11 sept 2011

El honor militar: Códigos de Honor y Códigos Mafiosos


Imagen: Revista Vadenuevo

En Uruguay, las realidades y las tergiversaciones sobre el lugar que corresponde al concepto del honor militar tienen relación directa con problemas actuales de sus Fuerzas Armadas y con la posición que ocupan en la sociedad. El falseamiento del concepto por la pasada dictadura sigue extendiendo todavía sus consecuencias hasta hoy.
El tema del honor militar suscita entre los civiles reacciones confusas, muchas veces teñidas por el escepticismo o el fastidio. Es corriente que esa idea se perciba como parte de una ostentación altiva de que los militares se rodean entre sus toques de clarín y sus voces de mando. O bien que se la desestime como parte de una fraseología convencional y hueca que no quiere decir nada: como cuando se habla de un pundonoroso militar.

Esto no puede sorprender en un país que sufrió -y no en su prehistoria- una dictadura militar como la nuestra. Las referencias insufriblemente pedantes y machaconas al honor militar con que la dictadura nos aturdía alimentaron la noción de que era una más de las tantas imposturas con que revestía el privilegio y la opresión.

Sin embargo, hay buenas razones para mirar este tema con más detenimiento.

Es tradicional y universal que la profesión militar cultive y exalte ciertos valores y tenga todo un ropaje de símbolos, formalidades y ceremonias. Esas cosas tienen origen variado y casi siempre antiguo. Muchos de sus elementos provienen de tiempos en que la profesión del oficial era exclusividad de la clase noble, y buscaban destacar su privilegio. De ahí que, sobre todo en los momentos de grandes cambios sociales, se haya cuestionado esas prácticas y criterios procedentes de realidades superadas. Basta pensar en la Revolución Francesa cuando creó sus ejércitos ciudadanos, o la Revolución Rusa de 1917 que organizó el Ejército Rojo, o la República Española cuando su pueblo y sus militares leales tuvieron que defenderla contra el alzamiento fascista nacido dentro de su ejército.

Sin embargo, es importante distinguir todo esto de la cuestión del honor militar, porque éste responde a una lógica diferente.

La idea de que la profesión militar debe tener normas de honor particulares, principios morales y reglas de conducta propias y de especial rigor, tiene fundamentos que no se basan en privilegios anacrónicos ni corresponden a situaciones superadas del pasado, sino a una lógica válida y razonable. Que el militar deba regirse por criterios estrictos de comportamiento más allá de las normas precisas de las leyes y los reglamentos ‑es decir, que tenga que ceñirse a un código de honor- es una necesidad impuesta por su especial situación. Desde el punto de vista de la sociedad toda, lejos de ser una aberración, se trata de una garantía indispensable.

Existen otras profesiones en que también se fue formando un conjunto de normas éticas que rigen su ejerciclo y que los interesados adoptan como su código de honor. El caso más típico es el de la medicina: ya en Ia antigua Grecia el juramento hipocrático comprometía el honor del médico para toda su vida. ¿Por qué ocurre esto particularmente con ciertas actividades? ¿Por qué consideramos que debe haber un código moral riguroso para los médicos y no se nos ocurre pensar lo mismo de los profesores de matemática ni de los esquiladores? Simplemente porque la medicina entraña un peligro muy grande en caso de mal ejercicio: el médico que atiende mal a su paciente pone en peligro su vida. Y aquí reside el rasgo común que tienen todas las profesiones, tan diversas en apariencia, que tendemos a relacionar con una responsabilidad moral particular y con especiales deberes de honor: el médico, el comandante del avión, el juez. La sociedad no puede admitir al juez corrupto, al aviador alcohólico ni al cirujano distraído.

En el ciudadano que ejerce el mando de hombres armados es vital que exista un sentido firme de la rectitud, la lealtad y el apego a la misión que desempeña. Son garantías del normal funcionamiento de las instituciones militares en la sociedad, y es ésta la que necesita esas seguridades. No sólo está bien, sino que es imprescindible que el militar esté Iigado por una ética especial que compromete su honor.

Si nuestro país ha de tener a sus Fuerzas Armadas insertadas en su sociedad, sus integrantes deben profesar y cultivar el honor militar. No pueden ser cobardes ni traidores, ni tampoco usurpadores ni conspiradores. Deben estar lealmente al servicio de su país, conforme a sus leyes, bajo el mando de sus autoridades, en interés de su pueblo. Y los civiles debemos entender y apreciar el honor militar. Apreciarlo, respetarlo y exigirlo.

La dictadura militar tergiversó todo esto. En nombre del honor militar ponía al uniformado en un sitial que los demás debíamos reverenciar. El honor militar, en vez de ser una prenda de responsabilidad, se convirtió en un título de superioridad. La "doctrina de la seguridad nacional" validaba esta aberración con una justificación teórica. Supuestamente las Fuerzas Armadas seguían teniendo por cometido la defensa de la nación; pero la nación dejaba de ser lo que obviamente es (el país y su gente) para reducirse a símbolos y abstracciones. Se invocaba la Orientalidad pisoteando vidas y derechos. Se defendía la Patria martirizando a su pueblo. No era original: otras versiones del fascismo también obraron sus respectivos milagros con la idea del honor militar. El nazismo alemán lo convirtió en un compromiso de subyugar al mundo en nombre de Ia superioridad de la raza aria.

Estas cosas no son meras referencias históricas, porque las tergiversaciones que la dictadura implantó sobre el concepto del honor militar han dejado resabios que nos dañan hasta el día de hoy. Siguen emponzoñando a las Fuerzas Armadas, bloqueando su entendimiento con el resto de la sociedad y eternizando los problemas más dolorosos que la dictadura nos legó.

Los principios que la dictadura estableció como rectores del honor militar partían de algunas ideas muy peculiares. Las fuerzas armadas eran algo separado y esencialmente distinto de la sociedad; su función y sus potestades eran ilimitadas; y se regían en su interior por la obediencia absoluta, ilimitada e irreflexiva. Afirmar esto no es expresar una opinión: ellos mismos lo proclamaron y lo predicaron explícitamente. Si hace falta demostrarlo: se proclamó oficialmente que "las FFAA son una institución de excepción diferenciada de la sociedad civil".[1] Se declaró que a las Fuerzas Armadas "está confiada la custodia de los bienes espirituales y materiales de la Nación"[2], o sea absolutamente todo. Se estableció como "obligación fundamental del estado militar" el "deber de obediencia, respeto y subordinación al superior en toda circunstancia de tiempo y lugar", sin excepción alguna.[3] Todo militar tenía, entonces, un deber de obediencia ciega y total. El hecho de que la orden fuera matar a un ser humano indefenso, o sustituir los votos de una urna de votación, en nada habilitaba al subalterno para no cumplirla de inmediato.[4]

A partir de este encuadre, los mandos de la dictadura buscaron generar una cultura de encubrimiento sistemático de los crímenes que ordenaron, escudándose en el silencio cómplice de todos los militares. Exigieron cerrar filas en nombre del espíritu de cuerpo. Puesto que cualquier acusación a un militar es un agravio a la Institución Militar, y las Fuerzas Armadas son depositarias de todos los valores de la Patria, el deber y el honor obligan a todos al silencio y la negación.

Pero esto rebaja el honor militar a un vulgar código mafioso. Convierte lo que debe ser una prenda de responsabilidad en una maquinación urdida para eludir, precisamente, la responsabilidad. Esto no es honor militar. Esto es conjura mafiosa.

