Casi 40 años después, aún se desconoce si se suicidó o fue asesinado
La Justicia chilena ha decidido investigar una antigua duda: ¿el ex presidente Salvador Allende se suicidó o fue asesinado en el interior del palacio de La Moneda el 11 de septiembre de 1973, cuando las Fuerzas Armadas dieron el golpe de Estado?
Su muerte será investigada por el juez especial Mario Carroza junto con otros 725 casos de violaciones de los derechos humanos cometidos durante la dictadura de Augusto Pinochet, sobre los que hasta ahora no se habían iniciado actuaciones judiciales.
Aún es un misterio lo que ocurrió la mañana del 11 de septiembre. Cuando los militares llegaron hasta La Moneda, el ex presidente se puso un casco de minero que tenía en su despacho y tomó la metralleta AK-47 que meses antes le había regalado Fidel Castro en una visita que hizo a Chile.
Allende recibió varias llamadas telefónicas de generales que le pedían que saliera, que le enviarían un avión. Allende se negó. "A mí no me van a hacer salir en pijama ni ir a asilarme a una embajada", afirmó Allende, según han recordado sus colaboradores.
Quiso salir el último
En la soledad de su despacho, con los bombarderos sobrevolando La Moneda, el ex presidente improvisó un discurso dedicado "al pueblo de Chile". Luego hizo salir a todos sus asesores y dijo que él saldría el último.
El doctor Patricio Guijón, era parte del equipo médico del Gobierno y estaba ahí esa mañana. Era cercano a Allende, pero no se le reconocía militancia política. Guijón es conocido como el único testigo de la muerte del ex presidente chileno.
En 1984, Guijón relató a la desaparecida revista Cauce: "Iba saliendo y de pronto pensé que nunca había estado en una guerra y me devolví para ir a buscar una máscara y llevársela de recuerdo a mi hijo De pronto, justo frente a la puerta vi el momento en que Allende se pegó un tiro".
Mientras la familia y varios allegados del ex mandatario chileno siempre han mantenido la tesis de que Allende se suicidó, otros dudan de la verosimilitud del relato de Guijón y se cuestionan que Allende fuese sepultado de noche, sin que la viuda pudiera reconocer el cuerpo.
Dudas sobre la autopsia
Hace poco más de un año, el perito forense Luis Ravanal abrió una polémica en Chile al presentar un estudio forense (basado en la autopsia de Allende) que asegura que el ex presidente fue asesinado.
Ravanal, en conversación con Público, insistió: "Aquel 11 de septiembre, Allende recibió un proyectil en la cara. Procedía de un arma de bajo calibre que le entró cerca del ojo derecho y salió por la parte posterior de su cabeza".
Según el médico, "a los pocos minutos de haber muerto, recibió un disparo de metralleta AK-47, justo por debajo el mentón".
Los autores de la autopsia realizada a Allende son los médicos José Luis Vásquez y Tomás Tobar. El ginecólogo Vásquez realizó también el informe forense del diplomático español Carmelo Soria, donde aseguró que había muerto en un accidente de automóvil. Más tarde, la Justicia descubrió que fue secuestrado por la policía secreta, torturado y murió, con múltiples fracturas cervicales y de columna, en 1976.
El nombramiento de este embajador es un "insulto a la memoria histórica y a todos los chilenos que lucharon por la democracia"
IU y asociaciones chilenas en España han exigido esta semana a la ministra de Asuntos Exteriores, Trinidad Jiménez, la retirada del plácet al embajador Sergio Romero debido a su "pasado de crimen y muerte" durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), durante la cual fue viceministro de Agricultura.
En rueda de prensa en Madrid, el secretario de Derechos Humanos y Solidaridad Internacional de IU, Francisco Pérez Esteban, ha afirmado que Romero fue "corresponsable de todos los delitos contra la Humanidad" que se cometieron durante la dictadura, por lo que su partido va a solicitar una reunión con Jiménez para que explique qué procedimientos ha seguido su Ministerio para aceptar el nombramiento del embajador.
Pero también ha acusado al presidente chileno, Sebastián Piñera, de incumplir su promesa electoral de no incluir a antiguos miembros de la dictadura en su Ejecutivo, que tomó posesión el pasado mes de marzo. "¿Acaso su Gobierno tiene vínculos con los pinochetistas?", ha preguntado.
Para llamar la atención sobre el pasado de Romero y su posterior nombramiento como embajador en España, Pérez Esteban ha iniciado una "campaña" para lograr su destitución y que incluye varias preguntas parlamentarias registradas por el diputado de IU, Gaspar Llamazares, dirigidas a Jiménez además de la convocatoria de futuras concentraciones tanto en la Embajada chilena como en el Ministerio de Asuntos Exteriores.
Para el dirigente de IU, el nombramiento de Romero supone un "gravísimo precedente" y ha puesto de manifiesto una vez más que, en política exterior, "los Derechos Humanos están supeditados a los intereses económicos" del Gobierno español, como en el caso, ha remarcado, del Sáhara Occidental.
El profesor de la Universidad Complutense de Madrid Marcos Roitman, de origen chileno, ha explicado que Romero, que ha sido distinguido en España con la Orden de Isabel la Católica, tuvo un importante papel a la hora de desestabilizar el Gobierno de Salvador Allende, siendo protagonista de la trama civil que organizó el golpe de Estado de Pinochet en 1973.
El dictador chileno Augusto Pinochet Ugarte en una foto poco después de derrocar por la fuerza al gobierno de Allende.
