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28 mar 2012

Israel corta relaciones con el Consejo de Derechos Humanos de la ONU


Caricatura: viCman
El Gobierno israelí ha cortado sus relaciones con el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, respondiendo así a la decisión de este organismo de abrir una investigación sobre los asentamientos judíos de Cisjordania. El portavoz del Ministerio de Exteriores anunció que el canciller israelí, Avigdor Lieberman, manifestó este lunes la decisión.

El canciller israelí ordenó a la delegación diplomática de Ginebra que corte "cualquier tipo de contacto" con este Consejo de la ONU. Las autoridades israelíes han ordenado igualmente que se prohíba la entrada en la zona a la comisión de investigación creada por el organismo mundial, informó este lunes el portavoz del Ministerio, Yigal Palmor.

El Consejo aprobó el jueves pasado la decisión de enviar una misión investigadora para examinar la construcción de asentamientos israelíes en Cisjordania y en la parte oriental de Jerusalén, en una resolución que condena dicha actividad. "En consecuencia, no vamos a colaborar con ellos a partir de ahora y no acudiremos al Consejo", explicó Palmor.

La semana pasada Lieberman criticó la decisión del Consejo y aseguró que es una prueba de que los palestinos no quieren reanudar las negociaciones con Israel. "Nos enfrentamos al terror de Al Qaeda por un lado y al terror diplomático de Abu Mazen (el apodo del presidente palestino, Mahmud Abbas) por el otro", indicó el ministro de Exteriores israelí.

Todo por el voto judío
Aunque todavía no hubo reacción desde Washington, el politólogo Omar José Hasaan Fariñas recuerda que Estados Unidos apoya a Israel en todas sus acciones para no perder el voto del importante electorado judío en las elecciones presidenciales de noviembre.

Por eso para EE. UU. “es muy importante proteger las violaciones sistemáticas de ese país y es muy importante atacar cualquier supuesta violación por parte países enemigos de esa entidad”, sostiene Hasaan. Entre tales blancos, según el experto, están países como Siria que se ve atrapada en un conflicto con fuerzas insurgentes y está bajo la severa presión desde Occidente.

Artículo completo: Actualidad



Tomado: Rebelión.org

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10 mar 2012

Perder el hogar, perder la esperanza


Una mujer descansa sobre los restos de la que fue su casa en
 Fayasil Al Wusta, demolida junto a 13 más el 20 de diciembre
de 2011. Seis familias quedaron sin vivienda. / Activestills
En el último año, Israel ha demolido 622 estructuras de palestinos en zona C. Ha causado el desplazamiento de 1.094 personas, el 60% niños

El Gobierno insiste en que no tenían permiso; los palestinos, en que la "asfixia" y la burocracia los llevan a buscar salidas al hacinamiento

El último plan de Defensa consiste en trasladar a más de 2.000 beduinos junto a un vertedero de Jerusalén y tirar su emblemática "escuela de las 3.000 ruedas"

Camino del Mar Muerto, Jerusalén olvida que es ciudad y se transforma. Comienza el desierto rocoso, la carretera se llena de camiones camino del gran puerto de Eilat y al frente, en una meseta enorme rodeada de verde, domina la colonia de Ma´ale Adumim (40.000 habitantes). A la izquierda, en mitad del desarrollado, hermoso paisaje, la estampa es otra: ahí está el muro de hormigón que aísla Cisjordania y, al pie, pequeñas chabolas destrozadas que un día guardaron vida, que un día fueron un hogar, y hoy son chatarra apilada. Ahí, en Anata, Israel acometió su última demolición en la capital, casas de palestinos que fueron destrozadas entre el 23 y en 25 de enero. En todo 2011, 622 estructuras fueron derribadas por el Gobierno israelí, de las que el 36% (222) eran viviendas particulares y el resto, infraestructuras esenciales para la subsistencia como depósitos de agua, granjas de animales o vallados agrícolas. 1.094 palestinos tuvieron que desplazarse al ver destrozado su hogar o sus medios de vida, una cifra que prácticamente duplica la de 2010. Entre ellos, además, había 609 niños, arrancados de su rutina, su escuela, su centro de salud. La estadística procede del Comité Israelí contra la Demolición de Casas (ICAHD) y está contrastada con los informes de Naciones Unidas.

