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10 feb 2011
"La verdadera tragedia de las naciones árabes es la desaparición de una izquierda fuerte y laica"
“Lo que ocurre en Egipto es la prueba última de que la idea cínica según la cual los pueblos musulmanes preferirían la dictadura y el fundamentalismo religioso a la democracia es completamente falsa. Lo que ha ocurrido en Túnez, y lo que ocurre en estos momentos en Egipto, es justamente la revolución universal por la dignidad, los derechos humanos, la justicia económica. ¡Es el universalismo en marcha! (…)
“Un manifestante ha dicho: 'Estoy orgulloso de ser egipcio'. Yo, por mi parte, estoy orgulloso de ellos. Nos han dado una lección. Los pueblos árabes prueban de forma brillante que comprenden lo que es la democracia. Haciendo lo que hacen, prueban que la comprenden mucho mejor que el Oeste y sus políticas antiinmigración. Es el mejor argumento jamás visto en la tele contra toda esa tontería sobre el choque de las civilizaciones. A partir del momento en que la gente lucha contra la tiranía, todos debemos ser solidarios.
“El miedo del extremismo religioso es absurdo. He leído en alguna parte que más del 30% de la población americana creía en el diablo y en los fantasmas. (…) Todos esos asuntos sobre el Islam, es pura ideología occidental. No hay que elegir entre el Islam fundamentalista y la democracia liberal. Hay muchas cosas maravillosas en el Islam. Hace dos semanas, mientras visitaba el museo de las artes islámicas de Qatar, he leído la cita de un antiguo filósofo iraní. 'Solo un tonto evoca el destino cuando desaprovecha una oportunidad'. Esto quiere decir que se es libre de elegir. Si la única alternativa que existe es la teocracia islamista o el liberalismo occidental, estamos fastidiados. La verdadera tragedia de las naciones árabes es la desaparición de una izquierda fuerte y laica.
“Mirad Afganistán, por ejemplo. Se le presenta hoy como un país de fundamentalistas chiflados. Ya lo siento, pero soy lo bastante viejo como para acordarme de cómo era Afganistán hace 40 años. Era un país muy laico, muy abierto, con un monarca prooccidental. Ya sabemos la continuación de la historia. (…) Es crucial formar una izquierda fuerte. Es lo único que podrá salvarnos, tanto a los países árabes como a los occidentales.
“Hay un gran caos en el cielo, la situación es excelente”, dijo Mao. Por supuesto, no hago apología del caos. Pero sin esta apertura momentánea, durante la cual no se sabe ya verdaderamente quien está en el poder… nada sería posible. Voy a hacer una comparación indecente: en los dibujos animados de Tom&Jerry, siempre hay un momento en el que el gato camina por encima del vacío. Y mientras no mira hacia abajo, no ve que está encima del precipicio. Lo mismo ocurre con Mubarak. Para hacerle caer, es necesario que mire hacia abajo, y vea que está ya encima del precipicio”.
Fuente
Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR
Tomado: Rebelión.org
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política
26 ene 2011
Naturalizando la globalizaciòn, invisibilizando la política
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| Caricatura: Ivan Lira |
Un ex-consejero presidencial, Jorge Castro,(1) seguramente provisto de la sabiduría que irradiaba esa presidencia, nos explica adónde va el dédalo presente. Ha descubierto que hay algo que nos engloba a todos en un proceso globalizador sin atenuantes, globalizando nuestra expectativas globalizadamente. Sin siquiera ser sagaz, el lector ya habrá descubierto cuál es la clave de los tiempos: sí, la globalización.
Es una fuerza, un proceso, una condición de nuestro presente. Así ontologizada, es decir convertida en un ente por sí mismo. Con peso propio. Como que rige los destinos del mundo sin necesidad de relación, de contradicción alguna. Porque la globalización no se casa con nadie. No conversa con nadie. No dialoga ni puja con nadie. Porque la globalización es lo que es por encima y al margen de nosotros, vulgares humanos. No es un vínculo (incluso un vínculo desvinculante), faltaba más, es un mandato “de los tiempos”. No es materia debatible; tiene el peso de lo dado. Es un dato de la realidad. No proviene de una relación de fuerzas sino de algo ajeno a los designios políticos, humanos.
Allá los estúpidos que hablan de una globalización eurocentrada que tiene por lo menos cinco siglos. O quienes se imaginen que la globalización constituye una relación de fuerzas según la cual el capital, sobre todo financierizado, ha logrado montar una ofensiva contra el trabajo porque los trabajadores están más atrapados en dimensiones locales o nacionales de lo que está el desarrollo tecnocientífico de los aparatos del capital.
Nosotros, mortales vulgares, podremos creernos eso, pero los que saben, como el gurú Jorge Castro, no. “El mundo parece atravesar una situación de caos generalizado, en el que los conflictos se multiplican y agravan (tensiones, fricciones, choques, guerras) al mismo tiempo que la globalización se acelera y amplía. Se trata de un hecho objetivo y de un proceso civilizatorio de alcance planetario; como tal, es un esfuerzo gigantesco de homogeneización fundado en una lógica instrumental y cuantitativa. Este poder aplasta las particularidades y destruye las diferencias. Pero éstas se resisten. Y son también de la época; y saben hacer uso de la ciencia, la técnica y la racionalidad instrumental de una forma limitada pero efectiva. Osama bin Laden no es un hombre del Medioevo irracional sino un guerrero cibernético que encarna una diferencia irreductible con las categorías instrumentales y técnicas de la civilización planetaria.” (Perfil, 23/7/2006).
[…] El mundo experimenta un nivel cualitativamente superior de conflictividad; y la globalización se acelera.” (ibíd.) Así remata Castro su arenga globalizante, como si se tratara del movimiento celeste de los astros.
Nos gobierna la fatalidad de algún desarrollo, progreso, fuerza de la historia que nos lleva, cada vez más apurados, a nuestro fin, a nuestra finalidad, a nuestro paraíso, a nuestro acabose… en fin.
Lo que importa es la ineluctabilidad que hay en sus asertos. En la cosmogonía castriana no hay responsables, ni víctimas, ni privilegiados con un peculiar interés en globalizarnos cada vez más y mejor.
Y sin embargo, la globalización es un deus ex machina, como aquel recurso del teatro griego de traer a dios, a algún dios en una máquina voladora para romper un nudo gordiano de la trama: la globalización también entre nos es una máquina voladora que ha traído el gran capital para volver a campear por sus fueros, luego del largo paréntesis en que el sindicalismo (y el socialismo) lo obligó o refrenarse a través de las luchas obreras, las leyes sociales y ciertas variantes, de “estado de bienestar” en algunos lugares del planeta.
El desarrollo tecnocientífico corrió una vez más a favor del gran capital y la sociedad financierizada tuvo que revivir la impotencia, ahora con un sindicalismo corrupto y asimilado, un socialismo pervertido o falso en la mayoría de los casos, resistencias estragadas que ya no podían enfrentar los nuevos movimientos del capital, cada vez más transnacionales.
El capital financierizado e hipertecnificado no tuvo el menor empacho en volver a la manida acumulación primitiva de capital que tanto historicista con pretensión de historiador nos quiso hacer creer, durante prácticamente todo el s. XX, eso que era una etapa perimida, superada, anterior, ya inexistente e inexistible de la “era del capitalismo manchesteriano”… que le vayan a preguntar a los centenares de miles, a los millones de trabajadoras y trabajadores (a menudo infantes) de las zonas francas del mundo hipermoderno…
Esa ofensiva del gran capital es lo que el politólogo omnisapiente Jorge Castro, albacea ideológico de Menem, trasiega, esconde o vende como “globalización”. Frei Betto destruye con una sola palabra todo ese discurso de la objetividad y lo ineluctable: globocolonización.
Luis E. Sabini Fernández
Tomado: Rebelión.org
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Globalización,
política
12 ene 2011
38 minutos de sabiduría y verdad con Vicenç Navarro
Charla de Vicenç Navarro, Director del Observatorio Social de España, en el Foro de la Nueva Sociedad. En ella trata temas como el estado del bienestar, los impuestos, la crisis, etc.
Tomado: Olvida tu Equipaje
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Vicenc Navarro
26 dic 2010
“Assanginato”: Del asesinato del personaje a la realidad
Audio del artículo publicado en Democracy Now sobre el caso Assange,en la Columna Semanal de Amy Goodman.
Tomado: Democracy Now
Tomado: Democracy Now
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Delictiva,
Julian Assange,
política,
WikiLeaks
20 dic 2010
El peor parásito
Muchos estadounidenses todavía creen que las políticas exteriores de EE.UU. se hacen para mantener la paz, salvaguardar los derechos humanos y difundir la democracia en todo el mundo. A pesar de sus objetivos oficialmente declarados, sin embargo, esas políticas conducen frecuentemente a resultados contrarios: guerra, militarismo y dictadura. La evidencia de que los responsables políticos de EE.UU. ya no defienden los ideales que declaran en público es abrumadora.
Los que siguen albergando ilusiones sobre la orientación de las políticas de EE.UU. en el mundo deben hacer caso omiso del hecho que EE.UU. ha sido acaparado por una conspiración militar-industrial-de seguridad-y finanzas cuyos representantes están firmemente establecidos en la Casa Blanca y en el Congreso de EE.UU. El objetivo de la conspiración es, en última instancia, según sus propias directrices militares, la “dominación de espectro completo” del mundo; y está dispuesta a librar tantas guerras, a destruir tantos países y a matar a tanta gente como sea necesario para lograr ese objetivo.