Entregan al Gobierno chileno los archivos secretos, entre los que destaca una conversación de Kissinger con el dictador: "Deseamos que el suyo sea un gobierno próspero. Queremos ayudarle y no obstruir su labor"
Más de 20.000 documentos desclasificados en EEUU, que confirman que este país instó y apoyó el golpe de Estado de Augusto Pinochet en 1973, fueron entregados hoy a Chile, en cuya capital, Santiago, se incorprarán a la base de datos del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Los documentos, que fueron entregados al museo por el director del Chile Documentation Project del National Archive de la Universidad George Washington, Peter Kornbluh, recogen "de forma muy clara" la intervención de Estados Unidos en el golpe militar del 11 de septiembre de 1973 y su apoyo al régimen militar.
Entre otros archivos, la documentación recoge una conversación que mantuvieron en junio de 1976 en Santiago el general Pinochet y el consejero de Seguridad Nacional y posterior Secretario de Estado durante la presidencia de Richard Nixon (1964-1974), Henry Kissinger, en la que éste le traslada su apoyo. "Deseamos que el suyo sea un gobierno próspero. Queremos ayudarle y no obstruir su labor", dijo Kissinger a Pinochet, minutos antes de pronunciar un discurso sobre Derechos Humanos ante la Organización de Estados Americanos (OEA).
"Está siendo víctima de todos los grupos de izquierda del mundo y su mayor pecado no ha sido otro que el de derrocar un gobierno que se convierte al comunismo", añadió. Según Kornbluh, Kissinger "era el arquitecto del programa que intentó derrocar a Allende entre 1970 y 1973". "Él era la persona más responsable de ayudar económica y militamente a Pinochet a consolidar su régimen", aseguró.
Kornbluh, que es autor de varios libros sobre la dictadura chilena, el más reciente The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability, ha jugado un papel importante en la campaña que ha permitido desclasificar los archivos secretos del Gobierno de Estados Unidos. De los casi 24.000 documentos entregados a Chile, 2.000 son de la Central de Inteligencia Americana (CIA) que, según rezan los escritos, ya desde 1971, dos años antes del golpe, presionó a favor de un golpe de Estado contra el Gobierno de Salvador Allende.
El material entregado, ordenado en cuatro colecciones, incluye transcripciones de algunas de las conversaciones telefónicas que mantuvo Kissinger, y que posteriormente robó, así como información de cómo Pinochet y el ex jefe de la policía secreta (DINA), Manuel Contreras, intentaron encubrir el atentado al ex canciller Orlando Letelier, cometido en Washington en septiembre de 1976.
Según Kornbluh, estos documentos podrían ayudar en los procesos judiciales abiertos actualmente sobre crímenes contra los derechos humanos cometidos durante la dictadura, además de contribuir al "veredicto de la Historia" y a educar a la próxima generación. Tras una detallada presentación de los documentos, que fueron mostrados a los periodistas, Kornbluh instó a los gobiernos a promover leyes de transparencia y a empujar por la desclasificación de este tipo de archivos.
En este mes de septiembre tendrán lugar dos acontecimientos históricos en el austral Chile. El más trascendente y renombrado será el Bicentenario el día 18, cuando se conmemoran 200 años del proceso de independencia que se inició con la Primera Junta Nacional de Gobierno .
El segundo acontecimiento que será silenciado o en el mejor de los casos minimizado por la derecha, será el 40 Aniversario del Triunfo de la Unidad Popular con su presidente constitucional al frente, el compañero Salvador Allende.
Los medios de publicidad y propaganda de la derecha harán caso omiso a esta también trascendente efemérides. Toca entonces a las fuerzas de izquierda y progresistas del Chile de Salvador Allende, recordar y rendir honor a ese importante hecho histórico de la nación. Por primera vez un luchador social identificado y portador de las ideas del Socialismo llegaría a La Moneda. Por primera vez un proyecto con raigales proyecciones políticas de cambio hacia el Socialismo, entraría en el escenario político de la América Latina por vía pacifica, mediante elecciones libres y democráticas. Un hecho insólito en las luchas del proletariado mundial, calificado así por el líder revolucionario Fidel Castro, por llevar el Socialismo a la cúspide del poder político de una nación sin contienda bélica.
Faltando pocos días para la fecha del 4 de septiembre, momento histórico en que se logra aquel empeño político de las fuerzas de izquierda en el Chile de 1970, al llevar un candidato de probada lealtad a las ideas del socialismo a la Moneda, vale la pena el recuento de las circunstancias que rodearon y permitieron el triunfo de Allende.
En fecha bien temprana, en 1967 en el mes de noviembre, ya Allende tenía definida su conducta política a seguir. En Chillan, ciudad natal de Bernardo O´Higgins durante el Congreso del Partido Socialista, Allende delineó el carácter pluralista, democrático y libertario del Frente de la Patria, embrión de la Unidad Popular que luego liderara.
Quizás para comenzar nada mejor que las propias palabras de Allende en el verano de 1969, cuando aun no se había estructurado la unión de los partidos ni proyectado su programa de gobierno. Decía Allende: “Concibo el Frente de la Patria como el más poderoso movimiento revolucionario, nacional, antimperialista. Es, por lo tanto, una real alternativa de poder. El frente de la Patria, partiendo de la unidad socialista-comunista…debe ser el núcleo aglutinador de los que luchan por Chile y por su independencia económica, los que no vacilen en hacer los cambios revolucionarios y en construir el socialismo. Insisto, el Frente de la Patria será el más poderoso movimiento revolucionario de nuestra historia”.
Su sentido de unidad es una constante que se aprecia en toda su larga carrera política. Es un llamado constante, es un precepto medular de su ideario que tuvo entonces y debieran tener siempre presente las fuerzas de la izquierda en el Chile de hoy.
Pese a los diferendos dentro del propio partido de Allende, el 29 de agosto de 1969 el Comité Central del Partido Socialista presentó, por aclamación la promoción de Salvador Allende para candidato a las elecciones a la presidencia por el Partido Socialista. Era el primer paso a su cuarto intento por alcanzar la banda presidencial.
