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18 feb 2012

Afganistán sigue en nuestro recuerdo, sigue doliendo



A día de hoy, para toda la gente pensante es cada vez más evidente que el envío de tropas soviéticas a la República Democrática de Afganistán fue un paso correcto y bien meditado del gobierno de la URSS, para garantizar la seguridad de nuestras fronteras meridionales.

Los soldados soviéticos cumplieron con honor su deber internacionalista. Debemos de estar orgullosos de nuestros héroes. Algunos llegaron a Afganistán cumpliendo órdenes, otros bajo el dictado del corazón, para ayudar a un pueblo hermano que había caído bajo el rodillo de la globalización imperialista. No llegaron con ánimo de conquista, lucharon y murieron por la independencia y soberanía de la República de Afganistán, demostrando su arrojo y heroísmo. Honor y loas para ellos por aquello, y para muchos, gloria eterna.

El 15 de febrero de 1989, hace ahora justo 23 años, las tropas soviéticas abandonaron Afganistán. Nuestros soldados salían rodeados de flores y sonrisas, rindiendo los últimos honores a los caídos. Muchos de ellos fueron condecorados con órdenes y medallas, a 86 se les concedió el título de Héroe de la Unión Soviética, de los que 26 fueron a título póstumo.

De que no se trató de una guerra de conquista dan fe las siguientes cifras: solo en la segunda mitad de 1989 las tropas soviéticas destruyeron 417 caravanas con armamento proveniente de Paquistán e Irán. Entre los trofeos: 1000 unidades de artillería antiaérea, más de 30 mil proyectiles a reacción, más de 700 morteros y 25 mil minas, una enorme cantidad de fusiles y munición.

Hace 23 años que salimos de esa guerra. ¿Qué quedó?

Sin la ayuda de la URSS, y luego de Rusia, el gobierno de Najibullah resistió 3 años. De no ser por la traición de Yeltsin y Gorbachov y su entorno, tendríamos en Afganistán un país amigo del que no nos llegaría ese flujo de narcóticos.

La guerra en Afganistán continúa. Es la guerra del capitalismo mundial por áreas de influencia y recursos naturales, contra un pueblo afgano amante de la paz, es la guerra por la creación de un nuevo foco de tensión en los límites del sur de Rusia.

Por desgracia, esa hermandad afgana de participantes en actos bélicos se fue completando como resultado de nuevas guerras y conflictos, surgidos en el propio territorio de la antigua URSS y en la misma Rusia.

Como resultado de la criminal destrucción de la URSS, los veteranos de la contienda afgana se vieron humillados y difamados.

El tiempo nos acabó dando la razón a aquellos que advertíamos de que en las condiciones creadas, nuestro país solo tiene dos fieles aliados: al Ejército Soviético y su Flota. Por desgracia la comprensión de esto llega muy tarde.

La memoria de los caídos en Afganistán sigue y seguirá presente en nuestros corazones. Nuestra más profunda reverencia a esas madres que educaron a unos hijos dispuestos a sacrificarse por la vida en la Tierra. ¡Gloria eterna a nuestros héroes!

El deber de la sociedad es prestar ayuda con arreglo a sus posibilidades, a aquellos soldados que recibieron heridas, a aquellos que tomaron parte en los conflictos locales en el territorio de nuestro país y más allá de sus fronteras, devolverles los privilegios que les fueron retirados, el honor y la dignidad de los Defensores de la Patria.

Hoy volvemos a pronunciarnos en defensa de nuestro ejército, contra la criminal “reforma militar” en Rusia. Hoy volvemos a estar preocupados, confiando en no llegar tarde.

