Más allá del fraude de Goldman Sachs
La Comisión de Bolsas y Valores (SEC en inglés), ha puesto demandas sensacionales por fraude a un costo de miles de millones de dólares contra la firma bancaria de inversiones Goldman Sachs. Que esto suceda justo cuando el banco reporta un incremento del 91 por ciento en sus ganancias durante el primer trimestre comparadas con las del año pasado, es seguro que inflame aún más la ira pública contra la institución de Wall Street.
Lo que todo/a obrero/a con conciencia de clase debe tener en cuenta sin embargo, es que la SEC ha señalado sólo una limitada operación de una potencia financiera mundial ladrona, al tiempo que protege de la crítica al resto del sistema bancario y al capitalismo mismo.
Goldman Sachs está siendo acusado de fraude por vender miles de millones de dólares en hipotecas incluidas en bonos, diseñados éstos para que fracasen, sin decírselo a sus clientes. A continuación, Goldman y los clientes para los cuales ha diseñado los bonos dieron la vuelta e hicieron dinero apostando en contra de los mismos bonos que ellos habían creado.
La forma en que Goldman y sus clientes, en particular un fondo de especulación (hedge fund) multimillonario dirigido por John Paulson hicieron dinero, fue asegurando los bonos con el American International Group, obteniendo a continuación un desembolso cuando el valor de los bonos disminuyó. Paulson ganó mil millones de dólares en las transacciones.
“De acuerdo a los documentos de la SEC”, escribe Mike Whitney, la firma bancaria “no reveló materialmente las Obligaciones de Deuda Colateralizada Sintéticas (CDO, en inglés) que vendieron a sus clientes. Estas CDO suicidas estaban diseñadas para que estallaran pocos meses después de ser construidas (y así sucedió). Según el ex regulador William Black, ‘Goldman no sólo retuvo la información, sino que le decía a la gente, “Oiga, las decisiones de inversión son realizadas por especialistas que escogen sólo material de buena calidad”, cuando en realidad, las cosas que se ponían fueron elegidas porque estaban consideradas como las más propensas a sufrir rebajas a corto plazo”. Así que engañaron deliberadamente a los inversionistas. Eso es fraude. Tampoco le dijeron a los inversionistas que los valores fueron seleccionados (en parte) por un prominente administrador de fondos de especulación, John Paulson, quien planeaba apostar en contra de la misma CDO”. (“Goldman Sachs’s Bloody Nose,” Counterpunch, 19 de abril)
Un asesor lo describió como el comprar un seguro de incendio para la casa de otra persona, y luego quemar esa casa.
Pelea entre ladrones
Los titulares resuenan como si la SEC se preparara para una batalla épica contra Wall Street. Pero en cuanto a los/as trabajadores/as se refiere, esto es estrictamente una disputa entre ladrones.
Sin duda, la lucha entre Goldman Sachs y la administración de Obama es bastante seria para ambos lados. El contexto es la lucha por la reforma de la regulación financiera, sobre la manera de estabilizar el sistema financiero capitalista. Ambos tienen mucho en juego. Pero los/as trabajadores/as deben fijarse en su propia lucha independiente para influenciar en cómo el sistema financiero les impacta.
El New York Times del 20 de abril dejó en claro una buena parte de lo que se trata esta investigación. La acusación es “que Goldman ideó una inversión hipotecaria compleja diseñada para que se desmorone y luego la vendió a inversionistas ignorantes”.
Así que los ladrones de Goldman Sachs engañaron a sus “inversionistas ignorantes”, quienes buscaban hacer dinero de las masas mediante el cobro de intereses de las hipotecas de alto riesgo (subprime). Mientras tanto, Goldman también estaba buscando hacer dinero jugando con la imposibilidad de las masas de poder pagar estas hipotecas exorbitantes. Y Goldman fue uno de los promotores más importantes de estas hipotecas tóxicas. De todos modos, Goldman ganó cientos de millones en tarifas por las transacciones.
Desempleo en medio de fabulosas riquezas
Todos los titulares se centran en los cargos de la SEC contra Goldman. Pero por lo que concierne a los/as trabajadores/as, las comunidades, la juventud y los/as estudiantes, hay un escándalo más apremiante. Goldman y los otros banqueros están rodeándose de riquezas, mientras que 30 millones de trabajadores/as necesitan empleos. Esto es un escándalo digno de investigación.
La verdadera indignación en este momento es que Goldman Sachs obtuvo ganancias récord de $3,46 mil millones de dólares en el último trimestre, superando las $3,3 mil millones de dólares de JPMorganChase, pero todavía por detrás de las $4,4 mil millones en ganancias por Citigroup. Mientras tanto, las solicitudes semanales por primera vez para el seguro de desempleo aumentaron de 24.000 a 484.000 a mediados de abril. En la actualidad hay 6,4 millones de trabajadores/as que han estado sin empleo durante más de 27 semanas.
Entre los otros escándalos que necesitan ser descubiertos es el de cómo Goldman Sachs y otros banqueros están extrayendo miles de millones de dólares en intereses de las ciudades. Ciudades y estados a través del país están pagando cientos de miles de millones de dólares en intereses a los bancos mientras que las escuelas, hospitales, programas contra el SIDA y del cuidado de salud (SCHIP) para la infancia se cortan, los/as trabajadores/as del gobierno quedan despedidos/as, y suceden muchas otras barbaridades.