Resultaría agotador describir todas las dificultades que tuvo que vencer Salvador Allende en su vida política antes de llegar a La Moneda. Baste decir que la reacción interna y externa utilizaron todos los medios de propaganda para desvirtuar la línea política de Allende. Mentiras e infamias, calumnias de todo tipo no faltaron en la formula para desacreditar y desestimular a partidarios y simpatizantes, de llevar a Allende como abanderado de la izquierda a las presidenciales.
Pudiera considerarse que nunca antes contra candidato alguno a presidente de un país latinoamericano, se conjuró tanta incidía y maldad calculada para provocar su caída temprana. Una lectura al libro de L. Lauretski “Salvador Allende” bastaría para quedar el lector profundamente consternado de la titánica batalla que libro Allende contra sus contrincantes políticos de derecha, la oligarquía nacional y el capital foráneo.
En la proximidad a tan memorable fecha de recordación, es preferible destacar los valores y meritos del digno chileno que enrostró ante las infinitas dificultades y hasta sus últimas consecuencias, su compromiso de luchar por la justicia social de su pueblo desde la legalidad, desde la paz. Requería ello arrojo, valentía, pero sobre todo profundas convicciones políticas e inteligencia.
En el transcurso de 1969 y casi al final, el 17 de diciembre sale a la luz el programa de gobierno de la Unidad Popular. Con un marcado carácter antimperialista proclamaba el mismo como tarea esencial del futuro gobierno, “poner fin al dominio de los monopolios, la oligarquía terrateniente y comenzar la construcción del socialismo en Chile”. Es así que el 26 de diciembre de ese propio año, todos los partidos de izquierda aprobaron el pacto de gobierno y de la Unidad Popular que como bien proclamaba “elegiremos un mandatario del pueblo”
El 22 de enero de 1970 , no sin antes estar precedida de polémicos y reiterados análisis, las agrupaciones de la izquierda chilena, a saber los partidos comunista, socialista, radical y social-demócrata, el movimiento de acción popular unificado (MAPU), y la acción popular independiente (API) llegaron a acuerdo de cual seria el candidato único que representaría la UP. El comité directivo proclamó unánimemente a Salvador Allende como el candidato a presidente.
¡Ya tenemos candidato único..Es Salvador Allende!. Nuestros esfuerzos no han sido en vano---. Así dijo Luis Corvalán en la Plaza Bulnes, de Santiago de Chile en un mitin por la ocasión.
Sería la cuarta vez que Salvador Allende fuera elegido candidato único. Su victoria en las elecciones significaría no solo el triunfo personal de un político consecuente y consagrado en vida a su ideario, como también el triunfo de los sueños de generaciones de revolucionarios, de hombres y mujeres de la izquierda en Chile. Era además la victoria de los trabajadores chilenos, pero esa victoria no estaba aun consolidada.
A partir de ese momento Allende demostró toda su capacidad y entereza de revolucionario y hombre convencido de las ideas socialistas. Visitó los más apartados lugares de la larga y estrecha geografía chilena. Provincia a provincia recorrió todo el país y sumo en su campaña a todos los demás aspirantes de los partidos de izquierda, quienes le acompañaron y trabajaron junto a el . En paralelo se crearon por todo Chile casi 15 mil comité de apoyo a la Unidad Popular que fueron un poderoso motor impulsor de la campaña presidencial de Allende. Los trabajadores unidos en la CUT jugaron un rol destacado en esa campaña.
Fue durante ese preludio a las elecciones que se hicieron públicas las primeras 40 medidas de lo que sería el Gobierno Popular.
Llegamos al mes de Mayo de 1970 y Allende enfermó de un estado gripal agudo. La reacción interna se frotó las manos cuando se rumoró que el candidato estaba infartado, rumores que el mismo se encargó de desmentir mediante su presencia de ánimo en una conferencia de prensa en Televisión.
Tenía Allende 61 años y su cuarta batalla frente a las urnas estaba a menos de 4 meses de tener lugar.
Esos meses que precedieron a las elecciones presidenciales del 4 de septiembre de 1970 en Chile, Allende tuvo que sortear infinitas dificultades.
Los círculos de poder en los Estados Unidos de Norteamérica ya habían declarado en manifiesta y prepotente actitud que no permitirían la aparición de una “segunda Cuba”. Se referían a evitar por todos los medios que el Socialismo llegara a Chile, que el ejemplo de la Revolución cubana se replicara en América Latina. Con ese fin, de manera abierta a veces y encubierta otras, la administración norteamericana se empleó a fondo, financiando desde bien temprano en 1961 y hasta 1968, acciones de inteligencia para las cuales dispusieron de un presupuesto de 1.136.400.00 USD y ya durante la cuarta campaña electoral entre 1969 y 1970 el financiamiento llegó a mas de 200 millones de dólares para evitar a toda costa que el candidato de la izquierda llegara a la presidencia de Chile. Se puede decir con certeza, a la luz de la historia demostrada y documentada, que Allende estuvo siempre colimado por la mirilla de un francotirador inescrupuloso: el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica con su fórmula: Pentágono+ Departamento de Estado+CIA.
Mientras, dentro de Chile la oligarquía nacional y el propio gobierno de Frei apostaban a lograr abortar los esfuerzos de la izquierda chilena ahora liderada por Allende, mediante maniobras electorales. Contaban con poder triunfar en las elecciones que se avizoraban. El candidato ultraderechista Jorge Alessandri en discurso televisivo del 24 de mayo de 1970 aseveró que “no lograrán su intento los que pretenden someternos a esclavitudes que viven países que no quiero nombrar, porque Chile todavía conserva Fuerza Publica y Carabineros organizados que no permitirán que prevalezcan doctrinas criminales”. Quien así se expresaba era el postulante por el Partido Demócrata Cristiano (PDC), sin embargo, confiado en su victoria, el 24 de julio de ese propio año declaraba públicamente que “Para contribuir a la paz y la armonía que deben reinar entre los chilenos, yo repito y confieso públicamente que será presidente aquel que obtenga la primera mayoría de votos en las elecciones”.
