15 feb 2012
Ciudadano Zero
Esta agrupación logró el primer premio de comparsas del año pasado y reaparece con un registro totalmente distinto: de los homosexuales de "Juana la Loca" al tipo futurista de "Ciudadano Zero". La puesta en escena no es su principal atractivo, sino su autor, Tino Tovar, que vuelve a demostrar su sensibilidad e indignación por aquello que no le gusta. Buena crítica a la Casa Real y después a la clase política.
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La ONU pide a España derogar la ley de amnistía de 1977
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| Foto: REUTERS |
España tendrá que investigar las violaciones de DDHH
La oficina de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Navi Pillay, ha pedido este viernes a España la derogación de la ley de amnistía de 1977 porque incumple la normativa internacional en materia de Derechos Humanos.
El portavoz de Pillay, Rupert Colville, ha descartado comentar la sentencia que inhabilita al juez Baltasar Garzón por ordenar escuchas telefónicas en la investigación de la trama de corrupción Gürtel, pero ha recordado las otras dos causas abiertas sobre el magistrado y, en alusión a la relativa a los crímenes del franquismo, ha defendido este tipo de pesquisas.
"España está obligada, bajo la ley internacional, a investigar las graves violaciones de los Derechos Humanos, incluidas las cometidas durante el régimen de Franco, y a procesar y castigar a los responsables si todavía están vivos", ha afirmado Colville, durante una rueda de prensa en Ginebra. Además, según la Oficina de Derechos Humanos de la ONU, existe un deber hacia las víctimas, que tienen "derecho de reparación".
Colville ha recordado que, conforme a una recomendación de 2009 de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, "España debe derogar su ley de amnistía, puesto que no es conforme con las leyes internacionales de Derechos Humanos". Dicha recomendación, elaborada por 18 expertos de la organización internacional, toma como base el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Político, ratificado por España en 1985.
JUICIO A GARZÓN
Colville ha asegurado, en alusión a Garzón, que "los jueces no deberían ser objeto de una investigación penal por hacer su trabajo", habida cuenta de que sus investigaciones, según la ONU, tratan de cumplir los estándares internacionales en la medida en que no cabe amnistía "para graves crímenes internacionales". La norma puesta en cuestión "podría violar el principio de independencia judicial".
En declaraciones recogidas por Reuters, el portavoz de Pillay ha comparado el caso español con el de otros países y ha subrayado que debería aplicarse "el mismo principio" que la ONU ya ha expresado para lugares como Yemen o Haití, donde también han defendido el procesamiento de autoridades responsables de violaciones de Derechos Humanos.
GINEBRA / 10 Feb. (Reuters/EP)
Tomado: Europapress.es
“La Iglesia del franquismo sigue estando presente”
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Hornos y Rico son miembros de Actores Españoles en Buenos Aires (AEBA). Imagen: Sandra Cartasso |
El espectáculo, que se presenta los jueves en el Centro Cultural de la Cooperación, parte del presente para remontarse a los años inmediatamente anteriores a la Guerra Civil Española, continuar por ésta y la posguerra, con sus 40 años de franquismo y sus cárceles.
La lírica popular de una canción de verbena da título a Granos de uva en el paladar, espectáculo con dramaturgia y dirección de las españolas Susana Hornos y Zaida Rico que se presenta en el Centro Cultural de la Cooperación. “Cuando yo me muera tengo ya dispuesto/ en el testamento que me han de enterrar/ en una bodega, dentro de una cuba/ con un grano de uva en el paladar.” Consciente de su fragilidad, este fiestero declama su deseo. El rescate de ese verso es simplemente para “aliviar tensiones”, dice Hornos, autora de los tres relatos (“Chusa”, “Adelina” y “Miguel”) que dieron origen a Granos..., donde se enlazan hechos que atañen a los períodos más oscuros de la historia española. Hornos y Rico, también actrices, parten del presente para remontarse a los años inmediatamente anteriores a la Guerra Civil Española, continuar por ésta (1936-1939) y la posguerra, con sus cuarenta años de franquismo y sus cárceles. “En el texto original me refería a un campo de concentración, pero cuando adaptamos los relatos al teatro pasó a ser una cárcel de mujeres”, cuenta Hornos, en diálogo con Página/12, junto a Rico.