El gobierno capitalista en Washington no quiere iniciar una investigación de cómo los bancos están lanzando a millones de trabajadores/as fuera de sus hogares. Son los bancos los que están detrás de las millones de ejecuciones hipotecarias que han tenido lugar, incluyendo un récord de 250.000 en el primer trimestre de este año. Ellos obstinadamente se niegan a prestar ayuda a los/as propietarios/as, muchos/as de ellos desempleados/as, cuyos ingresos se ha reducido durante la crisis económica. Los banqueros hacen que los alguaciles echen a familias enteras a la calle mientras ellos se sientan cómodamente en sus oficinas y viven en el regazo del lujo.
Los cargos del SEC no tienen sanciones penales.
Si Washington estuviera realmente interesado en cómo los bancos atacan al pueblo, les pondría cargos penales a los banqueros por acciones tales como el cobro de exorbitantes intereses en las tarjetas de crédito y la cosecha de cerca de $40 mil millones en tarifas adicionales solo en el año pasado.
Podría cancelar la deuda en el aumento de los préstamos estudiantiles que han convertido a una generación de estudiantes en sirvientes de los bancos durante años después de graduarse.
Los bancos son legítimamente odiados por el pueblo. Ese odio debe ser dirigido no sólo a los bancos, sino a los bancos como la cumbre de todo el capitalismo. Es la explotación capitalista la base de los bancos, de las corporaciones y de todos los problemas de los/as trabajadores/as.
Las ganancias de banqueros provienen de los/as trabajadores
Las ganancias obtenidas por los bancos provienen de la riqueza creada por los/as trabajadores en primer lugar. Los intereses hipotecarios y el interés de las tarjetas de crédito no son más que un reclamo sobre los salarios de los/as trabajadores después de salir del lugar de trabajo donde son explotados/as por un patrón.
Los impuestos utilizados para pagar los intereses de los banqueros en bonos estatales o municipales han sido tomados de los salarios de los/as trabajadores que vuelven a circular en las bóvedas de los bancos. Los impuestos que las empresas pagan al gobierno salen de los beneficios creados por los/as trabajadores. El fundamento de todos los beneficios es el trabajo no remunerado.
Banca y capitalismo
De hecho, los bancos dominan la industria y están integrados a las juntas y gerentes corporativos. Los bancos y casas financieras que flotan las acciones de las empresas se comunican por teléfono trimestralmente con los altos ejecutivos de las grandes corporaciones. Ellos quieren escuchar sólo cosas buenas acerca de las ganancias de sus inversiones. Los banqueros y financieros pueden obligar a las empresas a cerrar fábricas, bajar salarios, recortar la fuerza de trabajo y aplicar nueva tecnología que destruye puestos de trabajo.
El sector bancario es inseparable del capitalismo. Esta verdad científica basada en un análisis marxista fue elaborada por V.I. Lenin en su obra “Imperialismo, fase superior del capitalismo”, escrito en 1916.
Cuando los/as trabajadores de la empresa Republic Windows and Doors, miembros/as del sindicato United Electrical Workers Local 1110 en Chicago, lucharon para prevenir que la gerencia les abandonara sin pagarles sus beneficios e indemnización por despido, se reveló que era Bank of America quien sostenía las finanzas de la empresa. Sólo después de ocupar la fábrica fue posible que los/as trabajadores obtuvieran sus beneficios — del Bank of America.
Cuando Enron colapsó en la mayor quiebra en la historia, destruyendo las pensiones y los ahorros de miles de personas porque los ejecutivos habían participado en una gran red de pirámide económica, los ejecutivos fueron enjuiciados y algunos incluso fueron a la cárcel. Pero tras bastidores, la financiación de esta empresa criminal era JPMorganChase, Bank of America, Morgan Stanley, USB y todos los mismos nombres que fueron conectados después con el colapso financiero y los fraudes hipotecarios de alto riesgo.
¡A juzgar patronos y banqueros!
Es el capitalismo el que debería estar en juicio. Por ejemplo, fue el sistema de ganancias el culpable por el asesinato de 29 mineros en la mina Massey en West Branch, West Virginia. Los capitalistas de la industria minera son los dueños de las agencias reguladoras y de los miembros del Congreso que deban hacer cumplir los códigos de seguridad. Pero la producción y las ganancias van primero.
El capitalismo está detrás de las muertes de miles de trabajadores/as indocumentados/as que tratan desesperadamente de cruzar el desierto para llegar a los Estados Unidos a causa del TLC-NA que benefició a la industria agrícola estadounidense pero destruyó la economía de México. Y es el sistema de ganancias que utiliza a trabajadores/as vulnerables sin documentos para exprimirles cada onza de trabajo barato.
Ahora que no se necesita tanto su trabajo por la crisis económica, el capitalismo desata redadas del Departamento de Seguridad Nacional y su Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (SICA/ICE) para buscar y aterrorizar a los indocumentados/as y culparles por la crisis.
Es el capitalismo y la búsqueda de ganancias que unen a las industrias petrolera, minera, de las utilidades y a los grandes industrialistas para parar los intentos de imponer límites en su derecho a contaminar el medio ambiente, la tierra, el agua y hasta el aire que necesitan los seres humanos para respirar. Las ganancias están amenazando al planeta.
La investigación de Goldman Sachs es significativa políticamente para la administración de Obama y para la lucha dentro de la clase dominante que intentan hacer al sistema más estable. Pero en cuanto a reformar el sistema, no es nada más que un acto secundario.
De hecho, el SEC debiera investigarse a sí mismo por negligencia de deberes, por cerrar los ojos mientras los financieros en Wall St. jugaban con un estimado total de $600 billones en derivados, vendiendo hipotecas tóxicas por el mundo, y trazando aún más esquemas creativos para estafar al público.
