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18 nov 2010

Kristallnacht


Otro aniversario
La Noche de los Cristales rotos. Aquella noche que se prolongaría, eterna y oscura, por casi siete años. El 9 de noviembre de 1938 se produce en Alemania y Austria la Kristallnacht, el pogrom ordenado por Hitler para acelerar, a través del fuego y la destrucción, la expulsión y desaparición de los judíos, juzgadas demasiado lentas en términos de la política puesta en marcha por el poder nazi a partir de 1933.

Más de 1000 sinagogas destruidas, 7500 comercios atacados e incendiados. Más de un centenar de personas asesinadas, 30.000 judíos arrestados y enviados a los campos de Dachau, Buchenwald y Sachsenhausen. Existieron tibias reacciones de indignación en el extranjero. En Alemania, el régimen hitleriano consideró la ausencia de protestas públicas y la indiferencia generalizada como una forma de aprobación tácita por parte de la población. Comenzaba entonces una nueva etapa en el proceso que culminaría con la “solución final”.

La Kristallnacht debe ser recordada en el contexto de aquellos tiempos. Está fuertemente atada a una serie de acontecimientos que la desbordan y la explican mejor que como pura y simple amenaza y ataque al judaísmo. No se la debe quitar del marco de la guerra, en medio de la incoherencia y la locura destructiva generalizada. La horrorosa agresión sufrida por los judíos alemanes y austríacos constituyó un ataque a un grupo humano profundamente integrado a la vida de ambos países durante muchísimos años. No debemos olvidar que si bien la larga noche comenzaba, el mundo ya estaba en llamas desde mucho tiempo antes. En 1936, había estallado la Guerra Civil en España. Previamente, en 1935, ya había ocurrido la invasión de Mussolini a Abisinia. Dos años después, en el ‘37, la invasión de Japón a China. En 1938, Hitler avanza sobre Austria, anexándola. El mismo año se proclama el Pacto de Munich entre Gran Bretaña, Alemania, Francia e Italia. Ello incluía la cesión a Alemania de los Sudetes y parte de Checoslovaquia.


En 1939, Alemania invade Checoslovaquia e Italia invade Albania. El 23 de agosto de ese mismo año se celebra el Pacto Germano-Soviético de no agresión. Ocho días más tarde, el 1 de septiembre de 1939, Alemania y la Unión Soviética invaden Polonia, quedando esta última dividida en dos. Poco después Alemania invade Bélgica, Francia, Dinamarca, Holanda e intenta entrar en Gran Bretaña pero fracasa, a pesar de la intensidad destructiva de sus ataques. El resto de la historia, o más bien de la tragedia, es bien conocido.

Me sigue desconcertando la vigencia de aquella convicción que aún hoy está en el centro de las esperanzas y de la sensibilidad ética modernas de que la guerra, aunque inevitable, es una aberración, y que la paz, si bien inalcanzable, es la norma.

Me animo a decir, desde mis 86 años, que lamentablemente, a lo largo de la historia, la guerra ha sido la norma, y la paz, la excepción.

Jack Fuchs
Intelectual y pedagogo. Sobreviviente de Auschwitz.

Tomado: Página 12

21 oct 2010

Javka Raban, testimonio de una superviviente de Auschwitz



Javka Raban

Queridos amigos de OLVIDA TU EQUIPAJE, este viernes emitiremos el encuentro con Javka Raban. El verano pasado tuvimos la suerte y el honor de conocer a Javka, superviviente de Auschwitz y miembro de la Resistencia polaca contra los nazis. Su talla humana, su dignidad de resistente, su mirada inteligente, su optimismo humanista y su activismo consciente y comprometido, hacen de este encuentro un orgullo para quienes tuvimos la suerte de conocer a esta mujer fuerte de 86 años.


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Tomado: http://olvidatuequipaje.blogspot.com/

