NICOLAS ARPAGIAN, ESPECIALISTA EN CIBERSEGURIDAD Y CIBERCRIMINALIDAD
Las redes informáticas provocaron una suerte de extensión de los campos de batallas hacia un mundo virtual en plena interacción con la realidad, dice el autor del ensayo “La Ciberguerra, la guerra numérica ha comenzado”.
Sabotajes, espionajes, ataques contra sistemas de comando, centrales eléctricas, represas hidroeléctricas, sistemas de control de aeropuertos o bancos, la panoplia de la guerra moderna, invisible y a veces incruenta, ha dejado las pantallas de las grandes producciones cinematográficas para trasladarse a la realidad bajo una denominación por demás explícita: la ciberguerra. Los guerreros modernos no visten uniformes sofisticados ni se mueven con armas de ciencia ficción. Son hombres y mujeres simples, que trabajan detrás de una computadora y cuyas competencias pueden infiltrar un banco, el sistema de una agencia de seguridad, dejar en tierra una flotilla de aviones militares, recuperar las imágenes de los dromes norteamericanos o, más comúnmente, clonar la carta de crédito del presidente francés y hasta violar los protocolos de seguridad de Twitter e ingresar a la cuenta de Barack Obama.
La ciberguerra irrumpió en nuestras sociedades para incrustarse en todos los campos, desde el militar hasta el civil. Las redes informáticas provocaron una suerte de extensión de los campos de batallas hacia un mundo virtual en plena interacción con la realidad. Nicolas Arpagian es uno de los grandes expertos europeos en temas de seguridad y, sobre todo, en esas guerras cuyo escenario es el mundo virtual. Especialista en ciberseguridad y cibercriminalidad, redactor en jefe de la revista Prospective Stratégique y autor de un brillante ensayo sobre los ciberconflictos, “La Ciberguerra, la guerra numérica ha comenzado”, Arpagian desarrolla en esta entrevista con Página/12 los elementos estratégicos de esa guerra que no provoca explosiones visibles pero que no por ello es menos real.
–Para mucha gente la ciberguerra es sólo una película, pero no es el caso. Se trata de una realidad bien concreta.
–Sí, es una realidad que reposa sobre dos zócalos. El primero es la posibilidad de tomar el control, sea para espiar, sea para interferir, de las comunicaciones por Internet. Esa parte corresponde a lo que se llama “el tubo”. Luego está el aspecto del contenido. Podemos intervenir en él y manipular la información, tanto en una empresa o una administración: cuentas bancarias, archivos, resultados financieros, en fin, un montón de datos que podremos manipular a nuestro antojo con objetivos distintos. El problema reside precisamente en eso: todos usamos Internet, le confiamos a la red nuestros datos personales y bancarios. Las redes numéricas contienen un suma impresionante de informaciones y ello fragiliza a los usuarios, sin excepción. Los militares pueden ver manipulados los sistemas informáticos que usan para coordinar los dispositivos de tiro y los bancos se exponen a todo tipo de manipulaciones. La particularidad de la ciberguerra es la utilización de esa tecnología con fines ofensivos.
–Ello conduce a una reformulación de las estrategias. Toda guerra en el terreno está precedida o acompañada por una guerra en la red.
–Efectivamente, es un elemento de fragilización suplementaria. Ya hay ejemplos concretos de esa práctica. Uno de los más notorios es lo que ocurrió con Estonia, uno de los Estados más numerizados del mundo. En 2007, las tensiones entre la comunidad rusófona, que representa el 30% de la población, condujeron a una ciberguerra. El gobierno de Estonia decidió desplazar a los suburbios una estatua en homenaje al Ejército Rojo. Inmediatamente después, los portales de Internet del gobierno, de los bancos y de la prensa fueron atacados masivamente. La fuerza de esos ciberataques radica en que el asaltante se lleva una victoria completa: desestabiliza su blanco sin pagar las consecuencias. El otro ejemplo se dio en 2008, durante la guerra en Georgia. El asaltante, presumiblemente Rusia, porque el conflicto con Georgia se plasmó en torno de Osetia del Sur, atacó los centros de comando de la Fuerza Aérea de Georgia y con ello impidió que los aviones militares pudieran volar. El ciberataque dejó en la pista a los 18 aviones de combate de Georgia. El cambio es gigantesco: antes, en una guerra convencional, si los aviones hubiesen podido despegar habrían sido derivados en vuelo. Ahora bastó con impedir que salieran de la pista. El mensaje es muy fuerte. Nuestro enemigo nos dice: “Soy capaz de impedirte combatir”. El impacto estratégico y moral es muy profundo porque se fuerza al adversario a que ni siquiera pueda combatir.