Debe haber una investigación de Moody’s, Standard & Poor’s, y todas las agencias de evaluación que categorizaron a los bonos basuras como triple-A para que se pudieran vender. El Departamento del Tesoro y la Reserva Federal, incluyendo a Alan Greenspan, debían estar en la corte para responder a las acusaciones de ayudar y encubrir la especulación masiva que estalló y costó a millones de trabajadores/as sus casas y sus empleos.
Además, Bill Clinton, Robert Rubin y Larry Summers — todos instrumentos de los bancos — debían ser enjuiciados por abrir las compuertas en 1999 a esta orgia de especulación cuando derogaron el Acta Glass-Steagal. Esta legislación del Programa New Deal fue creada para prevenir que los bancos comerciales que prestaban a corporaciones, comerciaran con acciones corporativas.
Resumiendo, todo el establecimiento capitalista, el gobierno y los financieros estaban colaborando para estimular las llamas especulativas. El sistema entero se basa en la explotación de trabajadores/as quienes son los/as que crean toda la riqueza. La parte más grande de esa riqueza es tomada en ganancias por los dueños de la economía — de las fábricas, minas, campos, hospitales, tiendas, etc. Ellos las usan para crear más ganancias.
Si hubiera una investigación de cómo la economía capitalista pudiera “recuperarse” por seis meses mientras la crisis se profundiza para los/as trabajadores/as y las comunidades, demostraría que el capitalismo es un sistema en bancarrota que no puede cumplir con las necesidades de la gran mayoría del pueblo.
El resultado de una investigación hecha por los trabajadores/as solamente podría concluir que el sistema de ganancias debe ser eliminado. Los recursos y los modos de producción y servicios deberían estar tomados por las masas, ser propiedad social y administrados en forma planificada y organizada para distribuir la riqueza basada en las necesidades humanas y no en las ganancias. Esta es la fundación del verdadero socialismo.
Fred Goldstein
Tomado: Mundo Obrero
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22 may 2010
El verdadero crimen: CAPITALISMO
Más allá del fraude de Goldman Sachs
La Comisión de Bolsas y Valores (SEC en inglés), ha puesto demandas sensacionales por fraude a un costo de miles de millones de dólares contra la firma bancaria de inversiones Goldman Sachs. Que esto suceda justo cuando el banco reporta un incremento del 91 por ciento en sus ganancias durante el primer trimestre comparadas con las del año pasado, es seguro que inflame aún más la ira pública contra la institución de Wall Street.
Lo que todo/a obrero/a con conciencia de clase debe tener en cuenta sin embargo, es que la SEC ha señalado sólo una limitada operación de una potencia financiera mundial ladrona, al tiempo que protege de la crítica al resto del sistema bancario y al capitalismo mismo.
Goldman Sachs está siendo acusado de fraude por vender miles de millones de dólares en hipotecas incluidas en bonos, diseñados éstos para que fracasen, sin decírselo a sus clientes. A continuación, Goldman y los clientes para los cuales ha diseñado los bonos dieron la vuelta e hicieron dinero apostando en contra de los mismos bonos que ellos habían creado.
La forma en que Goldman y sus clientes, en particular un fondo de especulación (hedge fund) multimillonario dirigido por John Paulson hicieron dinero, fue asegurando los bonos con el American International Group, obteniendo a continuación un desembolso cuando el valor de los bonos disminuyó. Paulson ganó mil millones de dólares en las transacciones.
“De acuerdo a los documentos de la SEC”, escribe Mike Whitney, la firma bancaria “no reveló materialmente las Obligaciones de Deuda Colateralizada Sintéticas (CDO, en inglés) que vendieron a sus clientes. Estas CDO suicidas estaban diseñadas para que estallaran pocos meses después de ser construidas (y así sucedió). Según el ex regulador William Black, ‘Goldman no sólo retuvo la información, sino que le decía a la gente, “Oiga, las decisiones de inversión son realizadas por especialistas que escogen sólo material de buena calidad”, cuando en realidad, las cosas que se ponían fueron elegidas porque estaban consideradas como las más propensas a sufrir rebajas a corto plazo”. Así que engañaron deliberadamente a los inversionistas. Eso es fraude. Tampoco le dijeron a los inversionistas que los valores fueron seleccionados (en parte) por un prominente administrador de fondos de especulación, John Paulson, quien planeaba apostar en contra de la misma CDO”. (“Goldman Sachs’s Bloody Nose,” Counterpunch, 19 de abril)
Un asesor lo describió como el comprar un seguro de incendio para la casa de otra persona, y luego quemar esa casa.
Pelea entre ladrones
Los titulares resuenan como si la SEC se preparara para una batalla épica contra Wall Street. Pero en cuanto a los/as trabajadores/as se refiere, esto es estrictamente una disputa entre ladrones.
Sin duda, la lucha entre Goldman Sachs y la administración de Obama es bastante seria para ambos lados. El contexto es la lucha por la reforma de la regulación financiera, sobre la manera de estabilizar el sistema financiero capitalista. Ambos tienen mucho en juego. Pero los/as trabajadores/as deben fijarse en su propia lucha independiente para influenciar en cómo el sistema financiero les impacta.
El New York Times del 20 de abril dejó en claro una buena parte de lo que se trata esta investigación. La acusación es “que Goldman ideó una inversión hipotecaria compleja diseñada para que se desmorone y luego la vendió a inversionistas ignorantes”.
