La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy.-AFP
En una carta dirigida al presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy
Angela Merkel y Nicolas Sarkozy han pedido por carta al presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, suspender los fondos estructurales a los países que no cumplan con las recomendaciones para reducir los déficits. "En un futuro, los fondos estructurales y de cohesión deberán suspenderse en los países de la zona euro que no acojan las recomendaciones", aseguran.
En esa misiva, en la que recogen y profundizan en las recomendaciones acordadas en la reunión de ayer martes, consideran que "esos cambios deberían integrarse en el nuevo reglamento de los fondos que serán propuestos para el próximo marco financiero plurianual". Esos fondos, recuerdan, "deben servir para apoyar las reformas indispesables para mejorar el crecimiento económico y la competitividad en la zona euro". Abogan porque los que no se utilicen "puedan reunirse en un fondo para el crecimiento económico y la competitividad que será gestionado por la Comisión".
El documento, difundido por la presidencia gala, estima que todos los países de la eurozona cuyo nivel de endeudamiento exceda el nivel de referencia deberán presentar un plan de reducción de la deuda "y precisar cómo afrontarán el impacto del envejecimiento de la población". En la carta, en el apartado sobre el refuerzo de la vigilancia y de la integración de las políticas presupuestarias y económicas, Sarkozy y Merkel "animan a los Gobiernos y Parlamentos de los países de la eurozona a comprometerse a revisar sus proyectos de presupuesto en caso de recomendciones".
"Todos los Estados deben confirmar sin más tardar su determinación a aplicar rápidamente las recomendaciones europeas de consolidación presupestaria y de reformas estructurales, principalmente en lo relativo al mercado de trabajo, a la competencia en el sector servicios y a la política de pensiones", añaden.
De igual manera se subraya que Francia y Alemania se comprometen a "aplicar plenamente y lo más rápido posible las medidas adoptadas" en el Eurogrupo el pasado 21 de julio, y se considera que "todos los Estados miembros tienen la responsabilidad compartida". Según Francia y Alemania, "la zona euro debe reforzar su marco institucional para mejorar la eficacia de su proceso de decisión y favorecer la coherencia de sus instituciones y de sus procedimientos".
París y Berlín informan igualmente a Van Rompuy de que para dar ejemplo han decidido "emprender una nueva etapa de convergencia económica y financera", que incluye entre otras medidas la propuesta de elaborar un impuesto común de sociedades.
Y le proponen que asuma, durante un mandato estable de dos años y medio, la presidencia de la gobernanza económica de la zona euro, en la que un consejo de jefes de Estado y de Gobierno mantendrán cumbres cada seis meses, y de manera excepcional en caso de que sea necesario.
El nacionalcatolicismo toma aire y sol estos días en Madrid utilizando espacios y recursos públicos. A través de los medios de comunicación, sus soberbios y ancestrales mensajes (incluidos los perdones masivos a pecados terrenales) llegan a todo el orbe católico. Al mismo tiempo, sus voceros, clérigos o seglares, atacan con el furor de una cruzada medieval a un supuesto “laicismo intolerante y radical”, confundiéndolo con la serena y creciente secularización de la sociedad, porque en su paranoia piensan que su religión única y verdadera está amenazada por los “enemigos de Dios”.
No se dan cuenta de que esos imaginarios enemigos los tienen dentro como consecuencia de: actuaciones de sus jerarcas o de sus grupos más fundamentalistas; la visibilidad de las riquezas acumuladas durante siglos (la mayoría de las veces, a sangre y fuego o con leyes que les favorecen); sus dogmas caducos y, en ocasiones peligrosos, en materia de familia, de orientación sexual y sexualidad, de igualdad de género, de vida y de forma de muerte. Estas, entre otras, son las causas de su alejamiento de una sociedad plural cada vez más racional, más libre en su conciencia.
Hace unas semanas, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, ofrecí una conferencia sobre Religiones y laicidad y, una vez más, una persona dedicada a la enseñanza del catecismo en las escuelas públicas amablemente me increpó sobre el hecho de que cada año se quedaba “con menos alumnos”, argumentando que era consecuencia “de una secularización creciente que amenazaba la moral de la ciudadanía”. Esta persona hablaba de la moral católica como si fuera de la Iglesia católica no hubiera otra moral. La respuesta que le di no fue muy complicada: “La causa no es la laicidad y la secularización, sino sus dogmas y el desprestigio de la institución católica oficial, de la que usted depende”.