Los halcones belicistas liberales y los cortos eruditos intelectuales que tienden a defender las políticas exteriores de EE.UU. sobre la base de “derechos humanos” o de “obligaciones morales” harían bien en prestar atención (entre otras evidencias) a los documentos de política exterior de EE.UU. revelados actualmente por Wikileaks. Los documentos “muestran con absoluta claridad que”, como dice Paul Craig Roberts, “el gobierno de EE.UU. es una entidad engañosa cuya razón de ser es controlar a todos los demás países”. Esencialmente, los documentos muestran que mientras el gobierno de EE.UU., como padrino de una mafia global, recompensa a las dóciles elites gobernantes de los Estados clientes con armas, ayuda financiera y protección militar, castiga a las naciones cuyos dirigentes se niegan a rendirse ante los deseos del matón y a renunciar a su soberanía nacional. Revelan que las políticas exteriores de EE.UU., como sus políticas interiores, no se ajustan a los intereses públicos o nacionales más amplios de la gente, sino a poderosos intereses especiales comprometidos primordialmente con el capital militar y el capital financiero.
Los arquitectos de la política exterior estadounidense son evidentemente incapaces de reconocer o admitir el hecho de que pueblos y naciones diferentes pueden tener necesidades e intereses diferentes. Tampoco son capaces de respetar las aspiraciones a la soberanía nacional de otros pueblos. En vez de eso tienden a ver a otros pueblos como ven al pueblo estadounidense, a través del prisma estrecho de sus propios intereses corruptos. Al dividir de manera egoísta al mundo en “amigos” y “enemigos”, o “Estados vasallos”, como los describió Zbigniew Brzezinski, poderosos beneficiarios de la guerra y el militarismo obligan a ambos grupos a lanzarse por el camino de la militarización, que conduce inevitablemente al militarismo y al régimen autoritario.
Aunque el militarismo tiene su origen en los militares, los dos son diferentes en carácter. Mientras los militares son un medio para lograr ciertos objetivos como mantener la seguridad nacional, el militarismo representa a un establishment militar burocratizado permanente como un fin en sí mismo. Es “un fenómeno”, como dijo el difunto Chalmers Johnson, “mediante el cual los servicios armados de una nación llegan a poner su preservación institucional por encima del logro de la seguridad nacional o incluso del compromiso con la integridad de la estructura gubernamental de la que forman parte”. (The Sorrows of Empire, Metropolitan Books, 2004, pp. 423-24).
Esto explica el crecimiento canceroso y la naturaleza parasítica –canceroso porque se expande continuamente por muchas partes del mundo y parasítico porque no sólo consume los recursos de otras naciones sino que también transfiere los recursos nacionales de EE.UU. de los fondos públicos a los cofres de los malvados intereses que están comprometidos con el complejo militar-industrial-de seguridad.
Al crear temor e inestabilidad y al lanzarse a aventuras militares unilaterales, el militarismo corporativo de EE.UU. también promueve el militarismo en otros sitios. La formación de alianzas militares internacionales en varias partes del mundo ha sido una importante estrategia de EE.UU. en la expansión de su influencia imperial y en la promoción del militarismo en todo el globo. Esas alianzas incluyen no sólo la tristemente célebre OTAN, que es esencialmente parte integrante de la estructura de comando mundial del Pentágono, y que fue recientemente expandida para controlar el mundo, sino también otros 10 comandos militares conjuntos llamados Comandos Combatientes Unificados. Incluyen el Comando África (AFRICOM), Comando Central (CENTCOM), Comando Europeo (EUCOM), Comando Norte (NORTHCOM), Comando Pacífico (PACOM) y Comando Sur (SOUTHCOM).
El área geográfica bajo la “protección” de cada uno de estos Comandos Combatientes Unificados se denomina Área de Responsabilidad (AOR). El área de responsabilidad de AFRICOM incluye “operaciones militares y relaciones militares con 53 naciones africanas –un área de responsabilidad que cubre toda África con la excepción de Egipto-.” El área de responsabilidad de CENTCOM incluye numerosos países de Oriente Medio, Oriente Próximo, Golfo Pérsico y Asia Central. Cubre Iraq, Afganistán, Pakistán, Kuwait, Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Jordania, Arabia Saudí, Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán.
El área de responsabilidad de EUCOM “cubre 51 países y territorios, incluidos Europa, Islandia, Groenlandia, e Israel”. El área de responsabilidad de NORTHCOM “incluye vías de entrada por aire, tierra y mar, y abarca los países contiguos EE.UU., Canadá, México y el agua circundante hasta aproximadamente 500 millas náuticas (930 km). También incluye el Golfo de México, los Estrechos de Florida, porciones de la región del Caribe incluyendo Las Bahamas, Puerto Rico y las Islas Vírgenes de EE.UU.”
El área de responsabilidad de PACOM “cubre más de un cincuenta por ciento de la superficie de la tierra –aproximadamente unos 272 millones de kilómetros cuadrados– casi un 60% de la población del mundo, 66 países, 20 territorios, y 10 territorios y posesiones de EE.UU.” El área de responsabilidad de SOUTHCOM “abarca 32 naciones (19 en Centro y Suramérica y 13 en el Caribe)… y 14 territorios estadounidenses y europeos… Es responsable del suministro de planificación de contingencia y operaciones en Centro y Suramérica, el Caribe (con la excepción de mancomunidades, territorios y posesiones estadounidenses), Cuba, sus aguas territoriales.”
Junto con más de 800 bases militares esparcidas por muchas partes del mundo, este coloso militar representa una siniestra presencia de las fuerzas armadas de EE.UU. en todo nuestro planeta.
En lugar de desmantelar la OTAN, por ser redundante en la era posterior a la Guerra Fría, se ha expandido (como representante del gigante militar EE.UU.) para incluir a numerosos países adicionales en Europa Oriental hasta llegar a las fronteras de Rusia. No sólo se ha introducido en una serie de nuevas relaciones internacionales y ha reclutado numerosos nuevos miembros y socios, también se ha arrogado numerosas tareas y responsabilidades nuevas en terrenos sociales, políticos, económicos, medioambientales, de transporte y comunicaciones del mundo.
Las nuevas áreas de “responsabilidad” de la OTAN, como las refleja su último Concepto Estratégico, incluyen “derechos humanos”; problemas ecológicos y de recursos claves, incluyendo riesgos sanitarios, cambio climático, escasez de agua y aumento de las necesidades energéticas…”; “importante medios de comunicación, como Internet, y la investigación científica y tecnológica…”; “la proliferación de misiles balísticos, de armas nucleares y otras armas de destrucción masiva”; “la amenaza de extremismo, terrorismo y actividades ilegales transnacionales como el tráfico de armas, narcóticos y personas”; “rutas vitales de comunicación, transporte y tránsito de las cuales dependen el comercio internacional, la seguridad energética y la prosperidad”; la “capacidad de prevenir, detectar, defenderse contra ataques cibernéticos y recuperarse de ellos”; y la necesidad de “asegurar que la Alianza esté en la primera línea en la evaluación del impacto para la seguridad de tecnologías emergentes.”
Por lo tanto, los importantes temas globales de los que se afirma que forman parte de la misión expandida de la OTAN caen lógicamente dentro de la competencia de instituciones civiles internacionales como las Naciones Unidas. ¿Por qué entonces la plutocracia gobernante de EE.UU. utiliza a la OTAN para suplantar a las Naciones Unidas y otras agencias internacionales? El motivo es que debido al aumento de la influencia de una serie de nuevos protagonistas internacionales como Brasil, Sudáfrica, Turquía, Irán y Venezuela, la ONU ya no es tan servil como era ante las ambiciones globales de EE.UU. La planificación del empleo de la maquinaria militar imperial de la OTAN en lugar de instituciones civiles multilaterales como la ONU contradice, una vez más, las arrogantes pretensiones estadounidenses de su propósito de extender la democracia a todo el mundo.
Además, la expansión de las “responsabilidades globales” de la OTAN daría fácilmente nuevas excusas a la maquinaria militar imperial de EE.UU. para intervenciones militares unilaterales. De la misma manera, semejantes aventuras militares también ofrecerían al complejo militar-industrial-de seguridad de EE.UU. más razones para seguir aumentando el presupuesto del Pentágono.
La expansión de la OTAN para que incluya la mayor parte de Europa Oriental, ha llevado a Rusia, que había reducido sus gastos militares durante los años noventa con la esperanza de que, después del colapso del Muro de Berlín, EE.UU. hiciera lo mismo, a volver a aumentarlos. Como reacción al aumento de los gastos militares de EE.UU., que casi se han triplicado durante los últimos 10 años [de 295.000 millones de dólares cuando George W. Bush llegó a la Casa Blanca en enero de 2001 a la cifra actual de casi un billón (millón de millones) de dólares], Rusia también ha elevado drásticamente sus gastos militares durante el mismo período (de unos 22.000 millones de dólares en 2000 a 61.000 millones en la actualidad).
De la misma manera, el cerco militar a China por parte de EE.UU. (mediante una serie de alianzas y cooperaciones militares que van de Pakistán, Afganistán e India al Mar del Sur de China/el Sudeste Asiático, Taiwán, Corea del Sur, Japón, Camboya, Malasia, Nueva Zelanda y más recientemente Vietnam) también ha llevado a ese país a fortalecer aún más sus capacidades militares.
Tal como las ambiciones militares y geopolíticas de EE.UU. llevan a Rusia y China a reforzar sus capacidades militares, también obligan a otros países como Irán, Venezuela y Corea del Norte a fortalecer sus fuerzas armadas y reforzar su estado de preparación militar.
El agresivo militarismo estadounidense no sólo obliga a sus “adversarios” a destinar una parte desproporcionadamente alta de sus preciosos recursos a los gastos militares, también fuerza a sus “aliados” a aventurarse por un camino de militarización. Por lo tanto, países como Japón y Alemania, cuyas capacidades militares se redujeron a posiciones puramente defensivas después de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, han vuelto a militarizarse en los últimos años bajo el ímpetu de lo que los estrategas militares de EE.UU. llaman “la necesidad de compartir el peso de la seguridad global”. Por lo tanto, aunque Alemania y Japón siguen operando con una “constitución de paz”, sus gastos militares a escala global ahora se ubican en el sexto y séptimo puestos respectivamente (después de EE.UU., China, Francia, el Reino Unido y Rusia).