Así que los ladrones de Goldman Sachs engañaron a sus “inversionistas ignorantes”, quienes buscaban hacer dinero de las masas mediante el cobro de intereses de las hipotecas de alto riesgo (subprime). Mientras tanto, Goldman también estaba buscando hacer dinero jugando con la imposibilidad de las masas de poder pagar estas hipotecas exorbitantes. Y Goldman fue uno de los promotores más importantes de estas hipotecas tóxicas. De todos modos, Goldman ganó cientos de millones en tarifas por las transacciones.
Desempleo en medio de fabulosas riquezas
Todos los titulares se centran en los cargos de la SEC contra Goldman. Pero por lo que concierne a los/as trabajadores/as, las comunidades, la juventud y los/as estudiantes, hay un escándalo más apremiante. Goldman y los otros banqueros están rodeándose de riquezas, mientras que 30 millones de trabajadores/as necesitan empleos. Esto es un escándalo digno de investigación.
La verdadera indignación en este momento es que Goldman Sachs obtuvo ganancias récord de $3,46 mil millones de dólares en el último trimestre, superando las $3,3 mil millones de dólares de JPMorganChase, pero todavía por detrás de las $4,4 mil millones en ganancias por Citigroup. Mientras tanto, las solicitudes semanales por primera vez para el seguro de desempleo aumentaron de 24.000 a 484.000 a mediados de abril. En la actualidad hay 6,4 millones de trabajadores/as que han estado sin empleo durante más de 27 semanas.
Entre los otros escándalos que necesitan ser descubiertos es el de cómo Goldman Sachs y otros banqueros están extrayendo miles de millones de dólares en intereses de las ciudades. Ciudades y estados a través del país están pagando cientos de miles de millones de dólares en intereses a los bancos mientras que las escuelas, hospitales, programas contra el SIDA y del cuidado de salud (SCHIP) para la infancia se cortan, los/as trabajadores/as del gobierno quedan despedidos/as, y suceden muchas otras barbaridades.
El gobierno capitalista en Washington no quiere iniciar una investigación de cómo los bancos están lanzando a millones de trabajadores/as fuera de sus hogares. Son los bancos los que están detrás de las millones de ejecuciones hipotecarias que han tenido lugar, incluyendo un récord de 250.000 en el primer trimestre de este año. Ellos obstinadamente se niegan a prestar ayuda a los/as propietarios/as, muchos/as de ellos desempleados/as, cuyos ingresos se ha reducido durante la crisis económica. Los banqueros hacen que los alguaciles echen a familias enteras a la calle mientras ellos se sientan cómodamente en sus oficinas y viven en el regazo del lujo.
Los cargos del SEC no tienen sanciones penales.
Si Washington estuviera realmente interesado en cómo los bancos atacan al pueblo, les pondría cargos penales a los banqueros por acciones tales como el cobro de exorbitantes intereses en las tarjetas de crédito y la cosecha de cerca de $40 mil millones en tarifas adicionales solo en el año pasado.
Podría cancelar la deuda en el aumento de los préstamos estudiantiles que han convertido a una generación de estudiantes en sirvientes de los bancos durante años después de graduarse.
Los bancos son legítimamente odiados por el pueblo. Ese odio debe ser dirigido no sólo a los bancos, sino a los bancos como la cumbre de todo el capitalismo. Es la explotación capitalista la base de los bancos, de las corporaciones y de todos los problemas de los/as trabajadores/as.
Las ganancias de banqueros provienen de los/as trabajadores
Las ganancias obtenidas por los bancos provienen de la riqueza creada por los/as trabajadores en primer lugar. Los intereses hipotecarios y el interés de las tarjetas de crédito no son más que un reclamo sobre los salarios de los/as trabajadores después de salir del lugar de trabajo donde son explotados/as por un patrón.
Los impuestos utilizados para pagar los intereses de los banqueros en bonos estatales o municipales han sido tomados de los salarios de los/as trabajadores que vuelven a circular en las bóvedas de los bancos. Los impuestos que las empresas pagan al gobierno salen de los beneficios creados por los/as trabajadores. El fundamento de todos los beneficios es el trabajo no remunerado.
Banca y capitalismo
De hecho, los bancos dominan la industria y están integrados a las juntas y gerentes corporativos. Los bancos y casas financieras que flotan las acciones de las empresas se comunican por teléfono trimestralmente con los altos ejecutivos de las grandes corporaciones. Ellos quieren escuchar sólo cosas buenas acerca de las ganancias de sus inversiones. Los banqueros y financieros pueden obligar a las empresas a cerrar fábricas, bajar salarios, recortar la fuerza de trabajo y aplicar nueva tecnología que destruye puestos de trabajo.
El sector bancario es inseparable del capitalismo. Esta verdad científica basada en un análisis marxista fue elaborada por V.I. Lenin en su obra “Imperialismo, fase superior del capitalismo”, escrito en 1916.
Cuando los/as trabajadores de la empresa Republic Windows and Doors, miembros/as del sindicato United Electrical Workers Local 1110 en Chicago, lucharon para prevenir que la gerencia les abandonara sin pagarles sus beneficios e indemnización por despido, se reveló que era Bank of America quien sostenía las finanzas de la empresa. Sólo después de ocupar la fábrica fue posible que los/as trabajadores obtuvieran sus beneficios — del Bank of America.
Cuando Enron colapsó en la mayor quiebra en la historia, destruyendo las pensiones y los ahorros de miles de personas porque los ejecutivos habían participado en una gran red de pirámide económica, los ejecutivos fueron enjuiciados y algunos incluso fueron a la cárcel. Pero tras bastidores, la financiación de esta empresa criminal era JPMorganChase, Bank of America, Morgan Stanley, USB y todos los mismos nombres que fueron conectados después con el colapso financiero y los fraudes hipotecarios de alto riesgo.