Cada día que pasa, los medios de comunicación (en especial las televisiones) ocupan más espacio en difundir los actos y fastos del evento católico, en proporción directa con la caída de la audiencia en esos momentos. Esta semana y hasta el domingo casi todo van a ser noticias del “acontecimiento”, con el permiso de los mercados, de la pugna electoral PP-PSOE y del fútbol.
Benedicto XVI, como otras veces, llega en su interesada doble condición de “pastor” de sus fieles y como jefe de un Estado ficción: el Vaticano. Y viene a un Estado real, con una democracia formal, aunque “confesional” en lo institucional, que concede enormes privilegios de tipo simbólico, jurídico, tributario, económico y en concesión de servicios, vulnerando el principio de igualdad y de aconfesionalidad que establece nuestra Constitución.
Cientos de cargos públicos y altas autoridades del Estado van a rendir pleitesía a la jerarquía católica y a su máximo mandatario que, presumiblemente y una vez más, rodeado de una parafernalia escandalosa, hará críticas a nuestras leyes democráticas, a nuestra plural forma de convivencia y atacará otras iniciativas que se han quedado sin debatir en esta legislatura, como la ley de libertad de conciencia, la ley de muerte digna o la de igualdad de género.
Los miles de jóvenes de muchas nacionalidades que estos días visitan algunas de nuestras ciudades, además de Madrid, se llevarán la impresión de que están en “territorio católico” por la forma que les han organizado el viaje. La realidad es muy distinta. Los diferentes territorios que conforman España no se reducen a los confesionarios del Retiro, ni a los montajes de Cuatro Vientos y Cibeles. (Por cierto, en esta plaza el macroaltar tapa simbólica y calculadamente el magnífico edificio civil del ayuntamiento). España es plural, diversa, tratamos de convivir personas de cientos de convicciones, organizadas o no. Esta es la impresión que deberían de llevarse los jóvenes, pero no va ser así. Los que algún día puedan volver a visitarnos, como ciudadanos y no como siervos, lo entenderán mucho mejor.
La mayoría de la ciudadanía no es católica practicante. Menos de un tercio declara serlo, otro tercio aproximado se declara creyente y/o cristiano no practicante; un porcentaje pequeño pertenece a otras religiones organizadas, y casi un tercio se declara ateo, indiferente, agnóstico, etc. Entre la ciudadanía menor de 30 años la situación cambia mucho: sólo el 9% se declara católico practicante y el 49% agnóstico, ateo o indiferente.
Por ello, por justicia y para construir el Estado democrático y de derecho, hay que situar toda simbología religiosa en la esfera de lo personal y privado; hay que eliminar el privilegio de exenciones tributarias, como el IBI y otros, a la Iglesia católica (ahora que en Europa se está reclamando); se ha de denunciar (o no aplicar) el Concordato (Acuerdos de 1979); hay que elaborar una ley de libertad de conciencia que clarifique situaciones frontera que generan gran confusión entre las iglesias y el Estado; la enseñanza del dogma religioso ha de salir de la escuela financiada con fondos públicos; y, por fin, se ha de adecuar a la realidad social actual la Constitución en su artículo 27 (sobre la formación religiosa y moral) y especialmente en el 16 (eliminando la mención a la Iglesia católica).
Benedicto XVI se irá con su séquito y nuevas casullas bordadas. Por fin se abrirán espacios públicos para el disfrute general. Se harán cuentas y cábalas. Mientras, la secularización de la sociedad seguirá avanzando, al mismo ritmo que aumenta el desprestigio de esta Iglesia de popes, boato, hipocresía, soberbia y riqueza. Entretanto, con otros problemas de fondo, los partidos mayoritarios, en su ceguera, permiten y fomentan privilegios caducos, de otra época.
Francisco Delgado.
Presidente de Europa Laica. Diputado en la legislatura de 1977
En 150 días de bombardeos, la OTAN ha arrasado gran parte de la infraestructura libia sin obtener por ello el menor resultado definitorio en el plano militar. Este fracaso es el resultado de su falta de reflexión estratégica previa. La OTAN creyó poder aplicar en Libia los protocolos preconcebidos para otros escenarios y se encuentra ahora sin respuestas ante un caso particular. La mayor alianza militar de la historia mundial, la misma que había sido concebida para enfrentar a la URSS y que soñó después con convertirse en el gendarme mundial, no logra llenar el nuevo papel que pretende asumir.
a diferencia entre una victoria y una derrota militar se define según los objetivos previamente definidos por el propio beligerante. En el caso de la intervención militar de la OTAN en Libia, existía un mandato de la ONU –garantizar la protección de la población civil– así como un objetivo, también oficial aunque ajeno al mencionado mandato: cambiar el régimen político del país.