¿Pero por qué se tiran esas casas? Ann Harrison, directora adjunta del programa de Amnistía Internacional para Oriente Medio y Norte de África, lo explica. “Cisjordania está dividida en zona A, B y C. En esta última, Israel tiene plena autoridad en asuntos civiles y en el control de la seguridad. Eso supone que casi el 62% de la tierra palestina la controlan ellos. En esas zonas, en la que viven unas 200.000 personas (entre Cisjordania y Jerusalén Este), las restricciones de movimiento y de construcción son muy elevadas. El 94% de las peticiones de licencia de obras son rechazadas, esa es la tendencia en la última década, mientras la población sigue creciendo con una media de cinco hijos por familia. Los palestinos se ven abocados a construir donde no pueden pero donde lo necesitan”, relata.

Según la tasa actual de crecimiento demográfico, la ONU afirma que en Jerusalén Oriental la diferencia entre la necesidad de vivienda entre los palestinos y las construidas legalmente era de al menos 1.100 al año (según su balance de 2010; el de 2011 aún no está cerrado). El problema también toca a la franja de Gaza, pese al plan de desconexión de 2005 que sacó de allá a los últimos colonos. “Eso no impide que el Ejército entre de cuando en cuando para demoler algo”, denuncia Raji Sourani, al frente del Centro Palestino por los Derechos Humanos (PCHR).

Israel insiste en que está aplicando la ley y las particiones de los Acuerdos de Oslo, que no puede consentir que se levanten “estructuras ilegales”, explican desde la portavocía del primer ministro, Benjamín Netanyahu. El argumento de los palestinos es que lograr un permiso es un “caro, largo y a menudo infructuoso proceso” que no les resuelve su perentoria necesidad de espacio y que no caerían en la ilegalidad si no fuera por la “asfixia” a que los somete Israel, abundan los informes de la Sociedad para el Desarrollo Al Maqdese. Un ejemplo: sólo el 13% de la superficie de Jerusalén Oriental está catalogada como edificable, por lo que la zona “legal” se encuentra hiperpoblada y son cada vez más habituales los casos de exilio o de intento de expansión en zonas vetadas. El 35% de las tierras de la zona palestina de Jerusalén han sido expropiadas “para hacer asentamientos ilegales con 195.000 israelíes” y el 18% de Cisjordania ha sido declarado “zona militar cerrada”, lo que veta las edificaciones palestinas y limita la circulación de personas, especialmente en el Valle del Jordán y en los montes del sur de Hebrón, denuncia el informe “¿Seguros en casa?”, editado por Amnistía.

Las demoliciones se llevan a cabo habitualmente sin aviso previo, según los afectados, y con la notificación correspondiente, según Israel. El enviado humanitario de Naciones Unidas en los Territorios, Maxwell Gaylard, avala la versión de los palestinos. “No hay posibilidad casi de que recojan sus pertenencias antes de que la maquinaria comience a tirarlo todo”, denuncia. Cuando todo ha quedado destrozado, no hay un refugio ni una indemnización, y toca buscar acomodo en casas de familiares (sobre todo del marido, lo que somete aún más a la mujer al clan patriarcal), amigos o espacios cedidos por ONG. Gaylard entiende que, según la jurisdicción internacional, “la potencia ocupante tiene la responsabilidad de proteger a la población civil palestina bajo su control y garantizar su dignidad y bienestar. La destrucción de sus viviendas y medios de subsistencia no es compatible con esa responsabilidad ni con los ideales humanitarios”, expuso mientras visitaba las casas tiradas en Anata, una orden que desplazó a 52 personas, 29 de ellas menores de edad. “Los palestinos requieren de un sistema de planificación justo y no discriminatorio que satisfaga sus necesidades de crecimiento y desarrollo”, abundó.

Afirma la ONU, en sucesivos comunicados, que las demoliciones violan la Cuarta Convención de Ginebra, sobre protección de civiles en tiempo de guerra, cuyo artículo 53 “veta la destrucción de una propiedad si no está militarmente justificado” e impide igualmente “la transferencia de población” (artículo 49). Al primer punto, Israel responde que todos los palestinos están sujetos “por seguridad” a la ley militar. Al segundo, simplemente desoye los reproches de Occidente sobre sus “provocadoras ampliaciones de colonias”.

