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15 ene 2011

Alabanza al comunismo



Alabanza al Comunismo


Es razonable, todo el
mundo lo entiende.

Es sencillo.
Tú que no eres explotador
puedes entenderlo.

Es bueno para ti. Informate al respecto.

Los estúpidos lo llaman
estúpido, y los sucios
lo llaman sucio.

Es contrario a la suciedad y a la estupidez.

Los explotadores lo llaman crimen.

Pero nosotros lo sabemos:
es el fin de los crímenes.

No es una locura,
sino el fin de la locura.

No es el enigma,
sino la solución.

Es lo sencillo que resulta difícil de realizar.


Bertolt Brecht

22 jun 2009

La poesía saharaui es mestiza

Requiem * A los pies de la espera un manto blanco cubre la ausencia. ...A la sombra de la espera descansaban los restos mortales de un breve instante. Menuda paradoja —de la vida y de la muerte— la de este precipitado descanso para quien no tuvo la oportunidad de cansarse. Los que nos salvamos, dentro de las desgracias que sufrían los saharauis, tuvimos la oportunidad de estudiar. Con diez años llegué a Cuba. Los primeros meses fueron terribles. Recuerdo que lloraba todas las noches. Cuando nadie estaba despierto yo viajaba por encima del Atlántico y me reunía entre lágrimas con mi madre y con mis hermanos. Hasta que no pude más y un día dejé de llorar. No porque no tenía ganas, no. Simplemente se me habían agotado las lágrimas. Cinco años después cuando pude abrazar a mi mamá las lágrimas volvieron a mis ojos. De aquel grupo que vinimos a estudiar a Cuba solo 12 llegamos a la Universidad. Los demás fueron llamados al frente. Muchos se quedaron en el camino defendiendo su tierra. Recuerdo que los que no fuimos escogidos para ir a la guerra, sufrimos una gran decepción. Unos años después nos incorporamos como médicos, ingenieros o profesores. Había pasado entonces 11 años sin ver a mi madre y a mis hermanos. Cuando regresé tenía 14 sobrinos. No había prácticamente noticias de la familia (tres o cuatro cartas en 11 años). Pero los saharauis que vinimos a este país formamos una gran familia que con los años se fue acrecentando. En nuestras residencias, en nuestras habitaciones teníamos nuestro pequeño país, nuestras costumbres, nuestra historia y Cuba, que podemos decir, que nos lo dio todo en esos años, nos permitió seguir siendo lo que somos. En ese ambiente, donde constantemente evocábamos nuestro Sahara, con nuestros inocentes recuerdos o cuando compartíamos las noticias que escuchamos en una radio o una carta que llega o algún visitante, surgieron mis primeros versos. Primeros versos que casi ya no recuerdo. Me deshice de ellos creyendo que algún día los haría mejores. Y ahí sigo intentándolo. Añoranza ¿Qué felicidad puede haber dentro de estos muros en estas interminables noches de insomnio y desesperanza? Todo quedó contigo, lejano e intangible como aquella tarde de julio. A veces visitola muralla que nos separa, intento recuperar tantas oraciones perdidas y pedirle a Dios que nos libre de las langostas. Sin embargo, lo de Cuba fue difícil de superar. Después de las primeras semanas de euforia y alegría por el reencuentro con la familia, llegó un enorme vacío. No sabía ni dónde estaba ni dónde quería estar. Llegué a pensar que el mundo que intentamos conservar con mucho celo en Cuba no era el mundo real al que pertenecemos. Me di cuenta de que estaba marcado por el resto de mis días. Pero que tenía que recuperar mi mundo, que casi había perdido, sin perder los valores y sin olvidar el mundo que me adoptó como un hijo y que me lo ofreció todo: cariño, amor, humildad y sabiduría, todo en medio de un envoltorio de hermosos colores y Cuba era la vida, mi vida. Fue una realidad que superó mis sueños y que llevo no solamente en el corazón, sino en cada parte de mi cuerpo y de mi mente. Con el paso del tiempo aprendí lo que era inevitable. Que tenía que volver a mis orígenes. Volver a comenzar mi otra vida y conjugarla con lo que soy. Una mezcla, una síntesis de dos culturas diferentes. Un producto con la riqueza de la aleación del norte y el sur, de oriente y occidente. Y entonces la poesía, las palabras me rescataron de esos momentos de incertidumbre. La poesía fue fundamental en ese proceso de transformación o adaptación a mi nueva vida. No fue una evasión de la realidad sino todo lo contrario, la poesía me sirvió para reflejar la realidad que me rodeaba y para reflexionar sobre dicha realidad. Muy importante también, en ese proceso fue el reencuentro con los amigos de Cuba. Tuvimos la suerte de trabajar juntos y eso hizo que el camino se hiciese más fácil. La poesía comenzó a fluir de quienes hasta entonces no habían descubierto al poeta y a la poesía que llevaban por dentro. Se desempolvaron versos. Hermosos versos que yacían olvidados entre las páginas de muchos libros. En ese ambiente comenzaron a brotar nuevos versos. Empezamos debates, tertulias culturales. Había consejos, sugerencias y programas de radio dedicados a la poesía. Casi puede afirmarse que nos alimentábamos de la poesía. Un día romántico Era un día romántico solitario y gris como estas colinas Todo era escaso melancólico y triste —excepto nosotros— que, en la abundancia y la gracia del Señor, el pan y las heridas compartíamos con las moscas. Hace dos años, creamos el grupo Generación de la amistad saharaui para juntar nuestros esfuerzos creativos en la defensa de la cultura saharaui. En defensa de la identidad saharaui y por contribuir a la divulgación de la causa del pueblo saharaui y sus aspiraciones de paz y libertad. Nuestra poesía reflejaba la idiosincrasia saharaui expresada en lengua española con influencias de la poesía revolucionaria cubana, la poesía social y todas las vanguardias tanto de Europa, como de América. La poesía saharaui es mestiza, es el resultado de una mezcla de mestizajes. Sus temas son tan universales como cualquier poesía, sin embargo, tienen el sello del destierro y de la guerra como todo lo que rodea a los saharauis. Sus versos son de amor y de arena, de sangre y de sudor, de sed y espejismos, pero también de sueños y esperanzas. Mohamed Salem Abdelfatah Tomado de Alba poética, publicación del Festival Internacional de Poesía de La Habana. Tomado de la Jiribilla