Ziuganov / Fuente: GazetaPravda.ru

Tomado: La República.es

13 nov 2009

El desmantelamiento de la URSS

El desmantelamiento de la URSS : ¡el mayor saqueo que el mundo haya conocido ! A partir de los cambios de régimen. El FMI y el Banco Mundial dictan sus leyes a los gobiernos, estos en su mayoría no tienen experiencia en economía de mercado, y están, unos acuciados por entrar en la Unión Europea (Polonia, Hungría, República Checa…), y otros, impacientes por alcanzar a Norteamérica (Rusia, Ucrania). Los banqueros y los Estados Capitalistas persiguen dos objetivos : supeditar los países del Este a Occidente y, debilitar a Rusia, cuyo potencial industrial y científico, aunque degradado, sigue siendo una amenaza económica. El caso de la RDA es especial, ya que desaparece en tanto Estado independiente y es sometida al régimen de la RFA. La “transición”, la restauración del capitalismo, comienza por la llamada “terapia de choque” : liberalización de los precios, privatizaciones, supresión de las subvenciones públicas y desmantelamiento de los sistemas de protección social. De un día para otro, las empresas del Estado, cuyas transacciones, de principio a fin, pasaban anteriormente por los ministerios, se ven ahora abandonadas a la intemperie, privadas de fondos públicos de inversión, con la imposibilidad de exportar a sus clientes tradicionales : la URSS y los países del CAME (el “mercado común” de los Estados socialistas) y rápidamente son sometidas a una competencia despiadada. Es la destrucción de la industria (en particular la siderurgia, la metalurgia, la química y las minas). Por todas partes, se asiste a una explosión del paro ; fenómeno tanto más duro en cuanto que no existía o muy poco bajo el anterior régimen, y además, sin que ningún sistema de indemnización fuese creado a principios de los años 1990. La tasa de paro era en Rusia, en vísperas de la implosión de la URSS, el 0,1 de la población activa, y va a subir al 0,8 % en 1992, y hasta el 7,5% en 1994, cuatro veces más deprisa que en Bielorrusia (0,5% en 1992 y 2,1% en 1994), que adoptó un método más gradual de transición sin desmantelar sus estructuras económicas y sobre todo el sistema de protección social. Para el conjunto de los países de Europa Central y Oriental (PECO), la tasa media de paro pasa del 2,6% en 1990 al 11,7% en el 2000. Las directivas del FMI son draconianas : en Rusia, el déficit presupuestario debe pasar del 20% en 1991 a 1% en 1992. Las primeras víctimas van a ser los pensionistas, los funcionarios, cuyos salarios no serán ya pagados regularmente durante varios años, y los servicios públicos. En Rusia, durante los primeros años, el producto interior bruto (PIB) casi se dividirá por dos. Ya sean organizadas y beneficien a los capitalistas extranjeros, como en el Este, o tengan un carácter “salvaje” como en Rusia, las privatizaciones están en el centro de la “terapia de choque”. Éstas dieron lugar a enormes liquidaciones de las capacidades industriales “rentables” y a una especulación financiera desenfrenada, que desembocará en la quiebra bursátil de Moscú en 1998. Contrariamente a lo que se ha dicho, no son los “directores rojos” concentrados en el complejo militar-industrial quienes fueron los más beneficiados de todo ello, sino una casta de apparatchiks, provenientes, entre otros, en la ex URSS, del Konsomol (las Juventudes Comunistas). El Russian Privatization Center recibió millones de dólares del Banco Mundial, del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo y de diversos gobiernos. Una casta de oligarcas de una riqueza obscena, donde se mezclan antiguos dueños de la economía en la sombra de la época soviética y nuevos capitalistas, sale a la luz. Esta oligarquía intenta, no sin éxito, intervenir en la política rusa hasta la llegada de Putin, que acomete la tarea de reducir sus pretensiones y de restituir al país, a través de montajes financieros muchas veces oscuros, sus recursos naturales y mineros, y algunos sectores estratégicos (aeronáutica, espacial, armamento…). El sistema de protección social y, en las “ciudades fabricas” de la URSS : la enseñanza, la sanidad y el abastecimiento, se organizaban por medio de las empresas, y frecuentemente, a través de los sindicatos. El hundimiento de las economías acarrea el hundimiento de la protección social. Un estudio comparativo entre los países postcomunistas hecho por la revista “Lancet” (2009) atribuye el aumento de más del 18% de la mortalidad en Rusia a las privatizaciones masivas y al paro resultante. La vida ha sido liquidada también… B.F. Traducción J.A. Pina Tomado de L´Humanité

