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18 ene 2012

B, de Brecht



¿Hay sitio para un dramaturgo marxista en el mundo moderno? Desde el derrumbe del comunismo, el sentido común acaso nos diría que no. Pero sería una locura desechar a Bertolt Brecht (1898-1956), y lo sería por una serie de razones: fue un gran poeta alemán, sus mejores obras transcienden los dogmas, escribió papeles que los actores estarán siempre ávidos de interpretar y su influencia sobre el teatro es todavía bien visible.

Cada vez que se recupera algo de Brecht se escuchan los previsibles gañidos de la derecha, pero sus obras maestras esenciales siguen siendo indestructibles. Puedes ir a verlas esperando un mensaje político, pero lo que te muestran son contradicciones. La Vida de Galileo (1937-39) constituye un retrato decididamente equívoco de alguien que busca la verdad combatiendo la ortodoxia católica: Brecht respalda la fe de Galileo en la razón, pero considera su renuncia ante la Inquisición como prueba de la abdicación de responsabilidad del científico. Madre Coraje y sus hijos (1939) es todavía más compleja. Todo en la obra nos dice que deberíamos condenar la ética del negociete de la heroína y su creencia de que, lucrándose de la guerra, puede proteger a sus tres hijos, pues lo que no llega a entender es que su pequeño mundo depende de un mundo grande y corrupto. Sin embargo, desafío a cualquiera a que contemple el final de la obra, en el que una Coraje sin hijos camina penosamente arrastrando su carromato, sin un nudo en la garganta.

Brecht fue en primer lugar dramaturgo, y en segundo, marxista, y con ello quiero dar a entender que en sus mejores momentos estaba más fascinado por el instinto de supervivencia que por crear personajes ejemplares. Fue asimismo un gran creador de teatro que comprendía el poder de la sátira y el ridículo: una de mis escenas favoritas de La resistible ascensión de Arturo Ui (1941) muestra cómo el gángster pseudohitleriano protagonista de la obra aprende las artes de la retórica y el gesto de un histriónico actor shakespeariano.

Por supuesto, es fácil hacer sentar a Brecht plaza de acusado. Se comportaba como una desvergonzada urraca que robaba de todos, a menudo sin reconocerlo. Se engañó a si mismo pensando que podría presentar una oposición interna al corrupto régimen de postguerra de Ulbricht en Alemania Oriental, mientras aceptaba sus fondos para crear el Berliner Ensemble. Y aunque adalid del proletariado, Brecht mismo era, en palabras del crítico Eric Bentley [introductor de Brecht en Gran Bretaña], "inagotablemente burgués".

Y sin embargo, sus obras desbordan de vitalidad, y no sólo las obras maestras más reconocidas. El [teatro] Young Vic recuperó con brillantez La boda de los pequeños burgueses y La esposa judía en 2007, y este verano Phil Wilmott puso con ingenio en escena La madre, una obra [basada en la novela de Gorki] sobre una mujer de clase obrera que despierta y pasa de la apatía al activismo, en un anfiteatro de Londres a la sombra de las deslumbrantes torres del capitalismo contemporáneo. Me gustaría ver a otras compañías teatrales profundizar en las obras supuestamente menores.

A fin de cuentas, guste o no Brecht, es imposible negar que el suyo fue un impacto que galvanizó el teatro moderno. La famosa visita del Berliner Ensemble a Londres en 1956 supuso un efecto transformador para la dramaturgia, la dirección y el diseño teatrales británicos, y medio siglo después todavía convivimos con sus consecuencias. La reciente recuperación a cargo de Sean Holmes de Saved, la obra de Edward Bond, [1] en el Lyric Hammersmith fue un ejemplo clásico de una puesta en escena brechtiana fresca y sobria. 13, de Mike Bartlett, en el National [Theatre] tenía la fuerza épica de una pieza de Brecht. Y The Riots, [2] de Gillian Slovo, en el Trycicle de Londres mostraba de qué modo el teatro puede convertirse en una modalidad de investigación política y un estímulo para el debate.

Puede que Brecht lleve mucho tiempo muerto, pero su irónica e inquisitiva presencia sigue rotundamente con nosotros.