–Ese ejemplo abre hacia otros. Como todo está en la red, puede ser desactivada.
–Así es. Ya vimos otro ejemplo en los Estados Unidos con una central nuclear que fue controlada a distancia por un pirata. Lo mismo se puede hacer con las represas hidroeléctricas o con los sistemas de regulación de los semáforos. Alguien podría cometer un atentado clásico y, al bloquear luego el sistema de semáforos, con ello dejaría fuera de juego el plan de evacuación de las víctimas. Es una forma de decir: “su casa es mi casa”. Y hay más ejemplos de ese tipo. En los Estados Unidos un muchacho tomó el control de los sistemas de climatización para hacer un chantaje. Si no le pagaban, amenazaba con cambiar la temperatura en los quirófanos. ¡Imagínese los muertos que eso puede provocar! La omnipresencia de los sistemas de información en todas las organizaciones es un riesgo. La cultura tecnológica no debe abordarse a la ligera o simplemente de forma teórica. Sus incidencias son importantes y concretas en la manera en que hacemos la guerra o gestionamos la economía. A fuerza de desmaterializar nos hemos fragilizado.
–La ciberguerra cambiaría entonces la misma definición de conflicto. El poder de sembrar el caos deja de ser proporcional a la potencia de uno u otro adversario.
–Efectivamente. Es por esa razón que se habla de conflicto asimétrico. Antes, un Estado atacaba a otro Estado, mientras que ahora un individuo solo es capaz de llevar a cabo un ataque contra algo mayor que él. Y no es todo. Una empresa puede igualmente atacar a un Estado y este, a su vez, tiene la posibilidad de dirigir sus ataques contra un banco. Estamos en la desproporción, en la valorización del judo, donde el más pequeño puede atacar al más grande. El orden de la guerra fue trastornado. Internet es el único modelo que no nació con una cultura de servicio público. La gran dificultad radica en que los Estados tienen que tener la capacidad de tratar con las empresas del campo tecnológico para lograr que se integren al concepto de soberanía nacional. Los Estados dejaron de tener el monopolio de la seguridad y del ejercicio de la potencia.
–¿Qué ocurre con un Estado pequeño y mal preparado como el de la Argentina? Frente a Gran Bretaña, una nueva guerra de las Malvinas se jugaría en la red, donde el poderío británico es mayor.
–Todo depende del grado de numerización del país. La dependencia numérica es clave, así como la capacidad de tener actores nacionales. Pero la potencia es un dato relativo. Los ataques más recientes demuestran que la imaginación y el conocimiento del sistema son más decisivos que el presupuesto. Un país pequeño no está menos favorecido que uno más grande porque lo que está en juego es la materia gris. La dificultad de los Estados se sitúa en ese nivel, es decir, en su capacidad de atraer la materia gris antes de que migre al sector privado. La ciberguerra pone en tela de juicio los fundamentos mismos de la forma de hacer la guerra. La ciberguerra obtiene resultados importantes a bajo costo. Es más barato movilizar 10 mil computadoras que 10 mil soldados. La tecnología de las redes reequilibra la geopolítica.
Eduardo Febbro
Desde París
Tomado de Página 12
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9 may 2010
“La ciberguerra ha comenzado”
NICOLAS ARPAGIAN, ESPECIALISTA EN CIBERSEGURIDAD Y CIBERCRIMINALIDAD
Las redes informáticas provocaron una suerte de extensión de los campos de batallas hacia un mundo virtual en plena interacción con la realidad, dice el autor del ensayo “La Ciberguerra, la guerra numérica ha comenzado”.
