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22 nov 2010

“Una crisis de gestión política internacional”


Eric Toussaint, presidente del Comité para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo
Toussaint señala que si bien la crisis afectó principalmente a los países del Norte, en China se produjeron burbujas financieras cuya explosión podría afectar a países emergentes, como la Argentina. Y denuncia que los organismos financieros internacionales como el FMI y BM mantienen las mismas políticas que llevaron a la crisis  

–¿Por qué cree que actualmente hay un entramado entre crisis económica y crisis financiera?

–Estamos enfrentando una crisis sistémica del capitalismo donde hay una interconexión entre varios aspectos: económico y financiero, pero también alimentario y climático. Podríamos también hablar de una crisis de gestión política internacional.

–¿De qué manera se manifiesta la crisis de gestión política?

–La manera de intentar gobernar a nivel mundial entró en una crisis muy importante, que quedó demostrado en la crisis del manejo internacional por parte del Grupo de los 8. En el plano económico, en general, la prensa financiera habla de una “crisis financiera”, que empezó por la crisis hipotecaria del 2007. Yo insisto en que empezó por la economía real, es decir, por una sobreproducción en el 2006 que desembocó en una crisis financiera, porque los bancos en Estados Unidos habían inventado nuevos productos derivados de deuda, basados en una especulación inmobiliaria en el mercado de los subprime. Este mercado de los subprime entró en crisis provocada por la reducción del valor de la vivienda. Y tres millones de familias, que no pudieron seguir pagando los empréstitos hipotecarios, fueron expulsadas de sus hogares en Estados Unidos.

–¿Por qué la crisis explotó en los países del Norte?

–La crisis de la deuda hipotecaria desembocó en una crisis global del sistema financiero estadounidense y del europeo porque los grandes bancos de inversión de Estados Unidos y los grandes bancos comerciales habían comprado o vendido CDOs, que tenían créditos hipotecarios integrados en esos productos estructurados. Y todo eso explotó. Esta crisis financiera, ligada a una burbuja de la deuda privada, se vio facilitada por la desregulación bancaria de final de los años ’90, que no ha sido obra de (George) Bush sino de (Bill) Clinton. Robert Rubin, secretario del Tesoro de Estados Unidos durante la gestión Clinton, en 1999 convenció al Congreso de aprobar una ley llamada Glass-Steagall, que impedía a los bancos de inversión mezclar sus actividades con bancos comerciales de depósito. Eso llevó a bancos de inversión como Lehman Brothers o Merrill Lynch a entrar directamente en el mercado hipotecario generando productos estructurados que explotaron en el 2007.

–¿Qué efectos tuvo la conversión de la deuda privada en deuda pública?

–Varios. Primero, una destrucción de valor, ya que en las cuentas de los bancos del Norte había una sobrevalorización de productos estructurados de deuda que inflaban los activos de los bancos. Debieron declarar nulos un montón de créditos porque eran créditos dudosos, imposibles de recuperar. Cuando explotó la crisis a partir del 2007, los bancos tuvieron que reconocer que en sus cuentas había un capital ficticio. Hablaban de activos tóxicos, pero es capital ficticio, ya que no cuentan con una contraparte real. Esto no sólo afectó al sistema de créditos sino también al sector industrial, porque muchas empresas no financieras en Estados Unidos habían invertido parte de sus activos en el sector financiero, como la General Motors o la General Electric. Por el contagio en la economía real, varias empresas industriales fueron declaradas en bancarrota, como la General Motors, que después fue totalmente reestructurada. Cuando el sector financiero volvió a una situación de saneamiento descubrimos que había sobreproducción en varios sectores, como el de viviendas o el automotor. Mientras que los países emergentes y, en general, los países en desarrollo lograron ser muy poco afectados por la crisis financiera y económica de los países más industrializados.

–¿A qué se debe?

–A China, que sigue con un crecimiento alto y compra materias primas –alimentos– a los países emergentes como Argentina o Brasil, que pueden mantener ingresos fiscales importantes. El segundo factor es que los bancos centrales de los países más industriales, la banca central de los Estados Unidos, el Banco Central Europeo y el Banco de Japón, decidieron reducir de manera brutal la tasa de interés a partir del 2007. La consecuencia para los países emergentes es que el refinanciamiento de su deuda externa tiene un costo manejable porque la tasa de interés es baja. Y dado que tienen reservas en divisas –debido al alto precio de las materias primas– no tienen alto riesgo financiero. El tercer factor se relaciona con que los países del Norte y Europa occidental entraron en una crisis financiera con una política de rescate bancario por la cual los gobiernos y los bancos centrales inyectaron mucha liquidez sobre las cuentas de esos bancos.