Al cabo de casi 150 días de guerra, la OTAN no ha logrado desequilibrar las instituciones libias. Si se tiene en cuenta la enorme diferencia que existe entre las fuerzas de ambos bandos, no queda otro remedio que admitir el fracaso militar y plantear ciertas interrogantes sobre la estrategia aplicada.
La OTAN partió de un análisis erróneo según el cual las tribus del este y del sur de Libia, hostiles a Muammar el-Kadhafi, no tendrían mayores dificultades para tomar Trípoli si disponían de apoyo aéreo. Sin embargo, esas mismas tribus interpretaron los bombardeos como una agresión extranjera y se pusieron del lado del «Hermano Guía » para rechazar «la invasión de los cruzados».
A partir de entonces, la OTAN sólo ha podido contar con dos fuerzas terrestres: los 3 000 soldados que seguían al general desertor Abdel Fatah Yunes y los cientos, quizás miles, de combatientes árabes provenientes de las redes del príncipe saudita Bandar Ben Sultan, también conocidos como la «nebulosa Al-Qaeda».
A raíz del asesinato del general Yunes, ultimado en condiciones particularmente atroces por los yihadistas de Al-Qaeda, se ha producido un derrumbe de las fuerzas rebeldes ya que los soldados de Yunes decidieron unirse al coronel Kadhafi para combatir contra Al-Qaeda y vengar la muerte del general. El mando operativo recayó en Khalifa Haftar, o sea bajo las órdenes de las fuerzas especiales de la CIA. Ante la urgencia, la agencia no ha vacilado en recurrir al reclutamiento de cualquier tipo de personas, incluyendo el uso de niños-soldados.
Este ejército improvisado, cuyos efectivos fluctúan constantemente, anuncia una victoria cada dos días, cuando en realidad no hace más que acumular derrotas. En cada batalla se reproduce el mismo guión: Los bombardeos de la OTAN obligan a la población a abandonar sus casas. Las fuerzas rebeldes se lanzan entonces sobre la localidad en cuestión y anuncian que han ganado terreno. Pero es en entonces que comienza la batalla. El ejército libio entra en la ciudad, acaba con los rebeldes y la población regresa a la localidad parcialmente destruida.
La OTAN pudiera dar a la resolución 1973 una interpretación aún más amplia y considerar, aunque ese texto prohíbe explícitamente el despliegue de fuerzas terrestres, que es legítimo proceder a dicho despliegue si su objetivo es «proteger a los civiles». Pero tendría que enfrentarse entonces a un pueblo armado hasta los dientes y dispuesto a luchar. Y es que la Jamahiria ha entregado un fusil automático Kalashnikov a cada adulto y ha establecido un sistema popular de distribución de municiones. Si bien la población libia carece seguramente del mismo nivel de entrenamiento que los soldados de la OTAN, el hecho es que cuenta con una evidente superioridad numérica y está además dispuesta a soportar grandes pérdidas, mientras que los soldados de la OTAN no están dispuestos a dar la vida por la toma de Trípoli....
Artículo completo: La OTAN de espaldas a su misión
Thierry Meyssan: Intelectual francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa árabe, latinoamericana y rusa.