¡A juzgar patronos y banqueros!
Es el capitalismo el que debería estar en juicio. Por ejemplo, fue el sistema de ganancias el culpable por el asesinato de 29 mineros en la mina Massey en West Branch, West Virginia. Los capitalistas de la industria minera son los dueños de las agencias reguladoras y de los miembros del Congreso que deban hacer cumplir los códigos de seguridad. Pero la producción y las ganancias van primero.
El capitalismo está detrás de las muertes de miles de trabajadores/as indocumentados/as que tratan desesperadamente de cruzar el desierto para llegar a los Estados Unidos a causa del TLC-NA que benefició a la industria agrícola estadounidense pero destruyó la economía de México. Y es el sistema de ganancias que utiliza a trabajadores/as vulnerables sin documentos para exprimirles cada onza de trabajo barato.
Ahora que no se necesita tanto su trabajo por la crisis económica, el capitalismo desata redadas del Departamento de Seguridad Nacional y su Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (SICA/ICE) para buscar y aterrorizar a los indocumentados/as y culparles por la crisis.
Es el capitalismo y la búsqueda de ganancias que unen a las industrias petrolera, minera, de las utilidades y a los grandes industrialistas para parar los intentos de imponer límites en su derecho a contaminar el medio ambiente, la tierra, el agua y hasta el aire que necesitan los seres humanos para respirar. Las ganancias están amenazando al planeta.
La investigación de Goldman Sachs es significativa políticamente para la administración de Obama y para la lucha dentro de la clase dominante que intentan hacer al sistema más estable. Pero en cuanto a reformar el sistema, no es nada más que un acto secundario.
De hecho, el SEC debiera investigarse a sí mismo por negligencia de deberes, por cerrar los ojos mientras los financieros en Wall St. jugaban con un estimado total de $600 billones en derivados, vendiendo hipotecas tóxicas por el mundo, y trazando aún más esquemas creativos para estafar al público.
Debe haber una investigación de Moody’s, Standard & Poor’s, y todas las agencias de evaluación que categorizaron a los bonos basuras como triple-A para que se pudieran vender. El Departamento del Tesoro y la Reserva Federal, incluyendo a Alan Greenspan, debían estar en la corte para responder a las acusaciones de ayudar y encubrir la especulación masiva que estalló y costó a millones de trabajadores/as sus casas y sus empleos.
Además, Bill Clinton, Robert Rubin y Larry Summers — todos instrumentos de los bancos — debían ser enjuiciados por abrir las compuertas en 1999 a esta orgia de especulación cuando derogaron el Acta Glass-Steagal. Esta legislación del Programa New Deal fue creada para prevenir que los bancos comerciales que prestaban a corporaciones, comerciaran con acciones corporativas.
Resumiendo, todo el establecimiento capitalista, el gobierno y los financieros estaban colaborando para estimular las llamas especulativas. El sistema entero se basa en la explotación de trabajadores/as quienes son los/as que crean toda la riqueza. La parte más grande de esa riqueza es tomada en ganancias por los dueños de la economía — de las fábricas, minas, campos, hospitales, tiendas, etc. Ellos las usan para crear más ganancias.
Si hubiera una investigación de cómo la economía capitalista pudiera “recuperarse” por seis meses mientras la crisis se profundiza para los/as trabajadores/as y las comunidades, demostraría que el capitalismo es un sistema en bancarrota que no puede cumplir con las necesidades de la gran mayoría del pueblo.
El resultado de una investigación hecha por los trabajadores/as solamente podría concluir que el sistema de ganancias debe ser eliminado. Los recursos y los modos de producción y servicios deberían estar tomados por las masas, ser propiedad social y administrados en forma planificada y organizada para distribuir la riqueza basada en las necesidades humanas y no en las ganancias. Esta es la fundación del verdadero socialismo.
Fred Goldstein
Tomado: Mundo Obrero
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Wall Street
18 jun 2009
Los mensajes tóxicos de Wall Street
Caricatura. Nicholson
Toda crisis tiene un final, y aunque hoy por hoy las cosas pintan negras, también esta crisis económica pasará. Lo cierto, en todo caso, es que ninguna crisis, y mucho menos una tan grave como la actual, remite sin dejar un legado. Uno de los legados de esta crisis será una batalla de alcance global en torno a ideas. O mejor, en torno a qué tipo de sistema económico será capaz de traer el máximo beneficio para la mayor cantidad de gente. En ningún sitio esa batalla es más enconada que en el Tercer Mundo. Alrededor del 80 por ciento de la población mundial vive en Asia, América Latina y África. De entre ellos, unos 1.400 millones subsisten con menos de 1.25 dólares diarios. En los Estados Unidos, llamar a alguien socialista puede no ser más que una descalificación exagerada. En buena parte del mundo, sin embargo, la batalla entre capitalismo y socialismo –o al menos entre lo que muchos estadounidenses considerarían socialismo- sigue estando en el orden del día. Es posible que la crisis actual no depare ganadores. Pero sin duda ha producido perdedores, y entre éstos ocupan un lugar destacado los defensores del tipo de capitalismo practicado en los Estados Unidos. En el futuro, de hecho, viviremos las consecuencias de esta constatación.
