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6 feb 2012

La globalización del miedo



GUANTANAMO. Esta prisión irregular es parte del
mundo forjado tras los atentados terroristas contra
las Torres Gemelas el 11-S.
Desigualdad e inseguridad son naturalizadas a nivel mundial como “daños colaterales” del sistema. En dos nuevos libros, Bauman analiza el fenómeno. Sus consecuencias, en una entrevista.
El término “daño colateral”, aplicado a estructuras edilicias, individuos o comunidades enteras, se utilizó hasta el hartazgo en los últimos años para describir las bajas materiales y víctimas “no intencionales” o “imprevistas” de las operaciones militares y pasó a formar parte de nuestro lenguaje cotidiano. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman se vale de esta categoría para realizar un complejo y profundo análisis de la desigualdad en las sociedades contemporáneas. Su visión es lúcida y pesimista; su interpretación de los hechos precisa y contundente.

¿Cuál es la trampa mortal que Bauman reconoce en la lógica del daño colateral? Sus consecuencias fatales, que se presentan siempre como neutrales y azarosas, en realidad, forman parte de un calculado engranaje de dominación, cuyas víctimas son la mayoría de las veces las mismas: los pobres, los marginados, los indefensos. “En el juego de los riesgos –indica–, los dados están cargados”: “Quienes decidieron sobre las bondades del riesgo no eran los mismos que sufrirían las consecuencias”.

El libro Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global recopila una serie de conferencias pronunciadas por Bauman sobre el tema durante 2010 y 2011. Los temas que abarca son llamativamente diversos sin perder el hilo conductor: de la concepción griega del ágora a los nuevos comportamientos asociados a la web 2.0 y las redes sociales, pasando, entre otros, por la teología política de Carl Schmitt, el tratamiento de la pobreza en la ópera Wozzeck de Alban Berg, y el análisis de documentos clasificados sobre los ataques nucleares en Hiroshima y Nagasaki. Bauman reconoce en ellos el estigma de la desigualdad y lo estudia consecuentemente.

Nuestra época, señala, adolece de una dificultad estructural, la radical incompatibilidad entre el mundo global que habitamos y las políticas y leyes de matriz nacional que nos rigen. “Todas las instituciones políticas que tenemos hoy a nuestra disposición fueron hechas a medida de la soberanía territorial, de los Estados nacionales: se resisten a ser estiradas a escala supranacional o planetaria; y las instituciones políticas que sirvan a la autoconstitución de la comunidad planetaria no serán –no pueden ser– ‘las mismas, pero más grandes’”. La vieja fórmula del Estado de Bienestar europeo, o el “Estado social” como prefiere llamarlo Bauman, ya no satisface efectivamente las necesidades de sus habitantes. En la actualidad, la tarea de otorgar condiciones de vida dignas queda librada a cada individuo particular, a su capacidad de posicionarse satisfactoriamente en el juego impuesto por las leyes de mercado y de defenderse frente a la siempre presente posibilidad de perderlo todo; “El miedo que la democracia y su retoño, el Estado social, prometieron erradicar, ha retornado para vengarse”.

El mundo se ha vuelto multicultural y, no obstante, el par, el vecino, y mucho más el extranjero o el desconocido, se han vuelto un enemigo. La promoción de la libre circulación de capital choca violentamente con las fuertes restricciones a la circulación de personas en busca de trabajo; en ese enfrentamiento encuentran su fundamento las recientes políticas globales de seguridad, fallido intento de creación de un nuevo orden. Bauman las analiza a partir de dos perspectivas puntuales: por un lado, la de los pasajeros de avión, que diariamente asienten que oficiales de migraciones desarmen sus equipajes y escudriñen sus pertenencias personales, que perros los olfateen, que se someten a todo tipo de situaciones que en otras circunstancias les parecerían denigrantes y que, sin embargo, lo hacen sin protestar, “agradeciendo a las autoridades” por ocuparse de su seguridad. Por el otro, la de la apatía más o menos generalizada con la que se recibió la información de la existencia de una enorme cantidad de prisioneros que sin un juicio justo cumplen indefinidas condenas en prisiones irregulares como las de Guantánamo y Abu Ghraib.