El cumplimiento intransigente del deber moral es una virtud muy alta y respetable. En cambio, cerrar filas para defender a criminales cuyas manos están manchadas con la sangre que ordenaron derramar está en la antípoda del honor. El militar que con su silencio encubre crímenes que le constan no está defendiendo un código de honor. Su actitud, además de ser un delito[5], es el colmo de la deshonra. Es traición y es cobardía, las dos faltas supremas de todo comportamiento militar. Es traición a la patria, porque la patria es el país al que debe servir, el que le dio su confianza, sus armas y su responsabilidad: nada de eso lo recibió de los criminales a los que encubre. Traiciona también a las Fuerzas Armadas, porque impide limpiarlas de las lacras que las desprestigian y las aíslan. También es cobardía, porque supone la falta del coraje necesario para un acto de dignidad. Y todavía, además de ser un delito y una inmoralidad, es también algo más. Es una necedad. Es negarse a admitir el burdo engatusamiento en que ese militar ha caído. Es no reconocer, a pesar de que rompe los ojos, que quienes le reclaman complicidad invocando el espíritu de cuerpo y la defensa de las instituciones militares están buscando su propia impunidad, la infame impunidad de sus propios crímenes, al precio de mantener a esas mismas instituciones militares en el desprestigio en que ellos las hundieron. Es negarse a ver que han sido víctimas de una deleznable extorsión moral que creó un verdadero mundo al revés. ¡Son los asesinos y torturadores los que amenazan con la deshonra a camaradas y subordinados invocando principios morales!

Los civiles debemos entender y apreciar el honor militar. Sí: y es hora de hacerlo. En nombre del honor militar, de esa virtud indispensable que deben tener quienes portan las armas del país para ser dignos de hacerlo, debemos exigir a nuestros militares que cumplan su deber. Esto no se refiere a los criminales; con ellos sería inútil. Se refiere a los demás. Porque siguen siendo miles los compatriotas que han vestido uniforme y que tienen algo que decir. Esos compatriotas deben sopesar hoy la diferencia, que todavía cabe, entre cumplir su deber muy tardíamente o no cumplirlo nunca. Entre cumplir o faltar al honor militar.

[1] "Reglamento de los Tribunales de Honor de las Fuerzas Armadas", de 8 de febrero de 1985, art. 3.

[2] Misma disposición.

[3] Decreto-Ley nº 14.157, de 1974 ("Ley Orgánica Militar"), art. 61. La disposición agregaba que este deber sería "de acuerdo a las leyes y reglamentaciones en vigencia"; pero no había ninguna ley ni reglamento que limitara el carácter absoluto de ese deber de obediencia o que admitiera excepciones a su cumplimiento.

[4] El segundo ejemplo es hipotético, pero el primero es trágicamente real. El Ejército reconoció oficialmente en 2005 que decidió y ejecutó los asesinatos de María Claudia García de Gelman en octubre de 1976 y de María Elena Quinteros el mes siguiente. (Como también se reconoció a la vez el asesinato en la tortura de 23 detenidos sobre cuya suerte también se había mentido siempre.)

[5] Todo militar que tiene conocimiento de un crimen cometido está incurriendo en delito por el hecho de no denunciarlo. De esto no puede caber duda a la luz del artículo 177 del Código Penal.

Nicolás Grab

Tomado: Revista vadenuevo.com.uy

62 Aniversario de El Galpón


Sesenta y dos años han transcurrido desde el momento en que un grupo de jóvenes visionarios decidió hacer teatro independiente del Estado y de los empresarios. Provenían, la mayor parte de ellos, de la mítica Isla de los Niños dirigida por Atahualpa del Cioppo y de Teatro del Pueblo.
Para garantizar esa independencia era necesario ser dueños de sus medios de producción. Se hizo imprescindible contar con una sala teatral. Misión imposible para sus juveniles finanzas.
Se optó por alquilar un galpón de la Barraca Zunino en Mercedes y Roxlo. Para convertirla en teatro, aquellos artistas dejaron de hacer teatro durante dos años y se abocaron a la tarea de construir un teatro con el apoyo de parientes, amigos, aficionados y vecinos que se acostumbraron a verlos y a identificarlos como «los muchachos del galpón».
Así, cuando se vio la necesidad de darle un nombre al grupo, ya venía bautizado por la gente: El Galpón.
Y fue esa misma gente la que marcó la estrategia del grupo que se mantiene hasta nuestros días: hacer teatro para la gente y con el apoyo de la gente. Así surgió la idea del socio, que se convirtió en el sustento principal de la Institución Teatral El Galpón desde aquellos días augurales.
La vieja Barraca Zunino, convertida en el Teatro El Galpón en 1951, fue el entrañable lugar de los primeros intentos y los primeros éxitos.
En 1964, en otra audaz maniobra, se compró el Cine Grand Palace en la Avenida 18 de Julio, con la opinión adversa de todos los especialistas consultados.
A pesar de esos diagnósticos, luego de otros cinco gloriosos años de trabajo, se inauguraba en 1969 la Sala 18, hoy rebautizada César Campodó-nico en homenaje a uno de sus fundadores, el inolvidable Chino.
Una y otra vez hubo que recurrir a la gente que una y otra vez salvó a la Institución del remate de sus bienes.
Y vinieron los tiempos oscuros. La dictadura quiso dejar sin El Galpón a los uruguayos, pero la Institución se reorganizó rápidamente en México.
«La dictadura quiso dejarnos sin patria y lo único que ha logrado fue agrandarla», decía Atahualpa por aquellas épocas.
La gente, los uruguayos, vencieron a los tiempos oscuros y en 1985 nuevamente se volvió a la sede de 18 de Julio.
El querido Galpón de la calle Mercedes había sido demolido.
El resto es historia ya contemporánea. Como toda la cultura, se siguió adelante en una eterna lucha con factores adversos, entre los que no son menores los financieros.
Aquellos muchachos románticos del 49 siguen hoy vivos en cada función, en cada actor o técnico que pasa por este escenario, en cada espectador, en cada niño o joven de los cien mil que vienen por año mediante el trabajo de extensión cultural, en cada socio, que sigue siendo el principal sustento de su trabajo.
A sesenta y dos años de aquella epopeya, el homenaje a los fundadores.

Tomado: SocioEspectacular.com.uy
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Palestina y el cisne negro del sionismo



Hacia 1980, cuando el turbocapitalismo encendió los motores de la economía neoliberal, las ideas de Karl Popper (1902-94) encontraron el caldo de cultivo idóneo para torpedear cualquier pretensión interesada en dotar de sentido a la totalidad.

La clara y erudita prosa british de Popper logró que la mezquindad ideológica adquiriera estatus de imparcialidad. Goliat tendría las mismas prerrogativas de David y, en paralelo, las complicadas y seductoras ideas del posmodernismo francés consagraban la primera persona del singular.

Estudios del tipo Producción lechera y totalitarismo durante el segundo periodo del imperio mongol, pasaron a gozar de tanta o más importancia que la siempre sospechada causa de emancipación de los pueblos. En las antípodas del Karl socialista, Popper nutrió por izquierda y derecha las curiosas modalidades del conservadurismo mundial. Lema central: el escepticismo.

Difícil de refutar, la lógica de Popper iluminó la faz oculta de las ideologías conocidas, y por inducción condujo a insólitos comportamientos políticos que, con el ceño fruncido, descubrían la fantástica novedad de que todo tenía su lado bueno y malo, y que el “punto de vista” del más fuerte era tan válido como el del más débil.

Los conservadores hicieron las paces con su lado feudal, los liberales con su otro yo conservador, y los anarquistas de cubículo con su matriz plebeya. Los socialistas legalizaron el ambidextrismo, los comunistas dejaron de criticar el espíritu burgués, los trotskistas añadieron más páginas al Programa, la corbata sustituyó el cómodo cuello Mao, y los culturalistas encontraron en el indigenismo talibán el sujeto perdido de la revolución mundial.