No hay cosa que no se haya dicho acerca del Muro de Berlín. Era el símbolo de la Guerra Fría, del régimen estaliniano, de la esclavización del individuo, de lo que en verdad era el comunismo, de la ferocidad dictatorial, de la negación de la libertad. Todo esto se volcaba positivamente sobre el otro bloque de esa guerra, que tenía dos, uno soviético (malo) y otro norteamericano (bueno). El Muro era la corporización de la célebre “cortina de hierro”, frase creada por el eminente Winston Churchill, cruzado de la democracia, tipo peculiar, extravagante, gordo, con cigarro inalterable, con porte de estadista y de guerrero, la encarnación ardorosa e impecable del hombre que Rudyard Kipling diseña en su célebre texto “If”, el hombre imperial, el león invencible y sin miedo, el conquistador que lleva en sus bayonetas los principios de la libertad y de la democracia. Citemos su culminación: Si puedes llenar los preciosos minutos/ con sesenta segundos de combate bravío/ tuya es la Tierra y todos sus codiciados frutos/ y lo que más importa: ¡serás un hombre, hijo mío! De chico, en mi casa, el poema de Kipling estaba colgado en un cuadrito. Tal vez mi viejo tratara de sugerirnos cómo un hombre debía ser. A mí –para qué ocultarlo– no me ayudó para nada. Al contrario. ¿Todo eso había que ser para ser un hombre? ¿Perderlo todo a cara o cruz y empezar de nuevo como si nada? Si yo perdía un partido de fútbol en el potrero, o diez bolitas o quince figuritas, me quedaba aplastado no menos de tres días. O peor: no sólo jamás imaginaba que la Tierra sería mía alguna vez, sino que le tenía miedo. No siempre, pero sabía que era un lugar temible. De modo que ese poema ahí colgado, exigiendo desmesuras inalcanzables, me enseñó lo grandes que algunos podían ser y lo pequeño que yo era. No le pasó eso a Churchill. De aquí –entre otras cosas– las diferencias de nuestros destinos, que creo superfluo analizar. Churchill era un león majestuoso y eso le hizo decir: “Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente una cortina de hierro. Tras ella se encuentran todas las capitales de los antiguos Estados de Europa Central y Oriental”. Lo dijo en el Westminster College, Fulton, Missouri, el 5 de marzo de 1946. Esa cortina de hierro se cristalizó, cobró visibilidad con el Muro de Berlín. Churchill no se había equivocado.
Al Muro –ése, el de Berlín– lo derrumbaron el 9 de noviembre de 1989. Chico no era: tenía 50 kilómetros de largo y 4 de alto. Se conservan las fotos de los fervorosos alemanes occidentales con picos, palas, martillos y otros elementos de igual contundencia destrozando ese símbolo erigido en homenaje a la esclavitud del hombre, al triunfo de la tiranía sobre la libertad. Un mes más tarde recibo una caja llena de estampillas. La abro y –para mi sorpresa– lo que ahí encuentro es un cascote: “Tenemos la alegría de enviarle a usted un trozo del caído Muro de Berlín”. Dije que tenía 50 km. de largo y 4 de alto, pero no que eso alcanzaba para enviarle a medio mundo un cachito como si fuera una caricia de la libertad, una brisa de la democracia que uno debía disfrutar y agradecer. Lo mismo había pasado con los cachitos de madera de la Cruz del profeta de Nazareth. Había conocido a demasiados/as chitrulos que andaban con un escapulario, que lo abrían y te mostraban una astilla. “Es un pedazo de la Cruz del Señor”, te decían.
–Pero entonces no fue una Cruz –decía uno–. Fue un bosque. Lo crucificaron a un entero, enorme bosque.
Honestamente: no lo decía. Porque si el que tenía la astilla creía en ella, ¿para qué arruinarle el consuelo? En este mar embravecido que es la existencia hay que aferrarse de lo que uno pueda. O un salvavidas, o una balsa o una astilla. Si es la de Cruz del Cristo que vino a redimir nuestros pecados, mejor aún. Pero el cascote del Muro de Berlín era demasiado. Ahí empieza el neoliberalismo. Ahí los ideólogos de la libertad de mercado ya dicen que la caída del muro es “la toma de la Bastilla de nuestro tiempo”. Ahí la historia se desboca y este nuevo capitalismo, no de la producción sino de la especulación financiera, empieza a arrasar el planeta.
También en 1989 se arroja el Consenso de Washington. El capitalismo había ganado la batalla contra el comunismo. Ahora tenía que ir a fondo. Atacar con todas sus tropas. Perseguir a los vencidos y aniquilarlos, tal como el Supremo Traidor de nuestra historia, el general entrerriano Urquiza, hizo luego de la batalla de Vences, razón por la cual se ganó el apelativo de “el carnicero de Vences”. Otros –hoy e ignoro por qué– lo han bautizado el Cleto Urquiza. El Consenso de Washington fue elaborado inicialmente por un señor muy importante de nombre John Williamson en un paper al que tituló: Qué significa para Washington una política de reformas. Las reformas eran diez y estaban centralmente destinadas a los países de América latina, convertidos –de este modo– en tristes ratas de cruzadas experimentales. Pero se extendieron a todo el mundo. La manija central de la conducción la tuvo Washington, donde se reunieron aplicada y regularmente las principales corporaciones financieras que rigen los irrefutables destinos de nuestro crecimiento. Esas medidas son ampliamente conocidas pues delinearon, no los destinos de nuestro crecimiento, sino los de nuestra frustración, nuestra imposibilidad. Son las medidas que aplicaron centralmente el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que, por medio de las mismas, monitorearon nuestros ejercicios fiscales, nuestras políticas impositivas, nuestro tipo de cambio, la trade liberalization (liberar el comercio internacional), la entrada jubilosa de las inversiones extranjeras (una entrada que se realizó sin ningún tipo de control, salvajamente y que por fin fue lo que no podía sino ser: un despojo impune del que fueron cómplices –en todos los países– las malas personas del mercado interno, los que lucraron con la desgracia y la miseria de sus países), todo coronado por las privatizaciones y por todo tipo de desregulación, algo que implicaba la ausencia total del Estado nacional en estas cuestiones, en todas ellas, pues el Estado era el ente maldecido por el Consenso de Washington basándose en la experiencia de los totalitarismos estatales del siglo XX, el nacionalsocialismo y las experiencias socialistas.
