de decenas de detenidos en ese antro del horror instalado en un territorio cubano ocupado ilegalmente y quien se ha leído cinco mil folios de documentos de sus clientes.

Con más que suficientes elementos de juicio, considera que lo hasta ahora divulgado, apenas un uno por ciento de los documentos probatorios de los desmanes perpetrados contra los 756 encarcelados inicialmente, es sólo la punta del iceberg de lo que allí ha ocurrido, aunque un buen reflejo de la fabricación de evidencias, con casos tan escandalosos como el de Mohamed el Gharani, acusado de integrar una red terrorista en Londres, cuando tenía ¡once años de edad!.

Tampoco aparecen las fichas de la mayoría de los enfermos mentales, los que llegaron en ese estado y empeoraron y los sanos que enfermaron como consecuencia de las condiciones abusivas de encierros y las privaciones de juicios legales. Y ni que decir de la justicia sesgada en Estados Unidos para quienes formulen demandas y que bien merece otro capítulo de Wikileaks.

Clive Stafford, el director de la organización británica que se ha hecho cargo de la defensa legal de decenas de detenidos en la base de Guantánamo asegura que aún queda mucho por descubrir, porque la verdad es cien veces peor. (Fuente: periódico El País)

Tomado: CubaDebate.cu
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