21 jun 2010

La cruz gamada patrimonio nacional lituano

Un tribunal de la ciudad de Klaipeda considera que la cruz gamada forma parte del patrimonio nacional lituano, mientras, los símbolos comunistas están prohibidos en el país. El tribunal de la ciudad lituana de Klaipeda (ex Memel) ha tomado una decisión, a primera vista, tan sorprendente como desoladora el pasado 19 de marzo. Dictaminando sobre la suerte de tres neonazi que habían hecho ostentación durante el día de la Independencia, el pasado febrero, de banderas con la cruz gamada, mientras vociferaban consignas anticomunistas y antisemitas a la gloria de Tercer Reich : el tribunal los ha puesto en libertad. Efectivamente, el tribunal estima que la cruz gamada forma parte de « nuestro patrimonio histórico » y explica su decisión aduciendo que es “un símbolo importante de la cultura báltica, un signo heredado de nuestros ancestros”. En el colmo de la hipocresía, el tribunal afirma alto y claro que “no es un atributo nazi (sic) sino que nos fue robado y pervertido por otros pueblos”. Este veredicto no sólo deja en libertad a los tres acusados, también legitima su acción como patriótica. No es, por otra parte, la primera vez que este tipo de sucesos se producen, los símbolos nazis ya habían sido públicamente exhibidos al menos dos veces (una de ellas el 1º de mayo pasado) en el pasado sin que los neonazis en cuestión hubieran sido perseguidos. Nada ilógico cuando sabemos que en Lituania los nacionalistas lituanos aborrecen el pasado soviético, que frente a la denigrada resistencia soviética al nazismo, de hecho la resistencia lituana pronazi resulta enaltecida. Este era el sentido de la revisión constitucional de junio de 2009, denuncia el Partido Socialista (que agrupa esencialmente a los comunistas desde la prohibición del Partido Comunista en 1991) que preveía acciones penales y penas de prisión que iban hasta los cinco años de cárcel contra quien negara “los genocidios cometidos por el comunismo y el nazismo” y difamase a los “miembros del movimiento de lucha por la libertad de Lituania, combatientes voluntarios, que en los años 1944-1953 lucharon con las armas contra la ocupación soviética”. Además de poner al mismo nivel comunismo y nazismo, esta resolución convertía a los “resistentes nacionalistas” lituanos de fines de los años 1940 en héroes intocables. Ahora bien, esto constituye una rehabilitación de los colaboradores con la ocupación nazi y de los combatientes formados a partir de los años 1943-1944 por el ejército nazi en retirada para hostigar la retaguardia soviética. Dicho de otra manera, Lituania criminaliza los símbolos comunistas, al partido comunista, a toda referencia a la historia soviética pero legitima el mismo tiempo la “resistencia nacional lituana” colaboracionista y la cruz gamada como parte del “patrimonio nacional” En definitiva, la decisión de la ciudad de Klaipeda se revela tan lógica como desoladora. A C Traducción: J.A. Pina Tomado: L´Humanité

2 jun 2010

65 años después de la derrota del nazismo