21 sept 2009

Rusia en el siglo XXI

Rusia está de regreso y su veloz reafirmación en el tablero mundial se debe a las iniciativas puestas en juego por Vladimir Putin y hoy por el presidente Medvédev. En el frente interno, reconducir bajo el control del Estado las industrias estratégicas del país, erradicar la criminalidad organizada, contener con firmeza el secesionismo en el Cáucaso e infundir confianza a la población. En el frente externo alianzas que ayudan a pequeños países a resistir con éxito a la hegemonía imperial. Presentamos el análisis del politólogo italiano Tiberio Graziani. En el curso de los últimos dos decenios en Rusia se han manifestado dos hechos geopolíticos tan importantes que condicionan muy profundamente tanto la política internacional planetaria, como –teniendo en cuenta un planteo teórico especulativo– los habituales paradigmas interpretativos utilizados por los analistas de cuestiones geopolíticas y geoestratégicas. Nos referimos, claro está, a la caída de la Unión Soviética y a la reconfiguración geopolítica del área rusa como elemento que constituye el nuevo asentamiento mundial luego de una condición unipolar. Es necesario señalar de inmediato que la reconfiguración-reconstrucción del espacio geopolítico ruso, iniciado por Putin y ahora continuado por Medvedev, tiene la peculiaridad de iniciarse en un lapso breve –no habían trascurrido diez años de la disolución oficial de la potencia soviética–, si se tienen en cuenta los largos arcos temporales típicos de los ciclos geopolíticos y del contexto económico, político y social, además el psicológico, dentro de cuyo periodo la reconstrucción se ha manifestado. Todos podemos recordar el profundo estado de postración que sumergió a Moscú a los inicios de los noventas y su consecuencia a nivel mundial por el temor extremo que provocó en los observadores, en los políticos y en los exponentes del mundo de las financias, del comercio y las industrias el vacío producido por la caída vertical del sistema soviético. El desplome de la URSS, como es notorio, permitió la expansión de la potencia americana en el espacio centro europeo, y centroasiático a lo largo de los años noventas. Entre las etapas más significativas de la marcha de EEUU hacía oriente podemos recordar: la primera guerra de Golfo (1990-1991), la agresión a Serbia (1999) en el cuadro del la programada desintegración de la confederación yugoslava, la ocupación de Afganistán (2002) la devastación de Iraq (2003). En paralelo a las acciones bélicas, Wáshington intensificado su esfera de influencias sobre el Viejo Continente por medio de la inclusión en la OTAN de los Países de Europa central, miembros del ex Pacto de Varsovia. La ampliación de la OTAN da inicio, como es sabido, a la inclusión de la Alemania del Este el dia 3 de octubre de 1990; luego de la reunificación de las dos entidades alemanas sigue, el 12 de marzo de 1999, con Polonia, Hungría, la Republica Checa y, el 29 de marzo de 2004, con la inclusión de Eslovaquia, de Rumania, Bulgaria y Eslovenia. Al ex enemigo soviético no se le ahorra tampoco, aún fuere simbólico, pero geoestratégico y relevante golpe: el 29 de marzo de 2004 hacen parte de la OTAN tres ex Republicas Soviéticas,Estonia, Letonia y Lituania. Recién, el 1º de abril de 2009 entraron Croacia y Albania. Por primera vez en su historia Europa es rehén por completo de una alianza hegemónica extracontinental. La vuelta al Comando integrado de la OTAN (abril de 2009) de la Francia de Sarkozy constituye, en el orden temporal, el último acto de subordinación europeo a los intereses de Wáshington. La erosión continua en lo que se comprende como el “exterior cercano” ex soviético por parte de los EEUU, que a continuación, a partir del 2000, inicia la conquista de lo que se entiende como “sociedades civiles” de los países que lo componen. A tal fin, asistimos a la puesta en escena de la estrategia de las “revoluciones coloradas”, cuya finalidad es ubicar un gobierno filo occidental en Serbia (5 de octubre 2000), en Georgia (“Revolución de las Rosas”, 2003-2004), en Ucrania (“Revolución Color Naranja”, 2004), en Kirguizistán (“Revolución de los Tulipanes”, 2005). La conquista de las sociedades civiles de algunos países, como Georgia y Ucrania, teorizadas por "think tanks" como el Albert Einstein Institute, sobre la base de las indicaciones propuestas por su fundador, el estadounidense Gene Sharp –que parecer financio por el conocidofilántropo y especulador Georges Soros, consejero del actual presidente Obama. Por un largo decenio parece que el dictado de las reglas de la política y la economía mundial ha sido guiado por los EEUU el sólo sistema