La militarización del mundo por EE.UU. (directamente mediante la extensión de su propio aparato militar por todo el globo e indirectamente al obligar a “amigos” y “enemigos” a militarizarse) tiene una serie de consecuencias aciagas para la abrumadora mayoría de la población del mundo.
Para empezar, es la fuente de una asignación en gran parte redundante y desproporcionadamente grande de los preciosos recursos del mundo para la guerra, el militarismo y la producción derrochadora de medios de muerte y destrucción. Obviamente, mientras este desembolso ineficaz de medios, influenciado por la clase, agota las finanzas públicas y acumula deuda nacional, también entrega tremendas riquezas y tesoros a los que ganan con las guerras, es decir, a los beneficiarios del capital militar y del capital financiero.
En segundo lugar, para justificar esta asignación asimétrica de la mayor parte de los recursos nacionales a los gastos militares, los dividendos de la guerra tienden a crear miedo, sospecha y hostilidad entre los pueblos y las naciones del mundo, sembrando así las semillas de la guerra, de conflictos internacionales y de la inestabilidad global.
En tercer lugar, tal como esos poderosos beneficiarios de la guerra y del capital militar y de seguridad tienden a promover la sospecha, a crear miedo e inventar enemigos, en el interior y en el extranjero, también debilitan los valores democráticos y alimentan el régimen autoritario. A medida que los depredadores intereses militares-industriales-financieros y de la seguridad establecen que las normas democráticas de apertura y transparencia perjudican sus nefastos intereses de autoenriquecimiento ilimitado, crean hábilmente pretextos para el secreto, la “seguridad”, el régimen militar y el Estado policial. El ocultamiento del robo del tesoro público en nombre de la seguridad nacional necesita la restricción de la información, la obstrucción de la transparencia y la reducción de la democracia.
Se desprende que, bajo la influencia cleptocrática de los poderosos intereses que están comprometidos con la industria militar-de seguridad y financiera, el gobierno de EE.UU. se ha convertido en una siniestra fuerza global de desestabilización, obstrucción, regresión y autoritarismo.
Ismael Hossein-zadeh, autor de The Political Economy of U.S. Militarism (Palgrave-Macmillan 2007), enseña economía en Drake University, Des Moines, Iowa, EE.UU.
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens y revisado por Caty R.
Fuente:http://www.counterpunch.org/zadeh12172010.html
Tomado: Rebelión
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15 dic 2010
Un país de los ricos, por los ricos y para los ricos. La nueva oligarquía de EEUU
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| Imagen: Sin Permiso younourishwithhate_eclipsesun |
Hay una guerra en proceso. No hablo de las sangrientas desventuras de Washington en Afganistán e Irak, sino de una guerra dentro de nuestras propias fronteras. Es una guerra peleada en televisión, en la radio y en la Internet. Una guerra de palabras e imágenes, de medias verdades, dobles sentidos y mentiras. Hablo de una guerra política entre conservadores y liberales, Demócratas y Republicanos. Hablo de una guerra de gastos, motivada por grupos sigilosos y por donantes anónimos con bolsillos profundos. Es una guerra que se encuentra en posición de derribar lo que queda de la democracia en EEUU.
La derecha ganó la batalla inicial. En las elecciones de mediados del 2010, sombrías organizaciones de fuera (quienes no tuvieron que revelar sus donantes hasta mucho después de la elección, si alguna vez lo hicieron) apoyando a candidatos republicanos dieron $190 millones, gastando más que sus adversarios por un margen de dos a uno, de acuerdo con el Center for Responsive Politics. El American Action Network, operado por el consultor republicano Fred Malek y el ex-Senador republicano Norm Coleman, gastó $26 millones; la U.S. Chamber of Commerce gastó $33 millones; y American Crossroads and Crossroads GPS de Karl Rove gastaron $38,6 millones, combinadas. Sus inversiones en candidatos conservadores dieron frutos: 62 sillas en el Congreso y 6 en el Senado tomadas por republicanos, la mayor cantidad en la era de la post-guerra, literalmente una victoria histórica.
Bruscamente despertados de su complacencia y ya no disfrutando más la victoria de Barack Obama en el 2008, los demócratas adinerados planean su respuesta. El magnate de los medios de izquierda David Brock planea crear un grupo de fuera llamado American Bridge en respuesta a los grupos Crossroads de Rove, los cuales pelearán en las trincheras del gasto de campaña del 2012. Muchos grupos como los de Brock seguro aparecerán, conforme los demócratas liberales y centralistas se preparan para un asalto de $500 millones prometido por la Cámara de Comercio y otros grupos afines.
Inclusive la administración de Obama, la cual rechazó a los grupos de fuera en el 2008, ha abierto la puerta para una guerra de gastos secreta. Los demócratas piensan combatir fuego con fuego "¿Es mejor el dinero pequeño? Seguro. Pero estamos en una maldita pelea" me dijo el estratega y recaudador de fondos democrático Harold Ickes recientemente. "Y si estás en una pelea, estás en una pelea y usas todos los medios disponibles legales."
El fin del juego, claro, es una guerra sin fin. Los grupos de fuera ya no irán y vendrán cada dos años. Ahora, estos grupos sacarán anuncios de ataque, enviarán correos y desplegarán llamadas automáticas todo el año, en lo que será una campaña perpetua para convencer a los votantes y elegir legisladores amigables. "Definitivamente estamos construyendo una base," fue como lo explicó Steven Law, presidente de American Crossroads
Esto es lo que hoy en día se hace pasar como el alma y el corazón de la democracia americana. Antes, los ciudadanos en grandes números, motivados por sindicatos, partidos políticos o alguna causa mayor, determinaban el curso de la política de EEUU. Después de la segunda guerra mundial, una clase media en crecimiento era el bloque de votos más importantes, mientras que, en esas mismas décadas, las clases trabajadoras y medias disfrutaron de una mejor prosperidad económica relativa que sus contra partes adineradas. Digan adiós a eso. Ahora somos un país manejado por los ricos.
No es de sorprenderse, el poder político tiende a seguir a la riqueza. Lo que esto significa es: no se puede entender como los ricos tomaron control de la política estadounidense, y posiblemente de la sociedad toda, sin primero entender como un pequeño grupo de estadounidenses se hizo de tanto dinero en primer lugar.
La historia comienza a fines de los 70 y continúa durante los años de Obama, un periodo en el cual la política estadounidense ha sido tan pesada hacía los ricos que ahora vivimos en el peor período de desigualdad económica en la historia moderna. Consideren las estadísticas: hace 50 años, el 1% más rico de los estadounidenses representaban uno de cada diez dólares del ingreso nacional; hoy es casi uno de cada cuatro. Entre 1979 y el 2006, el ingreso promedio de cada hogar después de impuestos (incluyendo beneficios) del 1% más rico aumentó 256%; los hogares más pobres vieron un aumento del 11%; los hogares de clase media, 21%, mucho del cual se debe a las familias con dos ingresos.
El gurú de los impuestos David Cay Johnston recientemente analizó los números y descubrió una división aún más marcada. Por un lado, el número de estadounidenses que ganan un ingreso constante bajó por 4,5 millones entre el 2008 y el 2009, mientras que el salario promedio en los Estados Unidos bajó por 1,2% a $39.055. Por otro lado, el salario promedio de los estadounidenses que ganan más de $50 millones al año fue de $91 millones en el 2008 y de $84 millones en el 2009.
El ecónomo de la Universidad de Harvard Lawrence Katz explicó la situación de los estadounidenses de la siguiente forma:
"Piense en la economía estadounidense como un complejo de departamentos. Hace un siglo --inclusive hace 30 años-- era algo envidiable. Pero en la última generación su carácter ha cambiado. Los áticos de lujo en la cima son cada vez más grandes. Los departamentos de en medio se sienten cada vez más apretados. Y el sótano está inundado. Para terminar, el elevador está descompuesto. El elevador fuera de servicio es lo que más deprime a la gente."
Llamemos a la selecta minoría en el ático de lujo la Nueva Oligarquía, un pequeño fragmento de la población estadounidense con una enorme riqueza, la cual representa una parte desproporcionada de la riqueza del país. Son magnates petroleros y de los medios, ejecutivos corporativos, cambiadores de fondos de cobertura, filántropos y miembros de la industria del entretenimiento. Dependiendo de donde uno trace la línea son el 1%, el 0,1% o inclusive el 0,01% de la población americana. Cuando la Corte Suprema dio su veredicto Citizens United abrió las compuertas para que un torrente de donativos anónimos de parte de esta oligarquía pudiese llover desde las alturas para inundar las tierras políticas debajo.
"La guerra de los treinta años"
¿Cómo llegamos aquí? ¿Cómo es que una nación predominantemente de clase media se tornó en una oligarquía? Encontrará respuestas a estas preguntas en "Winner-Take-All Politics" un nuevo y revelador libro del científico político Jacob Hacker y Paul Pierson. Los autores tratan los números disponibles sobre la riqueza y pobreza en EEUU como una escena del crimen repleta de pistas, sospechosos, callejones sin salida y coartadas.
A diferencia de muchos expertos, políticos, y académicos, Hacker y Pierson se resisten a culpar a los sospechosos usuales: globalización, el surgimiento de una economía basada en la información y la muerte de la manufactura. El culpable en su drama es la política estadounidense misma en los últimos treinta años. Las pistas para entender el surgimiento de una nueva oligarquía se encuentra no en Nueva York o Nueva Delhi, sino en el Capitolio, junto con la avenida Pensilvania y la calle K, ese refugio en un mundo sin corazón para los lobbistas de Washington.
"Paso a paso y debate a debate", escriben, "los dirigentes públicos de EEUU han re-escrito las reglas de la política americana y de la economía americana de formas que benefician a los pocos a costa de los muchos."