Las dos son miembros de Actores Españoles en Buenos Aires (AEBA), lo que explica la inserción en el medio teatral de la ciudad, la formación en varios talleres y la participación en producciones locales. Si bien el elenco está compuesto por actrices que se multiplican en distintos personajes, femeninos y masculinos, jóvenes y mayores, se ha buscado destacar el papel que jugó la mujer en los períodos históricos aquí rescatados. “En las guerras y las dictaduras se producen hechos que tienden a cebarse con el mundo de la mujer, transmisora de vida –apunta Hornos–. Nosotras pretendemos homenajear con este espectáculo no sólo a las mujeres españolas, sino a todas aquellas que han perdido a sus hijos o que estando presas se los quitaron, a las que debieron silenciarse, las que pelearon y resistieron y las que fueron fusiladas.”
–¿A qué se debe el silencio de la mujer española sobre estos temas?
Zaida Rico: –Hemos hablado mucho de esto con Susana, del miedo y el silencio que instauró la guerra y los cuarenta años de dictadura, y pensamos que se relaciona con una característica social común a otros países, como la del machismo. Hasta antes de la Segunda República, la mujer no tenía voz ni voto. Después, durante la guerra y la dictadura se retrocedió. Hay manuales de la época, libros con los que estudiaban nuestros padres que son testimonio de ese retroceso.
Susana Hornos: –Existía un Manual sobre la buena esposa (de 1951), donde inclusive hay dibujos, que aconsejaba a la mujer no hacer ruido cuando el marido estuviera en la casa, ayudarlo a quitarse el calzado cuando regresara del trabajo... Tareas en las que la mujer debía mostrar sumisión. Aquello estaba relacionado con las concepciones clericales de una Iglesia mal concebida, porque entonces había otra Iglesia, la que había surgido durante la República con los “curas rojos”, muchos de ellos asesinados. La Iglesia del franquismo sigue estando presente y es oscura para la mujer.
Z. R.: –Soy optimista y quiero creer que nuestras madres y las generaciones de jóvenes no aceptarán esa sumisión.
S. H.: –No es casual que en Madrid se hayan cerrado cuatro o cinco centros de ayuda a la mujer maltratada. El gobierno y los funcionarios dicen que por falta de presupuesto, pero yo lo veo como un retroceso, aunque ésta sea otra época. Durante el franquismo se eliminaron muchas leyes, incluso algunas no han sido recobradas. La ley de divorcio de 1932 era mucho más avanzada que la promulgada en 1981, en democracia.
Z. R.: –Los países evolucionan y retroceden, pero también tienen ejemplos de mujeres luchadoras, conocidas o anónimas, como pueden serlo nuestras madres, y eso va quedando en nosotras.
–Hablaban del silencio y el miedo durante el franquismo, ¿qué opinan sobre el fenómeno de los “topos”, gente que permaneció escondida durante años?
S. H.: –Mi abuela, que era carnicera, escondió durante cinco años a uno de sus sobrinos. Era maestro y lo perseguían por serlo. Vivió todo ese tiempo en la carnicería, donde se guardaban los chorizos. ¡Cinco años entre filetes! Salía de vez en cuando y sólo la familia conocía el escondite. Esto pasaba en los pueblos, yo soy de La Rioja, de un pueblo que se llama Fuenmayor.
–¿En Granos de uva... optaron por personajes femeninos comunes?
S. H.: –Sí, y tiene que ver con el origen de mis cuentos. Soy de campo, me crié en una granja, y hay algo de rural en esos personajes. Para esas mujeres el cambio llegó más tarde.
Z. R.: –Mis padres agradecieron la recuperación que hemos hecho de un lenguaje que se está perdiendo.
S. H.: –Son palabras con las que he convivido y que alguien criado en la ciudad desconoce.
–¿Quedaron testimonios de las cárceles de mujeres?
Z. R.: –Las mujeres se ayudaban entre ellas y hay pequeñas grandes historias y heroínas. El trato fue cambiando. En la primera época eran torturadas, se les quitaban los hijos y las fusilaban. Eso está en la obra. Nos basamos en hechos de la historia, sobre todo en Irredentas, libro del investigador Ricard Vinyes. Las mujeres eran llevadas a cárceles para 300 internas, que en la dictadura fueron ocupadas por 15 mil. Dormían por turno, unas permanecían de pie y otras se tumbaban, porque no había lugar para más. Les dejaban una lata de conserva para hacer sus necesidades y las mujeres dejaron de usar paños cuando menstruaban. Esto pasaba en las cárceles franquistas, donde se llevaba a una mujer por ser esposa de un republicano o maestra. Cuando el número de presas se multiplicó, comenzó la amnistía.