Mayo de 1945: la Alemania nazi derrotada, su ideología vencida, el fin de la Segunda Guerra Mundial. Fueron seis años de guerra, sesenta millones de muertos. Han pasado 65 años. Mucho se ha escrito sobre la tragedia, el conflicto bélico, las víctimas, la destrucción. Desde esa fecha hasta la actualidad, los conflictos y las guerras en nuestro mundo no cesaron y las víctimas se siguieron multiplicando. ¿Quiénes son las víctimas? Algunos investigadores incluyen en la categoría de “muertes en guerras y conflictos” sólo a los muertos en “campos de batalla”. Algunos excluyen muertes causadas por bombas y muchos no consideran a aquellos seres humanos muertos por hambrunas o enfermedades, resultado de enfrentamientos y otros conflictos armados. Las discusiones son interminables y complejas. Pero lo que no deja de inquietarme es el empecinamiento que tenemos por deshumanizar a estas víctimas. Se habla casi siempre de guerras entre ideologías o en contra de ellas. Se justifican y explican por motivaciones geopolíticas y económicas. Siempre excusas para alejar el fantasma que nos aterra como seres humanos: nuestra propia agresividad, injustificable, siempre. No puedo dejar de remitirme a mi propia experiencia. De niño, oía hablar de la Guerra Civil Española, de la lucha armada entre nacionalistas y republicanos. De la crueldad de los enfrentamientos, de los muertos que éstos provocaban. Pero esos muertos sólo eran franquistas o republicanos. Se trataba de ideologías enfrentadas, no de compatriotas que se aniquilaban, de seres humanos enfrentados de la manera más terrible. No eran españoles contra españoles, campesinos luchando contra campesinos, hombres de ciencia contra hombres de ciencia, vecinos contra vecinos. Sólo ideologías. Este argumento fue utilizado y sigue siéndolo a la hora de explicar lo inexplicable. Yo mismo tardé muchos años en poder deshacerme de todas las excusas y justificaciones y enfrentar el dolor y aceptar que se trató de hombres contra hombres. O más bien en singular: del hombre contra el hombre. Muchas veces pienso que la necesidad de deshumanizar viene de la imposibilidad de aceptar que el ser humano es el peor enemigo de sí mismo. Esta mirada, la que nos lleva a cuestionarnos el origen de las guerras, o más bien las explicaciones que damos para poder digerir estas tragedias que nosotros mismos generamos, me deja en un lugar distinto frente a la tragedia de la cual fui testigo y víctima. A comienzos del nazismo, las víctimas eran aquellos alemanes que se oponían al régimen. Los primeros campos de concentración fueron para terminar con comunistas, socialdemócratas –éstos constituían una fuerza política muy importante en la Alemania de preguerra– y con aquellos integrantes del propio partido nazi que ejercían alguna oposición interna. Las víctimas del nazismo no fueron sólo judías. A ellas se sumaron los gitanos, los testigos de Jehová, pueblos eslavos, aquellos llamados pueblos asiáticos de la Unión Soviética considerados pertenecientes a razas inferiores y las elites política, intelectual y cultural de Polonia y de la Unión Soviética, incluyendo a numerosos miembros de la Iglesia Católica. El nivel de autodestrucción del pueblo alemán no tuvo límites. En 1942 un joven alemán de 17 años, Helmuth Hübener, fue guillotinado por los nazis en la prisión de Berlín. Arrestado por la Gestapo por distribuir panfletos contra el régimen, fue sentenciado a muerte. La corte que lo juzgó tomó esa decisión basada en que el joven “mostraba una inteligencia superior a la promedio para un joven de su edad”. Por esta razón, debía ser castigado como un adulto. El juez que lo envió a la guillotina no fue juzgado, ya que murió unos días antes del final de la guerra, en un bombardeo. Actualmente un Centro Juvenil en la ciudad de Berlín lleva el nombre del joven alemán. Una historia que estremece. Una vez más, a pesar de los años que pasan, siguen siendo muchos los misterios que guardan las conductas humanas. Jack Fuchs Pedagogo y escritor. Sobreviviente de Auschwitz. Tomado: Página 12