En septiembre pasado, tres relatores de Naciones Unidas pidieron formalmente a Israel que frene las demoliciones que, “por su naturaleza discriminatoria”, son “completamente inaceptables”. “Los israelíes no desearían ser sometidos a semejantes prácticas”, señalaron. No eran funcionarios de clase media, sino voces muy respetadas en el organismo: Raquel Rolkin, relatora especial sobre derecho a una vivienda adecuada; Catarina de Alburquerque, relatora sobre derecho al agua potable y a los servicios sanitarios; y Olivier de Shutter, del derecho a la alimentación. Todos ellos, de la oficina de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU. Rolkin acaba de comenzar una visita de dos semanas a la zona, ante el llamamiento de las ONG que trabajan en la zona para que conozca de primera mano la situación.

Itay Epstein, co-director del ICAHD, explica que Israel no sólo trata de imponer una división del terreno que le es favorable, ni busca la legalidad por encima de todo, sino que hay un importante motor, menos claro, tras las demoliciones: el empeño en “judaizar” Palestina. El 90% del valle del Jordán (preciado por el agua y los cultivos) está en manos de Israel, agujereado por 37 colonias, con casi 10.000 residentes (12% del suelo, 119 kilómetros cuadrados), con 26 reservas naturales (20%, 318 kilómetros cuadrados) y con 736 kilómetros cuadrados (46% del total) cerrados, por ser zona militar.

Bajo sus palabras laten casos como el de Arabiya y Salim, propietarios de una de las casas tiradas a finales de enero. Era la quinta vez que las palas mecánicas de Israel destruían su vivienda, Beit Arabiya, la casa de Arabiya. La vivienda era un símbolo de resistencia, levantada cuatro veces con la ayuda de voluntarios internacionales (muchos de ellos, españoles), el ICHD y ONG locales como Rabinos por los Derechos Humanos. En la residencia, levantada en recuerdo de la activista Rachel Corrie (muerta al intentar frenar demoliciones), se encontraban en el momento del desalojo el matrimonio y sus siete hijos. Los operarios se presentaron a las 11 de la noche del 23 de enero, un bulldozer con potente refuerzo militar que acabó con esta casa y varias estructuras residenciales y agrícolas cercanas en la zona de Jahalin, una comunidad beduina vecina. Otras 20 personas expulsadas del hogar en mitad del desierto, helador en invierno.

Al día siguiente, tiraron la casa de los Abu Omar, levantada en 1990 en terrenos de su propiedad, en Anata. ¿Dónde estaba entonces el problema, si la tierra era suya? En que Israel sostiene que está “reservada para uso agrícola”. Por eso fue ya demolida en 2005. Tardaron todos estos años en recuperarla, ladrillo a ladrillo, y el 24 de julio pasado la acabaron. Seis meses después, vuelven a estar al raso. Un grupo de 17 personas, entre ellos varios niños. Y menos de 12 horas después de este suceso, otras dos casas fueron eliminadas en la aldea beduina de Umm Al Kheir, al pie de la colonia de Karmel, en plena expansión. En una residía una pareja de ancianos; en la otra, una viuda con nueve hijos. Los soldados se quedaron además el tractor con el que la mujer labraba la tierra.

Todos los afectados se quedaron pululando por la zona, sin saber bien qué camino tomar, dónde rehacer su vida. Durante los primeros días, recogieron tablones, bolsas y colchones, lo poco que podían seguir usando. Un pequeño tesoro. La red de cooperación tejida en torno a las demoliciones les está ayudando, pero cuesta en borrarse esta estampa de desolación total, de esperanza perdida con el techo que rompieron las máquinas.

Esa historia se repite en una de las zonas más afectadas por estas demoliciones, Jiftlik, en el Jordán, donde se concentró el pasado año el 32% del total de actuaciones de Israel (109 estructuras demolidas, de ellas 89 residenciales, y 401 desplazados, según el ICAHD). La población, de algo más de 5.000 habitantes, tenía “extensas tierras de labranza” antes de 1967 y su guerra. Ahora, ese espacio es zona militar protegida. En 2005, denuncia Al-Maqdese, el Ministerio de Defensa de Israel elaboró un “plan de delineamiento” que determinaba dónde podían vivir los palestinos. Lo hicieron ”sin avisar a los vecinos ni abrir periodo de alegaciones”. El 40% de las viviendas quedaron fuera de ese límite permitido, por lo que 30 edificios han sido tumbados en estos últimos años y hay 10 órdenes de demolición más pendientes. Las casas que han quedado dentro del perímetro legal también necesitan sacar licencia previa si hacen obras, un papeleo que se demora no menos de año y medio, explican en la ONG.