–¿Qué efectos tuvo esa política sobre los países emergentes?

–Que esos bancos reciclaron una parte de la liquidez que provenía de los bancos centrales del Norte y lo invirtieron en la Bolsa de Valores de varios países emergentes. En Brasil, en la India y en China la capitalización aumentó. Así que hubo entrada de capital, pero son capitales golondrina, de manera que puede haber un reflujo rápido y cambiaría la situación. Claramente, las economías de los países emergentes no fueron afectadas de manera importante por la crisis del 2007 y 2008, pero eso no quiere decir que no se verán afectadas en el futuro.

–¿Cómo podrían verse afectados los países periféricos?

–Puede ocurrir que la economía China entre en una situación de crisis, porque allí se desarrollaron varias burbujas en los últimos años, inmobiliaria pero también de crédito bancario interno. Esas burbujas pueden reducir de manera brutal el crecimiento chino y –peor aún– producir una recesión. Si ocurre, esto tendrá un efecto inmediato sobre los precios de las materias primas y afectará inmediatamente a Argentina, a Brasil, a todas las economías que exportan a China.

–¿Qué otros factores hay?

–Dije que los bancos centrales otorgaron créditos a una tasa muy baja a los bancos privados del Norte para permitirles arreglar sus cuentas refinanciándose a una tasa muy baja. Pero en unos años, los bancos centrales tendrán que subir nuevamente las tasas de interés. En Estados Unidos es de 0,25%, en Europa, entre 1 y 2% y en Japón del 0%, eso no puede seguir durante varios años. Si aumentan las tasas de interés, el costo de refinanciación de la deuda de los países del Sur va a aumentar. Si esto se produce, cuando los precios de materia primas bajen habrá un problema de liquidez en los países del Sur. Además, el aumento de las tasas de interés por parte de los bancos centrales tendrá otro efecto.

–¿Cuál?

–Del crédito otorgado por los bancos centrales a los bancos privados del Norte, una gran parte –una liquidez enorme– no se invirtió en la economía real, son especulaciones sobre materia prima, bonos de la deuda y otro tipo de activos. El aumento de la tasa de interés generará una reducción de las actividades especulativas en el sector de materias primas y generará, por ende, una caída de los precios de las materias primas. Finalmente, cuando los bancos centrales aumenten sus tasas de interés, la liquidez se reducirá y habrá una presión para reorganizar un reflujo de las inversiones hechas en las Bolsas de Valores en el Sur. Y habrá un reflujo hacia el Norte, porque los bancos del Norte tendrán que repatriar una parte de las inversiones que tienen en el Sur. Estos factores, los precios de las materias primas, las tasas de interés y el reflujo de capital del Sur hacia al Norte pueden afectar en los años que vienen las economías de los países emergentes.

–¿La inminente crisis de la deuda a la que hace referencia tiene algún parangón con el pasado?

–La crisis de América latina de los años ’80, empezó en el ’82 con la colocación de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos al final del ’79. Hubo un aumento de la tasa de interés internacional en los años ’80 y ’81 y, a partir de entonces, una caída tremenda en los precios de las materias primas, empezando por el petróleo. México, que exportaba petróleo y había pedido muchos empréstitos a los bancos norteamericanos a tasas de interés variable, se encontró con una gran incapacidad de pago porque la deuda había variado por la decisión de la Reserva Federal y no tenía más ingresos fiscales para desembolsar la deuda.

–Como integrante de la Comisión de Auditoría de la Deuda de Ecuador, ¿qué irregularidades encontró en la forma de endeudamiento de algunos de los países de América del Sur, desde la década del ’70?