La caída del Muro de Berlín, en 1989, marcó el fin del comunismo como una idea viable. Ciertamente, el comunismo arrastraba problemas manifiestos desde hace décadas. Pero tras 1989 se volvió muy difícil salir en su defensa de manera convincente. Durante un tiempo, pareció que la derrota del comunismo suponía la victoria segura del capitalismo, particularmente del capitalismo de tipo estadounidense. Francis Fukuyama llegó a proclamar “el fin de la historia”, definió al capitalismo de mercado democrático como el último escalón del desarrollo social y declaró que la humanidad toda avanzaría en esa dirección. En rigor, los historiadores señalarán los 20 años siguientes a 1989 como el breve período del triunfalismo estadounidense. El colapso de los grandes bancos y de las entidades financieras, el subsiguiente descontrol económico y los caóticos intentos de rescate han dado al traste con ese período. Y también con el debate acerca del “fundamentalismo de mercado”, con la idea de que los mercados, sin control ni restricción alguna, pueden por sí solos asegurar prosperidad económica y crecimiento. Hoy, sólo el autoengaño podría llevar a alguien a afirmar que los mercados pueden auto-regularse o que basta confiar en el auto-interés de los participantes en el mercado para garantizar que las cosas funcionen correctamente y de forma honesta.
El debate económico es especialmente intenso en el mundo en vías de desarrollo. Aunque aquí en occidente tendemos a olvidarlo, hace 190 años una tercera parte del producto bruto mundial se generaba en China. Luego, y de una manera un tanto repentina, la explotación colonial y los injustos acuerdos comerciales, combinados con una revolución tecnológica en Estados Unidos y Europa, condenaron al rezago a los países en desarrollo. A resultas de ello, hacia 1950 la economía china representaba menos del 5 por ciento del producto bruto mundial. A mediados del siglo XIX, en realidad, el Reino Unido y Francia tuvieron que emprender una guerra para abrir China al comercio global. Esta fue la “segunda guerra del opio”, llamada así porque los países occidentales tenían muy poco que vender a China a excepción de estas drogas, que pronto invadieron sus mercados y generaron una amplia adicción entre la población. Con esta guerra, occidente ensayaba una vía temprana de corrección de la balanza de pagos.
El colonialismo dejó una herencia compleja en el mundo en desarrollo. Entre la mayoría de la población, sin embargo, la visión dominante era que habían sido cruelmente explotados. Para muchos nuevos líderes, la teoría marxista ofrecía una interpretación sugerente de esta experiencia, puesto que sostenía que la explotación era en realidad el motor del sistema capitalista. Por eso, la independencia política que las colonias conquistaron tras la segunda guerra mundial no supuso el fin del colonialismo económico. En algunas regiones, como África, la explotación –la extracción de recursos naturales y la devastación del ambiente a cambio de migajas- era evidente. En otros sitios fue más sutil. En diferentes regiones del mundo, instituciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial pasaron a ser vistas como instrumentos de control pos-colonial. Estas instituciones propiciaron el fundamentalismo de mercado (o “neoliberalismo”, como fue a menudo llamado) una categoría idealizada por los estadounidenses como “mercados libres e irrestrictos”. Asimismo, presionaron a favor de la desregulación del sector financiero, de las privatizaciones y de la liberalización del comercio.
El Banco Mundial y el FMI aseguraban que todo lo hacían por el bien de los países en desarrollo. Su actuación estaba respaldada por equipos de economistas partidarios del libre mercado, muchos de ellos provenientes de la catedral de la economía de libre mercado, la Universidad de Chicago. Al final, los programas de los ‘Chicago boys’ no trajeron los resultados prometidos. Los ingresos se estancaron. Allí donde hubo crecimiento, la riqueza fue a parar a los estratos más altos. Las crisis económicas en países concretos se volvieron cada vez más frecuentes. Sólo en los últimos 30 años, de hecho, se produjeron más de cien de considerable gravedad.
En este contexto, no sorprende que las poblaciones de los países en desarrollo creyeran cada vez menos en las motivaciones altruistas de Occidente. Sospechaban que la retórica de la economía libre de mercado –lo que pronto se conoció como “el Consenso de Washington”- era sólo la cobertura de los intereses comerciales de siempre. Estas sospechas se vieron reforzadas por la propia hipocresía de los países occidentales. Europa y Estados Unidos no abrieron sus propios mercados a la agricultura producida en el Tercer Mundo, que con frecuencia era todo lo que estos países podían ofrecer. Por el contrario, los forzaron a eliminar subsidios necesarios para la creación de nuevas industrias, a pesar de que ellos otorgaban subsidios a sus propios agricultores.
La ideología del libre mercado resultó ser una excusa para acometer nuevas formas de explotación. “Privatizar” quería decir que los extranjeros podían comprar minas y campos petrolíferos a bajo precio en los países en desarrollo. Suponía que podían extraer considerables beneficios de actividades monopólicas y semi-monopólicas como las telecomunicaciones. “Liberalizar”, por su parte, quería decir que podían obtener créditos con facilidad. Y si las cosas iban mal, el FMI forzaba la socialización de las pérdidas, con lo que el esfuerzo de pagar a los bancos recaía sobre la población en su conjunto. También comportaba que las empresas extranjeras pudieran arrasar con las industrias emergentes, bloqueando el despliegue del talento empresarial local. El capital fluía libremente, pero el trabajo no, salvo en el caso de los individuos mejor dotados, que podían encontrar un empleo en el mercado global.
Obviamente, éstos no son más que brochazos de un cuadro más complejo. En Asia, por ejemplo, siempre hubieron resistencias al Consenso de Washington e incluso restricciones a la libre circulación de capital. Los gigantes asiáticos –China e India- condujeron la economía a su manera y obtuvieron inéditos índices de crecimiento. Pero en general, y sobre todo en aquellos países en los que el Banco Mundial y el FMI controlaron las riendas, las cosas no fueron demasiado bien.