1 sept 2009

Los costes humanos de la II Guerra Mundial

Se nos suele ofrecer una visión de la II Guerra Mundial que se compone sobre todo de escenas de batallas terrestres y navalesStalingrado, El Alamein, Normandía, Midway, protagonizadas por tanques, aviones, acorazados o submarinos. Pero si tomamos en cuenta lo que la guerra significó en términos de su coste en vidas humanas, que se cifra en torno a los 70 millones, su historia se transforma por completo . Lo primero que sorprende es descubrir que la supuesta contienda mundial fue, sobre todo, una guerra entre alemanes y rusos: de los 20 millones de militares muertos, 16 eran de los ejércitos soviético y alemán, mientras que las de los ejércitos de Francia, Reino Unido y EEUU, sumadas, pasan muy poco de un millón. De los 20 millones de militares muertos,16 eran de los ejércitos soviético y alemán Más importante aún es percatarse de que una de las características que distinguen esta guerra de las que se produjeron anteriormente en la Historia es el hecho de que hubo muchas más muertes civiles que militares: por lo menos dos de cada tres de los fallecidos en la guerra fueron hombres, mujeres y niños asesinados al margen de cualquier proceso legal, aniquilados en campos de internamiento o de trabajo, o víctimas del hambre causada por la contienda. Las batallas nos ofrecen espectáculos terribles: los 60.000 soldados alemanes muertos en Stalingrado y la destrucción producida en Kursk, la mayor batalla de todos los tiempos, en la que participaron millones de hombres, 13.000 tanques y 12.000 aviones. Jrushchov, que recorrió aquel campo días más tarde, recordaría toda su vida los centenares de tanques que empezaban a oxidarse bajo el sol del verano, después de haber ardido con sus tripulaciones dentro, y el olor a muerte que se extendía por todos lados. O la última gran batalla de la guerra, la de Okinawa , donde murieron 70.000 soldados japoneses y 12.000 norteamericanos y donde perecieron también más de 100.000 de los habitantes de la isla, atrapados entre el fuego de ambos bandos. Dos grandes carnicerías Y, sin embargo, estos no son más que episodios menores en comparación con las dos mayores carnicerías de la guerra, que fueron el holocausto nazi y el más olvidado, pero no menos atroz, de los japoneses en su intento de conquista del continente asiático . En el caso de los nazis, se habla siempre de los cerca de seis millones de judíos exterminados, pero se suele olvidar que no fueron las únicas víctimas, sino que hay que incluir, entre otros, a más de tres millones de prisioneros de guerra soviéticos que fueron internados en reductos vigilados, sin alimentos para sobrevivir. La Guía del Holocausto de la Universidad de Columbia admite que, en una definición amplia, se puede considerar que las víctimas del holocausto nazi fueron unos 17 millones. Mientras los crímenes nazis recibieron amplia publicidad al término de la guerra, no sucedió lo mismo con los de Japón, a quien se atribuyen de 20 a 30 millones de víctimas civiles, en especial de etnia china, pero que se benefició de una ocultación que favorecieron los norteamericanos, interesados en conseguir su colaboración en la Guerra Fría. En comparación con la amplia difusión de lo sucedido en campos como el de Auschwitz, se habló mucho menos de las atrocidades cometidas por los japoneses con los prisioneros de guerra y los civiles en los cruceros de la muerte y en unos campos de concentración en que se les obligaba a trabajos agotadores. O se habló mucho más de Mengele que del general Ishii Shiro, que dirigía el centro de investigación de armas bacteriológicas de Pingfan , cerca de Harbin (en Manchuria), conocido como "unidad secreta 731", donde un millar de investigadores japoneses experimentaron armas bacteriológicas con los presos chinos y practicaron la vivisección sin anestesia en seres humanos. Se decidió echar tierra sobre las responsabilidades de quienes habían participado en esta infamia y se les ofreció inmunidad a cambio de los resultados de sus investigaciones. Para satisfacer las demandas de venganza, se escenificó en Alemania una representación de castigo en el proceso de Núremberg, que dictó 12 sentencias de muerte, al igual que se hizo en otro proceso similar en Tokio. Pero la realidad fue que hubo poco empeño en castigar a los que habían cometido estos crímenes. Muchas sentencias de muerte a miembros de la Gestapo o de las SS fueron conmutadas al poco tiempo, de modo que algunos estaban a los pocos años en cargos directivos de las grandes empresas alemanas. Y los industriales, que se habían beneficiado explotando inhumanamente a los trabajadores esclavos, salieron bien librados. En especial los japoneses, que se niegan todavía hoy a pagar ninguna indemnización, alegando, como hace Mitsubishi, que es discutible afirmar que los japoneses invadieran China y que esta compleja cuestión debe dejarse para que la aclaren en el futuro los historiadores (en 2008 el general Tamogami, jefe de la fuerza aérea japonesa, sostuvo públicamente que la ocupación de territorios asiáticos la habían hecho para liberarlos del imperialismo occidental). Millones de expulsados Pero la existencia de estos casos de impunidad, de los que se beneficiaron sobre todo las clases dirigentes, no implica que la derrota no causara numerosas víctimas, de las que no se suele hablar y que no se agregan a las listas de las de guerra, como en estricta justicia debería hacerse. El mayor de los daños sufridos por los derrotados fue, en Europa, el del desplazamiento de civiles, en especial de alemanes, no sólo de las tierras ocupadas después de la conquista nazi, sino de regiones en que sus familias vivían desde hacía mucho tiempo. Todo comenzó con la despavorida marcha hacia el oeste de los que habitaban en la Prusia oriental, en Pomerania y en Silesia, ante el avance de los ejércitos rusos. En el verano de 1945, apenas acabada la guerra, cinco millones de alemanes habían participado en esta fuga. Y ése era tan sólo el comienzo. Lo peor fue la expulsión, en los tres años siguientes y de acuerdo con medidas aprobadas en Potsdam por las potencias vencedoras, de otros siete millones de hombres y mujeres que habitaban en Polonia , Checoslovaquia, Rumanía o Hungría. El coste total en términos de vidas humanas de esta sangrienta posguerra europea, como consecuencia de los malos tratos, violaciones, linchamientos y suicidios que sufrieron los expulsados, en especial los que vivían en Polonia y Checoslovaquia, puede haber sido de unos dos millones de civiles, sin contar otros tantos, o tal vez más, entre los soldados presos en manos de los vencedores. Japón se vio igualmente obligado a repatriar a cerca de siete millones, que no eran sólo los soldados, sino los numerosos civiles que se habían instalado en Corea, Manchuria y Taiwán. Esta mirada hacia atrás sobre los costes humanos de la II Guerra Mundial debería no sólo cambiar nuestra percepción del drama de esta guerra, sino hacernos más sensibles a los costes humanos de la violencia que reina hoy en un orden mundial desquiciado, que sigue cobrándose vidas humanas en los últimos 10 años, por ejemplo, unos cinco millones en el Congo ante la indiferencia general. Josep Fontana Tomado de Rebelión
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