La mayoría de los relatos sobre la desigualdad en EEUU datan de la década de los 80 con la administración del Presidente Ronald Reagan, el ícono anti-gobierno cuyas "Reaganomics" son comúnmente señaladas como la causa de los problemas actuales. Error, dicen Hacker y Pierson. Los orígenes de la oligarquía se remontan a finales de los 70 y a la poco probable figura de Jimmy Carter, un presidente demócrata con un congreso demócrata. Fueron los logros y fracasos de Carter, argumentan, los que lanzaron lo que el economista Paul Krugman ha llamado "la Gran Divergencia."
En 1978. la administración Carter y el Congreso aplicaron un plumón rojo a la ley de impuestos, cortando la tasa máxima del impuesto sobre la renta del 48% al 28%, una bendición para los estadounidenses adinerados. Al mismo tiempo, el esfuerzo más ambicioso en décadas para reformar la ley laboral americana para facilitar la formación de sindicatos murió en el senado, a pesar de una super mayoría demócrata de 61 votos. Asimismo, una propuesta para una oficina de representación para el consumidor, una agencia de apoyo de $15 millones que trabajaría a favor del estadounidense promedio fue derrotada por un lobby de negocios cada vez más poderoso.
Ronald Reagan, se podría decir, simplemente tomó la batuta que le entregó Carter. Su Economic Recovery and Tax Act (ERTA) en 1981 agrupaba una gran cantidad de regalitos que cualquier oligarquía apreciaría, incluyendo recortes de impuestos a corporaciones y recortes de impuestos sobre ganancias y posesiones, y un 10% de exclusión sobre el impuesto sobre la renta para parejas casadas en familias con dos miembros trabajadores. "ERTA fue el máximo triunfo legislativo de Reagan, una re-escritura fundamental de las leyes de impuestos de la nación en favor de resultados del ganador-se-lleva-todo."
La mesa estaba puesta para que los ricos se separasen de manera definitiva y abrumadora de los demás. El momento del fervor de los recortes de impuestos llegó a las administraciones de George H. W. Bush y Bill Clinton, y en el 2000 se convirtió en el grito de batalla de la campaña de George W. Bush. Fue Bush II, después de todo quien le dijo a un cuarto lleno de donadores un una cena de $800 el plato:"Algunas personas les llaman la elite, yo los llamo mi base," y quien prometió que sus recortes de impuestos del 2001 serian una bendición para todos los estadounidenses. No lo fueron: según Hacker y Pierson, el 51% de los beneficios van al 1% más rico.
Estos recortes estarán con nosotros por mucho tiempo si el partido republicano se sale con la suya. Acepte la palabra del congresista republicano Dave Camp al respecto. El 16 de noviembre, Camp, un republicano de Michigan, dijo que la única solución aceptable para los recortes de la era Bush no era únicamente protegerlos para todos aquellos con ingresos, ricos o pobres, sino pasar más medidas similares. Cualquier cosa en medio, cualquier compromiso, incluyendo la propuesta del Presidente Obama para extender los recortes de Bush a las clases media y trabajadora pero no a la rica era "una pésima idea, un punto de no-inicio."
¿Por qué debería importarnos lo que dice Dave Camp? He aquí la respuesta: en enero él heredará el asiento de mando en el poderoso comité de Ways and Means del congreso, aquél encargado de escribir las leyes de impuestos de la nación. Y aún cuando muchos estadounidenses no reconozcan su nombre, el mensaje de Camp seguramente hizo que las elites adineradas de América suspirasen con alivio. Podría resumirse así: no teman, estadounidenses adinerados, su dinero está a salvo. Las políticas que los hicieron ricos no van a ninguna parte.
Destruyan esta ley
Cuando re-escribir el código de impuestos fue demasiado difícil, demoler regulaciones funcionó casi igual de bien. Esto es especialmente cierto en el mundo financiero. Allí, un legado de des-regulación transformó una industria relativamente formal en una cultura de casino, dando paso a una era de ganancias obscenas, generosos bonos y la "financiarización" de la economía estadounidenses.
Seis de abril de 1998: es un buen punto de partida en la historia de la res-regulación financiera. En ese día, dos habitantes demasiado conocidos de Wall Street, Citicorp y Travelers Group, acordaron una fusión histórica de $140 mil millones. El trato requirió de mucho cabildeo, pero eventualmente los jefes de estos bancos lograron una excepción a la ley Glass-Steagall, la ley de la era del New-Deal que aislaba a los bancos de las más riesgosas casas de inversiones. La institución resultante, Citigroup, sería el banco supermercado más grande de la historia. Un matrimonio de ventanillas de cajeros con escritorios de cambiadores, banca para el cliente y de inversiones de alto riesgo, de pronto bajo un mismo techo sin regulaciones. Demostraría ser una combinación explosiva si no letal.
La fusión causó visiones de un futuro donde los Estados Unidos dominarían financieramente el planeta. Lo único que se interponía en el camino era la cinta roja regulatoria. Al menos eso es lo que los proponentes del mercado libre como el entonces senador republicano Phil Gramm veían. Gramm, quien como asistente al candidato presidencial John McCain llamó de manera infame a EEUU una "nación de llorones", fue en realidad la fuerza principal tras dos de las más influyentes piezas de des-regulación en la historia reciente.
En 1999, el Presidente Clinton firmó el acto Gramm-Leach-Bliley, un torrente de medidas de des-regulación que destruyó a la Glass-Steagall. En diciembre del año siguiente, Gramm sigilosamente incluyó el acto Commodity Futures Modernization de 262 páginas en una ley de gastos masiva de $384 mil millones. La ley de Gramm evitaba que reguladores como la Securities and Exchange Commission (SEC) atacaran al sombrío mercado de "derivados de mostrador", hogar para miles de millones de dólares en instrumentos financieros opacos que, años después, casi demolerían la economía americana.
Como presidentes, tanto Bill Clinton como George W. Bush abrazaron la des-regulación financiera. Como resultado, durante un atracón de gula financiera, Wall Street engordó de manera nunca antes vista. Entre 1929, el año donde se inició la Gran Depresión y 1988, las ganancias de Wall Street promediaban 1,2% del producto interno bruto de la nación; en el 2005 esa figura se elevó a 3,3% conforme los bonos de la industria alcanzaron niveles nunca antes vistos. En el 2009, un mal año para la mayoría de estadounidenses, los bonos de la industria llegaron a $20 mil millones. Tanta riqueza en tan pocas manos. Nada explica el alza de la nueva oligarquía americana de manera más contrastante.
Claro, no solo lo que hicieron los políticos es responsable de la oligarquía de hoy, también es culpable lo que no hicieron. Un ejemplo clásico: en los 90s el Financial Accounting Standards Board (FASB), un regulador americano privado de contaduría apuntó su mira hacia un resquicio legal lo suficientemente grande como para manejar un camión de volteo a través de él. Hasta ese entonces, las opciones de acciones incluidas en los paquetes de pago fuera de control para ejecutivos --valorados en posiblemente decenas de millones de dólares-- se valuaban en cero al expedirse. Eso es correcto: cero, nada. Cuando FASB y la SEC intentaron cerrar el resquicio el gran capital saltó para defenderlo. Una avalancha de dinero llegó a los bolsillos de lobbistas de la calle K y asociaciones titánicas de cambiadores. Al final, nada sucedió. O más bien, todo continuó sucediendo. El resquicio sobrevivió.
Un Mundo Feliz para Citizens United
Hacker y Pierson nos guían de manera apta por 30 años de política e inacción jurídica (desde el punto de vista de los ricos) de "el-ganador-se-lleva-todo." Ofrecen una vistazo revelador al paisaje que ayudó a crear la nueva oligarquía, pero una vista crucial apareció demasiado tarde para ser incluida por los autores.
Ningún entendimiento del alza de la nueva oligarquía puede estar completo sin explorar los efectos del fallo de la Corte Suprema en el caso January Citizens United, el cual solidificó su poder de una forma que ningún recorte de impuestos anterior pudo hacerlo. Antes de Citizens United, los ricos usaban su dinero para sutilmente dar forma a la política, cortejar políticos e influenciar elecciones. Ahora, con tanto dinero entrando a sus bolsillos y el grifo de contribuciones bien abierto, pueden simplemente comprar la política americana siempre y cuando el precio sea el correcto.
No hay ningún error en como, en menos de un año, Citizens United ha radicalmente inclinado el campo político de juego. Junto con muchos fallos de la corte, dio lugar a American Crossroads, American Action Network y muchos otros grupos similares que ahora pueden recaudar donativos ilimitados con un juego patético de requisitos para revelar a sus financiadores.
Lo que la presente Corte Suprema, en sí misma el fruto de varias administraciones seguidas empeñadas en la des-regulación y los recortes de impuestos, ha asegurado es esto: en una "democracia" estadounidense, solo el público permanece a oscuras. Incluso para reporteros dedicados, rastrear a estos grupos es como perseguir sombras: direcciones oficiales llevan a apartados postales; no se regresan llamadas; las puertas se cierran en tu cara.
El pequeño vistazo que tenemos de las personas que financian esta operación es un quien es quien de la nueva oligarquía: los multimillonarios Hermanos Koch ($25,1 mil millones); financiero George Soros ($11 mil millones), el CEO de fondos de cobertura Paul Singer (su fondo, Elliott Management, vale $17 mil millones), el inversionista Harold Simmons (valor neto: $4,5 mil millones); el capitalista de riesgo de Nueva York Kenneth Langone ($1,1 mil millones); y el magnate de bienes raíces Bob Perry ($600 millones).
Luego está la plantilla de corporaciones que han utilizado su generosidad para influenciar la política americana. Compañías de seguros de salud, incluyendo United Health Group y Cigna donaron la impresionante cifra de $86,2 millones a la Cámara para matar a la opinión pública, inyectando el dinero mediante el grupo America's Health Insurance Plans. Y gigantes corporativos como Goldman Sachs, Prudential Financial, y Dow Chemical han dado millones más para cabildear contra nuevas regulaciones financieras y químicas.