En suma, hoy asistimos al completo fracaso de esas medidas y a la vez a los torpes manotazos con que intentan regresar, y acaso lo consigan, pues esos torpes manotazos son con frecuencia agresiones infalibles vehiculizadas por el poder mediático, en manos de los cultores de los diez puntos de Williamson, que son sencillamente eso que llamamos neoliberales y que tienen la torpeza y la efectividad de un –por dar un ejemplo– Vargas Llosa, que lleva ese catecismo en el bolsillo y lo repite a lo largo y a lo ancho de este mundo avalado por la calidad literaria que alguna vez lo honró y por el Premio Nobel con el que –por buen alumno– lo fortalecieron. Sin embargo, el mundo que han construido tambalea. Tienen que amurallarse en sus feudos. Construir ríos de aguas profundas alrededor de sus ciudades (aún no: falta poco) y puentes para entrar en ellas. Los que ya tienen vigencia son los muros. Porque la tragedia de los opulentos de este mundo es que la nueva “barbarie” (la de los inmigrantes ilegales) se les arroja encima, y no con buenos modales, sino con la furia que da la desesperación, el hambre, la pobreza extrema que sólo sabe dibujar un horizonte de muerte. Leemos: “PARIS, 8 (ANSA) - Francia expulsó en los primeros siete meses de este año a 17.500 extranjeros que permanecían ilegalmente en el país, informó hoy el ministro del Interior, Claude Guéant, confirmando el objetivo de 30.000 expulsiones para el final de 2011. ‘Si lo logramos –dijo– será el mejor resultado registrado históricamente.’ ”. Entre tanto, en Estados Unidos los mexicanos se obstinarán en trepar por todos los muros que les construyan. El mundo de hoy es uno de miedo que no cesa de construir nuevos muros, no de Berlín, sino de todas partes. La desigualdad es el alma de los diez puntos del señor John Williamson. La marginación. El mucho para pocos y el poco para muchos. Asistimos a una reformulación tecnológica de la Edad Media. Seguiremos con este tema porque es crucial en el mundo de hoy. Y porque todavía tengo mi cascote del Muro de Berlín. De un gran poeta surrealista, Louis Aragon, leí una frase en mi juventud (que estaba en la Antología de la poesía surrealista de Aldo Pellegrini) y decía: “Siempre se puede poner una piedra sobre la colina de las desdichas” (cito de memoria). Mi piedra se la voy a dar a un mexicano hambriento y le voy a pedir que cuando llegue a la cima del más alto muro que el Tea Party construya entre México y EE.UU. y la ponga ahí, como una bandera que diga al mundo: “Vengan y miren: el Muro de Berlín ha quedado atrás, superado. Hoy, la más alta colina de todas las desdichas es ésta y es sobre ella que pongo esta piedra”.
La propuesta de los estudiantes es otra: “Los desafiamos a aceptar el plebiscito para que hablen las mayorías”
Durante un acto en que promulgó una ley sobre calidad educativa -ya rechazada por los estudiantes-, el mandatario chileno ratificó su postura de no ceder a los reclamos de un sistema con escuelas y universidades públicas y gratuitas que generó multitudinarias marchas en las últimas semanas.
Por su parte, los estudiantes y profesores adelantaron que no participarán de la mesa de diálogo convocada por el gobierno y reafirmaron su idea acerca de que una consulta popular podría zanjar la crisis.
El argumento de Piñera para no ceder es escueto: “Todos quisiéramos que la educación, la salud y muchas cosas más fueran gratis para todos, pero al fin y al cabo nada es gratis en esta vida” y por lo tanto “alguien lo tiene que pagar”, dijo durante un acto en La Moneda.