–En los años ’70, ’80 y ’90, las economías de América latina contrajeron mucha deuda bajo la forma de créditos bancarios. Hacia fines de los ’90 y en la primera década del 2000 se contrajeron, sobre todo, mediante emisión de bonos. En esto hay una característica común. Los bancos del Norte, para lograr colocar créditos en el Sur, convencieron a altos funcionarios de América latina, que aceptaron contratos que, en varios aspectos, contradicen la construcción de sus raíces. En Ecuador, varios altos funcionarios y ministros firmaron contratos con la banca privada norteamericana, en contradicción con la legalidad. Por eso, el fiscal de la República del Ecuador está enjuiciando a esos funcionarios de los años ’90. Eso ocurrió en Argentina de manera evidente durante la dictadura de (Jorge Rafael) Videla, pero también durante los ’90, hasta el Megacanje del 2001.

Caricatura: Página 12  Daniel Paz -  Rudy
–¿Qué otras similitudes puede mencionar?

–Que los préstamos del Banco Mundial y del Fondo Monetario no eran para proyectos productivos o para construir hospitales o escuelas, sino para remodelar el Estado.

–Los llamados procesos de “reforma del Estado”.

–Sí. Para privatizar, modificar leyes, desregular el mercado de trabajo, desregular el sistema financiero nacional. Eran préstamos que, en realidad, estaban destinados a destruir el Estado regulador, el Estado en sus aspectos benefactores. Estos créditos también pueden ser considerados ilegítimos.

–¿Por qué?

–No sirvieron al proyecto de la Nación: mejorar las condiciones de vida o el aparato productivo. Fue una acción dolosa de los prestamistas multilaterales para volver más débiles a los Estados de América latina y ponerlos en una condición de fragilidad tremenda frente a factores internacionales de crisis. Yo había trabajado mucho el tema del Banco Mundial, pero gracias al gobierno de Ecuador tuve acceso a documentos internos de los gobiernos anteriores, que estaban dialogando con el BM, documentos que no son accesibles al público.

–¿Y qué pudo ver en esos documentos?

–Pude darme cuenta hasta qué punto el BM y el FMI dictaban las políticas adoptadas por los gobiernos. Decían: “Si ustedes no logran en el Congreso la mayoría para aprobar tales leyes, no vamos a darles créditos”. Y decidieron en varias ocasiones no dar el crédito. Por ejemplo, había varios tramos de 150 millones de dólares, ya había sido otorgado el primero y con el segundo decían: “No lo otorgamos porque el Congreso no votó el cambio de tal ley”. Es decir, una intervención de instituciones multilaterales en la vida democrática de una sociedad, una inhibición –incluso– contraria a los estatutos de tales instituciones.

–¿En qué aspectos las contradecían?

–Los estatutos del BM y el FMI dicen que no pueden intervenir en los mecanismos de decisión de los países. Ese es un argumento para declarar ilegítima y repudiable esa deuda. Gran parte de la deuda actual de América latina es en bonos y descubrimos que, en las condiciones de emisión de bonos, también hay un montón de irregularidades.

–¿Cómo cuáles?

–Para la emisión de bonos, primero se negocia de manera confidencial con los posibles compradores –los grandes bancos– en Wall Street y ellos dictan condiciones en la emisión de bonos que les son favorables. En varios casos les pagan a ministros o altos funcionario importantes cantidades en cuentas bancarias de esos bancos. Es decir que no aparece en las cuentas bancarias del ministro en su país, sino en una cuenta bancaria en el banco que va a comprar los bonos o en una cuenta bancaria en un paraíso fiscal.

–¿Cómo descubrieron este mecanismo?

–Analizando contratos, descubrimos que en un intercambio de telegramas se mencionaba que tal suma estaba transferida del Citibank a una cuenta en un paraíso fiscal ligado a la firma de un contrato, y pudimos comprobar una relación evidente. Hay condiciones a partir de las cuales los bonos se emiten. Por ejemplo, un gobierno dice: “Voy a renunciar a cualquier pleito contra los tenedores de bonos”. Es una renuncia en nombre del país. El tipo que firma eso obliga al país a cumplir un contrato de carácter internacional, pero mediante el cual el país renuncia a sus derechos soberanos. Un gobierno puede decir: “Esto era anticonstitucional, el ministro que firmó en estas condiciones cometió un delito, lo vamos a enjuiciar en el país y no reconoceremos el contrato”.

–En Argentina hay un debate sobre el uso de las reservas del Banco Central en su financiamiento al Gobierno para hacer frente a la deuda externa.