Apenas un mes después tuvo que mantener su palabra a pesar de los demostrados intentos de que no ocurriera precisamente así, pues es importante recordar y asistir a la memoria histórica imborrable de aquel año 1970: Dentro del PDC militaba Patricio Aylwin quien fue uno de los artífices del maquiavélico resquicio legal mediante el cual se pretendía reinstalar a Eduardo Frei Montalva en la presidencia de la República y así desconocer la tradición chilena en cuanto a que quién obtenía la primera mayoría sería proclamado presidente electo por el Congreso Nacional.
La astuta pero sucia maniobra partía del hecho de que en ese año 1970 la DC era mayoría en el Congreso Nacional; lo que sumando los votos a los del derechista Partido Nacional (PN) de Sergio Onofre Jarpa, desconocerían el triunfo relativo de Allende y Alessandri sería proclamado presidente electo y renunciaría al día siguiente. La renuncia de Alessandri provocaría la convocatoria a una nueva elección presidencial, en la que Eduardo Frei Montalva sería proclamado candidato único de nacionales y democristianos, cuyos votos unidos serían inalcanzables por el movimiento popular en la nueva elección. Recordemos que la Constitución de 1925, vigente en aquella época, no permitía la reelección del presidente en ejercicio. Por tanto, para que las fuerzas políticas de derecha lograran implementar el astuto proyecto, era preciso que funcionara el enroque ajedrecístico conocido como “gambito” (El Gambito Frei) consistente en sacrificar una pieza importante, Alessandri en ese caso y conseguir así una posición estratégica favorable. Esa es la historia, sin embargo la turbia jugada no fue posible llevarla a efecto.
Tampoco posiciones de extrema izquierda que por esos tiempos afloraban en sectores de la población, ayudaban a consolidar el proyecto de la Unidad Popular dentro del electorado expectante. Allende había sido tajante, transparente, honesto y valiente. Su batalla era con las ideas, no con las armas. Tenia la mas profunda convicción de trabajar por alcanzar los necesarios cambio de justicia social desde La Moneda, por ello llegar a ella no seria un fin de campaña política electoral, sino el origen de la gran batalla que habría de librar durante su gobierno; los 1040 días del gobierno mas popular que se recuerda hasta hoy en la historia Patria, el esperanzador proyecto del pueblo chileno: la Unidad Popular.
Al llegar el mes de junio de 1970, Allende entraba en sus 62 años, una edad de consideración para un candidato de la izquierda que tenía por delante la más dura batalla política a librar en su larga vida de luchador social.
Más de 3,5 millones de chilenos asistirían a las urnas, todos los mayores de 21 años. Del total, 1,3 millones votaron en Santiago de Chile.
En la mañana del 4 de septiembre Allende junto a su esposa Hortensia Bussi, la Tencha, se presentaron a la urna del colegio electoral ubicada en el Liceo 7 de niñas.
El conteo regresivo llegó a cero, era el día esperado, el cuarto sufragio. Esta vez la batalla de ideas del compañero Allende, le depararía la victoria. Más de cuarenta años de sostenida lucha política daban al fin sus frutos.
Faltando minutos para la llegada del nuevo día 5 de septiembre de 1970, un emisario a nombre del Ministerio del Interior y las Fuerzas Armadas, comunicó a Salvador Allende que habían votado por el una mayoría relativa de electores y estaba autorizado a efectuar un mitin de sus partidarios a las 0 horas y 30 minutos.
La Federación de Estudiantes de Chile fue la tribuna escogida para la extraordinaria concentración del pueblo. En ella se congregaron de manera espontánea los pobladores de Santiago. Hasta allí llegó Allende lleno de natural jubilo y recibido entre aplausos y vítores de triunfo. Ese discurso, que quedó grabado para la posteridad, entró en la historia política de Chile, como el manifiesto del hombre sencillo, pero profundo, firme y convencido de que está vez su pueblo era dueño de su destino. “Desde aquí declaro solemnemente que respetaré los derechos de todos los chilenos. Pero también declaro y quiero que lo sepan, definitivamente, que cumpliremos el compromiso histórico que hemos contraído, de convertir en realidad el programa de la Unidad Popular”.
Sobre sus hombros y de buena parte del conglomerado de partidarios de la Unidad Popular, recaería la difícil tarea de llevar adelante el programa de gobierno. Sabia su costo y sus riesgos, pero libraría con determinación e inteligencia esta nueva etapa de lucha y confrontación. Para ella se había preparado: “Si la victoria no era fácil, difícil será consolidar nuestro triunfo y construir la nueva sociedad, la nueva convivencia, la nueva moral y la nueva Patria”.
Sin embargo le quedaba aun sortear un escollo. Allende recibió solamente el 36,3% de los votos, seguido de Jorge Alessandri con 34,9 y Rodomiro Tomic con 27,8%, por lo tanto ni uno solo de los candidatos presidenciales había recibido la mayoría absoluta de votos, quedando entonces al Congreso la decisión de cual de los candidatos que recibieron mayoría de votos sería el futuro presidente.
Se prolongaba entonces en 60 días la definición y en ese tiempo como dijera Allende a una entrevista periodística, “entre el 4 de septiembre y el 3 de noviembre, Chile va a estar más agitado que una pelota pateada por Pelé”. Allende, aun en los momentos mas críticos de su campaña nunca perdió el sentido del humor, su natural forma de encarar los problemas; unía a su vocación de luchador social, su pasión y su alegría de vivir.