Por si las moscas, destacados intelectuales de izquierda abjuraron de todo atisbo de fe estaliniana y, a grito pelado, aprendieron a conjugar todos los tiempos del verbo tolerar. Desafortunadamente, pocos repararon que en los diccionarios, el bendito verbo figuraba encerrado entre los vocablos teología y tortura.

Frente a los procesos revolucionarios de los países pobres (árabes, en particular), el espíritu popperiano retomó, de agache, las enjundiosas consideraciones que el colonialismo usaba, desde el siglo dieciocho, para dividir al mundo en naciones “bárbaras” y “civilizadas”. Hubo excepciones, claro está. Pero en líneas generales, tales fueron los rasgos de lo que dio en llamarse “crisis de los paradigmas”.

En suma, el neoliberalismo popperiano centrifugó el sentido de la realidad. Y en su lugar empezaron a bailar, frenéticamente, las parejas intercambiables del “posmarxismo” intelectual: optimismo, pesimismo, voluntarismo y oportunismo. ¿Pero a causa de qué convocamos a Popper, tras anunciar algo sobre Palestina?

Pues bien: ocurre que el centro de gravedad de su pensamiento se apoya en la interesante (y polémica) consecuencia de que el progreso de lo que fuere sólo se da cuando una hipótesis fracasa. Y no en el caso contrario, cuando es confirmada. Su ejemplo de los cisnes es conocido: todos los cisnes son blancos (como si hubiera sido comprobado). Hasta que en 1687, en Australia, se descubrió el cisne negro.

Como sabemos, la “tierra prometida” imaginada por los judíos en la Biblia, se llamaba Palestina. Hipótesis que por su grandiosidad y desmesura, la ciencia y la política seculares tuvieron la prudencia de no refutar o probar. Hasta que a mediados del siglo 19 (con perdón del hermosísimo ánade), apareció el cisne negro del sionismo. Entonces, quedó probado que el legado ético y humanitario del judaísmo podía ser políticamente manipulable. Cosa que para el cristianismo no era novedad.

Desde la creación de la entidad ilegal llamada Israel, el debate en torno a Palestina (regímenes árabes incluidos) ha excluido, sistemáticamente, el rol del sionismo reduciéndolo a un mero conflicto entre “árabes y judíos”. Falsedad que a más de negar la historia de Palestina como parte indisoluble de la nación árabe (así como la de México lo es de la nación latinoamericana), prueba que la “racionalidad crítica” de Popper sólo es válida para la “sociedad abierta” occidental y sus amigos.

En 1945, la ONU recogió en la Carta de San Francisco el sentimiento de la humanidad devastada en dos guerras mundiales, que en realidad fueron continuación la una de la otra. No obstante, dos años después le dio visos de tortuosa legalidad “teológica” al proyecto que Hitler había pensado para Alemania nazi: la creación, en Palestina, del enclave militar que los sionistas llamaron “Israel”.

La destrucción de Irak y Afganistán, así como las ofensivas militares y mediáticas contra Líbano, Irán y Gaza, fueron el último capítulo del terrorismo occidental sin más. Y para no herir susceptibilidades, prescindiremos de nombrar a la mamá de los marxistas académicamente correctos, que justificaron la aventura colonial en Libia.

Siria sigue en camino, y demos por hecho que todos los articulados, incisos, anexos y “hojas de ruta” de la llamada “cuestión palestina”, estallarán el 20 de septiembre entrante, cuando el Consejo de Seguridad de la ONU decida si el país ocupado tiene o no derecho a funcionar como Estado miembro.

José Steinsleger.

Tomado: La Jornada.unam.mx
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“Al Qaida provocó el furor militar y el agotamiento de EE.UU.”



Imagen: Guadalupe Lombardo

Director de Le Monde Diplomatique en español y doctor en Semiología e Historia de la Cultura, Ramonet acaba de escribir su libro La explosión del periodismo y aceptó discutir el mundo de los últimos diez años.

Tiene el acento de Pontevedra, donde nació en 1943, y el entrenamiento internacional de haberse incorporado en 1973 a Le Monde Diplomatique, cuya edición francesa dirigió entre 1990 y 2008. Promotor, entre otras cosas, del Foro Social de Porto Alegre, Ignacio Ramonet se mueve con facilidad tanto en el análisis de los nuevos desafíos del periodismo como en el examen de las tendencias de la política mundial.

–Ya son diez años desde el 11 de septiembre de 2001.

–Y en el mismo mes, septiembre, tres años de la caída de Lehman Brothers.

–Esa ya es una definición.

–Pues claro.

–Esta entrevista no transcurre el 11 de septiembre de 2002, a un año del atentado. Por lo tanto el mundo que vivimos en 2011 registró ya muchos más cambios que la irrupción de Al Qaida con su ataque en territorio norteamericano.

–En estos diez años cambiaron los Estados Unidos. Poco después del atentado, la administración Bush utilizó el ataque a las Torres Gemelas como si lo hubiera estado esperando, para llevar a cabo una política neoimperial. Utilizar la fuerza del instrumento militar para imponer su voluntad política en particular en Medio Oriente.

–Hablar del atentado contra las Torres y decir “como si Bush lo hubiera estado esperando...” no significa avalar las teorías conspirativas del autoatentado.

–Esas teorías surgieron en Francia. Pero no creo en ellas. Sí creo que, de hecho, Al Qaida le hizo un favor. Pero con un matiz: aparentemente le hizo un favor. Bush salió con el instrumento militar a atacar Afganistán, a atacar Irak, etcétera. ¿Qué ocurrió? Se reveló que el instrumento militar no era suficiente. Es como lo que le pasó a Napoleón. Las guerras napoleónicas buscaban imponer, por la fuerza, la libertad. Y Napoleón fue derrotado. Bush libró sus guerras napoleónicas para imponer la democracia por la violencia. Le ocurrió igual. Se le resistieron desde el oscurantismo. Parte de la resistencia a Napoleón tenía un grito: “¡Vivan las cadenas!”. También: “¡Viva la Inquisición!”. Los islamistas radicales reivindican la ley sagrada y la Jihad. Al cabo de 10 años podemos decir que los Estados Unidos, agotados, no pudieron vencer de manera indiscutible. Irak es una media victoria, Afganistán es una semiderrota y Libia es una intervención extremadamente prudente. El resultado es el agotamiento. Las guerras costaron mucho. Aunque se hayan llevado todo el petróleo de Irak, que no es el caso, con eso no pagan lo que gastaron.

–Y si se mira el índice de desempleo estancado en 9,1 por ciento, las guerras no crearon empleo.

–No, no lo crearon. Al agotamiento del que hablaba se le sumó un endeudamiento colosal, y también la crisis del dólar. Quizás los Estados Unidos padecieron lo mismo que Ronald Reagan impuso a la Unión Soviética, cuando la obligó a seguir una carrera armamentística que agotó a Moscú y provocó la implosión del régimen. Al Qaida provocó, sin quererlo, el furor militar y el agotamiento de los Estados Unidos. Quizás, y subrayo el quizás para ser muy prudente, quizás estemos en el principio del fin del siglo americano. Empezó con la Primera Guerra Mundial. Mientras tanto, una potencia como China fue desarrollándose con una pujanza impresionante. Y el mundo se va haciendo cada vez más multipolar.

–¿Pero Washington no sigue siendo una potencia a gran distancia de cualquier otro país en términos estratégico-militares?

–Con el matiz que señalé sobre el agotamiento y con la realidad de que a los Estados Unidos no les alcanza ya para seguir con la misma fuerza. De hecho muchos estrategas dicen hoy que habría que dejar de gastar en el arma nuclear, que nadie va a utilizar, sobre todo si se levanta la hipoteca nuclear iraní. Efectivamente nadie alcanzó militarmente a los Estados Unidos. Pero, ¿qué uso harán los Estados Unidos de su herramienta militar? Hay que mirar bien el caso de Libia, donde los Estados Unidos pusieron en primera línea a Francia y a Inglaterra, que al cabo de tres meses decían que ya no tenían presupuesto para seguir. O sea que la supremacía militar occidental está muy limitada por la cuestión económica.