–Pienso que es un error utilizar reservas para pagar deudas. Esas deudas primero tienen que ser auditadas para identificar la parte legítima y la ilegítima. Hay que utilizar las reservas para inversiones productivas y mejorar el presupuesto público y los gastos prioritarios. Mejorar la salud, la educación, la formación profesional y crear empleo. Si un gobierno utiliza sus reservas para esto, disminuye la necesidad de pedir créditos al exterior o al interior. Hay que mantener un nivel prudente de reservas, se considera que un Banco Central debe tener reservas equivalentes a tres meses de importación. Muchos países de América latina tienen reservas que corresponden a uno, dos, tres años de importaciones. La parte que sobra la podrían utilizar en inversiones y gasto público para limitar la necesidad del Estado de contraer nuevas deudas. Hay otra versión que apunta a no tener reservas a un nivel alto.

–¿Con qué argumentos?

–Que un Banco Central tenga un alto nivel de reservas tiene un efecto inflacionario en el país. Y los bancos centrales, para limitar el efecto inflacionario en el país, emiten deuda interna. A veces, un banco central pide prestado a los bancos nacionales. En realidad, el objetivo es reducir la liquidez monetaria en circulación en ese país tratando de reducir la inflación. Si bajas tu nivel de reserva a un nivel razonable, reduces también la necesidad de endeudarte como gobierno a nivel interno. He publicado un libro que se llama El Banco del Sur y la nueva crisis internacional, donde argumento –y critico– a los gobiernos y a los bancos centrales que siguen con un altísimo nivel de reservas. Y allí crítico también el hecho de utilizar reservas para pagar deudas.

–¿Qué alternativa propone usted?

–Un gobierno puede transferir una parte de sus reservas a un fondo soberano, lo hacen varios Estados: Singapur, Malasia, los Emiratos, los productores de petróleo del Golfo, Venezuela, que tiene un fondo de desarrollo nacional. Se mantiene un cierto nivel de reservas y la parte que sobra va a un fondo desarrollo que permite hacer inversiones de distinto tipo.

–Desde hace un tiempo se debate una propuesta alternativa de arquitectura financiera en América del Sur. ¿Qué opina sobre los aspectos que están puestos en discusión?

–El Banco del Sur es un proyecto excelente y me preocupa mucho el tiempo que se está perdiendo en su lanzamiento. El acto fundacional fue el último día del mandato de Néstor Kirchner, en diciembre de 2007, pero todavía el Banco del Sur no entró en actividad. Se está perdiendo mucho tiempo porque hay muchas presiones sobre los gobiernos y, sobre todo, hay mucha hesitación de varios gobiernos en potenciar realmente el Banco del Sur.

–En su último libro, La crisis global, usted plantea que no estamos en condiciones de alcanzar los objetivos de desarrollo del milenio.

–La Agencia de Naciones Unidas del PNUD, la FAO y Unicef dicen claramente que la mayoría de los objetivos no estarán garantizados en el 2015, porque hubo una degradación evidente de las condiciones de vida en gran parte de los países durante los tres últimos años. A pesar de que la comunidad internacional adoptó objetivos que son demasiado modestos –se habla de reducción de la pobreza o el analfabetismo en 15 años, no de erradicarlos–, no logra concretarlos por varias razones.

–¿Como cuáles?

–El modelo dominante, el comportamiento del Banco Mundial y del FMI, el consenso que sigue dominando las decisiones de los gobiernos, el llamado Consenso de Washington. Tanto el BM como el FMI dicen que ya no siguen más con el Consenso de Washington porque es universalmente criticable. Pero si se analizan las medidas que recomiendan a los países que han enfrentado una crisis en los últimos años se puede ver que siguen con la misma lógica. En la Asamblea General de Naciones Unidas expliqué de manera polémica esta visión.