En ambos casos, se trata de situaciones inéditas de vejación personal (pequeñas en un caso, realmente horrorosas en el otro) que saltan a la vista rápidamente al momento de reflexionar sobre el problema de la seguridad en el mundo post 11-S. Lo que estos dos ejemplos, que son más o menos excepcionales si consideramos a la totalidad de la población del mundo, no llegan a mostrar, y este es tal vez el punto más relevante de las tesis de Bauman, es el modo en que la desigualdad y la inseguridad vital se extienden ininterrumpidamente en todo el globo. Según esta lectura, la publicidad de una multiplicidad de amenazas, “ya se originen en pandemias y dietas o estilos de vida insalubres, o bien en actividades delictivas y comportamientos antisociales de la ‘clase marginal’ o, en los últimos años, del terrorismo global”, es el mecanismo reactivo que opera en una sociedad cuyo principal drama es la imposibilidad de resolver la inseguridad y las vulnerabilidades económicas que le son estructurales y contra las que los Estados hacen en general muy poco.

A este estado de cosas se le suma el problema de la “multiculturalidad”, una etiqueta amable que oculta una realidad poco amistosa. Sobre ella escribió en Comunidad: “Aparentemente el multiculturalismo está guiado por el postulado de la tolerancia liberal y por la atención al derecho de las comunidades a la autoafirmación y al reconocimiento público de sus identidades elegidas (o heredadas). Sin embargo, actúa como una fuerza esencialmente conservadora: su efecto es una refundición de desigualdades”.Y luego agregó: “Lo que se ha perdido de vista a lo largo del proceso es que la demanda de reconocimiento es impotente a no ser que la sostenga la praxis de la redistribución, y que la afirmación comunal de la distintividad cultural aporta poco consuelo a aquellos cuyas elecciones toman otros, por cortesía de la división crecientemente desigual de recursos”.

Guetos voluntarios

La configuración material de las ciudades no es ajena a este fenómeno. Históricamente, los centros urbanos fueron espacios de convivencia de lo heterogéneo, incluso resistentes a los esfuerzos unificadores coercitivos característicos de los Estados nacionales, en los que personas provenientes de lugares con diferentes costumbres crecían en contacto con otras pautas culturales. La globalización, en este sentido, no es un fenómeno reciente; basta considerar la situación de nuestro país a comienzos del siglo XX, un extraordinario laboratorio de hibridaciones desarrollándose a la vista del mundo. En las últimas décadas, sin embargo, las ciudades, que todavía son polos de atracción en las que se reúnen personas de múltiples proveniencias, han ido modificando progresivamente su fisonomía, de modo que ese contacto con lo extraño se parece hoy más a una gran excursión turística que a una experiencia vital relevante. Bauman ve las profundas dificultades e incertidumbres sobre las que se sostiene en la actualidad esta situación; sintéticamente, enuncia el problema de la siguiente manera: “Si bien en su origen fueron construidas para brindar seguridad a todos sus habitantes, hoy las ciudades se asocian más al peligro que a la seguridad”.

Las transformaciones urbanas ocurridas en los últimos años, así como los nuevos comportamientos que las acompañan, fueron copiosamente estudiados por investigadores locales y extranjeros, notoriamente en el caso argentino en los libros Los que ganaron. La vida en los countries y La brecha urbana. Countries y Barrios privados en Argentina de Maristella Svampa, Buenos Aires a la deriva, editado por Max Welch Guerra y Miradas sobre Buenos Aires, de Adrián Gorelik. Casos como el de los barrios cerrados han ocupado importantes segmentos de los medios masivos de comunicación, desde las secciones de espectáculo hasta las policiales, constituyéndose paradójicamente en un objeto un tanto agotado desde el plano discursivo pero completamente vigente en sus consecuencias negativas para la vida urbana.

Bauman encuentra un recurso interesante para seguir iluminando el problema de estos “guetos voluntarios” en la comparación de los comportamientos reales con los virtuales. Estamos, como todos sabemos y experimentamos diariamente, en los tiempos del imperio de las redes sociales: gran parte de nuestros intercambios con el resto de las personas se realiza a través de las plataformas virtuales; incluso el correo electrónico, el medio que más se asemeja a los utilizados en la comunicación tradicional por su similitud con el formato epistolar, está perdiendo el rol central que cumplía hace algunos años. Sin caer en la crítica simplista de esta realidad, Bauman realiza un comentario perspicaz: “Vivimos en la época de los teléfonos celulares (por no mencionar MySpace, Facebook y Twitter): los amigos pueden intercambiarse mensajes en lugar de visitas; toda la gente que conocemos está constantemente ‘en línea’ y en condiciones de informarnos por adelantado sobre sus intenciones de darse una vuelta por casa, de modo que un súbito golpe en la puerta o un timbrazo que suena sin previo aviso son eventos extraordinarios, es decir, potenciales peligros”.