Es más, fundamentó que “si se le da educación gratuita al 10 por ciento más favorecido de nuestra sociedad, lo que estaríamos haciendo es que el total de la sociedad, incluyendo a los más pobres, con sus impuestos estarían financiando la educación de los más afortunados”.
“Quisiera ver la otra cara de estas nueve semanas de movilizaciones”, enfatizó Piñera, quien afirmó que con los manifestantes “son muchas más las coincidencias que las diferencias en materia de educación” porque “encontrar las diferencias es muy fácil; basta mantener actitudes maximalistas, extremistas o intransigentes”.
Asimismo, pidió “pasar de la intransigencia al diálogo; de los enfrentamientos a los acuerdos; y de los diagnósticos a las soluciones”.
La propuesta de los estudiantes es otra: “Los desafiamos a aceptar el plebiscito para que hablen las mayorías”, enfatizó el vicepresidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, Francisco Figueroa, que ratificó un nuevo paro para la semana próxima.
El ministro de Educación, Felipe Bulnes, afirmó que “hay sectores de los estudiantes que consideran que se podría trabajar perfectamente a partir de las 21 medidas que planteó el Gobierno, pero vemos, con algún grado de decepción, que finalmente se están imponiendo los sectores más intransigentes”.
“Es una demostración más de la intransigencia con la que insiste actuar este gobierno, que no se aplica sólo sobre los estudiantes, sino que repliega en el sentir mayoritario de Chile”, criticó Figueroa.
El próximo 18 de agosto habrá un nuevo paro nacional con marcha, que será la antesala para la paralización convocada por la Central Unitaria de Trabajadores para el 24 y 25 de este mes. En el gobierno, el presidente Sebastián Piñera citó para hoy a un gabinete político para analizar la crisis educacional.
Se equivocan quienes acusan a Scotland Yard de falta de previsión luego de que sus policías asesinaran en las calles de Tottenham a Mark Duggan, uno de sus vecinos y padre de cuatro hijos porque, realmente, Scotland Yard sí había previsto las consecuencias de su crimen: ninguna.
Al fin y al cabo, esa previsión se sostenía en una habitual práctica de la que, ocasionalmente, el mundo tiene noticias.
Años atrás, Charles de Menezes, un brasileño al que la misma policía confundiera, supuestamente, con un terrorista, fue asesinado de siete disparos en la cabeza en el metro londinense. La agente que comandara el asesinato, Cressida Dick, no sólo fue absuelta de cualquier cargo criminal, junto a quienes participaron en el hecho, sino que, incluso, fue ascendida.
Hace un par de semanas estallaba en Inglaterra uno de los escándalos más clarificadores del orden que disfrutamos y que desnudaba en sus más íntimas miserias al gobierno inglés, a los medios de comunicación y a la propia policía británica. A pesar de la podredumbre que el escándalo ponía de manifiesto, tras algunos escarceos en los medios, dimisiones, ceses y un asesinato sin aclarar, el del periodista inglés Sean Hoare, las aguas volvieron a su cauce y la amnesia a los titulares para que todo siguiera discurriendo sobre las mismas nauseabundas prácticas, las de unos estados delincuentes cuya única previsión es creer que la impunidad, que de tanto reiterarse se ha convertido en una tradición, va a seguir arropando sus crímenes, sea en Inglaterra o en cualquier otro paraíso democrático.
Probablemente, el ex presidente tunecino Ben Ali, tampoco había previsto que el suicidio de Mohamed Bouazizi, joven vendedor ambulante, acabara llevándolo al exilio. Supuso que aquella desesperada decisión de uno de sus muchos exasperados súbditos tal vez ni alcanzara el rango de noticia en alguna perdida sección de los medios del país que controlaba. Había tantos precedentes impunes que no podía equivocarse… pero se equivocaba. Y otro cercano presidente, el egipcio Mubarak, en absoluto pudo imaginar que fuera a alcanzarle la imprevista ola de indignación que estallara en Túnez… pero también erraba sus previsiones.
A los delincuentes que gobiernan los mercados y decretan hambrunas continentales, que desde sus confortables despachos disponen la miseria general, que revisan y deciden las agendas de la paz y de la guerra del día que aún no es y ponen hora a la vida y a la muerte que será, tampoco se les puede acusar de falta de previsión. Saben lo que hacen. Lo han sabido siempre. Simplemente, no les importa la suerte que pueda correr la humanidad y se amparan en su secular impunidad, única previsión de la que son capaces, para seguir asfixiándola, reduciéndola, para seguir conduciéndola al carajo.