Natalia Aruguete

Tomado: Página 12

18 may 2010

Europa en el espejo argentino

Luego de hacer estragos en su patria de origen, Estados Unidos, el “virus neoliberal”, para usar la acertada expresión de Samir Amin, ha contagiado Europa. Ante los síntomas inocultables de la crisis los mercados reaccionan con su explosiva mezcla de rapacidad e irracionalidad y evidencian su escepticismo ante las recetas de salida de la crisis elaboradas por el G-20, el FMI o el BM. Para colmo, este fin de semana, Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo, declaró que “el salvataje de un billón de dólares aprobado por la UE y el FMI es sólo para ganar un poco de tiempo”. Esta opinión fue secundada por el economista-jefe del BCE, Jürgen Stark, quien además dijo que “cuando los mercados se vuelven locos nadie puede prever las consecuencias”. El carácter estructural y de larga duración de la crisis es evidente y sus dimensiones son impresionantes: en Grecia el déficit fiscal en relación con el PBI roza el 14 por ciento; en Irlanda casi el 15; en España está a centésimos del 12; en Portugal supera ya el 9 y en Gran Bretaña, de la cual pocos hablan, el déficit fiscal es apenas una centésima inferior a la incendiada Grecia: 13 por ciento. Estas cifras se apartan brutalmente de las estipuladas en el ya difunto Tratado de Maastricht, por el cual los países europeos se comprometieron a mantener su déficit fiscal por debajo del 3 por ciento del PBI. Todo esto ocurre porque, ante el estallido de la crisis en el verano boreal de 2008, los gobiernos ordenaron al Banco Central Europeo y a sus propios bancos rescatar a las grandes empresas afectadas por la crisis; tal como lo habían hecho en Estados Unidos Bush y Obama, demostrando, por la vía del ejemplo, que la doctrina de la “autonomía del Banco Central” es una engañifa sólo destinada al consumo de los sumisos gobiernos de la periferia. El problema con estos rescates es que más pronto que tarde los fenomenales desembolsos realizados por los gobiernos se convierten en una deuda de proporciones gigantescas, originando un incontenible crecimiento del déficit fiscal. Dado que hasta hace pocas semanas el FMI se abstuvo siquiera de lanzar una advertencia a los países del mundo desarrollado (cuando por déficit muchísimo menores envía sus letales misiones a cualquier país del Tercer Mundo), el problema no suscitó mayor atención salvo entre los pocos que estaban realmente al tanto de la situación y no creían en las ingeniosas metáforas utilizadas por los gurús del capitalismo que hacía un año venían hablando de los “brotes verdes” que anunciaban el fin de la crisis. Charlatanes irresponsables (al igual que los que en la Argentina pronosticaban en marzo de 2002 que para finales de ese año el dólar se cotizaría entre 12 y 14 pesos por unidad), sienten ahora que el mundo se les viene abajo: el euro se desploma, la Eurozona está a punto de desintegrarse y como los gobiernos capitalistas sólo conciben la salida de la crisis haciéndosela pagar a los trabajadores, el clima social se carga de una conflictividad no vista desde los sucesos de 1968, aunque algunos se remontan hasta las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. La propuesta para griegos y españoles es un calco de las que el FMI impulsara en América latina y que sólo sirvieron para acelerar el derrumbe, siendo el caso argentino el espejo más fiel de lo que probablemente les espere a muchos países de la Unión Europea que todavía se aferran al catecismo neoliberal. El Wall Street Journal del 12 de mayo señalaba que “en la Eurozona y en menos de un mes el FMI dejó de ser un paria para convertirse en una institución esencial cuya bendición es necesaria para los países que necesitan paquetes de