occidental. En el trascurso de los años noventas, de hecho, los Estados Unidos, (la hyperpuissance, como los definió con motivada preocupación, un canciller francés, Hubert Vèdrine,, o la “nación necesaria” según una renombraba expresión, mesiánica y arrogante de la secretaria de Estado Madeleine Albright y de su presidente Clinton), impusieron el su criterio unilateral en casi todas las iniciativas políticas, económicas y militares del planeta. Pero tras la llegada de Putin a la presidencia de la Federación Rusa el cuadro internacional comienza a cambiar. El primer episodio que se puede valuar como el inicio de la reafirmación de la nueva Rusia en el certamen internacional es tal vez el conectado a las tensiones que emergen en el seno del sistema occidental, por marginarse de la agresiva intervención militar en el Iraq de Saddam Hussein. En el 2003 París y Berlín se oponen a la voluntad de Wáshington: Moscú se opone y, por momentos, el eje París-Berlín-Moscú parece una alternativa realista al juego unipolar estadounidense. Rusia obtiene un primer gran éxito a causa de la tensión provocada en el campo occidental por la política exterior implementada por el ex agente del KGB. Rusia, luego del embate soportado en Serbia, comienza a reaccionar. Y en menos de un decenio, reconfirma su rol de Estado "pivot" del espacio euroasiático. Eso fue posible, por cierto, gracias a dos relevantes factores geo- económicos: los concomitantes crecimientos económicos de China y de India. Los peculiares desarrollos socio-económicos de estos países asiáticos se han integrado coherentemente en las estrategias de sus respetivos gobiernos, deseosos de expandir la esfera de influencia sino-india en Eurasia. Beijing y Nueva Dehli, concientes de poder contribuir a la concreción de un futuro sistema multipolar, y de contar en lo sucesivo con una Rusia fuerte como pilar fundamental de todo entendimiento euroasiático, prudentes, jamás la humillaron, ni siquiera en el periodo más oscuro de su historia. La plena y veloz reafirmación de Rusia en el tablero mundial, se debe, sin embargo, a las muchas iniciativas puestas en juego por Vladimir Putin. El ex primer ministro del Kremlin consigue en el curso de dos mandatos presidenciales, en el frente interno, reconducir bajo el control del Estado las industrias estratégicas del país, erradicar la criminalidad organizada, contener con firmaza el secesionismo chechenio y daguestano e infundir confianza a la población. Mientras, en el frente externo, inicia el tejido de una red de relaciones con las repúblicas centroasiáticas, decididas a seguir la sirena estadounidense, y, como prioridad, se ocupa de reanudar sus lazos con China popular. Moscú no descuida tampoco las muchas identidades culturales y religiosas de las poblaciones de las naciones euroasiáticas. De hecho, en el ámbito de una lógica euroasiática, sensible al encuentro entre las varias civilizaciones del continente en franca oposición a la estrategia Islam-fóbica de los anglos estadounidenses, Putin presenta en la conferencia islámica de Kuala Lumpur en 2003 a Rusia como “defensor histórico del Islam”. Tal significativa declaración, por cierto, tiene en cuenta que el Islam es la segunda religión de la Federación Rusa (también es la única en expansión en el área rusa) y es el primer paso oficial que llevará a la Rusia a ser miembro observador de la Organización de la Conferencia Islámica (OIC). La tentativa estadounidense de provocar tensiones a partir de identidades locales como “arcos de crisis” a lo largo de las fronteras étnico-religiosas, se controlan con esta mirada a la vez longeva y preventiva de Moscú. Sobre el plano geoestratégico el Kremlin, conciente de la mira estadounidense en el Asia Central, refuerza la Organización de la Cooperación de Shangai (SCO) de la cual es parte también China popular. La finalidad es volver estable un área considerada insegura por los estrategas de Wáshington, que la definen como la "barriga floja" de Eurasia. La dirigencia rusa además contribuye, en 2002, a la creación de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva de los países de la Confederación de los Estados independientes (CSTO). Las dos organizaciones demuestran al mundo – y principalmente a Estados Unidos– que los problemas en materia de seguridad y de defensa de toda el área están bien instalados y que, por eso, no se precisan supervisores o ayudas provenientes de occidente, y, mucho menos, provenientes de la OTAN. Gracias al despertar del “Oso” ruso, la marcha de los EEUU en Asia Central, parece, por ahora acabada. Un nuevo ciclo geopolítico se perfila en el horizonte. Tiberio Graziani Tomado de Red Voltaire