Obtenemos así un monstruo de dos cabezas que combina el confinamiento a nivel territorial y urbano con la expansión de la exposición de la privacidad en el ámbito virtual. Esta referencia de extrema actualidad permite repensar el problema de la seguridad, incorporando nuevos matices. La conclusión, sin embargo, es la misma: el miedo, la razón primera por la que optamos por “comunidades cerradas”, sigue ahí; construimos barrios privados, enrejamos nuestras casas, nos encerramos en mundos virtuales, y, no obstante, el miedo no se disipa. La necesidad de seguridad, dice Bauman, puede volverse adictiva: “Las medidas de seguridad nunca son suficientes, Una vez que se da inicio al trazado y la fortificación de las fronteras, ya no hay manera de detenerse. El principal beneficiario es el miedo: prospera hasta la exuberancia alimentándose de nuestro empeño en demarcar fronteras para defenderlas con armas”.

Cambiar las reglas

Las recientes crisis financieras en Europa y los Estados Unidos han vuelto a colocar en primer plano el problema de la exclusión social: nuevos estratos sociales se están incorporando permanentemente al conjunto de los desplazados, dándole visibilidad a un problema que ciertamente ya afectaba a grandes sectores de la población. La pobreza, la inseguridad y la marginalidad, parecen ser una vez más un problema de todos en los países centrales.

En “La salida de la crisis”, una de las 44 cartas desde el mundo líquido que Bauman publicó quincenalmente entre 2008 y 2009 en la revista La Repubblica delle Donne, aparece la cuestión de las consecuencias socio-culturales del derrumbe económico: “No sólo han sufrido un duro embate el sistema bancario y los índices del mercado de valores, sino que nuestra confianza en las estrategias vitales, los modos de conducta, y hasta los estándares de éxito y el ideal de felicidad que, según se nos repetía constantemente en los últimos años, valía la pena perseguir, se han trastocado como si, de pronto, hubieran perdido una parte considerable de autoridad y atracción. Nuestros ídolos, las versiones modernas líquidas de las bestias sagradas bíblicas, se han ido a pique junto con la confianza en nuestra economía”.

Se plantea así entonces por primera vez en mucho tiempo la posibilidad de un nuevo inicio, de una revisión completa del sistema económico-cultural sobre el que se sostienen los países europeos. “Al contrario de lo que se afirma con respecto a las ‘medidas de emergencia’ prodigadas por los gobiernos a los administradores bancarios (pensando, principalmente, en los telespectadores) –continúa Bauman–, no hay remedios instantáneos para las dolencias prolongadas, y posiblemente crónicas”.

Si el problema de fondo que permitió que se llegase a situaciones terminales de desigualdad social, los “daños colaterales” que millones de personas viven diariamente, se encuentra en la constitución misma del sistema, quizá sea entonces éste el momento indicado para reformular algunas de sus reglas de juego.

Fernando Bruno

Tomado: Revistaenie.clarin.com

17 dic 2010

“El amor sustenta desigualdades sociales”



Foto: Ronald Deventer
La salud, el cuerpo o el amor son temas que ha investigado esta feminista en los últimos años. Le preguntamos sobre todos ellos y el resultado del interrogatorio tiene miga. Aquí, un costoso resumen.
DIAGONAL: En este momento estás trabajando en un libro sobre el amor. ¿Crees que el amor es clave en la dominación de las mujeres?
MARI LUZ ESTEBAN: El amor, el amor en general y el de pareja en particular, tal y como se construye y se vive en nuestra sociedad, es un pilar central de la subordinación social de las mujeres. El amor nos convierte en eso que llamamos mujeres y hombres, hace que tengamos estatus diferentes. Resulta determinante en un sistema de género en el que se diferencian espacios para unas y otros, donde se nos asignan posiciones desiguales de poder, donde a las mujeres se nos construye específicamente como seres emocionales.