–¿Cómo es la difusión de éstos y otros hechos?
S. H.: –El Canal La Sexta transmitió el documental Del olvido a la memoria, de Jorge Montes Salguero, sobre las presas en las cárceles de la dictadura. Ese rescate tuvo su origen en una presa (Tomasa Cuevas, militante comunista durante la Guerra Civil) que al salir de la cárcel fue con una grabadora a la casa de cada una de sus compañeras sobrevivientes. Vinyes habló con ella. Presas, de Cuevas (que falleció en 2007), es para nosotras un libro/Biblia. La información está, pero es cierto que a nivel general no se conoce. Nosotras hacemos nuestro trabajo, y es casi seguro que el 29 de febrero tendremos aquí La voz dormida, una película del director Benito Zambrano. Pensamos organizar charlas y videoconferencias con ex presas de acá.
Z. R.: –La película de Benito se basa en un libro de Dulce Chacón, sobre la represión a las mujeres que en la posguerra se mantuvieron fieles a la República. Chacón era de una familia de derecha, del pueblo de Zafra, en Badajoz, Extremadura, una región bastante azotada por la represión. Dulce salió de ese entorno y escribió sobre la vida de las mujeres dentro de las cárceles. Lamentablemente, murió por un cáncer de páncreas. Nosotras intentamos rescatar el pasado hablando con nuestros familiares y amigos. Un día me enteré por mi padre que mi tía había estado en la cárcel. Ella murió cuando yo era pequeña. Supe que las sábanas que mi padre usó de niño habían sido bordadas por la mejor amiga de mi tía en la cárcel. La llamaban Rosa, la bordadora. La memoria oral es fundamental, más allá de la escrita y documentada.
–¿Qué saben los más jóvenes?
S. H.: –Muchos desconocen qué pasó.
Z. R.: –Los gobernantes tienen el deber de informar y subsanar y si no lo hacen lo haremos nosotros.
S. H.: –Que no es venganza ni revanchismo. Me duele cuando la gente dice ¡qué ganas de venganza tenéis! España es un país poblado de fosas comunes. ¿Es venganza que el familiar de un muerto quiera llevarle flores al cementerio? ¿No entienden que es humano y ético?
–¿Qué cambio experimentaron a partir de este trabajo?
Z. R.: –Nosotras hemos estado involucradas desde hace tiempo en estos temas, pero a algunas de las actrices del elenco les ha cambiado la vida. A raíz de las querellas que se vienen dando sobre la represión durante el franquismo, Ruth Palleja se ha enterado de que su abuelo está enterrado en una fosa común, en España. Y se enteró estando en Argentina.
S. H.: –La obra nos llevó más de un año de trabajo, un período que utilizamos también para “darles memoria”. Por eso estas investigaciones sobre los libros de Vinyes, los documentales de Montse Armengou y otros testimonios sirvieron para iniciarlas en una búsqueda personal. El padre de una actriz estuvo en la cárcel, nunca se lo dijo. Ella lo supo después de su búsqueda.
Z. R.: –Tenemos cerca nuestro a gente muy comprometida con lo que sucedió en Argentina que se interesa también por España, como el iluminador Mariano Arrigoni, que es argentino.
S. H.: –En realidad, la obra es una síntesis, una destilación. Lo que aparece en escena puede suceder en cualquier otro país y en cualquier época. La opresión es universal. Hicimos preestrenos para los familiares, amigos y los que nos apoyaron. Ensayábamos cuatro o cinco veces por semana y siempre tuvimos dónde. Nos abrieron la puerta sin tener que pagar en el Casal de Catalunya, el Centro Galicia, el Riojano y el Cultural de España. La Federación de Sociedades Españolas, que aglutina a casi todos los centros, ha sido muy generosa.
–Y estrenan en un momento especial...
Z. R.: –Como si lo hubiéramos planificado, y no es así, porque venimos ensayando en Buenos Aires desde hace dieciséis meses.
S. H.: –Vivimos con mucho dolor lo que está sucediendo. Que la derecha le ponga una querella al juez Baltasar Garzón habla muy mal de nuestro país a nivel institucional.
–¿Qué opinan de la actitud de la gente común ante el juicio?
S. H.: –España está atravesando una crisis profunda y la gente está preocupada por el trabajo y la comida. El interés por lo que pase con el juez Garzón está en otro plano. En Argentina se tiene otro concepto del juez. Cuando vino a presentar el libro El alma de los verdugos, junto a Vicente Romero, abrió un camino. En España no hubo problema hasta que se refirió a los crímenes del franquismo como de lesa humanidad.