1 sept 2009

Los costes humanos de la II Guerra Mundial

Se nos suele ofrecer una visión de la II Guerra Mundial que se compone sobre todo de escenas de batallas terrestres y navalesStalingrado, El Alamein, Normandía, Midway, protagonizadas por tanques, aviones, acorazados o submarinos. Pero si tomamos en cuenta lo que la guerra significó en términos de su coste en vidas humanas, que se cifra en torno a los 70 millones, su historia se transforma por completo . Lo primero que sorprende es descubrir que la supuesta contienda mundial fue, sobre todo, una guerra entre alemanes y rusos: de los 20 millones de militares muertos, 16 eran de los ejércitos soviético y alemán, mientras que las de los ejércitos de Francia, Reino Unido y EEUU, sumadas, pasan muy poco de un millón. De los 20 millones de militares muertos,16 eran de los ejércitos soviético y alemán Más importante aún es percatarse de que una de las características que distinguen esta guerra de las que se produjeron anteriormente en la Historia es el hecho de que hubo muchas más muertes civiles que militares: por lo menos dos de cada tres de los fallecidos en la guerra fueron hombres, mujeres y niños asesinados al margen de cualquier proceso legal, aniquilados en campos de internamiento o de trabajo, o víctimas del hambre causada por la contienda. Las batallas nos ofrecen espectáculos terribles: los 60.000 soldados alemanes muertos en Stalingrado y la destrucción producida en Kursk, la mayor batalla de todos los tiempos, en la que participaron millones de hombres, 13.000 tanques y 12.000 aviones. Jrushchov, que recorrió aquel campo días más tarde, recordaría toda su vida los centenares de tanques que empezaban a oxidarse bajo el sol del verano, después de haber ardido con sus tripulaciones dentro, y el olor a muerte que se extendía por todos lados. O la última gran batalla de la guerra, la de Okinawa , donde murieron 70.000 soldados japoneses y 12.000 norteamericanos y donde perecieron también más de 100.000 de los habitantes de la isla, atrapados entre el fuego de ambos bandos. Dos grandes carnicerías Y, sin embargo, estos no son más que episodios menores en comparación con las dos mayores carnicerías de la guerra, que fueron el holocausto nazi y el más olvidado, pero no menos atroz, de los japoneses en su intento de conquista del continente asiático . En el caso de los nazis, se habla siempre de los cerca de seis millones de judíos exterminados, pero se suele olvidar que no fueron las únicas víctimas, sino que hay que incluir, entre otros, a más de tres millones de prisioneros de guerra soviéticos que fueron internados en reductos vigilados, sin alimentos para sobrevivir. La Guía del Holocausto de la Universidad de Columbia admite que, en una definición amplia, se puede considerar que las víctimas del holocausto nazi fueron unos 17 millones. Mientras los crímenes nazis recibieron amplia publicidad al término de la guerra, no sucedió lo mismo con los de Japón, a quien se atribuyen de 20 a 30 millones de víctimas civiles, en especial de etnia china, pero que se benefició de una ocultación que favorecieron los norteamericanos, interesados en conseguir su colaboración en la Guerra Fría. En comparación con la amplia difusión de lo sucedido en campos como el de Auschwitz, se habló mucho menos de las atrocidades cometidas por los japoneses con los prisioneros de guerra y los civiles en los cruceros de la muerte y en unos campos de concentración en que se les obligaba a trabajos agotadores. O se habló mucho más de Mengele que del general Ishii Shiro, que dirigía el centro de investigación de armas bacteriológicas