D.: ¿Hay que dejar de identificar a la mujer con el ‘sujeto amoroso’: la amante, la cuidadora, la madre...?

M.L.E.: Ése es uno de los retos que tenemos por delante. El feminismo ha avanzado mucho en el cuestionamiento de la identificación entre ser mujer y ser madre. Pero sigue habiendo una identificación entre ser mujer y ser un sujeto específicamente amoroso, que yo no comparto. Es una identificación que se está aplicando en el tema de los cuidados, como si nosotras tuviéramos una aportación específica al mundo desde ahí, y creo que la hemos tenido obligadas y con muchos peajes. Eso no quiere decir que dejemos de reivindicar un mundo más humano y más justo, donde las relaciones de poder y los trabajos se distribuyan de otra manera, que sean relaciones donde pueda haber afectos. No sería cargarnos eso, sino romper la centralidad del amor, la ‘obligación’ de amar. Además, cuando hablamos de amor, ¿de qué estamos hablando? Muchas veces de injusticia/justicia, poder/no poder o de la vulnerabilidad y la interdependencia como algo básico en los humanos.

Vivimos en una sociedad de ‘pensamiento amoroso’, donde parece que el amor es lo más genuino del ser humano, la principal tabla de salvación, y parte del feminismo está también ahí. No estoy para nada de acuerdo. No sé si en una situación ideal el amor podría ser lo más genuino, pero, desde luego, en esta cultura en la que vivimos, no. Porque el amor está tapando desigualdades sociales, no sólo entre hombres y mujeres, también de clase, de etnia. No hay más que fijarse en los relatos de ficción del cine, la literatura... El amor nos construye como desiguales, sustenta desigualdades.

D.: ¿Que la sexualidad siga siendo el principal instrumento de subversión desde el cuerpo para las mujeres no es una trampa?

M.L.E: La subversión a través de la sexualidad ha sido y seguirá siendo un campo muy fértil, y ahí están todas las propuestas de las últimas décadas, desde el porno feminista hasta lo queer, con la transexualidad y el transgenerismo... La duda que me surge es si no estamos hipertrofiando en exceso la sexualidad y si no hay otras dimensiones de la corporalidad que no estamos trabajando tanto, como la edad o la clase social. ¿Por qué nos parece que la sexualidad es más subversiva que la vejez o que las desigualdades económicas? Muchas de las propuestas queer en nuestro contexto, no todo, igual estoy generalizando demasiado, tienen que ver con cuerpos jóvenes, delgados... cuerpos que se mantienen en unos márgenes concretos. Sin embargo, si pensamos en otras áreas, como el trabajo doméstico, los cuerpos que están en esa pelea podrían ser o están siendo subversivos, sin cumplir esas condiciones. A mí me parecen fundamentales, pero creo que nosotras mismas los tenemos bastante invisibilizados.

D.: Frente a todos los dispositivos que nos instan a controlar y exponer el cuerpo, ¿la reivindicación de lo feo puede ser una forma de resistencia?

M.L.E: Ahí la aportación del feminismo ha sido muy significativa y lo seguirá siendo. Lo que nos puede pasar es que también nos veamos afectadas por esos ideales de belleza. Que, por muy feministas que seamos, la fuerza de esa ideología hegemónica sobre la imagen es brutal. Otro problema es que a veces vemos a las mujeres como víctimas del sistema, pero la regulación, el control y la posibilidad de resistencia van de la mano. Si nos vemos sólo como víctimas, nos negamos la posibilidad de agencia, de acción social e individual.

D.: Y en el otro extremo, ¿cómo darle la vuelta a lo que se malentiende como ‘armas de mujer’?

M.L.E: Tenemos una visión muy estrecha de la seducción, con esa separación que hay en nuestra sociedad de la belleza y la inteligencia, parece que quien seduce con el cuerpo o con la imagen no puede hacer otras cosas. Es una idea que por una parte hemos criticado y, por otra, interiorizado. Además, la aplicamos de una manera muy ‘generizada’ a las mujeres y no a los hombres. Si viéramos la seducción y el erotismo de una forma mucho más amplia, y miráramos más allá de la heterosexualidad, podríamos darnos cuenta de que eso que hemos llamado “armas de mujer” es mucho más complejo y tiene que ver con una manera de presentarse, de seducir al otro, pero en un sentido muy amplio; y que también los hombres lo utilizan, aunque en su caso no es visto como seducción sino como inteligencia.