Hilda Cabrera
Tomado. Página 12.com.ar
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Video realizado para la Asociación de Amistad con Cuba 'Miguel Hernández' de Alicante con motivo de sus 20 años.
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14 feb 2012
Ignacio Castro Rey: “Las tecnologías de la comunicación no ofertan comunidad sino aislamiento y agregación”
Sin dramatismo, el ensayista español se explaya en esta entrevista sobre el paradigma de control, la neutralización de la subjetividad, la “conexión masiva del narcisismo” que promueven las redes sociales, entre otros conflictos del mundo contemporáneo.
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| SIN NOSTALGIA. "Ahora la contradicción entre la oferta de posibilidades virtuales y la estrechez de las opciones reales es cómica", asegura Ignacio Castro Rey. |
-La idea de ‘drama de vivir’ o el rechazo a la finitud que detectás en la sociedad contemporánea, ¿implica un cambio de paradigma, un salto epocal que supone ciertas condiciones? ¿Cuáles serían esas condiciones y a qué política responderían?
-Creo que el panorama subjetivo que intento precisar en mis libros es nuevo solamente en parte, pues arranca de fenómenos de normalización ya diagnosticados en el siglo XIX por (Max) Stirner, (Soren) Kierkegaard o (Friedrich) Nietzsche, entre otros (creo que Karl Marx se nos ha quedado un poco más anticuado). El odio a la finitud, bajo esta apariencia de flexibilidad contemporánea, no ha dejado de acentuarse y precisarse en las últimas décadas de Occidente. Al fin y al cabo, ese rechazo a la condición mortal está arraigado en el eje del capitalismo como espíritu (separación de la ‘cultura de los sentidos’, según Max Weber) y en la pasión por la seguridad de lo regular. Lo que ocurre es que, tal vez desde la Segunda Guerra, esa aversión no ha dejado de hacerse más capilar o microfísica, con la puesta en pie de un tipo de poder flexible que entra en un ‘cuerpo a cuerpo’ con el individuo.
La diferencia entre el paradigma disciplinario y el del control, según (Michel) Foucault y (Gilles) Deleuze, es justamente el cambo del sistema de encierro masivo, rígido y represivo en el primer caso, por un sistema de control de ‘geometría variable’ en el segundo caso. Esto último se parece a un poder-surf que es más maternal y sonriente que paternal y autoritario. Las paredes fijas de la autoridad permiten al menos que el individuo sepa donde están los límites de su autonomía, dónde comienza la opresión, y así pueda pensar en rebelarse. Las nuevas formas de poder basadas en la participación interactiva, en la información, la comunicación continua de una crisis que ha de ser compartida, dejan a las subjetividades inermes, sumergidas en una especie de flexibilidad cada vez más cadavérica. El ‘Post-Scriptum’ de Deleuze sobre las ‘sociedades de control’ y muchos trabajos de (Jacques) Lacan y de (Jean) Baudrillard advierten de un poder temible.
-El estatuto de la violencia soterrada, afelpada, sibilina (aparte de la explícita, brutal o como se le diga), ¿cómo opera en el sujeto? ¿No tiene algo que ver esa violencia con el miedo –la ‘inseguridad’– y con el pánico –colectivo– y la pérdida de referencias o garantías, en un mundo que sin mediaciones tiende a pasar al acto, incluso los más peligrosos?
-Es la violencia del ‘pluralismo’ y el consenso que ha penetrado en los cuerpos. Desarrollando trabajos de (Giorgio) Agamben y Deleuze, el colectivo Tiqqun (en ‘Teoría del Bloom’) habla de una neutralización sin precedentes de la subjetividad, una parálisis que tendría estrecha relación con la separación que se ha logrado, en el interior del individuo, entre la identidad y la condición mortal, entre la conciencia y experiencia de los límites, entre el deseo de libertad y la fatalidad de unas condiciones reales de existencia. En el fondo, un hombre sólo puede ser libre si atraviesa y empuña las limitaciones más íntimas que le atan. Esas ataduras (modo de ser, género sexual, carácter, cultura natal y familiar, manías, fantasmas, patología) constituyen la base de su singularidad. Elegimos dentro de esas ataduras, dentro de esa limitación de partida. Pero la violencia de la información consiste en que con una dialéctica entre miedos inducidos y promesas repartidas, ha logrado una dicotomía sin precedentes entre todas las condiciones natales de existencia y la ilusión de la libertad. Esta ‘liberación’ de la identidad de todo lo que sea arraigo crea una oscilación embrutecedora entre estados larvarios y prolongados de pasividad (como máximo de interpasividad, dice Baudrillard), donde el sujeto se mantiene misteriosamente catatónico, y brutales pasos al acto donde el sujeto intenta desesperadamente una catarsis, una realización definitiva. Buena parte de la obscenidad televisiva y de las nuevas formas de delito y crimen, a veces absurdas, no se explicarían sin esta pérdida paradójica del término medio en la sociedad de los medios, un mundo dominado por la mediación infinita. Es la impotencia de la pasividad, inducida por la religión del consenso, lo que crea esos brutales pasos al acto. Como si el yo no pudiera ejercer ya de instancia mediadora entre el ello y el superyó y sólo quedase la oscilación espectacular entre esos dos polos.