En los días posteriores al 4 de septiembre de 1970 un corresponsal de la revista Ercilla abordó a Salvador Allende con un singular cuestionario que merece ser recordado en este 40 Aniversario del Triunfo de la Unidad Popular. Dentro de esas preguntas estuvieron asociadas con el momento que se vivía las siguientes:
Doctor Allende, ¿Qué dos noticias referentes a Chile fuera de un triunfo electoral suyo, le gustaría leer en los diarios?.
-Terminó la inflación. No hay chileno sin trabajo-.
¿En que momento de su vida pensó por primera vez en la posibilidad de llegar a ser Presidente?
- Cuando advertí que podría ser un factor que contribuya a unir la izquierda-.
¿Si estuviera en sus manos hacerlo, que cualidades de otros pueblos injertaría a los chilenos?
- Sería mejor preocuparse por darle al pueblo chileno la oportunidad de desarrollar sus propias cualidades-.
¿Cuál es a su juicio, la virtud más admirable y el defecto más criticable de la juventud actual?
-La mayor virtud, la valentía. El mayor defecto, el conformismo-.
¿Cómo le gustaría que lo recordaran?
-Como un chileno consecuente-.
¿Qué significa ser socialista?
- Ser hombre del siglo XX, padre del siglo XXI-.
Indudablemente sus respuestas son mensajes que llegan hasta nuestros días. Llegan la trascendencia de su visión y su pensamiento, de su legado y de su vida: Salvador Allende, padre del siglo XXI.
El día 4 de noviembre de 1970 en el Congreso se realizaba la transmisión del mando al nuevo mandatario. El presidente del Senado colocó la banda presidencial a Allende como símbolo de poder supremo y seguidamente Daniel Vergara subsecretario del interior designado el día anterior, tomo juramento al compañero presidente. Delegaciones de 70 países asistieron a la ceremonia. Allende asistió a una misa solemne en su honor en la Catedral de Santiago oficiada por el Cardenal Raúl Silva Henríquez y de allí se dirigió a la Moneda acompañado de los dirigentes de los partidos de la Unidad Popular, de dirigentes sindicales, de valiosos compañeros de su campaña presidencial, organizaciones juveniles y estudiantes. Como había prometido reiteradamente, por primera vez en la historia de Chile, el pueblo entró en el Palacio de la Moneda junto a el.
Lograda esa voluntad expresa, no solo delineaba en el acto un concepto de nueva forma de gobierno, sino un propósito revolucionario de mayor alcance, que fue implementando en la medida que sumaba en torno a el, a su gobierno, a valiosos revolucionarios.
Apenas tres años después de aquel 4 de septiembre, el proyecto de la Unidad Popular, que apenas comenzaba a enraizar, fue brutalmente cercenado por la acción fascista de militares traidores con el apoyo de la oligarquía nacional y la anuencia y beneplácito demostrado del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica. El proyecto revolucionario de la Unidad Popular, la “vía chilena al socialismo” quedó trunco, inconcluso, pero no olvidado. Quedó en latencia, en la espera necesaria, en el crisol de lo sueños y esperanzas de lo mejor del pueblo chileno.
Hay semillas que tardan en germinar y solo lo hacen cuando las condiciones que les son hostiles cesan, pudiendo así mismo los procesos revolucionarios aparentemente truncos, como simientes dormidas, rebrotar en nuevos tiempos.
No se puede defender con pasión y entrega lo que no se ama, como de igual modo no se logra amar verdaderamente lo que se desconoce, por ello la importancia de trasmitir a las generaciones actuales, especialmente a la juventud, la rica historia de nuestra América.
La victoria de las ideas de Salvador Allende, los esfuerzos y resultados que se fueron alcanzando durante la breve existencia de la Unidad Popular, constituyen una importante página de la historia de Chile, una lección de la trascendencia de la unidad de los revolucionarios chilenos, cuando se pone empeño y voluntad, compromiso y sacrificios en aras de alcanzar la victoria; una pagina de honor y gloria que escribieron con su ejemplo personal Salvador Allende y su Unidad Popular.
En ninguna parte del mundo, en ninguna época, los medios de comunicación han sido inocentes espectadores cuya única labor es informar. Habría que ser muy ingenuo para no darse cuenta de que ayer y hoy ciertos medios han tomado posiciones, muchas veces apoyados subrepticiamente por intereses externos. Un ejemplo dramático sucedió hace 36 años, cuando un golpe de Estado terminó con la vida de Salvador Allende y el sueño revolucionario en Chile.
Durante el gobierno de Allende, los medios de comunicación de la derecha chilena desempeñaron un papel fundamental en cuanto a la formación de criterio de la opinión pública. Prensa, radio y televisión apoyaron abiertamente a la derecha para acentuar la polarización.
Desde la campaña presidencial de 1970, la prensa derechista comenzó una campaña publicitaria contra la coalición de la Unidad Popular. El objetivo era claro: desacreditar al socialismo y despertar el miedo entre la población chilena.
Apenas Allende asumió la presidencia, la noticia sirvió como pretexto para defender los intereses de la oligarquía, sector que se encargó de decidir cuáles noticias debían tener una circulación preferencial y cuáles se basarían en la ofensa y el insulto. De hecho, documentos desclasificados de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) revelan que el gobierno estadounidense financió periódicos y revistas en perjuicio de la administración izquierdista.
Lo que la CIA compró en Chile
El documento presentado por la Comisión del Senado norteamericano presidida por el senador demócrata de Idaho, Frank Church, el 18 de diciembre de 1975, llamado popularmente el Informe Church, deja al descubierto toda la verdad. Allí se afirma que “en Chile entre 1970 y 1973, la CIA y militares americanos establecieron contactos con militares chilenos con el fin reunir materiales de inteligencia y permitir a los Estados Unidos entrar en comunicación con el grupo con más posibilidades para arrebatar el poder al presidente Salvador Allende”.