–Pero China está calzada con los Estados Unidos. Tiene bonos del Tesoro norteamericano.

–En manos de China está el destino del dólar. Obviamente no le interesa que el dólar se hunda porque perdería todas sus reservas. En ese sentido dependen el uno del otro. Pero últimamente China ha dado una serie de lecciones a los Estados Unidos sobre cómo hay que administrar. En la amonestación que lanzó a los Estados Unidos la acusación fue usar demasiado dinero en gastos sociales. Muy ultraliberal.

–Más Adam Smith que Confucio.

–Algo así. China tiene un rol muy importante. Y es, como Sudamérica sabe bien, el gran consumidor de materias primas, ya sean del agro o de la minería. Es también la gran fábrica del mundo. Sin embargo, al destino irresistible de gran potencia del siglo XXI que muchos teóricos le ven, yo pondría un bemol: China aún no ha pasado por la estabilización interna. Es una aparente potencia estable. Aún tiene pendiente el hecho de que su sociedad, el día menos pensado, pueda despertarse. Pasó en las sociedades árabes, y China tuvo su aviso en 1989 con Tiananmen. No es imposible, con 1400 millones de habitantes, que China también se desintegre. No está blindada contra esa posibilidad. Ninguna sociedad autoritaria sabe exactamente cómo va a reaccionar el día en que su ciudadanía le pida cuentas. Esta mezcla imposible de capitalismo ultrasalvaje y de socialismo ultraautoritario es una experiencia de laboratorio que, como toda experiencia de laboratorio, puede fallar y fracasar. En cambio las sociedades democráticas, desde ese punto de vista, son más flexibles. La rigidez china puede romperse.

–¿Sudamérica reúne hoy características de peso mundial?

–Hasta las revoluciones árabes, América del Sur tenía la especificidad de que era el territorio en que se estaban llevando a cabo en el mundo mayor número de experiencias de izquierda. Por consiguiente, era el punto de referencia para toda la izquierda internacional. Conceptos como democracia participativa, referéndum revocatorio, constituyentes, el ALBA original, voluntad de intervención estatal por sobre el mercado salvaje, eran conceptos vigentes en el debate político solo en Sudamérica. Otro punto es que por primera vez Sudamérica no se vio destruida por una crisis como la de Lehman Brothers. Y tiene autonomía respecto de los Estados Unidos, lo que le da un tono ejemplar frente a Europa, que vive como un padecer la crisis norteamericana. En este territorio, además, está surgiendo uno de los gigantes de mañana, Brasil, integrado en el Brics (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica) y llevando a cabo una diplomacia internacional autónoma. Lo estamos viendo en Libia y en Siria. Varios países de la región, entre ellos la Argentina, junto con México y Brasil, están en el G-20, que hoy es el órgano ejecutivo de la política internacional con mayor eficacia que el Consejo de Seguridad de la ONU y sin los inconvenientes del veto. Visto desde afuera, América latina está viviendo una Edad de Oro como la vive tal vez desde la independencia. Globalmente está pacificada, incluso con la necrosis del problema colombiano. La libertad y la democracia rigen, las elecciones tienen lugar con normalidad, los militares están en los cuarteles y nadie sospecha que vayan a salir mañana... Hay elementos negativos, como el narcotráfico, como la inseguridad en algunas sociedades, como el atraso en la organización de algunos Estados, pero en general los países, cada uno con sus singularidades, convergen y se articulan. Hoy las clases desfavorecidas de América latina tienen más esperanza que nunca porque sus gobiernos están llevando a cabo una justa redistribución. Puede ser insuficiente, pero es constante.

–Eric Hobsbawm decía a comienzos de la crisis del 2008 que el capitalismo salvaje no solo era injusto sino que sería inviable.

–En Europa muchos economistas serios, moderados, no los economistas revolucionarios, hablan de la solución argentina de la reestructuración de la deuda para Grecia. El Fondo Monetario Internacional era una referencia muy popular en América latina. Despertaba hostilidad. En Europa no era ni mencionado. Hoy despierta la misma hostilidad que producía aquí.

–Sudamérica vive un debate sobre la relación entre los grandes medios, el poder y los Estados conducidos, en general, por gobiernos de centroizquierda que se revalidan en las urnas. ¿Los grandes medios pueden determinar la política?

–En América latina son virulentos y tienen esa voluntad. Pero los gobiernos que tienen la serenidad de haber sido elegidos democráticamente pueden afrontar esa soberbia. En América latina son los gobiernos los que tienen la voluntad de instalar mayor equilibrio entre medios privados y servicios públicos de información y comunicación. Los propietarios de latifundios de comunicación, que hasta ahora tenían el monopolio, no aceptan un equivalente de lo que fueron las reformas agrarias. Rechazan una reforma mediática y por eso dan la batalla, incluso con mala fe.

–La ley argentina de Servicios de Comunicación Audiovisual se propuso ampliar el sector público y desmonopolizar el privado.

–En Francia existían leyes que prohibían la integración vertical. No podías tener, en el mismo sitio, televisión, radio y prensa. El modelo a evitar era el de Rupert Murdoch, que ya vimos a dónde conduce. Pero claro, los latifundistas de medios piensan que la desmonopolización y la ampliación del sector público se hacen a expensas de ellos. Y en realidad es así, pero porque eran latifundios.

–El último libro se llama La explosión del periodismo. ¿Existe el oficio de periodista, todavía?

–Está en peligro de extinción. Pero eso no quiere decir que seguro vaya a extinguirse. Depende de cómo cada uno reaccione ante la nueva situación. El ecosistema que hacía a la profesión periodística está cambiando de uno a otro. En el ecosistema precedente, en los últimos 50 o 60 de expansión, con la idea de que se sabía exactamente qué era un periodista y qué eran los medios, ha explosionado. Llegó Internet y el desarrollo digital (el teléfono inteligente, las redes) modificó tanto el ecosistema que la pregunta es pertinente. Pero yo no soy pesimista.

–¿De verdad? ¿No está todo terminado?

–No, no lo creo. La historia y la historia de los medios demuestra que no es así. Siempre hubo cambios tecnológicos importantes. Cuando apareció la radio, en los años ’20 o ’30, la prensa escrita no desapareció. Cuando apareció la televisión, la radio no desapareció. Tampoco el cine. Y el cine no había hecho desaparecer al teatro o a la ópera. Pero antes había una profesión de telefonista, de enchufar las clavijas.

–También desaparecieron los tipógrafos.

–Claro. Desaparecen profesiones, o el revelado fotográfico. Pero además los cambios tecnológicos fueron muy importantes pero eran relativamente pequeños respecto de lo que representa Internet. Internet no solo es un cambio en uno de los aspectos de la comunicación, por ejemplo en la escritura, sino en los tres grandes sistemas de signos: la escritura misma, el sonido y la imagen. Se ha dicho a veces que Internet es tan importante como la invención de Guttenberg, que la imprenta. Pero es más importante que la imprenta.

–¿Por qué Internet sería más importante que la imprenta?

–Porque la imprenta solo tocaba al libro, a lo escrito. No al dibujo o a las representaciones gráficas que cambiaron en Occidente cuando en los siglos XIV y XV Filippo Brunelleschi inventó la perspectiva. La imprenta fue clave, sí. No solo cambió la manera de fabricar textos sino el número de universidades. En 1440 había cuatro o cinco. Con la extensión del libro se multiplicó su número y surgieron el humanismo, el Renacimiento...

–La edición de la Biblia en lenguas que no fueran el latín.