de Pingfan , cerca de Harbin (en Manchuria), conocido como "unidad secreta 731", donde un millar de investigadores japoneses experimentaron armas bacteriológicas con los presos chinos y practicaron la vivisección sin anestesia en seres humanos. Se decidió echar tierra sobre las responsabilidades de quienes habían participado en esta infamia y se les ofreció inmunidad a cambio de los resultados de sus investigaciones. Para satisfacer las demandas de venganza, se escenificó en Alemania una representación de castigo en el proceso de Núremberg, que dictó 12 sentencias de muerte, al igual que se hizo en otro proceso similar en Tokio. Pero la realidad fue que hubo poco empeño en castigar a los que habían cometido estos crímenes. Muchas sentencias de muerte a miembros de la Gestapo o de las SS fueron conmutadas al poco tiempo, de modo que algunos estaban a los pocos años en cargos directivos de las grandes empresas alemanas. Y los industriales, que se habían beneficiado explotando inhumanamente a los trabajadores esclavos, salieron bien librados. En especial los japoneses, que se niegan todavía hoy a pagar ninguna indemnización, alegando, como hace Mitsubishi, que es discutible afirmar que los japoneses invadieran China y que esta compleja cuestión debe dejarse para que la aclaren en el futuro los historiadores (en 2008 el general Tamogami, jefe de la fuerza aérea japonesa, sostuvo públicamente que la ocupación de territorios asiáticos la habían hecho para liberarlos del imperialismo occidental). Millones de expulsados Pero la existencia de estos casos de impunidad, de los que se beneficiaron sobre todo las clases dirigentes, no implica que la derrota no causara numerosas víctimas, de las que no se suele hablar y que no se agregan a las listas de las de guerra, como en estricta justicia debería hacerse. El mayor de los daños sufridos por los derrotados fue, en Europa, el del desplazamiento de civiles, en especial de alemanes, no sólo de las tierras ocupadas después de la conquista nazi, sino de regiones en que sus familias vivían desde hacía mucho tiempo. Todo comenzó con la despavorida marcha hacia el oeste de los que habitaban en la Prusia oriental, en Pomerania y en Silesia, ante el avance de los ejércitos rusos. En el verano de 1945, apenas acabada la guerra, cinco millones de alemanes habían participado en esta fuga. Y ése era tan sólo el comienzo. Lo peor fue la expulsión, en los tres años siguientes y de acuerdo con medidas aprobadas en Potsdam por las potencias vencedoras, de otros siete millones de hombres y mujeres que habitaban en Polonia , Checoslovaquia, Rumanía o Hungría. El coste total en términos de vidas humanas de esta sangrienta posguerra europea, como consecuencia de los malos tratos, violaciones, linchamientos y suicidios que sufrieron los expulsados, en especial los que vivían en Polonia y Checoslovaquia, puede haber sido de unos dos millones de civiles, sin contar otros tantos, o tal vez más, entre los soldados presos en manos de los vencedores. Japón se vio igualmente obligado a repatriar a cerca de siete millones, que no eran sólo los soldados, sino los numerosos civiles que se habían instalado en Corea, Manchuria y Taiwán. Esta mirada hacia atrás sobre los costes humanos de la II Guerra Mundial debería no sólo cambiar nuestra percepción del drama de esta guerra, sino hacernos más sensibles a los costes humanos de la violencia que reina hoy en un orden mundial desquiciado, que sigue cobrándose vidas humanas en los últimos 10 años, por ejemplo, unos cinco millones en el Congo ante la indiferencia general. Josep Fontana Tomado de Rebelión