Sabotajes, espionajes, ataques contra sistemas de comando, centrales eléctricas, represas hidroeléctricas, sistemas de control de aeropuertos o bancos, la panoplia de la guerra moderna, invisible y a veces incruenta, ha dejado las pantallas de las grandes producciones cinematográficas para trasladarse a la realidad bajo una denominación por demás explícita: la ciberguerra. Los guerreros modernos no visten uniformes sofisticados ni se mueven con armas de ciencia ficción. Son hombres y mujeres simples, que trabajan detrás de una computadora y cuyas competencias pueden infiltrar un banco, el sistema de una agencia de seguridad, dejar en tierra una flotilla de aviones militares, recuperar las imágenes de los dromes norteamericanos o, más comúnmente, clonar la carta de crédito del presidente francés y hasta violar los protocolos de seguridad de Twitter e ingresar a la cuenta de Barack Obama.
La ciberguerra irrumpió en nuestras sociedades para incrustarse en todos los campos, desde el militar hasta el civil. Las redes informáticas provocaron una suerte de extensión de los campos de batallas hacia un mundo virtual en plena interacción con la realidad. Nicolas Arpagian es uno de los grandes expertos europeos en temas de seguridad y, sobre todo, en esas guerras cuyo escenario es el mundo virtual. Especialista en ciberseguridad y cibercriminalidad, redactor en jefe de la revista Prospective Stratégique y autor de un brillante ensayo sobre los ciberconflictos, “La Ciberguerra, la guerra numérica ha comenzado”, Arpagian desarrolla en esta entrevista con Página/12 los elementos estratégicos de esa guerra que no provoca explosiones visibles pero que no por ello es menos real.
–Para mucha gente la ciberguerra es sólo una película, pero no es el caso. Se trata de una realidad bien concreta.
–Sí, es una realidad que reposa sobre dos zócalos. El primero es la posibilidad de tomar el control, sea para espiar, sea para interferir, de las comunicaciones por Internet. Esa parte corresponde a lo que se llama “el tubo”. Luego está el aspecto del contenido. Podemos intervenir en él y manipular la información, tanto en una empresa o una administración: cuentas bancarias, archivos, resultados financieros, en fin, un montón de datos que podremos manipular a nuestro antojo con objetivos distintos. El problema reside precisamente en eso: todos usamos Internet, le confiamos a la red nuestros datos personales y bancarios. Las redes numéricas contienen un suma impresionante de informaciones y ello fragiliza a los usuarios, sin excepción. Los militares pueden ver manipulados los sistemas informáticos que usan para coordinar los dispositivos de tiro y los bancos se exponen a todo tipo de manipulaciones. La particularidad de la ciberguerra es la utilización de esa tecnología con fines ofensivos.
–Ello conduce a una reformulación de las estrategias. Toda guerra en el terreno está precedida o acompañada por una guerra en la red.
–Efectivamente, es un elemento de fragilización suplementaria. Ya hay ejemplos concretos de esa práctica. Uno de los más notorios es lo que ocurrió con Estonia, uno de los Estados más numerizados del mundo. En 2007, las tensiones entre la comunidad rusófona, que representa el 30% de la población, condujeron a una ciberguerra. El gobierno de Estonia decidió desplazar a los suburbios una estatua en homenaje al Ejército Rojo. Inmediatamente después, los portales de Internet del gobierno, de los bancos y de la prensa fueron atacados masivamente. La fuerza de esos ciberataques radica en que el asaltante se lleva una victoria completa: desestabiliza su blanco sin pagar las consecuencias. El otro ejemplo se dio en 2008, durante la guerra en Georgia. El asaltante, presumiblemente Rusia, porque el conflicto con Georgia se plasmó en torno de Osetia del Sur, atacó los centros de comando de la Fuerza Aérea de Georgia y con ello impidió que los aviones militares pudieran volar. El ciberataque dejó en la pista a los 18 aviones de combate de Georgia. El cambio es gigantesco: antes, en una guerra convencional, si los aviones hubiesen podido despegar habrían sido derivados en vuelo. Ahora bastó con impedir que salieran de la pista. El mensaje es muy fuerte. Nuestro enemigo nos dice: “Soy capaz de impedirte combatir”. El impacto estratégico y moral es muy profundo porque se fuerza al adversario a que ni siquiera pueda combatir.
–Ese ejemplo abre hacia otros. Como todo está en la red, puede ser desactivada.