–Exacto. Que fue un soporte del protestantismo. Cada uno podía tener su libro, que antes valía lo mismo que un coche de carreras hoy día. Desaparecen, de paso, los copiadores. Lo que quiero decir es que hay transformaciones en la política, en la sociedad, en la geopolítica... La guerra de los Treinta Años, de protestantes contra católicos es una consecuencia, en ese sentido, de la imprenta. Hoy Internet y las redes sociales no generan por sí solas algunos fenómenos pero los aceleran enormemente.

–¿El uso masivo de los BlackBerry en las recientes protestas de Londres?

–Por ejemplo. Esas protestas, en buena medida, son hijas de Internet.

–Internet y las redes sociales, ¿producen el fenómeno o son herramientas de cada fenómeno?

–Las redes no son una causa sino un acelerador. Las causas son siempre las condiciones sociales, económicas, políticas... Pero la aceleración es importante. La globalización solo adquiere la intensidad actual cuando se crean las que llamamos autopistas de la información, por donde circulan 24 horas sobre 24 las órdenes de compra y venta en las bolsas que circulan velozmente gracias a lo que la era digital ha permitido. Internet es por una parte un actor de lo que ocurre y un vector de lo que pasa, y en ambos casos más allá del campo de la comunicación. Si volvemos a centrarnos con el microscopio en un aspecto particular y pensamos otra vez en la profesión periodística, evidentemente es una profesión sometida a muchos impactos que la transforman. El periodista tenía hasta ahora el monopolio de la información. La sociedad recibía la información a través de los periodistas.

–¿Y no sería más así?

–Es un trabajo compartido. Los ciudadanos con sus blogs y la información que ellos mismos difunden, con los sitios de información en línea, con la información que se difunde por Twitter.

–No está mal esa nueva situación. ¿O sí? Inclusive no está nada mal para los periodistas: por un lado hay más fuentes de información a mano y por otro lado cualquiera puede corregir lo que hacemos.

–Seguro.

–Y si el periodista es bueno, además conservaría su capacidad de edición, aunque ya no sea monopólica.

–Claro. Yo diría que es el momento para los periodistas de demostrar que los periodistas son necesarios para la sociedad. La sociedad, en teoría, por la extensión de los instrumentos como Internet, podría autoinformarse. Naturalmente es un sueño que no se puede realizar. Como dice el psicoanálisis, no basta con que uno tenga conocimientos para autoanalizarse. Por definición, el autoanálisis no existe. La sociedad no puede “autoinformarse” pero al menos en teoría sería posible. De ahí que los periodistas sean más exigidos que antes. Antes tenían ese monopolio, cierto prestigio social, ejercían cierto “terrorismo” intelectual en la sociedad... Ese estatuto un poco privilegiado está perturbado por todo esto que está llegando, donde surgen voces nuevas y periódicos nuevos. Basta ver el éxito de The Huffington Post en los Estados Unidos.

–Hasta llegó a venderse en pocos años, revaluado, por el éxito que alcanzó. ¿Cómo se reconoce hoy y cómo se reconocía antes a un buen periodista? ¿Cambió de veras el oficio?

–¿Qué le pide uno a la información hoy? Que sea fiable. Mucha información que recibimos no es fiable, no es creíble y a veces incluso se revela falsa. Ni siquiera hablo de mala intención ni de manipulación voluntaria, que existen. Solo me refiero a que un programa de radio o un canal de televisión no le puedan garantizar al ciudadano que la información que le transmiten sea verdadera. El uso del condicional y de “al parecer”, el “según ciertas fuentes...”, se hizo abusivo. Hace que si los periodistas se limitan a transmitir una información lo más rápidamente posible, porque saben que en la rapidez está en parte la captación de la audiencia, no pueden verificar la realidad de la información que están transmitiendo. Entonces el ciudadano quiere fiabilidad. ¿Qué medios pueden garantizarlo? Indiscutiblemente no son los canales de información urgente, inmediata, constante.

–El mundo que escucha, ve y lee multimediáticamente, no tiene todavía una palabra que lo designe, ¿no es cierto?

–No, aún no.

–Esa persona para la cual no tenemos definición, ¿espera aún que de alguna manera alguien le explique lo que sucede?

–Tú lo has dicho: de alguna manera. La cuestión es que hoy la información ya se da con su modo de empleo. Los medios dan la información y dicen cómo interpretarla. Muy rápidamente. Demasiado sumariamente. Quizás el ciudadano está esperando que le pongan la información en contexto. Eso lo impide la urgencia, lo perturba la inmediatez.

–La audiencia recibe fragmentos.

–Efectivamente. Así funciona la información. Hoy un fragmento, mañana otro... Pero el ciudadano no va a poder hacer el trabajo de reunir el mosaico. Tiene que haber especialistas de lo general. Son llamados generalistas.

–Los podemos llamar “todólogos”.

–Está bien. Pero cada día es más difícil encontrarlos. El mundo se ha hecho muy complejo. No todo el mundo sabe, si el tema es Fukushima, qué es la radiactividad, cómo funciona, qué es un terremoto y qué consecuencias trae.

–Bueno, el que no sabe y es periodista puede preguntar.

–Sí, pero cuando un canal de televisión envía a un equipo porque se produjo el accidente de Fukushima y eso asusta al mundo entero, y el equipo llega a Japón, no todo el mundo habla japonés, no todos los japoneses forzosamente hablan inglés, se enteran de algunas cosas, como la energía nuclear en Japón, recién al llegar, averiguan qué autoridad la pilotea. Antes, en los años ’20 o ’30, un periodista era enviado a un lugar en barco. En el tiempo de llegar ya había leído varios libros y sabía algo de lo que le esperaba. Hoy día en unas cuantas horas estás al otro lado del mundo y ni has tenido tiempo de reunir a la gente que te puede explicar, ni de leer todo lo que debías haber leído. Por eso el propio oficio no se hace con las garantías necesarias. Si a eso añades que estás escribiendo y estás siendo “vigilado” en lo que escribes por una multitud de personas que tienen a disposición la posibilidad de intervenir en lo que tú escribes, a veces desde la autoridad de ser doctores en sismología o japonología, tu trabajo ya no será juzgado solo por los lectores habituales o los colegas sino por toda una serie de especialistas.

–Y eso es bueno.

–¡Claro que es bueno! Algunos periodistas, como dije, ven su estatuto puesto en cuestión. Pero para la colectividad en su conjunto es muy bueno. Antes, en la era industrial, las cosas se ofrecían totalmente terminadas. La información también: salía y no se volvía a tocar. Era autónoma. Hoy no. Sale la información y en la mayoría de los medios, on line, ya hay comentarios. La información se irá puliendo y al final habría casi que volver a redactar el artículo en función de los aportes positivos, que obviamente hay que verificar, que fueron apareciendo en el camino. Hoy la información es un acto colectivo, más democrático. Evidentemente también hay rumores, falsa información, complotismo, prejuicios. Pero el avance es importante porque el periodista no está solo. Antes tenías dos actores, uno activo y otro pasivo. El emisor y el receptor. Hoy el receptor es tan activo como el emisor. Yo lo llamo webactor. Tiene su propio sistema de comunicación. Bien. Primero hay que aceptar ese diálogo porque forma parte de la realidad de hoy y tiene muchas cosas buenas por recoger. El resultado puede ser mucho más interesante aún. Pero claro, el estatuto del periodista y los periodistas se ha modificado. Hay muchas universidades y mucha gente que sabe mucho. No les puedes contar cuentos. Y no les puedes contar cuentos a todos permanentemente.

–O sea que no todo está perdido.

–Al contrario.

–Salvo para los que quieran perderse.