-En un momento del libro, la ‘indiferencia’ de la que hablás está acompañada de ignorar, de alguna manera, a quienes nos rodean, el señor que un día se levanta y ametralla una escuela o que se tira, tan feliz que parecía, del balcón. ¿Juega algún papel los dispositivos de evaluación, calidad de vida, estadísticos en ese anonimato mortífero?
-Sí, la indiferencia es el recipiente de la multiplicidad consumista del mercado, del dispositivo genérico del ‘pluralismo’ informativo que se nos ofrece. Toda la atención del sujeto a lo exterior y lejano (comunicación con desconocidos en las redes, noticias, modas, campañas de solidaridad) debe librarlo del peso abrumador de lo cercano, una cercanía que incluye tanto las sombras de la subjetividad como un prójimo cada día más demonizado: es fumador, puede estar enfermo; es inmigrante, puede ser terrorista o delincuente. Los dispositivos de evaluación constante (empresarial, social, médico, escolar) que no tienen una agencia concreta desde la que se ejerza pues su poder está extendido por todo el cuerpo social, hunden al individuo en un anonimato mortífero, una pasividad letal que se alimenta del hecho de que hoy la ilusión de delegación (el nuevo feudalismo) se ha arraigado en la más profunda intimidad. De manera que existe hoy como una transferencia perversa, pues el sujeto transfiere a la religión socio-estatal todas las decisiones vitales, desde su medicación hasta su descendencia y su divorcio. Esto tiene relación con lo que nombra la palabra biopolítica, un tipo de gestión pública que ha llevado la transparencia a los cuerpos: medicina, medicación, psiquiatría, dieta, salud… Cuando por fin ocurre en las vidas algo, algún ‘accidente’ para el que no hay ‘expertos’, y eso exige una decisión en la existencia, ya es demasiado tarde y el sujeto se encuentra desarmado. Entonces es cuando la tragedia está prácticamente servida.
-¿Podrías explayarte sobre la cuestión del ‘comunismo’, de las comunidades de pertenencia inducidas por las nuevas tecnologías de la información, y de la soledad ‘perdida’, o mejor, gestionada por la industria del entretenimiento?
-Creo que sólo hay comunidad (y ‘comunismo’) a golpe de encuentro. No hay comunidad sin presencia real, sin esa complejidad envolvente, sin el reto de un evento real que es contingente y no reversible: no se puede teclear, no tiene varios canales, ni ‘ventanas’ ni ‘pasillos’. Las tecnologías de la comunicación no ofertan comunidad, sino que venden aislamiento y agregación, narcisismo y conexión masiva del narcisismo. Ninguna clase de comunidad, menos aún comunismo: harían falta los límites, el peligro real para eso. Una cosa es utilizar como una herramienta, esclavizar esas tecnologías para forzar una nueva presencia real, como a veces se ha hecho en algunos movimientos sociales. Pero para ello hace falta que una tecnología existencial maneje esa tecnología social. Si falta tal potencia, dejamos que esos medios se conviertan en fines. Y hay una tendencia en esa dirección. El narcisismo es la cara externa del oscurantismo. Estoy con la idea de que las redes sociales son tanto un mecanismo de exposición y drenaje de la intimidad, en esa comunicación constante de idioteces, como también un mecanismo del blindaje más bobo en el individualismo, pues todos los fetiches que se intercambian (fotos personales y familiares, ocurrencias del momento, nuevos ‘amigos’) se ponen en circulación al instante: se ‘comparten’ antes de ser vividos, sufridos. Esa multiplicidad, esa publicación inmediata protege al sujeto de sí mismo, lo protege de lo que hay de intransferible en él. Pero esa protección es suicida, pues convierte el onanismo en ley. El sujeto se limita a reaccionar a las tonterías privadas que le llegan, a narrar su propia pasividad ante el escaparate del mercado. Al perder espacio y tiempo de soledad, de clandestinidad, es difícil que un sujeto así haga otra cosa que interactuar con la servidumbre voluntaria del cuerpo social. Es posible que la asombrosa obediencia masiva en las democracias, tanto o más que los nuevos movimientos sociales, se explique por estas nuevas redes de ‘geometría variable’ que atrapan al sujeto. En este sentido, Internet puede ser no menos alienante que la más nauseabunda televisión. Es preciso volver a aprender a detenerse, a desaparecer, a escuchar el silencio. Es necesario inventar interruptores de esta circulación continua que (incluso clavada en las redes) es la peor de las armas del poder, de un poder que nos expropia por dentro. Es la violencia de vivir la que nos quita el ‘sistema’. Creo que por toda clase de razones, no podemos ceder en ese punto.