A quienes desde sus todavía confortables hogares sostienen con sus votos y adhesiones la demencia de un sistema criminal cuya gestión aún es capaz de poner en sus manos un vehículo nuevo, un televisor más grande y hasta las soñadas vacaciones caribeñas con que recompensar su indiferencia, tampoco se les puede echar en cara su falta de previsión. Saben lo que votan. Lo han votado siempre. Ocurre que les trae al pairo los riesgos que implica el negocio de la energía nuclear mientras la falta de previsión no contamine su salario, como no les quita el sueño el negocio de la industria militar mientras no sean sus hijos los que pisen una mina.
Mark Dugan no ha sido la causa sino el detonante de esas otras expresiones violentas a las que los expertos en violentar derechos no parecen acostumbrarse. Cameron lo sabe y, precisamente, por ello se precipitaba a negarlo: “Lo que está pasando nada tiene que ver con los recortes sociales”.
Han transformado al mundo en una selva y ahora dicen sorprenderse de que el mundo se les haya llenado de animales capaces de acribillar a tiros a decenas de jóvenes noruegos sólo para redimirlos del peligro ajeno.
Lo peor, sin embargo, no es que sigan creyendo y apostando porque la impunidad de su violencia los vuelva inmunes a sus consecuencias. Lo peor es que esa es su única previsión y, temo, también va a ser la última, porque cuando el mundo estalle y nos vayamos a la mierda… a ese viaje vamos a irnos todos, sin excepción alguna.
Y sí, es verdad que no es el mejor destino para el género humano ni tenemos ganas de emprender semejante travesía, pero al menos será un consuelo la compañía.
Las manifestaciones sociales en Londres y Santiago, Chile, esta semana, corrieron un velo. Las dos, tan diferentes, expresiones de idiosincrasias y de historias tan distantes, mostraron algo descompuesto. Es lo mismo que en Estados Unidos provocó un tembladeral al que Obama quiso emparchar con la reafirmación del liderazgo mundial, diciendo que su país fue y será siempre triple A. El presidente norteamericano le dejó a la retórica lo que no puede lograr con sus políticas.
Lo que dejaron al desnudo las dramáticas manifestaciones sociales en un punto y en otro del planeta es precisamente la impotencia, la ineficacia, la capitulación de la política frente esa absurda naturaleza de las cosas a la que sigue aferrado el centro del mundo. La naturaleza neoliberal de las cosas indica que lo social no existe. Indica que las decisiones se toman pensando en otra cosa. No en la gente. En otra cosa. En números, en papeles, en pantallas, en porcentajes.
El presidente chileno lo puso en palabras: “Nada es gratis en la vida”, dijo, con la brutalidad del inconsciente. ¿De dónde ha sacado eso Piñera? ¿Quién que no esté hechizado, obnubilado por su propia manera –neoliberal– de ver las cosas puede sostener esa oración corta, tremenda y categórica, esa frase acuñada al calor de la falacia neoliberal por excelencia y que indica que el esfuerzo personal tiene su premio? En los países neoliberales el esfuerzo personal no sirve para nada.
Para el pensamiento dominante en el mundo, lo social, y esto es, la sociedad, los seres humanos que la integran, las personas con nombre y apellido, son apenas algo para recortar. Recortaron siempre ahí. Ajustaron siempre en los cuerpos, nunca en las abstracciones numéricas de las finanzas. La lógica que los mueve es tan ilógica, tan dramáticamente disparatada, que ahora lo social les estalla en la mano, como un petardo mal encendido.
Este sistema llegó hace décadas para dejar caer su cuchillo sobre lo social. La salud, la educación, los derechos laborales, las jubilaciones, todo lo que esos gobiernos privatizaron tenía por destino lo social, el desarrollo social, el ascenso social, la movilidad social. Privatizar es des-socializar.
Lo que hubo fueron manifestaciones sociales en el más técnico de los sentidos. Fue lo social que habló. Las dos protestas fueron protagonizadas por la misma generación. Más del 60 por ciento de los detenidos en Londres tenía entre 15 y 25 años. Son o deberían ser esos chicos británicos estudiantes secundarios o universitarios. Pero no incendiaron varias ciudades de Gran Bretaña pidiendo por su derecho a tener un proyecto de vida. Eso lo hicieron los jóvenes chilenos. Otra prueba fehaciente, una más y van muchas, del cambio de paradigma. Los jóvenes chilenos están mejor parados. Tienen más conciencia de sí. Más camino hecho. Tienen más ideas, tienen delegados, tienen historia y símbolos. Los jóvenes británicos por ahora sólo comparten la rabia.