Como resultado, la historia central de las elecciones de mediados del 2010 no es la victoria republicana o la derrota demócrata o la ira Tea Party; es la guerra relámpago del dinero exterior, la mayor parte del cual proviene de organizaciones de derecha como el American Crossroads de Rove y el U.S. Chamber of Commerce. Es una triste ilustración de lo que sucede cuando tanto dinero termina en manos de tan pocos. Y con las reformas a los gastos de campaña derrotadas por años por venir, la guerra de gastos solo empeorará.
De hecho, los expertos predicen que los gastos en las elecciones del 2012 romperán todos los récords. Piénselo de esta manera: en el 2008, el gasto electoral total llegó a $5,3 mil millones, mientras que los $1,8 mil millones gastados únicamente en la campaña presidencial duplicaron el total del 2004. ¿Qué tan alto podemos llegar en el 2012? ¿$7mil millones? ¿$10 mil millones? Al parecer el cielo es el límite.
No es necesario esperar, sin embargo, a que llegue el 2012 para saber que el mero volumen de dinero que está siendo bombeado a la política estadounidense se burla de nuestra democracia (o lo que queda de ella). Peor aún, existen pocas soluciones para detener el flujo de efectivo: la ley DISCLOSE, cuyo objetivo es contrarrestar los efectos de Citizens United, ha fracasado dos veces en el Senado este año; y la mejor opción, financiamiento público de elecciones, no logra una audiencia en Washington.
Hasta que los legisladores limiten el dinero en la política, a la vez que obligan a los donantes a revelar sus identidades y a no esconderse en las sombras, la nueva oligarquía solo crecerá en estatura e influencia. Si no es frenada, esta elite continuará por deshacerse de los últimos miembros del Congreso que no están al servicio de sus personas y "contribuciones" (véase: Russ Feingold de Wisconsin) y los reemplazarán con legisladores dispuestos a hacer su trabajo, un Congreso lleno de políticos temporales obedientes listos para darle a sus donantes lo que quieren.
Nunca antes los Estados Unidos se vieron tanto como un país de los ricos, por los ricos y para los ricos.
Andy Kroll
Andy Kroll escribe habitualmente en Mother Jones y es un editor asociado en TomDispatch.com
Traducción para www.sinpermiso.info: Pablo Yanes Thomas
Tomado: sinpermiso.info
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10 dic 2010
“Los gobiernos europeos se arrodillan frente al gran capital financiero”
Fueron varios los temas que abordó el Comandante. No por casualidad comenzó por dos de ellos: el primero, Haití, la terrible situación que vive ese país, la amenaza de la epidemia del cólera, la actuación de los médicos cubanos, la presencia de marines estadounidenses combinada con la ausencia de médicos y enfermeros de ese país, la necedad de los veedores europeos que llegan a un país devastado como pocos en la Tierra y declaran que no hay nada que aconseje postergar las elecciones presidenciales que tendrían lugar el domingo siguiente. Y luego su preocupación por Corea, por la posibilidad de que alguien apele a un armamento nuclear “táctico” que, de todos modos, sería más letal todavía que las bombas que se arrojaron en Hiroshima y Nagasaki. Y que tal cosa podría ser la señal de partida para una crisis militar global, habida cuenta de los muchos pleitos pendientes de resolución entre países que ya disponen de armamento nuclear. También habló de su preocupación por la virulenta aparición en la escena política de expresiones de la derecha radical y reaccionaria, como la representada en el Tea Party, y la ostensible debilidad del presidente Barack Obama frente al complejo militar-industrial que impone sus políticas sin prestar atención a lo que piensa el ocupante de la Casa Blanca. En el plano doméstico Fidel subrayó la importancia de los cambios que se están proponiendo en el modelo económico cubano y señaló que la revolución debía actualizar su modelo económico socialista si quería sobrevivir. Reiteró que no le temía tanto a una agresión externa dirigida por EEUU como a los procesos de descomposición interna resultantes de la incapacidad de la economía cubana para satisfacer las necesidades de su población. Aseguró, además, que el próximo congreso del Partido Comunista de Cuba, aprobaría un paquete de reformas que profundizaran el socialismo, actualizado a las épocas actuales, y de ninguna manera algo que pudiera significar un ataque a lo que denominó “las conquistas históricas de la revolución.” Tal cosa, dijo el Comandante, no tendría ninguna posibilidad de ser implementada en este país.
En base a documentos del Pentágono, de la CIA y del Departamento de estado en cuales EE.UU. definen su posición beligerante para los próximos 30-40 anos, usted demostró en su exposición de la Habana, que “el imperio está dispuesto a defender con uñas y dientes los privilegios de los que ha gozado desde, por lo menos, mediados del siglo XX.”¿ Cuáles son algunos de estos aspectos relevantes?
Ahí me refería a una serie de documentos en donde todos ellos señalan las dificultades del imperio norteamericano para sobrevivir sin renunciar a los privilegios de que ha gozado en los últimos cincuenta años. Todos indican que ese mundo ya desapareció y que el actual está plagado de rivales y competidores que pueden interferir en los planes de EEUU y que, en consecuencia, el país debe prepararse para un largo período de guerras tan sólo para preservar algo, no toda, la influencia que supo tener desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Por eso no sorprende la renovada presión, fuertísima, sobre América Latina y el Caribe manifestada por una veintena de bases militares que van desde el extremo norte del Mar Caribe hasta las Islas Malvinas, en el Sur, pasando por las 7 bases en Colombia, 4 en Panamá, 2 en Paraguay y tantas otras. De hecho, Venezuela está rodeada de bases porque aparte de las colombianas tiene dos a pocos kilómetros de sus playas: las bases en Aruba y Curaçao, dos colonias de una antigua potencia europea, Holanda, que le facilitó sus instalaciones a la Casa Blanca para poder agredir a Venezuela de manera más efectiva y menos costosa. Súmele a todo lo anterior la reactivación de la poderosa IV Flota de EEUU, compuesta por navíos de todo tipo aptos para navegar en las “aguas azules”, del litoral marítimo latinoamericano, tanto como en las “aguas marrones” de nuestros grandes ríos interiores. Por último, EEUU ha vuelto a promover golpes militares en la región con el objeto de instituir “gobiernos amigos” que favorezcan sus planes de control total de la región, algo que ha sido señalado desde hace varios años por Noam Chomsky.
A pesar de que la jefa del Departamento de estado Hillary Clinton pedía a sus embajadores de espiar a importantes políticos de los países residentes, EE.UU. y sus aliados europeos acusan a Wikileaks por haber entregado unos 250.000 documentos a cinco diarios neoliberales, de “poner en peligro la diplomacia internacional.” ¿De qué tipo de diplomacia se trata?
La queja de EEUU y su clientela política en Europa carece de toda sustancia. Lo que hasta ahora ha revelado Wikileaks es de poca importancia, salvo: (a) la corroboración de que Washington tiene sometido a un espionaje ilegal a la sede de la ONU en Nueva York y, supuestamente, al propio domicilio de su Secretario General, lo cual constituye un atropello gravísimo a la seguridad y a la legalidad internacionales que sólo fue denunciada por algunos gobiernos de América Latina, y para deshonor de Europa, por ninguno de sus gobiernos, traicionando su condición de heredera de las enseñanzas de Immanuel Kant sobre el orden legal que debería regir al planeta. Hay que recordar que por mucho menos que esto Richard Nixon tuvo que renunciar a la presidencia de Estados Unidos. El escándalo de Watergate es juego de niños comparado a lo que hace el premio Nobel de la Paz Obama en la ONU. (b) la comprobación de que la Sra. Clinton sabía muy bien que en Honduras se había producido lo que su propio embajador llama un “golpe de estado”, pero ella desestimó esa información y mintió a todo el mundo diciendo que lo que allí había ocurrido había sido un cambio en la jefatura de estado en concordancia con los preceptos constitucionales, todo lo cual deja a su oficina y a la Casa Blanca manchada con el pecado de la mendacidad . (c) la obstinación de Washington en impedir el fortalecimiento de los procesos de integración nacional en América Latina, diseminando intrigas y creando falsos enfrentamientos entre los países del área. De ese modo EEUU demostró su fidelidad al mandato propio del imperio romano: “divide y vencerás.” Pero ahora sus planes se han tornado visibles y generado una reacción contraria. Se pone en evidencia que la diplomacia de EEUU es muy poco más que una perversa combinación de mentiras, sobornos, extorsiones y agresiones.
En la cumbre “ Peligro en los Andres” que tuvo lugar el 17.11. en el Capitolio de Washington, congresistas republicanos y demócratas se reunieron con terroristas latinoamericanos y cubanos que financiaron y promovieron golpes de Estado en Venezuela, Bolivia, Honduras, Ecuador y atentados contra Cuba. ¿ Qué significado tiene esta cumbre para los países del ALBA?
No sólo para los países del ALBA sino también para todos los hombres y mujeres de buena voluntad esa cumbre expone con claridad la gravísima amenaza que se cierne sobre América Latina y el Caribe cuando terroristas probados y confesos y sus representantes políticos y económicos (como la ultraderechistas National Endowment for Democracy, International Republican Institue, Hudson Institute, etc.) se reúnen en la misma sede del Congreso de EEUU para intercambiar opiniones y experiencias relativas a la mejor forma de poner fin a los gobiernos democráticos de la región. Si hubiera justicia en EEUU buena parte de sus asistentes deberían estar en la cárcel por cómplices o apologistas de la violencia y, en algunos casos, del magnicidio. Ante esta degradación moral del imperio los países del ALBA y todos los de América Latina y el Caribe deben estar sumamente alertas ante intentos golpistas, desestabilizadores o separatistas alentados por Washington y los sectores de la derecha más reaccionaria de nuestros países. Atentos también a la complicidad de algunos países europeos, que desvían su mirada ante hechos que repugnan a la conciencia humanista universal que, en el pasado, tuviera tan brillantes exponentes en la cultura europea.