–Así es. Ya vimos otro ejemplo en los Estados Unidos con una central nuclear que fue controlada a distancia por un pirata. Lo mismo se puede hacer con las represas hidroeléctricas o con los sistemas de regulación de los semáforos. Alguien podría cometer un atentado clásico y, al bloquear luego el sistema de semáforos, con ello dejaría fuera de juego el plan de evacuación de las víctimas. Es una forma de decir: “su casa es mi casa”. Y hay más ejemplos de ese tipo. En los Estados Unidos un muchacho tomó el control de los sistemas de climatización para hacer un chantaje. Si no le pagaban, amenazaba con cambiar la temperatura en los quirófanos. ¡Imagínese los muertos que eso puede provocar! La omnipresencia de los sistemas de información en todas las organizaciones es un riesgo. La cultura tecnológica no debe abordarse a la ligera o simplemente de forma teórica. Sus incidencias son importantes y concretas en la manera en que hacemos la guerra o gestionamos la economía. A fuerza de desmaterializar nos hemos fragilizado.
–La ciberguerra cambiaría entonces la misma definición de conflicto. El poder de sembrar el caos deja de ser proporcional a la potencia de uno u otro adversario.
–Efectivamente. Es por esa razón que se habla de conflicto asimétrico. Antes, un Estado atacaba a otro Estado, mientras que ahora un individuo solo es capaz de llevar a cabo un ataque contra algo mayor que él. Y no es todo. Una empresa puede igualmente atacar a un Estado y este, a su vez, tiene la posibilidad de dirigir sus ataques contra un banco. Estamos en la desproporción, en la valorización del judo, donde el más pequeño puede atacar al más grande. El orden de la guerra fue trastornado. Internet es el único modelo que no nació con una cultura de servicio público. La gran dificultad radica en que los Estados tienen que tener la capacidad de tratar con las empresas del campo tecnológico para lograr que se integren al concepto de soberanía nacional. Los Estados dejaron de tener el monopolio de la seguridad y del ejercicio de la potencia.
–¿Qué ocurre con un Estado pequeño y mal preparado como el de la Argentina? Frente a Gran Bretaña, una nueva guerra de las Malvinas se jugaría en la red, donde el poderío británico es mayor.
–Todo depende del grado de numerización del país. La dependencia numérica es clave, así como la capacidad de tener actores nacionales. Pero la potencia es un dato relativo. Los ataques más recientes demuestran que la imaginación y el conocimiento del sistema son más decisivos que el presupuesto. Un país pequeño no está menos favorecido que uno más grande porque lo que está en juego es la materia gris. La dificultad de los Estados se sitúa en ese nivel, es decir, en su capacidad de atraer la materia gris antes de que migre al sector privado. La ciberguerra pone en tela de juicio los fundamentos mismos de la forma de hacer la guerra. La ciberguerra obtiene resultados importantes a bajo costo. Es más barato movilizar 10 mil computadoras que 10 mil soldados. La tecnología de las redes reequilibra la geopolítica.
Eduardo Febbro
Desde París
Tomado de Página 12
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Nicolas Arpagian
11 abr 2010
El Instituto "George W. Bush" promueve la guerra cibernética Contra Venezuela, Cuba, Irán y Rusia
Mientras que el próximo 19 de abril iniciará la celebración del bicentenario en Venezuela, en Estados Unidos, esa fecha será utilizada para coordinar estrategias de guerra cibernética contra Venezuela, Cuba, Irán, Rusia, China, y Siria.
El Instituto George W. Bush y la organización estadounidense Freedom house han convocado un encuentro de « activistas por la libertad y los derechos humanos » y « expertos en Internet » para analizar el « movimiento global de ciber-disidentes ».
Al encuentro, que se realizará el 19 de abril en Dallas, Texas, asistirán Rodrigo Diamanti de la organización Futuro Presente de Venezuela ; Arash Kamangir de Irán ; Oleg Kozlovsky de Rusia ; Ernesto Hernández Busto de Cuba ; Isaac Mao de China ; y Ahed Alhendi de Siria. También estarán presentes miembros del gobierno estadounidense y otras organizaciones vinculadas con la comunidad de inteligencia de Washington, como Jeffrey Gedmin, presidente de Radio Free Europe/Radio Liberty, un proyecto de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) creado durante la Guerra Fría para luchar contra el comunismo en Europa ; Daniel Baer, Asistente Secretario de Estado para la Democracia, los Derechos Humanos y el Trabajo ; Peter Ackerman, fundador del Centro Internacional para el Conflicto Noviolento (ICNC), entidad involucrada en las llamadas « revoluciones de colores » en Europa Oriental ; Oscar Morales Guevara, fundador del movimiento « un millón de voces contra las FARC » y también promotor de un movimiento contra el Presidente Chávez a través de Facebook ; Jennifer Windsor, directora ejecutiva de Freedom House, y otros representantes de Freedom House, el Departamento de Estado y el Instituto George W. Bush.