¿ACASO ELLAS NACEN SABIENDO CÓMO CUIDAR?
D.: ¿Hay que revisar el discurso feminista de los cuidados?

M.L.E.: Sí, y en ello estamos. En el tema de los cuidados las teorías feministas están en un continuum. En un extremo estarían las que han defendido el ideal del pensamiento maternal, del cuidado como una ética, como una aportación específica de las mujeres. En el otro, posturas mucho más materialistas que defienden que es mejor entrar en este tema desde la división sexual del trabajo y las diferencias de poder según las tareas que hacen mujeres y hombres. Y en medio puede haber posiciones mixtas. En el Estado español, hay sobre todo posiciones mixtas, como las de las economistas que han aportado mucho en este ámbito. Pero, en general, hay un tinte esencialista en muchos de los discursos sobre los cuidados, incluso en las posturas materialistas; una idea de que las mujeres tenemos algo especial que ofrecer, en vez de partir de que ‘tener que cuidar’, tal y como se plantea aquí y ahora, es una alienación para las mujeres.

Si no se puede elegir, no podemos hablar de ‘ética de los cuidados’. Muchas mujeres no pueden elegir, lo que tiene que ver con la clase social; hay que tener cuidado con hacer planteamientos clasistas, que sirven sobre todo para las ricas, en éste y otros temas. Hay grupos de mujeres, por ejemplo en Euskadi, que hemos trabajado mucho en esta dirección y hemos sido muy rotundas sobre el derecho a decir “no” frente a los cuidados, junto con el derecho a decir “sí”, pero sobre todo para hombres.

ENVEJECER EN EL SIGLO XXI

¿Es más difícil envejecer ahora que nunca?, nos preguntamos, en una sociedad que idolatra de forma creciente el cuerpo y la juventud. “No. Mi sensación no es que sea más difícil, es que estamos elaborando la vejez a nivel individual, cada una como puede, o con la gente cercana. Aunque hay algunas excepciones, hay muy poquita elaboración teórica y colectiva sobre estos temas, al menos en el Estado español”, responde Esteban. Finalmente, es la medicina la que se encarga de explicarte cómo envejeces, lo que, según esta antropóloga, “no siempre es positivo, dado que esta disciplina tiene una forma de mirar la realidad y lo ‘femenino’ muy concreta, por lo que sería muy interesante que hubiera discursos distintos, alternativos”, señala.

Irene G. Rubio y Belén Macías Marín (Redacción)

Tomado: diagonalperiódico.net
Artículo relacionado: El amor romántico, última utopía de la posmodernidad