NOTAS T.: [1] Edward Bond (1934), importante autor dramático contemporáneo. Su obra Saved, de 1965, fue determinante para la abolición de la censura en Gran Bretaña. [2] The Riots aborda los disturbios del pasado verano en Inglaterra basándose en fuentes documentales y testimonios personales

Michael Billington: Crítico teatral del diario británico The Guardian. Este artículo pertenece a una serie titulada El drama moderno, de la A a la Z.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

Tomado: Revista Sin Permiso.info

11 ago 2010

Acecho del polímata



Foto: Difusión, S/D de autor

Libro. José Luis Massera: ciencia y compromiso social. Roberto Markarian-Ernesto Mordecki (coordinadores)

Nadie encarnó tan bien como Bertrand Russell (1872-1970) la figura del hombre de ciencias comprometido con la causa humanista. Notorio por sus aportes a la matemática, la filosofía analítica y la lógica, el galés fue objeto de numerosos titulares de prensa a lo largo del siglo XX por sus actividades en favor del pacifismo (intensas durante la guerra de Vietnam), la no proliferación nuclear (asociado con Albert Einstein) y el agnosticismo, llegando a mediar entre los líderes de EEUU y la URSS durante la crisis de los misiles cubanos de 1962; por si faltaran vías de acceso a la carrera de Russell, él se encargó de publicar dos autobiografías. En cambio, hasta ahora no había trabajos integrales sobre la vida y obra de José Luis Massera (1915-2002), también matemático y hombre político. Más allá de las diferencias del ambiente en que se movieron estos dos pensadores contemporáneos -Massera era, claro, uruguayo-, habría que buscar también la causa de esa asimetría en el tipo de involucramiento político que adoptaron: mientras que Russell fue un típico exponente de la “nueva izquierda” británica que buscó liberarse de las ataduras del marxismo ortodoxo, su colega uruguayo militó en el núcleo mismo de esa ortodoxia, el Partido Comunista, donde imperaba la ética del perfil bajo y la labor sostenida cotidianamente.

Esto no quiere decir que la trayectoria del ingeniero uruguayo haya sido monótona. Por el contrario, la cantidad de voces convocada por Roberto Markarian y Ernesto Mordecki (discípulos, colegas y “camaradas” de Massera) para abordar su figura en José Luis Massera: ciencia y compromiso social son prueba de que el matemático fue un hombre polifacético. “Massera hombre, Massera ciudadano, Massera científico, Massera parlamentario, Massera humanista, Massera comunista”, dicen los coordinadores (la edición correspondió a Lourdes Rodríguez), y se podría agregar “Massera gestor científico, Massera preso político, Massera divulgador de conceptos económicos, Massera teórico del PCU”, entre otros atributos. La cobertura de esos distintos ángulos de la vida del pensador fue encomendada a historiadores, periodistas, matemáticos, compañeros de militancia y de prisión, filósofos y economistas.

Leyenda internacional, autoridad local
La estructura del libro ordena la diversidad de abordajes. La “Infancia, juventud y familia” de Massera son presentadas por el historiador Roberto García Ferreira, quien bucea en su genealogía patricia, su preferencia adolescente por la carrera de Bellas Artes y hasta algunas lecturas que lo habrían marcado (El lobo estepario, de Hermann Hesse). La historiadora de la ciencia Martha Inchausti contextualiza la labor desarrollada por Massera tras su regreso a Uruguay (luego de estudiar y publicar en EEUU) en el capítulo “La construcción institucional y la escuela matemática uruguaya, 1924 -1973”, donde se destaca su rol en la fundación del Instituto de Matemática y Estadística.

En el tercer capítulo del libro se atiende a una cuestión central para la comprensión de la figura estudiada: el porqué de su prestigio en el campo de las matemáticas. José L Vieitez, Jorge Lebowicz y Markarian explican el peso que aún poseen las investigaciones de Massera en las áreas de las ecuaciones diferenciales, el análisis funcional y la geometría, enfocadas a esclarecer la relación entre la estabilidad e inestabilidad del movimiento. Además, los autores repasan los aportes concretos de Massera “para quienes tienen pocos conocimientos de matemáticas” y paulatinamente van subiendo la apuesta.