–Para los que se queden inmóviles. Para una nueva generación de periodistas, en cambio, quizás no haya habido en mucho tiempo tantas posibilidades como las que presenta hoy el sistema comunicacional. Un grupo de periodistas recientemente egresado puede crear un medio de alcance nacional, continental o planetario, con pocos recursos financieros, cosa que no fue posible para generaciones anteriores. Es decir que no solo tengo cero pesimismo sino que miro las cosas con una visión muy optimista.

Martín Granovsky / martin.granovsky@gmail.com

Tomado: Página 12.com.ar
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“Reconocen una labor que no dimensionamos, la hacemos”


La ceremonia de entrega del galardón será el miércoles en París y estará presente la presidenta Cristina Fernández, quien en su visita a la capital francesa se reunirá con su par, Nicolas Sarkozy. A Carlotto la acompañarán, además, un grupo de nietos recuperados.
“Nosotras éramos unas tontas, por la generación a la que pertenezco y mi nivel social, lo que queríamos tener era un tapado de piel y viajar alguna vez a Europa”, sentencia ahora Estela Carlotto, que recuerda haber mirado con admiración (y un poco de aburrimiento) las diapositivas que algunas de sus amigas mostraban luego de haber conseguido el trofeo de cruzar el océano. Ella, en su luna de miel, conoció Mar del Plata. El viejo continente lo pisó más de veinte años después, en circunstancias más apremiantes. En 1979 fue a Suecia a visitar a dos de sus hijos, que estaban exiliados. Y en 1981 hizo una gira por once países, que incluyó Italia, Alemania, España y Francia, para contarles a líderes políticos y sociales lo que pasaba en la Argentina del terrorismo de Estado y pedir solidaridad para buscar a los niños que habían sido secuestrados junto a sus padres o habían nacido en cautiverio y luego habían sido apropiados. Por esa tarea, que continuó sin interrupciones, tanto en el país como en el exterior, la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo fue premiada por la comunidad internacional, en este caso por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). “Hay un trabajo permanente que los organismos de derechos humanos llevamos a cabo desde hace 34 años. El reconocimiento también es para eso, para un país que no bajó los brazos”, dice Carlotto a Página/12 a pocos días de la entrega del premio Félix Houphouët-Boigny, de fomento de la paz, evento para el que viajará especialmente la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Carlotto llegará a París el martes, un día antes de la ceremonia de entrega del premio y un día después que la Presidenta, quien además se reunirá con su par francés, Nicolas Sarkozy. Junto a la titular de Abuelas estarán también otras integrantes de la agrupación, Rosa Roisinblit, Buscarita Roa y Elsa Oesterheld y siete nietos que recuperaron su identidad durante el transcurso de estos 34 años: Manuel Goncalves, Horacio Pietragalla, Victoria Montenegro, María José Lavalle Lemos, Francisco Madariaga, Pedro Nadal y Leonardo Fossati. Carlotto salió de Buenos Aires el jueves e hizo una escala en Italia, donde fue a dar charlas, presentar libros y reunirse con las personas que están trabajando para concretar la desclasificación de los archivos diplomáticos de ese país durante la última dictadura.

El premio Félix Houphouët-Boigny fue creado en 1989 por la Unesco y se entrega todos los años a personas, institutos u organizaciones “que hayan hecho un aporte significativo al fomento, la salvaguardia o el mantenimiento de la paz”. En ocasiones anteriores lo han recibido líderes internacionales como Nelson Mandela, Yitzhak Rabin, Shimon Péres, Yasser Arafat, Jimmy Carter, el rey Juan Carlos I de España y Luiz Inácio Lula da Silva, que fue el último galardonado.

La propuesta de que este año el reconocimiento fuera para las Abuelas de Plaza de Mayo fue realizado por el senador Daniel Filmus, que también es miembro del Comité Ejecutivo del organismo internacional. “Este es el premio más importante que da la Unesco y no tiene que ver solamente con lo que una persona o una organización hagan en su país sino también con la repercusión y la contribución que hayan hecho para otros países”, señala Filmus, y para ejemplificar nombra dos grandes aportes de las Abuelas al mundo: el Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG) y el trabajo sobre el derecho a la identidad que se volcó en la Comisión Internacional de los Derechos del Niño.


El BNDG fue creado a propuesta de las Abuelas cuando todavía no se trabajaba con análisis de ADN y era difícil determinar la filiación de un chico en ausencia de sus padres. Las Abuelas recorrieron el mundo en busca de científicos que las ayudaran y finalmente llegaron a elaborar lo que se conoció como “índice de abuelidad”, técnica que luego fue mejorada con el ADN. La existencia del Banco, donde los familiares de niños desaparecidos dejan a resguardo sus muestras genéticas –que fue un ejemplo para otros países del mundo– permitirá conocer la identidad de quienes fueron bebés o chicos secuestrados durante la última dictadura aun cuando sus abuelos ya no estén.

En la Convención Internacional de los Derechos del Niño también se conocen como “los artículos argentinos”. El número siete dice, por ejemplo, que “el niño deberá ser registrado inmediatamente después de su nacimiento y tiene derecho desde este momento a su nombre, nacionalidad y, en la medida de lo posible, a conocer a sus padres y ser criado por ellos”. Las Abuelas pidieron en su momento a la comunidad internacional de Naciones Unidas que contemple este derecho. Ahora, la comunidad internacional les retribuye por sus aportes.

–¿Qué significa recibir este premio? –le preguntó Página/12 a Carlotto.

–Para nosotros es una enorme emoción porque es un premio muy importante. Ha sido otorgado a personas para nosotros muy estimables, muy valiosas, por ejemplo a Lula, Mandela, es una nómina bastante extensa. Lógicamente es un reconocimiento a una labor que nosotros no dimensionamos, la hacemos. Expresa que estamos haciendo cosas importantes y esto nos alegra y nos hace mucho bien, teniendo en cuenta que en nuestro propio país sectores –minoritarios por suerte– han tratado de desmerecernos, de dudar de la fidelidad de nuestro trabajo. En todo momento un reconocimiento viene bien, pero en este momento más que nunca. La Argentina está siendo reconocida a nivel mundial por sus méritos en avances de derechos humanos sobre el terrorismo de Estado. Como en ningún lugar de Latinoamérica, se están llevando adelante juicios. El encuentro de los nietos es romper con el plan sistemático de robo de bebés y devolverles a los chicos sus derechos. Hubo cosas muy importantes, como la creación del Banco Nacional de Datos Genéticos, y hemos sentado precedentes en el ámbito jurídico y en el psicológico. La memoria, que mantenemos en cada centro clandestino... Hay un trabajo permanente que los organismos de derechos humanos llevamos a cabo desde hace 34 años y ahora también el Estado. El reconocimiento también es para eso, es a un país que no bajó los brazos. Nosotros formamos parte de este país y el mérito, si es que lo tenemos, es la perseverancia, la tozudez y haber hecho las cosas con amor y en paz, jamás por venganza o con odio, sino con un sentimiento muy sano de reparación, reconstrucción y de establecer que esto pasó en la Argentina, pero esto pasó en el globo, concierne al mundo entero. Por eso el Nunca Más debe ser para todos los países del mundo.

–¿Es la primera vez que concurren nietos, jóvenes que recuperaron su identidad a un evento de este tipo?

–Hace unos años atrás fuimos a la delegación de Naciones Unidas en Nueva York, donde nos acompañaron Néstor y Cristina. Fuimos dos abuelas y cuatro nietos, que fueron invitados por el Estado argentino porque presentamos una muestra de Abuelas de Plaza de Mayo. Fue una muestra itinerante en el edificio más importante de Naciones Unidas y asistió el secretario general a la inauguración, lo que fue muy honroso para nosotros. Pero esto es más abarcativo si van más nietos, invitados especiales, cuatro abuelas. Todos nos dicen que este premio tiene mucha trascendencia y que a veces es un anuncio del Premio Nobel de la Paz. Ojalá que así sea, pero lo que interesa acá es que este es un premio de una organización como Naciones Unidas, que nuclea a tantos países, y la Unesco es parte de esto. Además, la Unesco ya ha galardonado a la Argentina poniendo un centro único en el mundo en la ESMA.