20 feb 2009

“No sé si mis versos eran buenos o malos, sé que eran versos necesarios”

ENTREVISTA A MARCOS ANA, POETA
IGOR DEL BARRIO / ENCARNI IRUSTA
La vida de Marcos Ana es un poema colectivo de hombres y mujeres que, según Saramago, “cerrando los labios y los dientes bajo los extremos de la tortura, reinventaron la dignidad humana en los lugares donde, según el catón de los criminales, deberían acabar perdiéndola”.
Fernando Macarro Castillo nació en 1920 en una aldea salmantina, al regazo de una familia de jornaleros “pobrísimos”. Con seis años, de la mano de su hermana Margarita, viaja a Alcalá de Henares, donde se pone a trabajar, y a los 15 participa en el congreso que funda las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). La Guerra Civil marca su adolescencia: el 8 de enero de 1937 los junkers alemanes bombardean Alcalá y él recoge de entre los escombros el cadáver de su padre. Aunque aún es menor, decide enrolarse en la defensa de Madrid “como una manera de comprometerme más por la muerte de mi padre”. Y en 1939, tras escaparse del campo de concentración de Albatera, que retratara Max Aub en su Laberinto mágico, es detenido en Madrid, acusado de dirigir la JSU. No saldría de prisión hasta 1961, después de unas campañas internacionales clamando por su libertad, siendo el preso de la guerra civil que más años pasó entre rejas. Sus años de cautiverio, con dos sentencias de muerte a cuestas y sufriendo tras los muros la muerte de su madre a los pies de la prisión, nada más conocer la segunda de ellas (dictada tras presentarse como responsable de una publicación en la cárcel para festejar el Primero de Mayo de 1943), fueron siempre una demostración de dignidad.
En la cárcel fue el aliento constante de los demás presos, a quienes incitaba a levantar la cabeza y no bajar los brazos. Estuvo 22 años encarcelado, mientras sus versos salían como pájaros libres de la prisión, en boca de compañeros o escondidos entre papeles, hasta conseguir liberarle a él. Así se fue forjando este poeta –cuyo nombre es un homenaje a sus padres–, uno de los más humanos e íntegros que vio el siglo XX. Él recuerda: “El día en que salí en libertad, los compañeros se amontonaron a la puerta del patio y recuerdo que me decían: ¡no nos olvides! Eso que para ellos era una esperanza, para mí es un compromiso que yo cumpliré toda la vida. Porque allá donde voy, ellos vienen conmigo. Y por eso me siento un hijo de la solidaridad y dedico a ella todo mi tiempo”.
América Latina en el corazón
Al salir de prisión, cruza el charco para agradecer la solidaridad que le brindaron los pueblos latinoamericanos. Allí le espera un recibimiento multitudinario y conoce a Neruda, a buena parte del exilio español y a tantas otras figuras políticas y culturales que le hacen estrechar unos lazos inquebrantables.
“En las cárceles chilenas, uruguayas y argentinas –nos cuenta– pasaban mis poemas clandestinamente a sus prisiones y decían “¡como Marcos Ana hay que resistir!”, y no puede haber nada más gratificante que te digan esas cosas, que te dieras cuenta de que un papel que tú habías escrito en una prisión servía para alentar el corazón de otros, en circunstancias semejantes”. Y concluye: “No sé si mis versos eran buenos o eran malos, lo que sé es que eran versos necesarios, porque contribuyeron a movilizar al mundo por mis compañeros”.
La vida en la cárcel