Mientras la “plaga neoliberal” de cual nos hace un mordante análisis en su estudio “Socialismo Siglo XXI”, impuesta por la Unión Europea desde la caída del Muro de Berlin, empobrece a millones de europeos, los gobiernos revolucionarios de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua implementan junto a sus pueblos reformas políticas inéditas en la historia. ¿Cuál es su “ruta de escape”?
Creo que la clave está en el hecho de que estos gobiernos decidieron apartarse por completo de las recetas económicas neoliberales que sembraron de tragedias y miserias a los países de América Latina y el Caribe. Un síntesis extraordinaria de esas políticas, y su devastadora crítica, se encuentra en el libro que escribiera el presidente del Ecuador Rafael Correa, cuya tercera edición se abre con un prólogo mío (a pedido del propio Correa). Esas políticas destruyeron nuestras economías, saquearon nuestros recursos, transfirieron al gran capital financiero y sus aliados las riquezas de nuestros países y empobrecieron a la clase media, mientras que los sectores populares fueron reducidos a la indigencia. Los líderes "bolivarianos" tuvieron la inteligencia y la audacia de luchar contra los intereses establecidos, colocar la economía al servicio de la sociedad, recortar meticulosamente los privilegios del mercado y, sobre todo, desoír los consejos de las grandes burocracias internacionales, autoras intelectuales del saqueo de nuestros países. Además, estos grandes líderes potenciaron el protagonismo de las masas en lugar de desmovilizarlas y desmoralizarlas, como se hace en Europa. Les confirieron un sentido de pertenencia, identidad y las empoderaron, en lugar de mandarlas a su casa, como se hace en Europa. Y también perfeccionaron las instituciones democráticas mediante frecuentes consultas populares bajo la forma de plebiscitos, referendos, elecciones revocatorias de mandato. De ese modo un residente como Rafael Correa convocó, y ganó, ¡6 elecciones nacionales en cuatro años! Chávez convocó a 16 elecciones generales en 11 años, ganando 15 de ellas. El record de Evo Morales es semejante al de Correa. ¿Cuál gobernante europeo ostenta un grado semejante de legitimidad política? Pese a ello, la gran prensa califica a estos gobernantes como "dictadores" o, en el mejor de los casos, "autoritarios." Hemos visto con sorpresa y desazón como el FMI, que hacía décadas no se entrometía en las políticas públicas europeas, aparece ahora dictando lo que los gobiernos deben hacer. Eso ya lo experimentamos en América Latina y el Caribe y los resultados fueron catastróficos. Nos cuesta creen que los pueblos de Europa acepten colocarse bajo el mandato del FMI, pero sus gobiernos han abdicado de toda pretensión de soberanía y lo único que están dispuestos a hacer es arrodillarse ante las exigencias del gran capital financiero.
Manola Romalo
Tomado: Rebelión
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El extranjero
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| “El extranjero” (1942) es una novela del escritor francés Albert Camus. En el ambiente posterior a la II Guerra Mundial, esta obra denuncia la carencia de valores del mundo contemporáneo. |
Este país que sostuvo como bandera la idea del crisol de razas, cíclicamente en el hoy expresa en boca de funcionarios la suerte de la intolerancia que resurge como parte del discurso neoliberal y que conlleva la intención de excluir a todo aquel que no sea blanco, apuesto y exitoso. Esta atribución de los paladines platinados, padres del progreso, que cargan la mítica idea de poblar estas latitudes desde la época de Neanderthal, esgrimen el argumento del indocumentalismo racista cuando la piel les es frotada por el conflicto irresuelto de una sociedad en la que se ven amenazados en la concentración de sus riquezas mixturadas con la frivolidad asociada a lo perverso.
Siendo así, me permito brevemente traer la reflexión teológica acerca de las palabras del patriarca Abraham cuando dice “Extranjero y habitante soy ante ustedes”. La exégesis se detiene en este versículo, insistiendo en la profunda idea de que todo hombre en su calidad humana habita únicamente la extranjería. Dicho de otro modo, acusar al otro de extranjero implica no reconocer la frágil condición de haber sido colonizado en los propios hábitos enajenantes, establecidos por los límites autoritarios de la condición discriminatoria. Inculpar al otro de extranjero es poner al descubierto nuestra propia alienación y asumir nuestra propia extranjería es dejar de ser extraños ante nosotros mismos.
Como hijo de polizontes indocumentados que llegaron a la Argentina en el año 1948, recomiendo la lectura de El extranjero, de Albert Camus, quien nos recuerda que los estigmas sociales denotan la insensibilidad, la desidia y el absurdo.
Daniel Goldman - Rabino
Tomado: Página 12
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3 dic 2010
La izquierda latinoamericana entre la lógica pendular y la razón emancipatoria
Intervención en la Mesa redonda: Izquierda y renovación del pensamiento. Coloquio Internacional de las Ideas Políticas. Universidad Arcis, Santiago de Chile, 19 de abril de 2006.
Si ustedes me permiten, prefiero hablar de los problemas en el pensamiento de izquierda y no de “renovación”, porque lo nuevo no es en sí mismo sinónimo de bueno. Los problemas tienen que verse en relación con los objetivos, y éstos con lo que define la identidad de izquierda –en toda su heterogeneidad- que es la búsqueda de la emancipación humana, que implica necesariamente igualdad social. Desde aquí hay que partir.
Para pensarse, la izquierda latinoamericana requiere de una actitud epistémica que le exige despejar varios asuntos. Para empezar, saber distinguir entre derrota y fracaso, no sólo para pensar la historia reciente, cuestión todavía pendiente y que contamina intelectual y moralmente, sino también para pensar los desafíos: porque en América Latina se ha comenzado a salir de la derrota, pero salvo en Cuba y Venezuela hasta ahora, en varios países podría estarse caminando hacia el fracaso. Es necesario también superar la aceptación vergonzante de la “teoría de los dos demonios” difundida por la derecha, que responsabiliza a los que luchan contra la opresión, la desigualdad y la injusticia, y justifica la brutalidad de los opresores y privilegiados. Es imprescindible, asimismo, dejar de perseguir fantasmas, atribuyendo al marxismo lo que el dogmatismo y la vulgarización hicieron pasar por él. Lo que, por cierto, ayudaría a analizar con más rigor lo que hoy son cambios morfológicos de procesos de más larga duración y los que son fenómenos totalmente nuevos. También es necesario dejar de hacer análisis autorreferidos, y esto en dos sentidos: de una parte, para medir los avances no sólo por los esfuerzos invertidos –que siempre deben destacarse- sino en función de las responsabilidades que se tienen y, de otra parte, para definir los objetivos, que no son a modo de nuestras preferencias sino que los impone la realidad a transformar. Y, en este sentido, es necesario prolongar los horizontes temporales del análisis, que se cortaron abruptamente con la crisis del mal llamado socialismo real y que hoy no van más allá del próximo episodio electoral. En otras palabras, la izquierda latinoamericana tiene que recuperar, o en su caso empezar a desarrollar, su capacidad de análisis estratégico.
Esto es urgente, porque hemos ingresado en una nueva época de crisis del capitalismo como sistema histórico, de un capitalismo que siendo primordialmente especulativo, rentista y expropiador sólo puede reproducirse agudizando contradicciones incurables. Esta es una situación nueva, no comparable a período anterior alguno. Los sectores más lúcidos de la derecha lo saben; están desarrollando una estrategia para enfrentarlo, y lo están haciendo con miras a 50 años. Su estrategia tiene como eje la seguridad, seguridad para el capital, en primer lugar sobre la propiedad; seguridad para garantizar las condiciones de su reproducción, basadas cada vez más en formas de acumulación originaria, es decir, de expropiación, de saqueo, con formas neocoloniales basadas en el control territorial directo sobre las materias primas, los recursos energéticos, el agua, la biodiversidad, además de imponerle a las regiones más débiles sus desechos tóxicos; y seguridad frente a la pérdida irremediable de la cohesión social, eso que llaman “capital social” y que en buen romance implica domesticar a los oprimidos, proclives cada vez más a la protesta y la rebeldía. Los dominantes han logrado socializar su gran problema estratégico de la seguridad como un asunto tan sólo de “hurtos y rapiñas”, una trivialización que confunde a no pocos izquierdistas.
En América Latina, expresión de esa estrategia conservadora es el posliberalismo, el mentado Consenso Posliberal que los ideólogos más lúcidos del sistema vienen gestando desde hace una década. Que se presenta como crítica al neoliberalismo, incluso expropiándole el lenguaje a la izquierda, pero que tiene por objetivo preservar al capitalismo. Es una estrategia esencialmente de control político, que comienza a implementarse desde mediados de la década pasada cuando diagnostican crisis de gobernabilidad por el fracaso del modelo político para impedir la expresión de demandas sociales; que luego busca incidir en el debate de alternativas al neoliberalismo con el propósito de neutralizarlas, y que, cuanto más difícil les resulta impedir que la izquierda gane elecciones, tiene ahora por objetivo hacer que ella se haga cargo de la ejecución de esa estrategia. Los éxitos que ya han tenido es una medida de los problemas en el pensamiento de la izquierda, tanto para pensarse a sí misma como para pensar a los dominantes. Una izquierda que además de vaciamiento teórico muestra un insuficiente conocimiento histórico, lo que la lleva a enredarse en los discursos doctrinarios que dan forma y encubren los objetivos capitalistas; y que tiene déficit investigativos que le dificultan distinguir entre discurso y proyecto dominantes.
Los posliberales hacen uso de esas ventajas para convencer que puede superarse el neoliberalismo sin tocar al capitalismo. Se presentan como anti-neoliberales porque apelan a “más Estado”, y con eso adquieren enseguida credenciales de “progresistas”. Neoinstitucionalismo, reformas de segunda generación, políticas públicas. Y sí, su estrategia conservadora de seguridad requiere de más Estado. Esto encandila inmediatamente a una izquierda que ha asimilado la retórica neoliberal, que se ha creído el cuento del laissez faire, del Estado mínimo. Y que demuestra que todavía no tiene del todo claro qué es el neoliberalismo, aunque rechace sus efectos. Esto le facilita a los posliberales una operación reduccionista para disociar al neoliberalismo del capitalismo. Reducen el neoliberalismo a una doctrina (“laissez faire”), a un decálogo de políticas económicas (“Consenso de Washington”), y a un responsable (el Fondo Monetario Internacional). El Banco Mundial y el BID se autoeximen.