HABLARÁ BUSH
Según la agenda del evento, su propósito es analizar « las condiciones de las libertades políticas en Internet en el mundo », y « capacitar a los participantes con las tecnologías y el conocimiento para superar la censura gubernamental ». El propio ex Presidente George W. Bush, y su esposa Laura, darán las palabras de apertura del evento. Luego, habrán presentaciones de los representantes de Freedom House y el Departamento de Estado sobre las « amenazas contra la libertad de Internet » en los países representados en el encuentro. Posteriormente, los invitados internacionales de Venezuela, Cuba, Irán, China, Rusia y Siria presentarán sus ponencias sobre los supuestos « peligros » en sus paises contra la libertad de Internet, y su trabajo como « ciber-disidentes ». Hacia al final del evento, Peter Ackerman, antiguo director de Freedom House, banquero multi-millonario y fundador del Centro Internacional para el Conflicto No-Violento (International Center for Non-Violent Conflict), entidad vinculada con la CIA, también participará con otros « expertos » de la guerra cibernética, para capacitar a los jóvenes con las tecnologías que les ayudarán promover cambio de regímenes en sus paises de origen.
El participante venezolano, Rodrigo Diamanti, viene del llamado movimiento estudiantil « manos blancas », una iniciativa creada por Washington y los sectores de la oposición contra el gobierno de Hugo Chávez para utilizar la juventud y los estudiantes para promover acciones de desestabilización que provocarían un « cambio de régimen ». Su organización, Futuro Presente, fue creada en 2009 por el dirigente de la extrema derecha venezolana, Yon Goicochea, con financiamiento y apoyo del Instituto Cato en Washington. El Instituto Cato es un centro de pensamiento (think tank) de la ultra derecha estadounidense, vinculada con el entorno de George W. Bush.
Freedom House es una institución estadounidense financiada por el Departamento de Estado y vinculada con la CIA, que financia y apoya organizaciones que promueven la agenda imperial en paises estratégicamente importantes para Washington. En Venezuela, Freedom House ha estado trabajando desde el año 2005, financiando y ayudando políticamente a los sectores de la oposición contra el Presidente Chávez.
El Instituto George W. Bush es un centro de estudio y acción creado por el ex Presidente Bush y forma parte del Centro Presidencial George W. Bush.
LA GUERRA CONTRA VENEZUELA
En Venezuela, no existe ninguna limitación ni amenaza contra la libertad de Internet ni la libertad de expresión. Hace pocos días, cientos de infocentros fueron inaugurados por el Presidente Chávez en Venezuela, para garantizar el acceso gratuito a Internet para todo el pueblo venezolano. Los infocentros son salas de computación con acceso a Internet construidas por el gobierno venezolano en ciudades y pueblos por todo el país y son manejadas por las propias comunidades. Más de 7 millones de venezolanos utilizan el Internet, según cifras del 2009.
Durante los últimos años, la Agencia del Desarrollo Internacional de EEUU (USAID) y la National Endowment for Democracy (NED) han estado financiando y promoviendo talleres de formación y capacitación en el uso del Internet y las nuevas tecnologías para construir movimientos políticos de la oposición en Venezuela. Más de 10 millones de dólares han sido invertidos a través de la USAID y la NED para este fin. También han ayudado con la adquisición de equipos tecnológicos para ayudar a los movimientos lograr sus objectivos. Hoy, más de 200 mil venezolanos utilizan a Twitter y Facebook como un mecanismo de atacar al gobierno venezolano y promover acciones de desestabilización en su contra, además de crear matrices de opinión falsas sobre la realidad en que vive el país.
Desde el 2003, el Pentágono ha clasificado la guerra cibernética como el próximo campo de batalla que debe dominar Washington. El Presidente Obama creó un Comando Cibernético el año pasado y nombre un Jefe de Ciberespacio para coordinar las políticas y acciones de EEUU a través del Internet.
Eva Golinger
Tomado de La República.es
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