El capítulo del historiador Gerardo Leibner es un buen ejemplo del amplio abanico de intereses que pone en juego este libro. “José Luis Massera y la reconstrucción del Partido Comunista del Uruguay” es, según su autor, un ensayo de microhistoria que se enmarca dentro de un estudio más general (que supuestamente se publicará este año; ver la diaria del martes pasado) sobre las transformaciones internas que le permitieron al PCU pasar de ser una pequeña agrupación de izquierda a un partido de masas de gravitación indiscutible en la génesis del Frente Amplio. Leibner sostiene que Massera jugó un papel decisivo en el enfrentamiento que condujo a la imposición de Rodney Arismendi como secretario general del PCU, y reconstruye minuciosamente los pormenores de ese putsh inciado a fines de 1954. Asimismo, Leibner sitúa a Massera como protagonista del cambio de actitud del PC hacia los intelectuales, repasa sus distintos aportes a la “línea” del partido en tiempos de divergencias entre los distintos partidos comunistas del mundo y sostiene que no fue en la labor parlamentaria sino en la educación de los cuadros dirigentes donde el matemático pudo enfocar mejor sus aptitudes naturales dentro de la estructura partidaria.

Esa actividad parlamentaria y la participación de Massera en distintas organizaciones y movimientos sociales (como el antifascismo y la resistencia al régimen de Terra) son abordadas por los jóvenes historiadores Mauricio Bruno y Nicolás Duffau.

Interrupción obligada
El capítulo 6 reúne testimonios de Eduardo Platero, Néstor Bardacosta, Elvio Acinelli y Markarian sobre la “estadía” de Massera en el penal de Libertad, donde fue recluido y torturado durante la dictadura militar. Se trata de textos breves pero que iluminan el costado humano, personal, de un hombre que por tradición y formación debió de haber tenido un trato algo distante con sus compañeros.

El alejamiento momentáneo de la “sintaxis académica” le insufla una bocanada de aire fresco al libro, que en parte se continúa en el tono periodístico que Mario Mazzeo le imprime al capítulo siguiente, centrado en las campañas internacionales que condujeron a la liberación de Massera en 1984. En el capítulo 8, Evana Alfonso y Álvaro Sosa evocan el papel del matemático en la “(re) construcción de la ciencia nacional” tras la caída de la dictadura, destacándose su contribución al Programa de Desarrollo de las Ciencias Básicas (Pedeciba).

Radiografías intensas
Dos artículos de pura teoría cierran el libro, aunque en verdad su clausura corresponde a un apéndice del economista Daniel Olesker, quien a partir del Manual para entender quién vacía el sobre de la quincena, publicado por Massera en 1973, revisa la contribución del pensador tanto a la economía política como a la divulgación de sus conceptos a nivel popular.

Álvaro Rico analiza las contribuciones de Massera al ámbito de la reflexión marxista, destacando en la etapa predictatorial su preocupación por las consecuencias de la “revolución científico-técnica” en los modos de producción tanto en las potencias hegemónicas como en los países dependientes, su elaboración de la idea de “revolución socialista”, enfocada hacia la comprensión de las fuerzas motrices del cambio (con especial atención al rol de los agentes culturales en este proceso) y sus consideraciones sobre la lucha ideológica y el reformismo. Cuando Massera recupera la libertad, su trabajo aparece abocado a la defensa del leninismo y a la reelaboración del concepto de “masas populares”, referido a la política de alianzas prerrevolucionarias; más tarde, tras la caída del “socialismo real”, Massera se pliega a la línea de Lucien Sève, quien reorienta sus preocupaciones hacia el desarrollo sostenible, la ecología, la informática, el desarme y los asuntos de género.

El filósofo Juan Fló, en tanto, reconstruye con elegancia de estilo los intercambios que mantuvo con Massera sobre la ética de Spinoza, el carácter dialéctico de las matemáticas y su revisión posterior del concepto de dialéctica. Fló blanquea las dificultades que le plantearía aprovechar la instancia abierta por José Luis Massera: ciencia y compromiso social para quedarse con la última palabra en ese diálogo interrumpido.

Entre los múltiples puntos de entrada que ofrece el libro hay que contar también al prólogo, que desde su título, “Libertad para las ecuaciones diferenciales”, refiere a un artículo de Manuel Flores Mora publicado en la revista Jaque. La alusión a los últimos días de la dictadura y al reclamo de un político batllista -y, por lo tanto, de raigambre antifascista- por la libertad de un científico comunista mueve a pensar sobre esos espacios comunes a las distintas concepciones del progresismo que atravesaron el siglo XX uruguayo. Y también invita a reflexionar sobre los puentes que entre el mundo político y la esfera social solía tender la figura del intelectual.

José Gabriel Lagos

Tomado: La Diaria.com
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