rescate”. Este verdadero Dr. Mengele de las economías –que sigue siendo el mismo de antes, pese a declaraciones públicas en contrario– fue el que las autoridades de la Unión Europea eligieron para que administre los remedios que resolverán la crisis. Por eso no sorprende ver a una Europa en pie de guerra social como respuesta a un programa de ajuste tan brutal como los que padecimos en América Latina. Al igual que en Grecia, el ajuste recesivo de Rodríguez Zapatero en España tiene como uno de sus puntales la reducción salarial del 5 por ciento para la mayoría de los trabajadores y la congelación para los de menor ingreso, los llamados “mileuristas” (por ser aproximadamente ésa la suma que ganan mensualmente). Para demostrar que habrá austeridad para todos, y que ésta será progresiva, el gobierno español decidió que desde el cargo de secretario de Estado para arriba, la reducción sería del 15 por ciento. El único detalle es que mientras el presidente del gobierno español gana 91.982,40 euros por año (cerca de 8.000 euros mensuales, amén de diversos gastos que corren por cuenta del erario), el recorte del 15 por ciento difícilmente le producirá alguna merma en su capacidad de ahorro y consumo. Pero para los sectores inferiores de la administración pública –cuyos ingresos oscilan, con premios, complementos y pagas extraordinarias, en torno de los 2.000 euros mensuales–, los 100 euros que les serán reducidos incidirán negativamente en su nivel de vida. David Cameron, el nuevo premier británico, fue más flemático y ordenó una reducción del 5 por ciento de sus emolumentos, pese a que su sueldo anual de 207.500 libras esterlinas (sumando el que le corresponde como premier y como miembro del Parlamento) más que duplica el de su colega español. Estos dos ejemplos bastan para caracterizar la filosofía que inspira estos programas de ajuste. Agréguese a ello que en ningún país de la UE esta reducción del gasto afecta al voluminoso presupuesto militar, parte del cual se destina a financiar guerras inmorales e infames como las que se están librando en Iraq y Afganistán. Lo que sí se reducirá será la suma destinada a la cooperación internacional. Sólo en el caso español esto significa una baja de 600 millones de euros, un 8 por ciento en relación con lo previamente presupuestado. En este contexto, no deja de ser llamativa la conversación telefónica que sostuvieron el 11 de mayo Obama y Rodríguez Zapatero, sobre todo cuando el primero le aconsejó que tomara medidas resolutivas “para calmar a los mercados”. Esta frase es más que semejante a la que en su momento pronunciara el ex presidente Fernando de la Rúa en vísperas del derrumbe de la convertibilidad, cuando también él –como Obama ahora– creía que era imprescindible y factible “llevar tranquilidad a los mercados”. En realidad, los mercados son una institución en la cual la crispación, el desenfreno y la irracionalidad son la norma; además, sin importar cuánto se haga a su favor, son insaciables y siempre querrán más, como se lo hicieron saber a De la Rúa y Cavallo en diciembre de 2001. En las páginas finales del primer tomo de El Capital, Marx describió con vívidos caracteres la naturaleza de los capitalistas y los mercados al decir que “el capital experimenta horror por la ausencia de ganancia... Si la ganancia es adecuada, el capital se vuelve audaz (...) Al 20 por ciento, se pondrá impulsivo; al 50 por ciento se vuelve temerario; por el 100 por ciento, pisoteará todas las leyes humanas; y por el 300 por ciento no hay crimen que lo arredre, aunque corra el riesgo de que lo ahorquen”. La experiencia de los dos últimos años le da la razón y la crisis recién está comenzando a manifestarse. Atilio Borón www.atilioboron.com Tomado: Página 12