El neoliberalismo no es Estado mínimo, sino una intensa intervención estatal a favor del gran capital: disciplinando a la fuerza de trabajo; liberando al capital de toda traba jurídica; transfiriéndole riqueza social e ingresos de los no propietarios; estatizando la política para subordinarla a sus intereses. Tampoco puede ser reducido al “Consenso de Washington”, fetichizado por cierto porque existe como consenso real pero con minúscula, no formalizado como para ponerlo con mayúscula. Aun si admitiéramos la reducción del neoliberalismo a ese decálogo de políticas económicas, éstas condensan y reproducen ampliadamente la violenta transformación de las relaciones de poder entre capital y trabajo a favor del primero, que es la esencia, condición y resultado de la reestructuración capitalista. No pueden cambiarse esas políticas sin alterar las relaciones de poder que les dan sustento, y los posliberales buscan conservarlas. Por otra parte, la personalización del responsable “afuera”, en Washington, exime de responsabilidades a los capitalistas concretos: a los grandes, también latinoamericanos que son transnacionales, y asimismo a los medianos, que han sido satélites y cómplices del gran capital.
Las reformas de segunda generación, formuladas desde el Banco Mundial en la época de Stiglitz, ni siquiera niegan a las primeras, las del “Consenso de Washington”; al contrario, dicen que eran correctas pero mal aplicadas y que se cometieron excesos. El neoinstitucionalismo realmente existente, que ya tiene casi una década, es grotescamente proactivo a favor del capital: la pregonada reforma jurídica le aporta mayor seguridad a la gran propiedad, judiciariza la política y la represión para neutralizar opositores; se legisla para legalizar la flexibilización laboral; se convierte el neocolonialismo en derecho público internacional. Las políticas públicas en nombre de la “equidad” y de la “igualdad de oportunidades” se fundamentan en la muy neoliberal teoría del capital humano y no son distintas a las neoliberales políticas focalizadas contra la pobreza. La retórica posliberal sobre la regulación de mercados se rinde ante el altar que los mismos posliberales levantan a la inversión privada, extranjera y local, a la que –dicen- no se puede limitar pues genera empleo; cuando es principalmente especulativa y rentista, no lo genera. La deuda externa hay que honrarla y los bancos centrales deben mantenerse autónomos.
Pero hablan de Estado. La retórica liberal ha sido tan penetrante que la izquierda ha llegado a aceptar que la diferencia entre derecha e izquierda es entre antiestatismo y estatismo respectivamente, lo que es falso. La derecha no es antiestatista, ni la izquierda es –no debiera- ser estatista, pues el Estado es medio, no un fin en sí mismo. Las experiencias que así lo practicaron fracasaron. Lo que las diferencia es la búsqueda o rechazo de la igualdad. Y hay que recordar que no eran estatistas Marx ni Engels, quienes advertían contra la fascinación frente al Estado y planteaban la necesidad de que se extinguiera como dominación sobre los hombres para que fuera administración sobre las cosas. No lo fue Lenin, inspirado en la Comuna de Paris, y crítico riguroso de la burocratización.
El Estado –que no sólo es el gobierno- es un poderoso instrumento de transformación, pero sólo si se transforman las relaciones de poder que en él se expresan. Si no, los gobiernos de izquierda sólo podrán administrar lo existente, aunque más eficiente y honestamente. Lo nuevo para la izquierda latinoamericana es que la extensión del rechazo al neoliberalismo le aporta más votos de lo que es su efectiva fuerza social y, por lo tanto, política. Por eso su capacidad transformadora es limitada. Tiene que gestar esa fuerza social y política, incluso para hacer reformas. Porque hoy, en América Latina, si se quiere ser de verdad reformista necesariamente hay que ser anticapitalista y antiimperialista. Esto nada tiene que ver con maximalismos, ni con una discusión ideologizada y dicotómica entre reforma y revolución. Es que sin afectar los cimientos de la reproducción del capitalismo se puede reformar muy poco, y en breve tiempo lo hecho será engullido por las propias dinámicas capitalistas. Varios gobiernos de izquierda ya se ven atados de manos para llevar a cabo el programa de reformas con el que ganaron elecciones en tanto implica cambios económicos. Se declaran impotentes y dicen que ahora es más difícil que antes. ¡Claro que lo es si no se está dispuesto a tocar privilegio alguno del capital!
Los posliberales han logrado popularizar la idea burguesa de la historia como péndulo, que explica al capitalismo como sucesivos movimientos de corrección de anomalías o excesos, que lo devuelven a sus equilibrios y a su normalidad como progreso. Las oscilaciones pendulares siempre son cambio para regresar, siempre se está dentro del capitalismo. La propia derecha difunde la idea de que el actual cambio de orientación política de los gobiernos en nuestra región corresponde a un natural movimiento pendular contra los excesos del neoliberalismo, pero que nada puede hacerse fuera o contra el capitalismo. La izquierda sólo podría ser posliberal. Lo que la teoría del péndulo no dice, por supuesto, es que en la historia del capitalismo cada movimiento de ajuste y corrección generado por el propio sistema (siempre presionado por las contradicciones sociales), se hizo para lograr mayores ganancias –ése es el progreso- y que con cada cambio de mecanismos de reproducción hubo un cambio cualitativo en una mayor concentración y centralización del capital, no un punto de retorno. La contrarrevolución capitalista neoliberal fue exitosa para elevar ganancias, pero el grado de concentración a que condujo produce contradicciones cada vez más intensas, que estamos viendo incluso en el centro del sistema.
¿Adónde llevarían los éxitos del posliberalismo? A asegurarle al capital sus ganancias y, por lo tanto, más concentración, mayor poder para disponer de la gente y su ambiente. Es por eso que hoy el anticapitalismo y el antiimperialismo son hasta una estrategia defensiva, no sólo de vidas y países, sino del planeta mismo.
La izquierda acepta la idea del péndulo, contenta porque ahora le toca a ella. Como si el viraje fuera un fenómeno natural, ajeno a sus propias luchas y resistencias. Pero también, me parece, porque tras la idea del péndulo quizás cree poder zafar de los desafíos de ruptura con el orden actual, desafíos que tanto le pesan por los bloqueos y telarañas que mencioné al comienzo. Pero la izquierda tiene que decidir, honestamente, si renuncia a su razón de ser emancipatoria y se va para su casa, o si asume los retos.
Los tiempos se acortaron. Pero hoy los escenarios no son más difíciles que hace algunos años, tanto en la región como en el sistema mundial. Hay que saber verlo y para eso hay que ampliar horizontes. Hay, asimismo, mayor disponibilidad social para los cambios, como para poder disputar la dirección que tome la crisis del capitalismo. En esta crisis no se juega solo, el capital no se rinde. ¿Está dispuesta la izquierda a garantizarle control social y político para darle seguridad? Aquí no estamos hablando sólo de defecciones, sino del destino de los seres humanos y del planeta, y esto no es retórica. Como se ve, estos problemas complejos no pueden dilucidarse analíticamente con puros lugares comunes o con formulaciones meramente morales. El desafío intelectual es grande.
Beatriz Stolowicz
Tomado de Cur.cl.
Tomado: Qué Hacer.com.uy
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2 dic 2010
Los secretos verdaderos, a salvo por ahora
Es lícito reconocer que los embajadores de Washington se muestran muy preocupados por el estado de salud y por el ánimo de sus aliados o enemigos. Se interesaron mucho en la salud mental de la presidenta argentina y también, según revela en su edición de ayer Le Monde, por el “equilibrio” personal del presidente francés, Nicolas Sarkozy, luego de su divorcio con Cecilia Sarkozy.
En cambio, a juzgar por lo que se publicó por el momento, una suerte de interrogante repetitivo desvela a los especialistas en relaciones internacionales: ¿qué pasó con los cables que tratan acerca de esa espada de Damocles sobre la paz y la seguridad mundial que es el proceso israelí-palestino? ¿En dónde estarán los cables sobre el atentado contra la Embajada de Israel en Buenos Aires, y qué código secreto se habrá tragado las consideraciones o informaciones de la embajada norteamericana en Buenos Aires a propósito del atentado contra la AMIA? Tampoco encontramos huellas sustanciales acerca de la relación carnal y militar entre Washington y Bogotá, ni palabra válida sobre los operativos que condujeron a la liberación de los rehenes secuestrados por las FARC. Eso sí, no faltaron las sempiternas acusaciones contra Chávez y el régimen cubano, rebautizado “el eje de la malicia”. Le Monde reveló ayer otra no novedad: la inquietud norteamericana frente a las intenciones de Irán “para reducir su aislamiento diplomático y estrechar sus lazos con los Estados de izquierda de la región”. La nota secreta, firmada por Hillary Clinton el 23 de enero de 2009, destaca que en esa empresa Teherán cuenta “con la ayuda de Chávez”. La secretaria de Estado se pregunta incluso “si acaso Teherán tiene la intención de utilizar la región como plataforma para eventuales ataques terroristas, sea directamente, sea por medio de terceros”. Clinton, no obstante, carece de “informaciones sobre las intenciones estratégicas de Teherán”.