En este informe se responde a la pregunta “¿Qué compró en Chile la CIA con el dinero de esta operación encubierta?”, y se responde que dicha agencia “financió actividades cubriendo un amplio espectro, desde simple propaganda manipuladora con la prensa hasta apoyo a gran escala de partidos políticos chilenos, desde encuestas de opinión pública hasta tentativas directas para fomentar un golpe militar”.
Más adelante, el informe señala: “El panorama de actividades normales de la Central-CIA en Santiago incluía la inserción de materiales propagandísticos creados por la Central en los medios de comunicación chilenos mediante el pago, apoyo directo a publicaciones y esfuerzos para oponerse a los comunistas y al ala izquierdista de las organizaciones de estudiantes, campesinos y trabajadores”.
Sobornos mediáticosLa comisión del Senado norteamericano concluyó que “además de comprar propaganda de forma puntual, la Central a menudo la compraba al por mayor sobornando a medios de comunicación chilenos favorables a los Estados Unidos. Hacer esto era mucha propaganda escrita. En lugar de ubicar artículos individuales, la CIA apoyaba -o incluso fundaba- medios de comunicación afines que podrían no haber existido en ausencia del apoyo de la Agencia”.
Uno de los periódicos que ofreció descarado apoyo a la fuerzas derechistas que derrocaron a Allende fue El Mercurio, cuya indigna labor durante aquellos años fue retratada en el documental el Diario de Agustín (2008). El periódico, cuyo director es Agustín Edwars, “tuvo un rol protagónico en el golpe militar en contra de Salvador Allende, un rol protagónico durante la dictadura y la violación de los derechos humanos”, declaró Fernando Villagrán, uno de los realizadores del filme.
Agustin Edwards, quien le da el nombre a la producción audiovisual, “es el gran personaje de la vida social chilena, de la elite. El mismo personaje que en los años 70 activó la campaña del terror en contra de la candidatura de Salvador Allende, viajó personalmente a los Estados Unidos para hablar con Henry Kissinger y obtener recursos de Richard Nixon para hacer la campaña que provocó el golpe militar en Chile”, contó el director del documental.
Mucho más que propaganda
El informe elaborado por la comisión presidida por el senador Church además de dar cuenta de las operaciones de propaganda financiadas por la CIA en Chile a través de los principales medios de comunicación, habla del apoyo de la agencia a los partidos Radical, Nacional y Demócrata Cristiano, y “subvenciones indirectas de Patria y Libertad, un grupo (de ultraderecha) fuertemente enfrentado con Allende”.
“Durante el gobierno de Allende, la CIA trabajó para forjar una oposición unificada. La importancia de este empeño puede ser calibrada cuando se observa que los dos principales elementos de la oposición al gobierno de la Unidad Popular eran el Partido Nacional, que era conservador, y el reformista Partido Demócrata Cristiano, muchos de cuyos miembros habían dado apoyo a las principales estrategias políticas del nuevo gobierno”, señala el mencionado informe.
Allí se destaca también que Estados Unidos presionó a organismos financieros internacionales para “oprimir” económicamente a Chile, recortando créditos y buscando impedir que el Gobierno de Salvador Allende lograra cumplir con sus objetivos de nacionalización de los recursos naturales y redistribución de la riqueza nacional.
De la misma forma, se menciona el respaldo brindado por el Gobierno norteamericano a través de la CIA a grupos como “la organización de empresarios, asociaciones de la pequeña y la gran empresa y un abanico de organizaciones formado por grupos de la oposición” que con la excusa de realizar actividades de promoción de la ciudadanía, recibían fondos para promover huelgas patronales y sabotajes contra el gobierno progresista chileno: “Está claro que los huelguistas en contra del gobierno eran activamente apoyados por varios grupos del sector privado, los cuales recibían fondos de la CIA”.
El grupo dirigido por Church dio cuenta expresamente que “a los chilenos que se inclinaban a protagonizar un golpe se les aseguró apoyo a los más altos niveles del gobierno de los Estados Unidos tanto antes como después del golpe”.
El informe de la comisión electa por el Senado norteamericano deja una amarga conclusión: “Durante 1970 el gobierno de los Estados Unidos intentó, secretamente, evitar que Allende llegara a la presidencia de Chile. Cuando todo esto falló, el apoyo secreto a su oposición formó una tríada de acciones oficiales: ayuda encubierta a fuerzas de la oposición, una postura diplomática fría pero correcta, y presión económica. Del apoyo a fuerzas que los Estados Unidos consideraron como democráticas y progresistas en Chile, al final hemos terminado apoyando y animando el derrocamiento de un gobierno elegido democráticamente”.
Son arrepentimientos que llegaron tarde y no dejaron ninguna enseñanza, pues la CIA y sus organismos allegados siguen utilizando las mismas tácticas de soborno mediático para intentar desprestigiar gobiernos con tendencias políticas que les resultan incómodas. Demostraciones recientes las tenemos en el golpe de Estado en Honduras y las vemos a diario en nuestro país con una conspiración de medios derechistas apoyada desde afuera con el único objetivo de atacar a la Revolución Bolivariana.