Los chicos británicos emiten sus ladridos desde el lugar de los excluidos de la sociedad de mercado. Son europeos y aspiran a plasmas, no a latas de tomates y paquetes de yerba, como los que envolvían con sus brazos los saqueadores argentinos de los finales de los mandatos de Alfonsín y De la Rúa. Aquí sabemos de saqueos fogoneados, de saqueos como el golpe de gracia de gobiernos que a los poderes fácticos les convenía arrasar. No por casualidad esos dos gobiernos democráticos cayeron en el medio del humo de neumáticos. Pero qué curioso. Londres ardiendo y nadie preguntándose por la gobernabilidad de Cameron. Esa parte del mundo no ha pasado todavía a la fase de la ingobernabilidad, pero al ritmo en que van las cosas, ya llegará. Por ahora, lo que se ha visto es que los jóvenes británicos son profundamente infelices, que no tienen fe, que no aspiran a conseguir un buen trabajo porque no consiguen ninguno, y encima tampoco pueden comprarse las zapatillas nuevas que valen doscientos euros y sin las que sus identidades se diluyen. Si no tienen esas zapatillas no saben quiénes son. Han sido reducidos a consumidores impotentes.
Los chicos británicos ladran porque no tienen futuro, como los punks de los ’90. El de Margaret Thatcher fue el primer gobierno democrático que aplicó de lleno un programa neoliberal. El de Augusto Pinochet fue, en Chile, el primer globo de ensayo en dictadura. Le siguió la Argentina.
Los ’90 fueron hechizantes. Tal fue la conmoción mundial por la caída del Muro de Berlín y por un solo pensamiento triunfal flameando en Occidente, que no hubo resistencia posible. Fueron los años en los que se puso en marcha lo que algunos llamaron “la nueva Edad Media”. Torretas y bárbaros. Countries y villas. Nobles y descastados.
Lo que iba a morir en media parte del mundo en esa década era la aspiración al progreso. Los sectores populares dejaron de soñar con llegar a vivir como los sectores medios. Los sectores medios, políticamente seducidos para identificarse con los sectores altos, fueron disciplinados culturalmente para mantener a raya a los sectores populares. Los piqueteros, los trapitos, los cartoneros definen un universo que mucha clase media, alentada por los medios masivos de derecha, identifican con el peligro, la amenaza, el delito, la falta de valores morales. Pero mientras unos dejaban de tener derecho a soñar con vivir mejor, los que los despreciaban vivían cada vez peor.
El politólogo español Juan Carlos Monedero escribió esta semana en relación con la situación británica que “el reclamo de la época es la igualdad, aunque, como siempre, el verdadero fin es la libertad (la que busca ese ser consciente que lo único que sabe con certeza es que se va a morir)”. La frase interpela el falso eje sobre el que se han hecho girar nuestras ideas sobre la igualdad y la libertad, toda vez que quienes vienen serruchando lo social desde hace décadas lo hacen en nombre de la libertad. Pero nunca hablaron de la libertad de las personas reales, las que penan, aman y no duermen por el hambre o las preocupaciones.
“El auge del mercado, los cientos de canales de televisión, Internet, los teléfonos móviles, el desarrollo en transportes y comunicaciones –escribió Monedero–, poder elegir entre Coca-Cola y Pepsi Cola, viajar, el alargamiento de la adolescencia, el sensacionalismo de una información supuestamente infinita servida en tiempo real, la soberanía de los consumidores son todos elementos que hacen pensar que nunca tanta gente fue tan libre en la historia de la humanidad. Pero esa libertad se ve coartada por la falta de acceso real a esa promesa de vivir como monarca absoluto. Se les había olvidado que sin súbditos no hay reyes. Es entonces cuando surge el enojo: ser feliz es tener acceso a todo lo que me da felicidad, pero no llego. Y no voy a llegar mañana tampoco. Así que lo quiero todo y ahora. Como sea.”
En todo el mundo hay una generación que pregunta a los gritos qué le han hecho a su futuro, cómo es posible que se pretenda de ellos que renuncien a sus ilusiones personales, que sean extras en una larga y terrible película protagonizada por las pantallas de la Bolsa.