Los grandes asuntos mundiales, los auténticos, no figuran en el menú. Nada sobre Yasser Arafat, sobre el ex primer ministro israelí Ariel Sharon, sobre las guerras del Líbano o la caída del Muro de Berlín. A cambio de lo esencial, el quinteto censor ofrece una exploración del inconsciente casi sentimental de los embajadores de las sucesivas administraciones norteamericanas y un río de chismes que atañen a asuntos internos de los países o problemas estrictamente personales. “El reciente divorcio de Sarkozy plantea preguntas sobre su habilidad para mantener su equilibrio y concentración”, escribió la embajada norteamericana en París en 2007. Los funcionarios de la representación anotaron en un cable que “durante su separación, en 2005, Sarkozy apareció públicamente muy irritable y sombrío”. Otros detalles revelados por Le Monde no agregan nada al retrato de Sarkozy, cuya fascinación por la cultura norteamericana y su admiración por el ex presidente Georges Bush eran de dominio público. Le Monde habla incluso de “una fascinación recíproca” entre Sarkozy y los norteamericanos. Los “papelitos” de ayer cuentan que los estadounidenses lo consideraron como el “presidente más pro estadounidense”. No hay, en este dato, el más mínimo rasgo de novedad: el atlantismo de Sarkozy ha sido una señal clara y constante desde su llegada al poder. Es curioso constatar el poder que se autoadjudica la administración estadounidense. El embajador en París celebra que Sarkozy haya dejado de lado “la vocación gaullista francesa de poner en tela de juicio la posición hegemónica de Washington en los asuntos internacionales”. Luego, en el telegrama 238115, su redactor acota que la “impaciencia” de Sarkozy “ante la búsqueda de resultados y su deseo de tomar la iniciativa –inclusive sin el apoyo de socios internacionales ni de sus propios asesores– nos obliga a canalizar sus impulsivas propuestas de forma constructiva y con vistas al largo plazo”.
Los sesudos diplomáticos norteamericanos dan muestras de un espíritu de comadres celosas en sus comentarios. A la canciller de Alemania, Angela Merkel, la apodan “teflón” por su inalterabilidad ante las críticas. A la pareja compuesta por el primer ministro ruso, Vladimir Putin, y el presidente Dimitri Medvedev les cayó el apodo de “Batman y Robin”. La profundidad de los análisis con respecto a una de las grandes potencias militares del planeta está por los abismos, tanto como quienes defienden la difusión de estas groserías como una “necesidad” de la democracia y un montón de gargarismos semejantes propagados en los editoriales de los cinco diarios que sacaron a la luz la tinta sucia. En una entrevista con Larry King, difundida por CNN, Putin dijo: “Hablando francamente: No nos esperábamos que esto sería hecho con tanta arrogancia, tan groseramente y de una forma tan poco ética”. No se alarme el lector. La cablenovela continuará en los próximos días. Quién sabe cuántos amantes, comentarios de baño público, ofensas al honor y secretos de alcoba saldrán de las rotativas del Quinteto de Occidente, tan celoso de los valores de la democracia, la verdad, de la dignidad de los pueblos y de sus intereses económicos.
Eduardo Febbro París
Tomado: Página 12
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28 nov 2010
Otomanismo
La línea otomana consistiría en una aproximación amistosa de Turquía hacia las colonias que dependieron de la Sublime Puerta hasta la la Primera Guerra Mundial. Esto se ha visto claramente en el acercamiento entre Ankara y Damasco, dos capitales que tradicionalmente se llevaban mal y que desde hace algún tiempo están a partir un piñón. Ayer, desde Líbano Erdogan dio otra muestra de lo que significa el acercamiento de Ankara a sus antiguas colonias, una aproximación que simultáneamente aleja a Turquía de Israel en favor de los países que al día de hoy están sufriendo las mayores situaciones de injusticia, como pueden ser Siria y Líbano, e incluso Irán, por muy criticable que sea el régimen islámico, que por cierto no acostumbra a declarar guerras a sus vecinos, algo no pueden decir todos los países de la región.
Las palabras de Erdogan ayer en Líbano (que hace apenas cuatro años sufrió los excesos de la aviación israelí con la muerte de casi un millar de civiles) no tienen desperdicio y confirmarían esta línea otomana que se ha señalado. Habla Erdogan: “¿Piensa Israel que puede entrar en Líbano con la aviación más moderna y los tanques para matar a mujeres y niños, y para destruir escuelas y hospitales, y entonces creer que vamos a quedarnos callados? ¿Piensa que puede usar las armas más modernas, como munición con fósforo y bombas de racimo, para matar a niños en Gaza y creer que vamos a quedarnos callados? No permaneceremos en silencio sino que apoyaremos la justicia por todos los medios a nuestro alcance”.
Las palabras de Erdogan contrastan con los grandes silencios occidentales.
Fuente: Eugenio García Gascón, Público - España
Tomado: PalestinaLibre.org
25 nov 2010
Cuba, tiempos de cambio
En Cuba se está generando un gran debate sobre el futuro económico de la Isla. Entre los cubanos se ha hecho carne la convicción de que el actual ordenamiento económico, inspirado en el modelo soviético de planificación ultra-centralizada, se encuentra agotado. Tal como lo advirtieron Fidel y Raúl, su permanencia pone en entredicho la supervivencia misma de la revolución. Si se la quiere salvar será preciso abandonar un esquema de gestión macroeconómica que, a todas luces, ya pasó a mejor vida.
La experiencia histórica ha enseñado que la irracionalidad y el derroche de los mercados pueden reaparecer en una economía totalmente controlada por planificadores estatales, los que no están a salvo de cometer gruesos errores que producen irracionalidades y derroches que afectan al bienestar de la población. Ejemplos: en un país con un déficit habitacional tan grave como Cuba el ente estatal a cargo de las construcciones registra 8.000 albañiles y 12.000 personas dedicadas a la seguridad y a custodiar los depósitos de las empresas constructoras del estado. O que los informes oficiales del gobierno consignen que el 50 % de la superficie agrícola de la isla está sin cultivar, en un país que debe importar entre el 70 y el 80 % de los alimentos que consume. O que casi la tercera parte de la cosecha se pierda debido a problemas de coordinación entre los productores (sean éstos organismos estatales, cooperativas agrícolas o empresas de otro tipo), las empresas de almacenaje y acopio y los servicios estatales de transporte que deben llevar la cosecha hasta los grandes centros de consumo. O que actividades tales como la peluquería y los salones de belleza sean empresas estatales -¿en qué página de El Capital recomendó Marx tal cosa?- en las cuales los trabajadores reciben todos los implementos y materiales para realizar su labor y cobran un sueldo, pese a lo cual cobran a sus clientes diez veces más que el precio oficialmente establecido, fijado décadas atrás, y sin pagar un centavo de impuestos.
Estos son unos pocos ejemplos que conversando con los amigos cubanos se multiplican ad infinitum. Pero plantean una cuestión de importancia práctica y también teórica: el proyecto socialista, ¿se realiza al lograrse la total estatización de la economía? La respuesta es un terminante NO. Si en la Unión Soviética (que sólo tuvo como precursora a la heroica Comuna de París) las condiciones específicas de su tiempo no le dejaron otra alternativa que fomentar la estatización integral de la economía, nada indica que en las condiciones actuales se deba obrar de la misma manera. Tal como con perspicacia lo anotara Rosa Luxemburgo a propósito precisamente del caso soviético, no hay razón alguna para hacer de necesidad virtud. Y si la estatización total y la planificación ultracentralizada pudo haber sido necesaria -y aún virtuosa- en su momento, al hacer posible que en un lapso de cuarenta años Rusia, el país más atrasado de Europa, pudiera derrotar al ejército Nazi y tomar la delantera en la carrera espacial, hoy ya no lo es. Dicho en términos del marxismo clásico, el desarrollo de las fuerzas productivas decretó la obsolescencia de formas e intervenciones estatales que siendo eficaces en el pasado ya no tienen posibilidad alguna de controlar la dinámica de los procesos productivos contemporáneos, decisivamente modelados por la tercera revolución industrial.
Cuba se interna en un proceso de cambios y de actualización del socialismo. Los primeros borradores del proyecto, un documento de una veintena de páginas aparecido como suplemento especial del Granma y Juventud Rebelde, fue distribuido masivamente en la población. Se tiraron 500.000 ejemplares que fueron inmediatamente adquiridos por la población, invitada reiteradamente a leerlo, discutirlo y hacer llegar sus propuestas. Van a hacer otra gigantesca tirada más, porque el ansia de participación es enorme. El documento será examinado críticamente por todas las organizaciones sociales, sin distinción alguna: desde el Partido Comunista hasta los sindicatos y el enjambre de asociaciones de todo tipo que existen en la isla. Por eso se equivocan quienes se ilusionan con que la introducción de las reformas de inicio a un indecoroso -¡y suicida!- retorno al capitalismo. Nada de eso: lo que se intentará hacer es nada más y nada menos que llevar adelante reformas socialistas que potencien el control social, es decir, el control popular de los procesos de producción y distribución de la riqueza. El socialismo, correctamente entendido, es la socialización de la economía y del poder, más no su estatización. Pero para socializar es necesario primero producir, pues en caso contrario no habrá nada que socializar. Por lo tanto, se trata de reformas que profundizarán el socialismo, y que no tienen absolutamente nada que ver con las que plagaron América Latina desde los años ochentas.
Va de suyo que el camino a recorrer por la Revolución Cubana no será nada fácil y se encuentra erizado de peligros. A las dificultades propias de toda transición se le agregan los derivados del infame bloqueo impuesto por Estados Unidos (y mantenido por el Premio Nóbel de la Paz Barack Obama), el permanente bombardeo mediático y las presiones a que se ve sometida la isla procurarán por todos los medios hacer que las reformas socialistas degeneren en una reforma económica capitalista. El quid de la cuestión está en la brújula política, la orientación que tendrán estos procesos de cambio. Y el pueblo y el gobierno cubanos disponen de una muy buena brújula, probada por más de medio siglo, y saben muy bien que es lo que deben hacer para salvar al socialismo de las mortales amenazas que le plantea el agotamiento de su actual modelo económico. Y saben también que si hay algo que liquidaría las conquistas históricas de la revolución, que las barrería de un plumazo, sería la re-mercantilización de sus derechos y su conversión en mercancías. Es decir, la reintroducción del capitalismo. Y nadie quiere que tal cosa ocurra.
Atilio A. Boron
Tomado: Rebelión.org
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