-Las cosas ¿eran mejor antes?, ¿vale la pena pensar en un declive social? ¿Quién o qué fuerzas disponen de la adaptación del sujeto al individuo o a la persona, y con qué beneficios?
-Es un espejismo decir que las cosas eran mejor ‘antes’, ya que siempre hubo mecanismos muy eficaces de captura. Lo que ocurre es que ahora la contradicción entre la oferta de posibilidades virtuales y la estrechez de las opciones reales es cómica. Antes, al menos, no parecía tan fácil engañarse acerca de la crueldad imperante. Digamos, exagerando un poco, que hoy el sujeto es tan ’libre’ que no puede elegir, no puede mantener ninguna opción, tomar una decisión que le comprometa. En este sentido, creo que el hombre siempre ha de retroceder a un ‘antes’ no cronológico para poder decidir. En otras palabras, retroceder a un sustrato existencial de ‘atraso’ o ‘subdesarrollo’ desde donde poder elegir, un agujero negro donde resuene el deseo. Creo que los autores clásicos, de Sartre a Lacan, de Deleuze a Agamben, que de un modo u otro aluden a una decisión no reflexiva, tienen razón. Es necesario mantener viva una región subdesarrollada dentro de nosotros mismos, una vacuola de no comunicación, desde la cual interrogar a nuestra existencia más abajo y antes de esta actualización constante que se nos exige día a día. Antes, en suma, de que el estrés de la variación constante (hoy el poder utiliza el movimiento, no la quietud) nos confunda, nos atrape definitivamente. El cuerpo social entero, en su asombrosa coherencia (que hace reciclable todo evento catastrófico), podría decirse que se mantiene por la huida de millones de átomos de vida de una zona trágica de sombra que les podría hacer ‘libres’. La huida de la tragedia, hacia la comedia, redobla la tragedia. Lamentaría parecer pesimista, pues no lo soy. Todo lo contrario, intento mantener el optimismo sin razones de la infancia… una infancia que no es tanto una edad como una sombra creadora que acompaña a cualquier edad.
-El psicoanálisis, para el cual es imprescindible el tiempo y el silencio, ¿puede dar respuestas a la hiperconectividad y a la ansiedad del ‘evento’?
-Creo que el psicoanálisis, aliado con la literatura y la filosofía, puede ayudar a liberar al sujeto de esa ilusión mortífera de liberación expresiva y constante que se encarna en el cuerpo social y su estruendo comunicativo. Para conseguir sangre fresca, el capitalismo nos obliga a todos a ‘salir del armario’, a huir del silencio y el secreto. Pero eso es una trampa mortal. Sin clandestinidad, sin zona de sombras, sin no reconocimiento, el hombre no es nada. Sin esa escena primitiva que en la modernidad se ha encarnado en la literatura (de Rulfo a Borges), en el psicoanálisis y en la filosofía, no hay nada, ni singularidad, ni decisión, ni (al menos) un modo peculiar de fracaso. Si el sujeto no empieza por tropezar con su trauma más íntimo, ninguna liberación es posible. Insisto en que, no lejos de Clarice Lispector, debiéramos volver a concebir la libertad como una negociación con lo que nos ata, una travesía por nuestra patología más turbia. Todo lo que sea aplazar ese trauma real significa también aplazar un modo de cura más duradero y ético.
-Repito una pregunta que hacés en el libro: ‘¿Podemos temer entre nosotros una batalla sin cuartel contra el alma de la subjetividad, ese Dasein cuya esencia es existencia?’