Para Marcos Ana hubo dos partes en su vida en prisión. “La primera duró hasta el ‘44, que fue un periodo de supervivencia, donde no sólo morías en paredones de eje cución, sino que te encontrabas por la mañana cuando despertabas con compañeros al lado que habían muerto de hambre, o de frío, o producto de las torturas, o de infecciones... Fue una época terrible en la que te comías la hierba que salía entre las baldosas del patio. Y la segunda época es a partir de que el ejército soviético rompe el espinazo del ejército alemán en Stalingrado. Entonces los guardianes estaban desmoralizados, porque comprendían que la guerra no la iban a ganar ellos. Se acercaban a nosotros justificándose, y hablándonos mal de otros guardianes... Y así hicimos de la cárcel una universidad”.
En la cárcel vivían en comuna, perfectamente organizados entre compañeros, y se daba la paradoja de que “a veces, al salir a la calle, había quien quedaba completamente hundido en la soledad”. En Burgos, el poeta funda una tertulia, La Aldaba, de la que pronto nace su propia revista. “Allí empecé a escribir mis poemas”, apunta, “que luego los sacábamos por esos caminos milagrosos que abríamos en la noche de nuestras cárceles. Nunca publiqué en ninguna editorial; los que los sacaban a la luz eran los comités de solidaridad”. Con el tiempo, la ilusión y el esfuerzo, los reclusos consiguieron montar una obra de teatro sobre la vida de Miguel Hernández. “En la prisión luché mucho contra esa división entre presos políticos y comunes. Había entre los presos políticos una tendencia a menospreciarlos. Y ellos eran presos sociales, gente joven que estaba presa por haber robado un poco de pan.
Cambiamos la política allí y empezamos a incorporarlos en nuestras clases de cultura. Cuando comenzaron a dejarnos jugar al fútbol, yo creé el equipo de Los Aguilillas, que eran todo presos comunes, y nos llevábamos todos los campeonatos. Son presos sociales, producto de una situación como la que vivimos hoy”, apunta. “Y luego ocurrió el fenómeno de que muchos de ellos volvían a la cárcel al año, o a los seis meses, por trabajo clandestino”.
El árbol y sus frutos
“Yo sólo con una noche condenado a muerte podría escribir un libro (los ruidos, los pensamientos que tienes, una mosca, una hormiga… las gotas de agua cayendo en el silencio). La fuerza de las ideas era lo que me hacía sobrevivir”. Su libro Decidme cómo es un árbol recopila estremecedoras anécdotas sobre su vida. Manuel Vázquez Montalbán quería ser quien escribiera sus memorias.
Pero el destino quiso que el barcelonés encontrara la muerte antes de poder realizarlas. Y Marcos Ana se decidió a escribir el libro con la intención de que “el mensaje llegue. Es un libro que he hecho, no pensando en mis camaradas ideológicos, sino pensando en esa inmensa mayoría de gente que no nos conoce y que tiene de nosotros una imagen prefabricada durante años y años, y que algunas veces resulta infame. Y luego también pensando en la juventud, algo que a mí me obsesiona, porque si no logramos que las nuevas generaciones estén en contacto con nuestras ideas y recojan la bandera...”. Dice que cada día le escriben muchos jóvenes, muchos de ellos despolitizados, lo que para él es su pequeña recompensa. “Son más bien jóvenes asombrados”, dice. “Yo había vivido en el subsuelo de este país y ellos no conocían la historia”. Advierte con humildad que “la experiencia puede llegar a ser contrarrevolucionaria. Por eso tengo discusiones con compañeros de mi generación, porque pienso que no se ha encontrado un lenguaje para llegar a la juventud. Y si no actualizas tu experiencia, se convierte en un estorbo para los impulsos y la iniciativa de quien viene detrás. Además, les quieren hablar desde arriba, y enseñándoles los caminos…”.
Cuando salió de prisión tenía 41 años y, a pesar de haber sufrido una experiencia tan dura, mantenía intacto su corazón de niño. Una entrañable y estremecedora historia con una prostituta al salir a la vida ha dado pie para que Pedro Almodóvar se comprometa a hacer una película sobre su historia.
Tomado de Periódico Diagonal
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