Para los críticos del capitalismo estadounidense en el Tercer Mundo, la manera en que los Estados Unidos han respondido a la crisis constituye la gota que colma el vaso. Durante la crisis del sudeste asiático, hace apenas una década, los Estados Unidos y el FMI exigieron que los países afectados redujeran el déficit a través de recortes en el gasto social. Poco importó que en países como Tailandia estas medidas contribuyeran a un resurgimiento de la epidemia del SIDA, o que en otros como Indonesia comportara el recorte de subsidios para la alimentación de los hambrientos. Estados Unidos y el FMI forzaron a estos países a aumentar los tipos de interés, en algunos casos en más de un 50 por ciento. Urgieron a Indonesia que fuera dura con los bancos y al gobierno que no acudiera en su rescate ¡Qué peligroso precedente! –dijeron- ¡qué tremenda intervención en el delicado mecanismo de relojería del libre mercado!
El contraste entre la reacción exhibida ante las crisis asiática y estadounidense es notorio y no ha pasado inadvertido. Para sacar a Estados Unidos del pozo, somos testigos de incrementos masivos del gasto y del déficit, así como de tasas de interés que prácticamente han sido reducidas a cero. Las ayudas a los bancos fluyen a diestra y siniestra. Algunos de los funcionarios de Washington que tuvieron que lidiar con la crisis asiática son ahora los encargados de dar respuestas a la crisis estadounidense ¿Por qué los Estados Unidos –se pregunta la gente del Tercer Mundo- prescriben una medicina diferente cuando se trata de sí mismos?
En los países en desarrollo, son muchos los que aún padecen los efectos del sermoneo recibido en los últimos años: adoptad instituciones como las de los Estados Unidos; seguid nuestras políticas; comprometeos con la desregulación; abrid vuestros mercados a los bancos norteamericanos si queréis aprender “buenas” prácticas bancarias; y vended (no por casualidad) vuestras empresas y bancos a los Estados Unidos, especialmente si es a precio de ganga durante las épocas de crisis. Sí, reconocía Washington, puede ser doloroso, pero al final estaréis mejor. Los Estados Unidos enviaron a sus Secretarios del Tesoro (de ambos partidos) alrededor del mundo a predicar la buena nueva. A ojos de muchos, la puerta giratoria que permite a los líderes financieros norteamericanos pasar cómodamente de Wall Street a Washington y otra vez a Wall Street, les otorgaba todavía más credibilidad: parecían combinar a la perfección el poder del dinero y el poder de la política. Los líderes financieros norteamericanos tenían razón en pensar que lo que era bueno para los Estados Unidos o el mundo era bueno para los mercados financieros. Pero lo contrario no era cierto: no todo lo que era bueno para Wall Street era bueno para los Estados Unidos y el mundo.
No es un simple gesto de Schadenfreude, de alegría por la desgracia ajena, lo que motiva el severo juicio que los países en vías desarrollo realizan del fracaso económico de Estados Unidos. También está en juego la necesidad de discernir cuál es el sistema económico que mejor puede funcionar en el futuro. Indudablemente, estos países tienen todo el interés del mundo en que ver una pronta recuperación de los Estados Unidos. Saben que por sí solos no podrían afrontar lo que los Estados Unidos han hecho para intentar revivir su economía. Saben que ni siquiera el elevado nivel de gasto realizado está funcionando demasiado rápido. Saben que a resultas del colapso económico norteamericano, 200 millones de personas más han caído en la pobreza en el curso de los últimos años. Pero están convencidos, cada vez más, de que cualquier ideal económico propugnado por los Estados Unidos es un ideal del que seguramente habría que huir.
¿Por qué debería preocuparnos la desilusión del mundo con el modelo estadounidense de capitalismo? La ideología que promovimos todos estos años ha dejado de funcionar, pero tal vez esté bien que no pueda repararse ¿Podríamos acaso sobrevivir –incluso tan bien como hasta ahora- si nadie se adhiere al modo de vida norteamericano?
Seguramente, nuestra influencia disminuirá, ya que es poco probable que se nos considere un modelo a seguir. En cualquier caso, es lo que ya estaba ocurriendo de hecho. Los Estados Unidos solían desempeñar un papel crucial en el capital global, ya que otros pensaban que teníamos un especial talento para lidiar con el riesgo y para asignar recursos financieros. Hoy nadie piensa algo así, y Asia – de donde proceden buena parte de los ahorros del mundo - ya está desarrollando sus propios centros financieros. Hemos dejado de ser la fuente central del capital. Los tres bancos más importantes del mundo son ahora chinos. El principal banco norteamericano ha caído al quinto puesto.
El dólar ha sido durante mucho tiempo la moneda de reserva. Los países tenían al dólar como referencia para determinar la confianza en sus propias monedas y gobiernos. Sin embargo, progresivamente se ha ido imponiendo en los bancos centrales de diferentes partes del mundo la idea de que el dólar puede no ser un referente de valor. Su valor, de hecho, ha oscilado y ha ido cayendo. El enorme incremento de la deuda norteamericana durante la presente crisis, combinado con los préstamos indiscriminados de la Reserva Federal, han disparado las especulaciones en torno al futuro del dólar. Los chinos han sugerido de manera abierta la posibilidad de inventar algún tipo nuevo de moneda para reemplazarlo.