27 ene 2009

65 años después, recordando Leningrado

Sólo en esta ciudad hubo más pérdidas humanas que las que sufrió Estados Unidos y Gran Bretaña(600.000 muertos angloamericanos) en toda la guerra.
Juan Antonio González Canales
El 27 de Enero de 1944 se cumplen 65 años del fin del mayor asedio que hubo en la II Guerra Mundial, ese no fue otro que el de Leningrado. Sólo en esta ciudad hubo más pérdidas humanas que las que sufrió Estados Unidos y Gran Bretaña(600.000 muertos angloamericanos) en toda la guerra. Reconocida como la ciudad heroica tras el sitio de casi 900 días, sigue sin reconocerse el esfuerzo y el peso que tuvo la Unión Soviética para que fuera fructífera la victoria “aliada” contra el eje.
3 años antes, mediante la operación Barbarroja, la Alemania nazi inició la invasión a la URSS con el apoyo de sus aliados(rumanos, croatas, finlandeses,etc) formando en conjunto 225 divisiones en 3 ejércitos. El objetivo era no solo eliminar el comunismo, sino usurpar las fuentes energéticas y los recursos agroalimentarios que proporcionaba el estado soviético. Finlandia, un país anticomunista y germanófilo, será la puerta de entrada del ejército invasor, año y medio antes la URSS le había declarado la guerra como medida preventiva ante lo que iba a suceder.
El 14 de julio los panzers de Reinhardt abrían las puertas de la ciudad, ante el inminente avance alemán y el de sus aliados, Leningrado empezó a evacuar a los niños y ancianos, el 18 de agosto la Luftwaffe bombardeaba un tren repleto de niños, en lo que se llamó la masacre de Lychkovo. El 8 de septiembre la ciudad ya estaba bloqueada.
Hitler se pronunció ante el asedio: “Debe rechazarse toda oferta de rendición de Leningrado, puesto que no podemos resolver el problema de alojar y alimentar a la gente. En esta lucha por la supervivencia, no nos interesa en modo alguno que sobreviva ni siquiera una parte de la población de la ciudad [1].
Bombardeados los almacenes de provisiones, los alemanes capturaron Tikhvin el 8 de noviembre, por lo que se cerraba la última ruta ferroviaria que abastecía a la ciudad, solo el congelado lago Ladoga servirá como vía de abastecimiento, un camino peligroso, ya que sería continuamente atacado.
El hambre empezó a notarse, en los primeros momentos, las temperaturas estaban descendiendo por debajo de los cuarenta grados ya en enero de 1942, la falta de electricidad debido al bloqueo aceleró dramáticamente la tasa de mortalidad. Muchos de los refugiados de los países bálticos se quedaron sin cartillas de racionamiento, las cuales a finales de 1941 apenas proporcionaban 125 gramos de pan.
Los ciudadanos fueron jerarquizados en pro de sus capacidades, los obreros industriales tuvieron que ser los mejores alimentados, en noviembre llegaban a consumir cada obrero solo 500 calorías, para hacernos una idea, un hombre adulto precisaría ingerir unas 2500 para mantener su peso corporal.
La ciudad como era lógico cayó en “el primitivismo”, se dieron casos de corrupción, de mercado negro, de canibalismo, incluso la NKVD en informes secretos reconoció estos hechos así como el de grupos de caníbales organizados [2]. El horror se convirtió en algo cotidiano en Leningrado, al menos 20 mil personas morían al día en la ciudad en los primeros meses de asedio.
La gente empezó a ingeniársela para llevarse algo a la boca, fue cotidiano ingerir papel, serrín, sucedáneo de pegamento,… ante la falta de alimentos, el pan se adulteró con virutas de madera, los casos de disentería y desnutrición se dispararon.
La defensa del mariscal soviético Voroshilov fue un desastre en todos los sentidos, a pesar de todo, una ciudad cultural como Leningrado, tuvo sus bibliotecas abiertas, sus teatros seguían funcionando e incluso se organizaban recitales filarmónicos para mantener viva la moral de sus habitantes.
En el genocidio, estuvo envuelto la División Azul de Muñoz Grandes, que facilitó combatientes en el frente. El desgaste alemán se empezó hacer latente a medida que el frío y la resistencia soviética se hacía más contundente. El comandante Góvorov se hizo cargo de la ciudad e inició la contraofensiva. La victoria soviética en Stalingrado y sobre todo la de Kursk, nivelaron la balanza hacia la URSS, y propiciaron el acuerdo de Teherán a finales de 1943, donde los angloamericanos de una vez por todas iban a crear un segundo frente en la zona occidental, el cual venia reclamándose dos años ¿sin estas victorias que hubiera sido de Europa?, por supuesto Normandía no hubiera existido, zona por cierto defendida por los alemanes escasamente por tropas de 2 categoría.
La ofensiva final se gestó el 14 de enero ante un ejército alemán sin provisiones, sin armas, sin moral alguna, la liberación total se completó el día 27 de enero, 872 días de asedio produjo alrededor de un millón de muertos de civiles.
Leningrado simbolizó el horror que le toco sufrir a la población soviética, la cual tuvo que hacer frente ante el 85 y el 90% del ejército alemán, derrotando a mas de 200 divisiones de la Wehrmacht, aportando más de 20 millones de muertos en una sangría humana sin precedentes.
65 años después, llevados por el odio a lo ruso, países como Ucrania rinden homenaje a las Waffen SS [3] donde lucharon miles de ucranianos. A pesar de estas continuas deformaciones históricas, en el memorial al sitio de Leningrado del cementerio de Piskaryov, hoy San Petesburgo, sigue rezando un lema: “Nadie se ha olvidado, ¡nada se ha olvidado!
[1] Jones, Michael. “El sitio de Leningrado 1941-1944”. Editorial Crítica 2008. Barcelona. [2] Idem [3] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=54533
Tomado de Kaos en la Red
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