29 ago 2009

A calzón quitado

Parece que está de moda hablar del hambre de los niños en el mundo. El papa Ratzinger, nuestro cardenal Bergoglio, empresarios del campo y tantos otros. Aquí en Alemania se está discutiendo esto a calzón quitado. Claro, se está ante elecciones nacionales. Entonces, lo que durante los gobiernos estables es un juego de transacciones y entendimientos, cuando se juega el poder, se sale a decir la verdad. Y han salido a la luz las estadísticas oficiales y los estudios de organizaciones empresarias, religiosas, obreras, etcétera. Sí, aunque nadie lo crea, Alemania, una especie de diamante del sistema, uno de los países mejor organizados dentro del capitalismo, presenta un cuadro actual que va dejando una vez más desnudo a ese sistema. Lo bueno para la información es que, dada la disputa, surge la verdad. Fuentes informáticas del sistema sacan a la luz la verdad ante una vidriera de lujo que esconde lo que realmente sucede en el patio interior. Por ejemplo, la revista Stern –no por cierto izquierdista– publica un estudio titulado “¿Qué hacer contra la desigualdad?”, con su subtítulo “Dos terceras partes de la población alemana no poseen casi nada mientras que apenas una décima parte posee el 60 por ciento de la riqueza”. Y “Nuestra sociedad se divide cada vez más entre los ricos cada vez más ricos y los que no tienen nada”. De acuerdo con la definición del gobierno, se considera pobre a quien gana menos del 60 por ciento de lo que se necesita para mantener un hogar medio, y al soltero que gana menos de 781 euros por mes. Debido a eso, el Instituto para la Investigación de la Economía señala que el 18 por ciento de los hogares alemanes está debajo de ese nivel, mientras que el gobierno sostiene que sólo es el 13 por ciento. La pobreza aquí es más común entre las mujeres solas que crían a sus hijos que entre hombres, y más entre jóvenes y niños que entre ancianos. Y se ha comprobado que a aquel que cae en la pobreza le cuesta mucho poder salir de ella. Es que la llamada crisis mundial fue aprovechada por los más diestros en manejar el poder. Por ejemplo, está desapareciendo el clásico “lugar de trabajo” y va siendo reemplazado por trabajadores por hora, por trabajo de horario limitado, por trabajo por contrato, por trabajo sin salario básico y por el desmantelamiento paso a paso del derecho de indemnización por despido. Es decir, el sistema se aprovecha de la crisis que ha producido por sí mismo para alcanzar una nueva era de capitalismo más profundo. Es decir, la crisis va ahondando el neoliberalismo asocial. Que, claro, para los defensores del sistema, puede dar un gran empujón hacia adelante a la economía. La receta de siempre. La Oficina de Estadísticas de Alemania ha dado a conocer la información que los llamados empleados y obreros “atípicos”, es decir, los que no tienen un empleo fijo, han aumentado de 5,3 a 7,7 millones. Y ya se ha llegado a que esos “atípicos” representen el 22 por ciento de todos los que trabajan. El mismo estudio admite que el riesgo de caer en la pobreza de esos trabajadores “atípicos” es del 14 por ciento. Si ése es el panorama que nos presenta el sistema capitalista central, podemos ponernos a pensar qué ocurre con los llamados “países subdesarrollados”. Por ejemplo, el continente africano está siendo devorado poco a poco por la avidez del capital de los países industrializados. Se trata en su mayor parte de multinacionales, de bancos y de gobiernos. Compran los mejores campos, en especial con arroyos o fuentes de agua. Ya se han comprado alrededor de 20 millones de hectáreas. Este nuevo procedimiento ha sido llamado “neocolonialismo” o, en inglés, land grabbing. Son dedicados al cultivo de alimentos básicos que se exportan a los respectivos países. Es decir, que se les quita esa tierra a los habitantes africanos, que justamente cultivaban allí sus alimentos. La ministra alemana para el Desarrollo, Heidemarie Wieczorek-Zeul, ha denunciado esto señalando que “en Madagascar, una empresa de Corea del Sur compró 1,3 millón de hectáreas para el cultivo de maíz. Por su parte, China ha adquirido 2,8 millones de hectáreas de la República del Congo, para dedicarlas a combustibles agrarios. Arabia Saudita ha hecho lo mismo con 500 mil hectáreas en Tanzania”. Y agregó: “Los más perjudicados con estas compras son las poblaciones que tienen que luchar contra el hambre”. También se aseguran los derechos sobre el agua y todo se convierte además de land grabbing en water grabbing. Todo esto provoca la emigración de las poblaciones autóctonas, ya que esas empresas traen trabajadores de sus propios países, o de otros, e imponen procedimientos mecánicos de producción. Se ha comprobado que se eliminaron grandes superficies boscosas y de plantas que las poblaciones empleaban como medicinales. Es decir, que toda esta nueva acción trae consigo problemas ecológicos. Todo esto invita a que Naciones Unidas tome en sus manos, desde ya, con toda energía, el problema del desequilibrio ecológico y la defensa de los pobladores autóctonos. Aquí nace la pregunta: ¿cómo es posible