-Sí, insisto en que el alma del capitalismo como cultura es su odio a la esencia de la existencia, la ‘infinitud’ que se encarna en la finitud. De ahí que por todos lados la cultura que nos rodea trate de cortar las relaciones del sujeto con lo que habla en su dolor y en su muerte. Tanto la histeria de la cobertura técnica como la incesante demonización de los alivios autónomos del individuo (el sol, el tabaco, el aire libre, la comida, el alcohol, las relaciones, el sexo) son una astucia de la razón occidental para hacer sociodependiente al sujeto. Una dependencia que después, con más medios técnicos y sociales, ya no tiene cura. Todo lo que no sea recuperar tecnologías de la vida al desnudo, tecnologías que nacen de la propia indefensión de vivir, es entrar en una vía de heteronomía que tiene graves implicaciones psíquicas y corporales.
-Y algo más: el promocionado ‘ataque de pánico’, la neurosis de angustia freudiana, ¿que pensás guarda de colectivo en ese adentro aterrorizado que impide, muchas veces, salir, estar afuera, a la intemperie? ¿Es una cuestión de temple o de la verdad ilusoria del lazo social?
-La respuesta anterior incluye también que la cultura occidental, igual que odia la zona de sombra subjetiva desde la cual puede surgir algo singular que nos sostenga, odia también a los pueblos externos, a las culturas exteriores. La geografía y la vida de afuera (calificada sistemáticamente de ‘atrasada’ o ‘tiránica’) es una metáfora planetaria de lo que la cultura capitalista odia en el sujeto. No sólo la humanidad exterior, hasta la tierra misma está en el punto de mira. En este aspecto me parece que Deleuze pone un importante acento no eurocéntrico (lejano al racionalismo francés, a la dialéctica alemana), sobre lo dicho por Lacan y Foucault, a la hora de pensar las otras culturas. Necesitamos a los tres, más Agamben y Baudrillard, para hacer una nueva mezcla que nos permita pensar de otro modo, lo más apartado posible de un canon ilustrado que sataniza a los árabes, a los eslavos, chinos. En este punto, una vez más, la literatura y la poesía con frecuencia han ido más lejos, y antes, que la filosofía y el pensamiento conceptual. Encontraremos en Rilke, Onetti y Handke un caudal indispensable para repensar a nuestros clásicos del psicoanálisis y la filosofía.-
Pablo E. Chacón
Tomado: Revistaenie.Clarin.com
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¿Acabó o no la guerra de Irak?
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Imagen: Corbis / RT |
Esta vez el dinero será destinado a la llamada “Postoperación Nuevo Amanecer/Actividades en Irak”. ¿Qué es lo que exactamente significa este operativo? Aún se desconoce, pero la cantidad de dinero requerido por el Departamento de Defensa de EE. UU. genera dudas.
Así, cuando las tropas estadounidenses abandonaron territorio iraquí, algunos expertos dijeron que esta decisión obedecía más a la campaña electoral de Obama, que a una verdadera decisión política del país norteamericano para dejar que los iraquíes tomen las riendas de su destino.
Con la petición de otros 2.900 millones de dólares, estas dudas comienzan a estar fundamentadas.
Después del 'término' de la guerra, el gobierno pasó la responsabilidad de las operaciones en Irak al Departamento de Estado, por lo que la entidad recibió un golpe presupuestal: la suma requerida constituye una novena parte de todo el dinero que se le asigna al departamento anualmente.
La campaña iraquí acabó para los estadounidenses con unas 4.000 víctimas, luego de casi 8 años en la región. Pero los hechos demuestran que la salida de las tropas no implica la verdadera finalización de las actividades de EE. UU. en el país.
Promesas incumplidas
Mientras tanto, el punto final en la guerra en este país de Oriente Medio no es el único logro de Barack Obama que ahora resulta bajo cuestión. Otra pregunta no menos importante es el déficit presupuestario, uno de los problemas más graves del país.
“Hoy prometo reducir el déficit que heredamos por dos para el fin de mi primer plazo del presidente”, dijo Obama el 23 de febrero del año 2009. “No será fácil. Eso requerirá que tomemos difíciles decisiones y enfrentemos retos que hemos ignorado durante largo tiempo”.
Pero el presidente no llegó a cumplir la promesa. El presupuesto para el año 2013, presentado por Obama, no viene muy cerca a la cifra prometida de 650.000 millones de dólares de déficit para el año fiscal 2013, una mitad de 1.300 billones, según el mandatario, heredados por su Gabinete.