Mientras tanto, el coste de lidiar con la crisis está desbordando nuestras necesidades. Nunca hemos sido generosos en nuestra ayuda a los países pobres. Pero las cosas están empeorando. En los últimos años, la las inversiones chinas en África han sido superiores a las del Banco Mundial y el Banco Africano de Desarrollo juntos, muy lejos de las realizadas por Estados Unidos. Para afrontar la crisis, los países africanos corren a Beijing en busca de ayuda, no a Washington.
Mi preocupación aquí, en todo caso, tiene que ver con el ámbito de las ideas. Me preocupa que, a medida que se vean con mayor nitidez las fallas del sistema económico y social norteamericano, las personas de los países en desarrollo vayan a extraer conclusiones erróneas. Sólo unos pocos países -y acaso los propios Estados Unidos- aprenderán correctamente la lección. Se darán cuenta de que para salir adelante es necesario un régimen en el que el reparto de papeles entre mercado y gobierno sea equilibrado y en el que haya un estado fuerte capaz de administrar formas efectivas de regulación. Se darán cuenta de que el poder de los intereses privados debe limitarse.
Otros países, empero, sacarán conclusiones más confusas y profundamente trágicas. Tras el fracaso de sus sistemas de posguerra, la mayoría de países ex comunistas retornaron al capitalismo de mercado y encumbraron a Milton Friedman en lugar de a Karl Marx como nuevo dios. Con la nueva religión, sin embargo, no les ha ido bien. Muchos países pueden pensar, en consecuencia, que no sólo el capitalismo ilimitado, de tipo estadounidense, ha fracasado, sino que es el propio concepto de economía de mercado el que ha fallado y ha quedado inutilizado para cualquier circunstancia. El viejo comunismo no regresará, pero sí diversas formas excesivas de intervenir en el mercado. Y fracasarán. Los pobres sufren con el fundamentalismo de mercado, que genera un efecto derrame, pero de abajo hacia arriba y no de arriba hacia abajo. Pero los pobres seguirán sufriendo con este tipo de regímenes, puesto que no generarán crecimiento. Sin crecimiento no puede haber reducción sostenible de la pobreza. No ha habido nunca una economía exitosa que no haya descansado fuertemente en los mercados. La pobreza estimula la desafección. Los inevitables fracasos conducirán a mayor pobreza aún y serán difíciles de gestionar, sobre todo por parte de gobiernos llegados al poder con el propósito de combatir el capitalismo de tipo norteamericano. Las consecuencias para la estabilidad global y para la propia seguridad de los Estados Unidos son evidentes.
Hasta ahora, solía existir una sensación de valores compartidos entre los Estados Unidos y las élites educadas en Estados Unidos alrededor del mundo. La crisis económica ha erosionado la credibilidad de dichas élites. Hemos suministrado a los críticos con la disoluta forma de capitalismo practicada en Estados Unidos, poderosa munición para contraatacar con la prédica de una más amplia filosofía anti-mercado. Y seguimos proporcionándoles más y más munición. Mientras en la reciente cumbre del G-20 nos comprometíamos a no impulsar el proteccionismo, colocábamos una previsión de “compre norteamericano” en nuestro propio paquete de estímulos. Luego, para ablandar la oposición de nuestros aliados europeos, modificábamos dicha norma, de todo punto discriminatoria en relación con los países pobres. La globalización nos ha hecho más interdependientes; lo que ocurre en una parte del mundo afecta a la otra, un hecho probado por el contagio a otros de nuestras dificultades económicas. Para resolver problemas globales, es menester que exista un sentido de cooperación y confianza, así como un cierto sentido de valores compartidos. Esta confianza nunca fue sólida, y no ha hecho sino debilitarse en los últimos tiempos.
La fe en la democracia es otra de las víctimas. En el mundo en desarrollo, la gente mira hacia Washington y ve al sistema de gobierno que permitió a Wall Street prescribir una serie de reglas que pusieron en riesgo la economía global y que, cuando toca asumir las consecuencias, vuelve a recurrir a Wall Street para gestionar la recuperación. Ve permanentes redistribuciones de riqueza hacia la cúspide de la pirámide, claramente a expensas de los ciudadanos comunes y corrientes. Ve, en suma, un problema básico de falta de controles en el sistema democrático estadounidense. Y después que se ha visto todo esto, sólo es necesario dar un pequeño paso para concluir que hay algo que funciona inevitablemente mal con la propia democracia.
Eventualmente, la economía estadounidense se recuperará y, hasta cierto punto, nuestro prestigio en el extranjero. Durante mucho tiempo, los Estados Unidos fueron el país más admirado del mundo, y todavía es el más rico. Guste o no, nuestras acciones están sujetas a permanente examen. Nuestros éxitos son emulados. Pero nuestras fracasos son criticados con escarnio. Todo esto me devuelve a Francis Fukuyama. Fukuyama estaba equivocado al pensar que las fuerzas de la democracia liberal y de la economía de mercado triunfarían de modo inevitable y que no habría vuelta atrás. Pero no estaba equivocado al creer que la democracia y las fuerzas de mercado son esenciales para tener un mundo justo y próspero. La crisis económica, en buena medida desencadenada por el comportamiento de los Estados Unidos, ha hecho más daño a estos valores fundamentales que cualquier régimen totalitario en los tiempos recientes. Tal vez sea verdad que el mundo se encamina al fin de la historia, pero de lo que se trata, ahora, es de navegar contra el viento y de ser capaces de definir el curso de las cosas.
Joseph Stiglitz
Tomado de Revista Sin Permiso
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16 mar 2009
Reimaginar el socialismo. Estar a la altura de las circunstancias

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