–¿Ayuda en algo recibir un premio, además del reconocimiento, la ayuda económica? ¿Por qué es importante?

–Ayuda mucho porque de esto se va a hablar en el mundo. Se publica en todo el mundo y todo el mundo va a saber algo más de las Abuelas de Plaza de Mayo, aunque ya se sabe bastante. El mundo va a saber que fuimos premiadas muy seriamente por Naciones Unidas y esto también repercute en la Argentina, y los detractores se van a tener que callar un poco. De todas formas, lo que más nos interesa no es tener fama, sino que esto posibilite la conciencia de mucha gente que sabe cosas y no lo dice y muchos chicos que dudan y no se animan. Que sepan que no somos las brujas, sino las Abuelas que los esperamos con amor.

–¿Qué significa la presencia de la Presidenta?

–Miguel Angel Estrella (representante argentino ante la Unesco) nos informó que, cuando se otorga este galardón, el presidente del país de los galardonados es invitado. Con Cristina no teníamos mucha seguridad, porque había parado un poco los viajes, pero decidió concurrir y para nosotros es una alegría enorme. Nos sentimos acompañadas por una amiga. Cristina es como una hija. Tenemos un trato permanente, no profundo, porque no somos parte de la gestión, pero si hay una convocatoria permanente, este es un gobierno de puertas abiertas.

La ceremonia se realizará en la sede de la Unesco en París, muy cerca del Champ de Mars, donde los turistas esperan para subir a la Torre Eiffel. Carlotto dice que de Francia le gustan las baguettes, pero sobre todo aprecia que fue una comunidad que desde temprano apoyó a los organismos de derechos humanos argentinos. “Incluso durante la dictadura nos encontramos con mucha solidaridad, con el exilio en acción. Recordemos que había manifestaciones frente a la embajada argentina de la que participaban actores de primer nivel, como Yves Montand, Catherine Deneuve y Simone Signoret, además de políticos y científicos. Llevaban una bandera que ahora tenemos en resguardo las Abuelas y vamos a ver si la ponemos en nuestra casa en la ESMA. Hubo grupos que nos apoyaron y hasta el día de hoy lo siguen haciendo. Madame Danielle Mitterrand, con su fundación France Liberté, es gran amiga de las Abuelas”. La presidenta de Abuelas recuerda que la embajada argentina en Francia, que la nombró Chevalier, fue la primera delegación extranjera en poner en sus jardines una placa por los desaparecidos de su país y que en París se condenó en ausencia al ex marino Alfredo Astiz cuando en la Argentina había leyes de impunidad. Pero señala que “también tuvieron culpas que lavar”, en referencia al entrenamiento recibido por los represores argentinos de los militares que combatieron en Argelia.

Las Abuelas han recorrido un largo camino, como se dice. A treinta años de aquella primera visita a Europa, un perro y su dueña juegan en una pequeña plaza de París que tiene el pasto cuidado y glorietas con rosas, muy cerca del Sena. El cartel dice que el lugar se llama “Jardín de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo” y que es un homenaje a dos movimientos argentinos que buscaron a los jóvenes y niños que desaparecieron en la dictadura militar argentina de 1976 a 1983. Un homenaje de la Comuna de París a las mujeres argentinas que buscaron justicia durante y luego de la dictadura. El miércoles, las Abuelas recibirán otro reconocimiento por su labor, esta vez, de toda la comunidad internacional.

Victoria Ginzberg.

Tomado: Página 12.com.ar
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Epitafio para otro 11 septiembre



Aquel 11 de septiembre letal –recuerdo que era un martes– me despertó un sonido de angustia por la mañana, la amenaza de aviones que sobrevolaban nuestro hogar. Y cuando, una hora más tarde, divisé una nube de humo que subía desde el centro de la ciudad, supe que mi vida y la vida de mi país habían cambiado en forma drástica y tajante, por siempre jamás. El año era 1973 y el país era Chile y las fuerzas armadas acababan de bombardear el palacio presidencial en Santiago, estableciendo desde el principio la ferocidad con que responderían a cualquier intento de resistir el golpe contra el gobierno democrático de Salvador Allende. Ese día, que comenzó con la muerte de Allende, terminó convirtiendo en un degolladero la tierra donde habíamos intentado una revolución pacífica. Pasarían casi dos décadas, que viví mayormente en el exilio, antes de que pudiéramos derrotar a la dictadura y recuperar nuestra libertad.

Veintiocho años después de aquel día inexorable en 1973, sobrevino un nuevo once de septiembre, también un martes por la mañana, y ahora les tocó el turno a otros aviones, fue otra ciudad que también era mía la que recibió un ataque, fue un terror diferente que descendió desde el aire, pero de nuevo mi corazón se llenó de angustia, de nuevo confirmé que nunca nada sería igual, ni para mí ni para el mundo. Esta vez el desastre no afectaría únicamente la historia de un país y no sería tan sólo un pueblo el que sufriría las consecuencias del odio y la furia, sino el planeta entero.

Me ha sobrecogido, durante los últimos diez años, esta yuxtaposición de fechas. Es posible que mi obsesión con buscar un sentido oculto detrás de tal coincidencia se deba a que era yo residente de ambos países en el momento preciso en que sobrellevaron la doble embestida, la circunstancia adicional de que estas dos ciudades agredidas constituyen los fundamentos gemelos de mi identidad híbrida. Porque crecí aprendiendo el inglés de niño en Nueva York y pasé mi adolescencia y juventud enamorándome del castellano en Santiago, porque pertenezco tanto a la América del Norte como a la del Sur, no puedo dejar de tomar en forma personal la paralela destrucción de esas vidas inocentes, abrigo la esperanza de que del dolor y la confusión ardiente nazcan algunas lecciones, tal vez algún aprendizaje. Chile y los Estados Unidos ofrecen, en efecto, modelos contrastantes de cómo se puede reaccionar ante un trauma colectivo.

Una nación sometida a una adversidad tan brutal enfrenta ineludiblemente una serie de preguntas básicas que interrogan sus valores esenciales, su necesidad de obtener justicia para los muertos y reparación para los vivos sin fracturar aún más un mundo quebrantado. ¿Es posible restaurar el equilibrio de ese mundo sin entregarnos a la comprensible sed de venganza? ¿No corremos el riesgo de parecernos a nuestros enemigos, de tornarnos en su sombra perversa, no arriesgamos acaso terminar gobernados por nuestra rabia, que suele ser tan mala consejera?

Si el 11 de septiembre del 2001 puede entenderse, entonces, como una prueba en que se sondea la sabiduría de un pueblo, me parece que Estados Unidos, desafortunadamente, salió mal del examen. El miedo generado por una pequeña banda de terroristas condujo a una serie de acciones devastadoras que excedieron en mucho el daño causado por el estrago original: dos guerras innecesarias; un derroche colosal de recursos destinados al exterminio que podrían haber sido invertidos en salvar a nuestro planeta de una hecatombe ecológica y a nuestros hijos de la ignorancia; cientos de miles de seres muertos y mutilados y millones más de desplazados; una erosión de los derechos civiles y el uso de la tortura por parte de los norteamericanos que les dio el visto bueno a otros regímenes para que abusaran aún más de sus poblaciones cautivas. Y, finalmente, el fortalecimiento en todo el mundo de un Estado de Seguridad Nacional que exige y propaga una cultura de espionaje, mendacidad y temor.