Tomado de ABN
Sería ingenuo no creer que el 11 de septiembre que el mundo recordará será el de las Torres Gemelas antes que el de Chile. El de las Torres tuvo una audiencia en simultáneo, un público atónito que asistía, compartiéndolo, en vivo y en directo, a uno de los acontecimientos más poderosos de la historia humana. No menos poderoso fue el de Chile, pero nos tenía más acostumbrados. Ignoro si se ha reflexionado sobre un punto: el acontecimiento de las Torres y el de Chile no sólo comparten la fecha, sino mucho más. El país de las Torres (el Imperio) fue el causante directo del septiembre chileno. Chile nada tuvo que ver con la caída de las Torres. Pero Estados Unidos hizo el golpe de Pinochet, lo inventó a Pinochet y lo asesinó a Allende. Era parte de la política que se había otorgado para manejar las cosas en eso que llaman su “patio trasero”.
Desde que llegó a la presidencia, Kennedy, que era un furioso anticomunista, advirtió que –durante el llamado período de la Guerra Fría– las acciones bélicas directas no tendrían lugar entre los dos bloques hegemónicos. Había, en ellos, un exceso de técnica bélica que lo impedía. El terror nuclear recomendaba una excesiva prudencia que los dos colosos observaron con prudencia, con cautela. Las luchas, entonces, se dieron en otras latitudes. Kennedy informó que los soviéticos instrumentarían las guerras nacionalistas, las guerras de descolonización para hacer de ellas guerras revolucionarias. Se había visto en Indochina, apenas acababa de verse en Argelia. No eran guerras entre colonizadores y colonizados. Ese era el disfraz y aun el concepto novedoso que las definía (guerras de liberación del Tercer Mundo) era una falacia. No había Tercer Mundo. El mundo seguía siendo bipolar. O el liberalismo democrático e individualista que representaba Estados Unidos o el totalitarismo estatal y masificador encarnado por la Unión Soviética. Los cuales intentaban apoderarse del mundo, algo que vehiculizaban por medio de las guerras coloniales contra las potencias de Occidente que ellos respaldaban.
En América latina habían puesto su garra por medio de Cuba, por esos barbudos que habían seducido y engañado a la CIA diciéndose democráticos, y que la CIA creyó que apenas venían a tirarles abajo a ese sargento Fulgencio Batista, un sanguinario impresentable, que había hecho de Cuba un prostíbulo y un garito para la mafia. Apoyaron a los muchachos de Fidel, que les dieron una enorme y pésima sorpresa: su líder se definió y definió a su movimiento como marxista-leninista. Decidieron aprender la lección: nunca más un Castro en América latina. Porque Estados Unidos decía no pretender apropiarse del mundo como los soviéticos, pero en verdad ya casi lo dominaba o esa era su meta. Por ejemplo: “Los países latinoamericanos tenían libertad para elegir sus gobiernos mientras no fuesen comunistas o nacionalistas y no amenazasen los intereses económicos, políticos y estratégicos de los Estados Unidos. Con justa razón, el profesor Chalmers Johnson consideró que había más simetría entre las políticas de la Unión Soviética y de los Estados Unidos de lo que los norteamericanos deseaban reconocer. Si en el transcurso de la Guerra Fría la Unión Soviética intervino manu militari en Alemania Oriental (1953), Hungría (1957) y Checoslovaquia (1968), los Estados Unidos articularon el golpe en Irán (1953), la invasión de Guatemala (1954) y de Cuba (1961), ocuparon militarmente la República Dominicana (1965) e intervinieron en Corea (1950) y en Vietnam (donde sustentaron dictaduras y mataron a un número más grande de personas que la Unión Soviética en sus exitosas intervenciones” (Chalmers Johnson citado por Luis Alberto Moniz Bandera en su notable ensayo: La formación del imperio americano). En una comparación inevitablemente odiosa y desagradable, posiblemente la CIA sea y haya sido una organización más cruel, más asesina y, sobre todo, más responsable de la llegada de regímenes genocidas al poder que la KGB soviética. Medio mundo o más no diría esto por la prepotencia, la supremacía que tienen los medios en la formación de la subjetividad de las personas. El cine, por ejemplo (gran herramienta de propaganda de EE.UU.), siempre ha mostrado a un agente de la KGB como alguien más siniestro que uno de la CIA, que, con frecuencia, es el héroe de la película. Jack Ryan, sin ir más lejos, tuvo la pinta y el carisma de Harrison Ford. ¿Quién, en la KGB, podía competir con él? Nadie y no sólo eso: todos los sujetos-sujetados del vasto universo ven a Harrison Ford como agente de la CIA y les cuesta creer, a partir de ahí, que un tipo de esa siniestra organización (llena, por ejemplo, de expertos en tortura y demás métodos “de inteligencia”) sea una mala persona. ¿O no lo hace el bueno, el encantador de Harrison? ¿O no lo hace nada menos que Indiana Jones? Sólo podría ocurrir –en estos tiempos duros de la “Guerra contra el Terror”– que Indiana tuviera una 5ta. parte (improbable, dado el fracaso de la cuarta) en que el héroe fuera decididamente malvado, a lo Batman versión Frank Miller, pues parece que Hollywood quiere atemorizar más que seducir, ser malo antes que bueno, uno de los principales consejos de Maquiavelo al Príncipe. Por algo será, ya que si el florentino no sabía nada de historietas, de política sabía un montón. El problema se le aparece a la administración Nixon. En 1970, el socialista Salvador Allende, candidato de la Unidad Popular, gana de modo inobjetable las elecciones en Chile. Pese a que Allende propone una “vía pacífica” –o una “vía democrática”– al socialismo, Richard Nixon lo odia desde el primer día. Y desde ese día se propone echarlo del gobierno. Aquí debo mencionar dos documentales formidables con los que trabajo estas cuestiones y deben (creo) ser consultados: uno es casi una autobiografía de Robert McNamara y se titula La niebla de la guerra, el otro es una pequeña obra maestra de Christopher Hitchens, Los juicios de Henry Kissinger. En éste, Hitchens nos muestra la pasión que pone Kissinger en dejar contento a su jefe, Nixon, y demostrarle que se puede hacer con un país lo que Estados Unidos desee. No aún con Chile, porque Allende acaba de ganar muy limpiamente “y nosotros respetamos la democracia”. Nixon acepta este dogma, pero tiene claro que –en caso de llegar a imponer una dictadura– siempre es mejor una dictadura no-comunista que una comunista (ver: Luis Alberto Moniz Bandeira, La formación del imperio americano, p. 278). Seguramente compartían este criterio las empresas que le hicieron saber acerca de la gravedad del asunto: la ITT, la Pepsi Cola y el Chase Manhattan Bank. Todas se comunicaron con el director de la CIA, Richard Helms. (Qué cosa: pensar que uno se toma una Pepsi Cola –yo siempre lo hago cuando no hay Coca Cola light– y no piensa en estas cosas. Si lo hiciera, ya no podría vivir en este planeta.) También lo hizo Nixon, en una reunión relámpago: se sentó, tomó un vaso de agua, dijo un par de cosas y se fue. Destinó 10 millones de dólares para la tarea de desestabilizar al “hijo de puta” –así le decía: SOB–, pidió acción inmediata, dejar de lado al embajador, poner los mejores hombres en la tarea y en 48 horas deteriorar la economía. A partir de ese punto empezaría el trabajo en serio.