1 mar 2010

Hipócrita injerencia del FMI en el Congo

El BM y el FMI, instrumentos con fines geoestratégicos y económicos El FMI ha obtenido una nueva victoria al final de su última misión en República Democrática del Congo (RDC) al obtener la revisión del famoso contrato chino pactado en el 2007. La supresión en este contrato de la garantía del Estado congoleño reduce así el polémico préstamo de China, que pasa de 9 a 6 mil millones de dólares. Este convenio, calificado sin razón de «contrato del siglo», preveía inicialmente 6000 millones de inversiones en desarrollo de infraestructuras (construcción de carreteras, ferrocarriles, hospitales, universidades, viviendas sociales) y 3000 millones de dólares para el sector minero. Así pues, el FMI ha ganado el partido contra China pero lo más importante es que conserva su poder sobre la política económica de la RDC. Esta nueva injerencia del FMI en los asuntos internos de la RDC demuestra, una vez más, la hipocresía con la que las potencias occidentales hacen uso de las instituciones financieras internacionales (IFI) para despojar a los congoleños de sus recursos naturales. De hecho, durante las negociaciones para la revisión del contrato chino, el Banco Mundial, respaldado por la embajadora de Canadá y Hillary Clinton durante su paso por Kinshasa, presionó al gobierno congoleño para que revocara su decisión de anular el «partenariado» KMT (Kingamyambo Musonoi Tailings) pactado de manera ilegal entre la empresa canadiense Fisrt Quantum, el Estado Congoleño, la empresa pública congoleña Gécamines, la sudafricana Industrial Development Corporation y la SFI (Sociedad Financiera Internacional), que no es ni más ni menos que la filial del Banco Mundial encargada de apoyar al sector privado. Es obvio que los contratos leoninos ya no suponen un problema para las IFI cuando los intereses de las potencias occidentales están en juego. Estos dos hechos concomitantes en RDC muestran claramente que el Banco Mundial y el FMI son los instrumentos que los países del Norte utilizan con fines geoestratégicos y económicos. No cabe duda de que el contrato chino, elemento fundamental para la realización de las cinco obras del presidente Kabila, no resulta beneficioso para todas las partes tal y como insinúa China, sino que constituye una nueva ofensiva del gigante asiático para acaparar los recursos mineros del continente negro. Gracias a este contrato, China tiene acceso a 10 millones de toneladas de cobre, 620 000 toneladas de cobalto y 300 toneladas de oro mientras que los congoleños tienen que reembolsar la deuda generada por este contrato de préstamo. Oficialmente, fue ese riesgo de sobreendeudamiento el que motivó la intervención del FMI en este convenio bilateral. Bajo pretexto de defender la buena gobernanza y practicando un chantaje inaceptable, el FMI cumplió sus propósitos, manteniendo de esa forma su tutela sobre la RDC. El chantaje ha sido doble: sin revisión del contrato, la RDC ya podía ir olvidándose de un nuevo acuerdo trienal con el FMI con motivo del Servicio para el Crecimiento y la Lucha contra la Pobreza (SCLP) así como decir adiós al punto de culminación de la iniciativa PPAE (Países Pobres Altamente Endeudados), supuestamente destinado a aliviar su deuda exterior que alcanza actualmente los 12 300 mil millones de dólares. Es aproximadamente el mismo importe que se le reclamó a la RDC tras la muerte de Laurent Désiré Kabila en el 2001, justo antes de que el Banco Mundial y el FMI se hicieran pasar por un salvador que organiza una gran operación de alivio de deudas, denunciada por el CADTM por considerarla que se trataba de una traición. Cabe destacar que los servicios del FMI todavía tienen que confirmar «que el acuerdo así enmendado es conforme a la viabilidad de la deuda» antes de poder aprobar el nuevo programa trienal (2009-2011) y que, por lo tanto, la RDC es desde el 2003 el rehén de este punto de culminación que ya ha sido aplazado en tres ocasiones por decisión del FMI. Ahora bien, esta deuda que el Estado congoleño sigue reembolsando a pesar de la crisis económica mundial es el arquetipo de deuda ilegítima, ya que la mayor parte ha sido contraída por el dictador Mobutu con la complicidad de los acreedores occidentales, y en particular del FMI y del Banco Mundial. Esta deuda no tiene ningún valor legal y debería ser declarada nula por el gobierno congoleño. Para poder justificar la prescripción de esta deuda y su no-reembolso, los poderes públicos deberían, tal y como lo exige la declaración de la octava Cumbre de los pueblos de la SADC reunida en Kinshasa del 5 al 6 de septiembre de 2009, proceder inmediatamente a la auditoria de la deuda con el fin de dar a conocer la parte ilegítima de ésta: es decir aquella de la que la población no se ha podido beneficiar. Cada año, el servicio de la deuda dilapida cerca de 500 mil millones de dólares, lo que representa casi tres veces más que la ayuda de emergencia concedida por el FMI en marzo pasado. La RDC no es un caso aislado. En la mayoría de los países en vía de desarrollo, el reembolso de deudas ilegítimas combinado con unas condiciones impuestas por los acreedores internacionales constituye un obstáculo a la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales así como una violación evidente del derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos y, especialmente, de sus recursos naturales. Por consiguiente, la emancipación de las poblaciones del Sur está claramente sujeta a la anulación incondicional de la deuda de los países del tercer mundo y a la ruptura en seco de los acuerdos con las IFI. En efecto, los países en vía de desarrollo no tienen nada que esperar de estas dos instituciones incapaces de emanciparse del credo neoliberal conocido bajo el nombre de «Consenso de Washington», responsable del empobrecimiento de miles de millones de individuos desde la crisis de la deuda de 1982. Cabe recordar, por otra parte, que estas instituciones se han hecho cómplices de graves violaciones de los derechos humanos al apoyar económicamente a dictaduras como la de Mobutu o al financiar el apartheid en Sudáfrica. Por lo tanto, el Banco Mundial y el FMI deben obligatoriamente rendir cuentas ante la justicia y ser reemplazadas por nuevas organizaciones internacionales democráticas y respetuosas de los derechos humanos fundamentales. Renaud Vivien, Yvonne Ngoyi, Victor Nzuzi,Dani Ndombele, José Mukadi, Luc Mukendi CADTM Traducción: Audrey Esnault Tomado de Rebelión
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