El pueblo chileno también pudo haber respondido a la violencia con más violencia. Sobraban razones que justificaban levantarse en armas contra el déspota que traicionó y derrocó a un presidente legítimo. Y, sin embargo, los chilenos democráticos y los líderes de la resistencia –con algunas lamentables excepciones– decidieron desalojar al general Pinochet del poder mediante una activa no-violencia, recuperando, brazo a brazo, una organización tras otra, el país que nos habían robado, hasta vencer al tirano en un plebiscito que tenía todas las de ganar. El resultado no ha sido perfecto. Pero a pesar de que décadas más tarde la dictadura derrotada sigue contaminando a la sociedad chilena, la forma en que libramos nuestra batalla sigue constituyendo un ejemplo, en definitiva, de cómo es posible crear una paz duradera después de tanta pérdida, tanto sufrimiento persistente. Chile ha mostrado una determinación cauta y juiciosa para asegurar que nunca habrá otro 11 de septiembre de muerte y destrucción.

Me parece maravilloso y hasta mágico que cuando tomaron los chilenos la decisión de luchar contra la malevolencia por medios pacíficos se estaban haciendo eco, sin saberlo, de otro 11 de septiembre. En efecto, en ese exacto día en 1906, Mohandas Gandhien en el Empire Theatre de Johannesburgo convenció a miles de sus compatriotas indios de usar la no violencia para impugnar un acopio de injustas leyes discriminatorias que, de hecho, preparaban ya el futuro régimen del apartheid en Sudáfrica. Esta incipiente estrategia de Satyagraha llevaría, con los años, a la independencia de la India y a muchos otros movimientos para conseguir paz y justicia en el mundo, incluyendo el combate de Martin Luther King por la igualdad racial y contra la explotación.

Ciento cinco años después de aquella memorable exigencia del Mahatma a imaginar una manera de salir del delirio y la trampa de la cólera, treinta y ocho años después de que esos aviones me despertaron por la mañana para advertirme que nunca más podría yo escapar del terror, diez años después de que el Nueva York de mi infancia fuera diezmado por el fuego, tengo la esperanza de que los epitafios finales para cada uno y todos los posibles 11 de septiembre sean las palabras suaves e inmortales de Gandhi: “La violencia habrá de prevalecer contra la violencia solamente cuando alguien me pueda probar que el modo de terminar con la oscuridad es con más oscuridad”.

Ariel Dorfman: Su último libro es Entre Sueños y Traidores: un Striptease del Exilio.

Tomado: Página 12.com.ar
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10 sept 2011

El enviado israelí deja El Cairo tras el ataque a la embajada



Cientos de egipcios entraron en el edificio de la misión de Israel en El Cairo y tiraron documentos de la embajada y la bandera nacional israelí por las ventanas, mientras la televisión estatal dijo el sábado que el embajador, su familia y su personal habían sido trasladados a su país en avión. En la imagen, manifestantes egipcios se enfrentan con policía antidisturbios frente a la embajada de El Cairo, el 10 de septiembre de 2011. REUTERS/Amr Abdallah Dalsh

Israel repatrió el sábado a su embajador después de que los egipcios entrasen en el edificio que alberga la misión israelí en El Cairo, arrastrando al gobierno militar de Egipto a su mayor crisis diplomática desde que reemplazó al régimen de Hosni Mubarak.
Tres personas murieron y 1.049 resultaron heridas en enfrentamientos entre manifestantes y policía, según el Ministerio de Salud.

Estados Unidos, que ha entregado miles de millones de dólares en ayuda militar a Egipto desde que firmó la paz con Israel en 1979, instó a El Cairo a proteger la embajada israelí después de que varios manifestantes lanzaran por las ventanas documentos de la misión y una bandera del país vecino.

"Nuestra dignidad ha sido restaurada", dijo Mohi Alaa, de 24 años, que protestó durante la madrugada, hablando cerca del lugar de los enfrentamientos, donde se veían trozos de cemento y casquillos de bala en el suelo.

"No necesitamos el dinero de los estadounidenses", afirmó, reflejando la creciente disposición de los egipcios a expresar su enojo y frustración con Israel por tu trato a los palestinos tras décadas de relaciones oficiales pragmáticas.

La policía utilizó gas lacrimógeno y disparó al aire en un esfuerzo por dispersar a la multitud. Los manifestantes incendiaron al menos dos vehículos policiales cerca de la embajada, situada en los pisos superiores de un bloque de apartamentos con vista al Nilo.

Uno de los tres muertos estaba en el cercano hospital de Aguza, donde un reportero de Reuters vio un cadáver con el pecho perforado.

Al amanecer, cerca de 500 manifestantes permanecían en el lugar y unos pocos lanzaron piedras a la policía, a vehículos y personal del Ejército. Pero la policía los alejó gradualmente y logró asegurar la zona.

Se trata del segundo gran brote de violencia en la embajada desde que cinco guardias fronterizos murieran el mes pasado a manos de soldados israelíes durante una operación contra hombres armados. Ese incidente llevó a Egipto a amenazar brevemente con retirar a su embajador.

Israel ha evitado disculparse, señalando que aún investiga las muertes de los egipcios, que se produjeron en una operación contra hombres armados que habían matado a ocho israelíes.

EMBAJADOR EVACUADO

El embajador israelí Yitzhak Levanon, personal de la misión y miembros de su familia llegaron a su país el sábado, pero un diplomático se quedó en Egipto para mantener la embajada, dijo un funcionario israelí.

La televisión estatal indicó que el primer ministro egipcio, Essam Sharaf, dirigió una reunión de emergencia del gabinete de crisis y después visitó al mariscal de campo Mohamed Husein Tantawi, que dirige el consejo militar que gobierna Egipto desde la dimisión de Mubarak el 11 de febrero. La televisión indicó que el consejo militar había rechazado la oferta de Sharaf de dimitir de su cargo.

Israel ya está envuelto en una amarga disputa con Turquía, que solía ser el más cercano de sus pocos aliados musulmanes, debido al trato que reciben los palestinos.

Los generales egipcios, presionados para que entreguen el poder a los civiles más rápido, deben equilibrar las peticiones públicas de que tenga una política exterior más decidida hacia Israel al tiempo que mantiene unos lazos que le suponen la entrada de efectivo y equipo militar estadounidense de alta calidad.

Con Mubarak, los egipcios nunca pudieron mostrar una hostilidad semejante ante Israel sin una aplastante respuesta de seguridad.

Los lazos de Egipto con Israel, aunque nunca han sido muy cordiales, fueron un pilar de la política exterior de Mubarak y respaldaban su posición de que era un mediador regional. Mubarak se reunía regularmente con autoridades israelíes.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, pidió a Egipto que "honre sus compromisos internacionales" y proteja a la misión israelí después de que varios manifestantes, que habían estado protestando en la plaza Tahrir para presionar por un calendario de reformas y poner fin a los juicios militares contra civiles, destruyeran la muralla que protegía el edificio.

Un diplomático israelí dijo que el embajador, el personal y su familia habían vuelto a casa en un avión, y un segundo avión había llevado a seis empleados de seguridad de la embajada que habían quedado protegiendo la delegación, a salvo de la multitud sólo por una puerta blindada hasta que el Ejército egipcio les sacó.

"El hecho de que las autoridades egipcias actuaron en definitiva con determinación es loable. Dicho eso, Egipto no puede dejar impune este duro golpe al tejido de las relaciones con Israel y la burda violación de las leyes internacionales", dijo el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en un comunicado en el que agradeció su papel a Washington.

El primer ministro británico, David Cameron, condenó el ataque a la embajada e instó a las autoridades egipcias a "cumplir sus responsabilidades de acuerdo a la Convención de Viena para proteger la propiedad y el personal diplomático".

El Cairo / Reuters

Tomado: La Información.com
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