que, ante estos exabruptos del capitalismo cada vez más ávido, no haya una reacción mundial de aquellas instituciones que se atribuyen la razón y la sapiencia de saber el origen y el destino final del hombre? Por ejemplo, las iglesias. Elijamos a Roma. El Papa hizo conocer un documento en el cual se llamaba la atención sobre el hambre en el mundo y la obligación de todas las sociedades de combatirlo. Pero no basta con palabras, con declaraciones o con la firma de un documento. ¿Por qué no inicia una acción por la cual visite a cada uno de los verdaderos dueños de la tierra y le señale que todo lo que hace va creando, tarde o temprano, violencia; y que lo único que vale, para la historia, es aquello que se haga para cuidar la vida y así eliminar violencia? Porque el germen de toda violencia es, siempre, la desigualdad. Umberto Eco acaba de escribir una nota donde señala que una publicación le pidió que escribiera un artículo sobre la libertad de prensa. Y él se negó, porque a la libertad de prensa hay que aplicarla y no defenderla. Y Berlusconi está allí porque el pueblo lo vota, a pesar de que es alguien a quien no le interesan los problemas del Estado sino sólo quiere satisfacer sus necesidades personales. Dice Eco que el pueblo italiano vota a ese personaje. Y que a su artículo lo leerían sólo aquellos que conocen el peligro que es Berlusconi para la verdadera democracia, pero no salen a la calle. Mientras, Berlusconi maneja la televisión y otros medios. ¿Es democracia eso? Y como sátira pone que, en 1931, Mussolini obligó a todos los profesores universitarios a jurar obediencia a su gobierno. A los profesores universitarios, nada menos. De 1200 profesores sólo se negaron doce a la orden del dictador, el uno por ciento, y fueron inmediatamente destituidos de sus cátedras. (Algunos de esos que juraron fidelidad a Mussolini, en la posguerra se presentaron como figuras del movimiento antifascista. Pero quienes quedaron para la historia fueron aquellos doce que no aceptaron rebajarse ante el dictador.) Ellos –escribe Umberto Eco– salvaron el honor de la universidad. Y termina Eco: “Por eso a veces debemos negarnos, aunque con ello no tengamos mucha influencia. Pero por lo menos las generaciones venideras sabrán que hubo algunos que se negaron a ser serviles al sistema”. Y por todo eso se les llama democracias a países donde los políticos son elegidos por el papelito en las urnas cada dos años, mientras los verdaderos dueños del poder aumentan cada vez más sus fortunas, que no es otra cosa que aumentar su poder. Un ejemplo: el estado alemán de Hessen acaba de publicar estadísticas que señalan el crecimiento de los millonarios. En el año 2002 eran 1626, en 2009 esa cifra ha crecido a 1860. Justamente en el primer cuatrimestre, 125 empresas cerraron sólo en la región renana, con el consiguiente despido de sus trabajadores. Entre las empresas que cerraron están tres de renombre: Karstadt, Woolworth y Adessa. En esa región, informa el General Anzeiger de Bonn, cierran un promedio de diez empresas por semana. Al mismo tiempo llegó al Parlamento la denuncia de que la primera ministra Angela Merkel le hizo una fiesta para su cumpleaños al presidente del Deutsche Bank, el famoso Ackermann, el ejecutivo que más dinero ha ganado hasta ahora en su cargo: más de 12 millones de euros por año. La primera ministra le señaló a Ackermann que podía invitar a la fiesta a treinta de sus amigos. Así se hizo. Todos los gastos corrieron por cuenta del Estado, es decir que lo pagaron los ciudadanos que pagan impuestos. Una anécdota, sí, pero que muestra que allí donde hay dinero poco vale la ética. Karl Doemens escribe en el Frankfurter Rundschau con ironía: “Por supuesto que el cumpleaños-party en homenaje al poco sufrido Josef Ackermann junto a sus treinta amigos conservadores no le debe haber caído muy bien a un obrero desocupado de Opel. Por supuesto no pretendemos que la jefa de gobierno invite al jefe del Banco Alemán con un servicio de pizza. Pero este cumpleaños-party deja en la boca un gustito amargo”. Como pocas veces, en Europa se sufre el aumento de la desocupación entre los jóvenes. Uno de cada cinco europeos de menos de 25 años está buscando actualmente una ocupación. La ILO pronostica que este año el aumento de los desocupados va a ser de 30 millones, es decir que se va a llegar a una cifra mundial de 240 millones de gente sin trabajo. En España, la situación se ha vuelto dramática: uno de cada tres jóvenes está sin trabajo. Aquí, en Alemania, ha comenzado a actuar un Partido de la Juventud, que lleva el nombre de “Peto” que, traducido del latín, significa: “Yo exijo”. Fue fundado por cinco estudiantes. En las elecciones comunales en Monheim, “Peto” presenta como candidato a burgomaestre a un joven de 27 años. Prometen gobernar para los jóvenes y para quienes quedaron jóvenes y se sienten jóvenes. Ojalá que exijan y logren por lo menos eliminar para siempre los niveles de pobreza y que cada joven tenga trabajo. Osvaldo Bayer Desde Bonn, Alemania Tomado de Página 12
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