Kissinger tenía un buen concepto de la habilidad política de Allende: por todos los medios exhibiría que no era un satélite soviético, a lo Castro, ni siquiera un gobierno abiertamente comunista. Pero no estaba dispuesto a mostrar que le creía. En suma, entre Nixon y Kissinger deciden hundir a Allende desde el primer día de su llegada al poder. Así se hace la historia. En tanto en América latina se festejaba el gran paso de la llegada al gobierno por elecciones libres y democráticas de un gobierno socialista (aunque fuese con un margen leve: la Unidad Popular sólo alcanzó el 36,2 por ciento), en las oficinas de la CIA o en el despacho más privado de Nixon la tarea de destrucción ya estaba en camino. Precisamente en Los juicios de Kissinger, el halcón Alexander Haig (que anduvo por aquí tratando de arreglar la guerra de Malvinas) lanza una exclamación con la fuerza de un escupitajo iracundo: “¿Otro Castro en América latina? ¡Por favor!”. O sea, ni locos. Allende debía caer.
Kissinger empieza la tarea. Ya, cierta vez, había dicho que no se le debía permitir a un país hacerse marxista sólo por “la irresponsabilidad de su gente”. Es un perfecto razonamiento de derecha: mientras la gente vote lo tolerable, lo que podemos aceptar o manejar sin perder dinero ni perder la posibilidad de ganarlo, bien. De lo contrario, han votado como idiotas. No vamos a tolerar ser víctimas de la voluntad de los idiotas. Aquí, en Chile, lo mismo. Si estos latinos del extremo sur han elegido volverse comunistas, allá ellos. Debieron saber que no toleraríamos un segundo país rojo en nuestro patio trasero. Ahora vendrán las consecuencias y tendrán que atenerse a ellas. Todo lo que sigue es más o menos conocido. Kissinger le encarga a la CIA matar al comandante en jefe del Ejército chileno, el general René Schneider. Lo acribillan dentro de su auto. Uno ve la foto y se parece demasiado al auto de Rucci. Luego se hace todo lo necesario para llegar al golpe de Pinochet. Ya se ha liberado correspondencia entre ambos tiernos personajes. Se han hecho públicas comunicaciones telefónicas en las que Kissinger le dice: “Mañana hablaré en las Naciones Unidas sobre derechos humanos, pero no se sienta agredido. Sólo es algo formal. Tengo que decirlo”. El 11 de septiembre de 1973 se produce el golpe. La economía ha sido devastada, la clase obrera ha perdido su cohesión, las conchetas chilenas hace días y días que salen a cacerolear y a pedir la caída de Allende. Pinochet, por fin, bombardea La Moneda. Allende muere resistiendo. Precisamente ese día el Senado confirma a Kissinger como secretario de Estado. Kissinger declara que Estados Unidos nada tiene que ver con el golpe de Chile. El embajador Edward Korry (sin dejar de sonreír, pues todo le parece una comedia irrefrenable y macabra) dice: “Mintió”. Hace una pausa y repite: “Mintió”. Como si dijera: “¿Qué esperaban de él?”.
El próximo paso de Henry (Henry, retrato de un asesino titula Ramón Pedregal Casanova su comentario al trabajo de Hitchens) es ayudar al régimen de la Junta argentina. Así, recibe al almirante Guzzetti en una suite ultrarreservada del Waldorf Astoria el 7 de octubre de 1976. Le dice que, en Estados Unidos, no se entiende que “ustedes tienen una guerra civil”. Que él ya nada puede hacer para imponer ese punto de vista, que se rechaza una y otra vez. Que la cuestión de los derechos humanos está difícil. Que terminen el trabajo sucio antes de fin de año, antes de que el Congreso retorne a sus funciones. En suma, antes de Navidad. Guzzetti le asegura que “antes de Navidad” todo estará concluido.
Se cumplen 36 años del golpe contra Allende, el 11 de septiembre. Se cumplen 8 años de la caída de las Torres, un 11 de septiembre. Se ha buscado de muchas maneras enjuiciar y arrestar a Kissinger, considerado por muchos “el más grande criminal de guerra vivo”. McNamara murió en julio de este año a los 93 años, en su cama, sereno. Hace un tiempo se consiguió llevar a juicio al verdugo de Allende. Por fin. Era, simbolismo que fue buscado, un 11 de septiembre. Pero era el 11 de septiembre de 2001. La audiencia se anuló. Sigue libre.
José Pablo Feinmann
Tomado de Página 12