El déficit constituye los mismos 1.300 billones en el 2011, y se prevé que llegará a ser 901.000 millones en el 2013, cuando el presidente terminará su primer -o el único- plazo.
Tomado: RT.com
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Flexibilizar el trabajo
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La polémica sobre el mentado “artículo 18” en Italia podría estar llegando al punto final. Y los que pagarían una vez más podrían ser los que están peor. Quienes defienden esta reforma, incomprensiblemente contradictoria para muchos, hablan de que “todos se beneficiarían”, empresarios y trabajadores, y de que así se cumpliría con la flexibilización del mercado laboral solicitada repetidamente por la Unión Europea.
Según la prensa italiana, el gobierno de Mario Monti y algunos exponentes sindicales no verían con demasiados malos ojos el hecho de eliminar la vigencia del artículo 18, sólo para aquellos que hoy tienen trabajos precarios, es decir que son semidesocupados. De concretarse esta reforma, esos jóvenes podrían entrar a trabajar a una empresa, pero durante tres o cuatro años correrían el riesgo de quedar nuevamente en la calle.
Aunque para entender esta maraña hay que ir por partes. El artículo 18 del estatuto de trabajadores italiano ofrece al empleado una serie de garantías para no ser dejado cesante fácilmente. Se aplica a las empresas con más de 15 empleados y si son agrícolas, con más de cinco. Dispone que el trabajador sea reintegrado en su trabajo si se demuestra que no hubo una justa causa para echarlo, o bien que sea indemnizado por los daños que se le ocasionan.
Este artículo, que en teoría es la garantía del “trabajo seguro”, ha estado en el centro de las negociaciones entre el gobierno –en particular su ministra de Trabajo, Elsa Fornero– y las centrales sindicales CGIL–CISL-UIL, que mayormente lideran el movimiento obrero de la península. Las centrales, y no sólo ellas, no querían saber nada de cambiarlo.
Las reacciones contra el gobierno se enardecieron cuando hace algunos días Monti se salió con una frase lapidaria, referida al artículo 18. “Qué aburrido tener siempre el mismo trabajo”, dijo en un programa de televisión. Acto seguido, le llovieron críticas de todos lados, especialmente de la centroizquierda. Y Monti tuvo que aceptar públicamente que su comentario había estado fuera de lugar, porque tener un trabajo seguro –a menudo sacrificando el propio gusto o la propia carrera profesional– ha sido el leitmotiv de los italianos desde la posguerra.
“Un trabajo es aburrido sólo para el que lo tiene”, comentó el líder del Partido Democrático (ex PC), Pier Luigi Bersani, que propone que no se toque el artículo 18 sino que en todo caso se haga una interpretación judicial menos rígida de algunas normas laborales. El líder de Italia de los Valores, el ex juez Antonio Di Pietro, también de la centroizquierda, por su parte dice que presentará una moción en el Parlamento para que el artículo 18 sea excluido de la tratativa entre gobierno y sindicatos. La desocupación juvenil, cercana al 28 por ciento según datos de la OCSE (Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo), es uno de los más graves problemas de Italia.
Ahora, después de repetidas reuniones –y al decir de un diario italiano, de un encuentro secreto entre Monti y la secretaria de la central CGIL (ex comunista) Susanna Camusso, desmentido sin embargo por ellos–, el acuerdo estaría a punto de concluirse. El artículo 18 quedaría suspendido por tres o cuatro años para los trabajadores que tienen contratos a tiempo determinado y son asumidos por una empresa. Los defensores de esta solución dicen que “todos se beneficiarían” porque el trabajador precario que es asumido, aunque tenga la inseguridad laboral como una espada de Damocles sobre la cabeza durante tres años, podría tener la posibilidad de pasar a ser efectivo después de ese lapso. Las empresas, a su vez, podrían echarlo sin problemas en esos tres años. Cada uno saca su tajada, dicen.
Pero, en realidad, el precario seguirá siendo precario, aunque se lo llame de otra forma, durante tres años. ¿Y después? ¿Quién puede garantizar lo que sucederá? El empresario podría despedirlo un mes antes de que se cumplan los tres o cuatro años previstos y hacer el mismo jueguito con otros en su misma condición. ¿Qué porcentaje de los que sean asumidos en estas condiciones podrían pasar a ser trabajadores fijos? Estas preguntas, por ahora, no tienen respuesta. Pero los riesgos existen.
Elena Llorente / Desde Roma
Tomado: Página 12.com.ar
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