La última gran pelea contra los desplazamientos forzosos es la amenaza de demolición de un grupo potente de familias en Khan al Ahmar. Defensa planea que los 2.300 residentes beduinos que ahora están en ese rincón de Cisjordania vayan a vivir a menos de 300 metros del vertedero municipal de Jerusalén, una zona insufrible por orografía y por condiciones sanitarias (recibe 1.100 toneladas de basura cada día). La campaña de AI está siendo muy potente para evitar el traslado de estas 20 comunidades. El ministerio, que tiene el plan redactado desde verano, ha dicho que no va a ejecutarlo por completo, pero no aclara su posición. Incluso ha prometido que, una vez reasentados, los beduinos tendrán acceso a las conexiones de agua y electricidad. Se ha creado un comité para protegerlos y plantear sus exigencias; por este orden: regresar al desierto del Neguev, de donde los echaron en los 50; quedarse donde están con mejores servicios o pactar un traslado con garantías.

Es emblemática en esta zona la llamada “escuela de las 3.000 ruedas“, que también corre riesgo de ser derribada, junto con las viviendas. Casi un centenar de pequeños se benefician del edificio; hasta hace poco carecían de educación, porque tenían que trasladarse 30 kilómetros hastas los colegios más cercanos de la UNRWA, cruzando carreteras, buscando alguien que los llevara, a pocos metros de Kfar Adumim, una colonia, de donde provino la denuncia ante el Gobierno israelí que, ya en 2009, dio la primera orden de demolición. La ONG italiana Vento di Terra, junto a Manos Unidas y varias misioneras combonianas, levantaron el edificio en 2008 usando neumáticos rellenos de arena. Ahora tienen cuatro aulas, un despacho de administración, un baño, un patio… Reconocidos por el Ministerio de Educación palestino, las maestras son chicas del poblado formadas como profesoras, cerrando el círculo de dignidad y oportunidades. Pero nadie sabe cuánto le queda en pie. El Ejecutivo italiano y su Conferencia Episcopal están presionando para evitar el fin. Sería importante, pero apenas el comienzo. Según la ONU, hoy hay cerca de 4.000 órdenes de demolición pendientes de ejecución.

Carmen Rengel / (Jerusalén)

Tomado: PeriodismoHumano.com

26 ene 2011

Washington ante la cólera del pueblo tunecino


El general William Ward, ex responsable de la represión en los territorios palestinos convertido en comandante del AfriCom, participa en una ceremonia en mayo de 2010. El ejército tunecino fue reducido al mínimo, pero el país sirve de base de retaguardia para las operaciones «antiterroristas» en la región y dispone de puertos indispensables para la OTAN en el control del Mediterráneo.

Mientras los medios occidentales celebran la «Jasmine Revolution», Thierry Meyssan revela el plan estadounidense tendiente a detener la cólera del pueblo tunecino y a conservar esa discreta base de retaguardia de la CIA y la OTAN. Para Meyssan, el fenómeno insurreccional no ha terminado y la verdadera revolución, que tanto temen los occidentales, puede estar a punto de empezar.

A las grandes potencias no les agradan los acontecimientos políticos que no pueden controlar y que obstaculizan sus planes. Los acontecimientos que han venido conmocionando Túnez desde hace un mes no son ajenos a esa regla. Todo lo contrario.

Resulta entonces bastante sorprendente que los grandes medios internacionales de difusión, fieles aliados del sistema de dominación mundial, se entusiasmen de pronto por la «revolución de jazmín» y que publiquen investigaciones y reportajes sobre la fortuna de la familia Ben Ali, a la que anteriormente no prestaban atención a pesar de su escandaloso tren de vida.

Lo que sucede es que los occidentales están tratando de recuperar terreno en una situación que se les fue de las manos y en la que ahora quieren insertarse describiéndola según sus propios deseos.

Primero que todo, es importante recordar que el régimen de Ben Ali gozaba del apoyo de Estados Unidos y de Israel, de Francia y de Italia.
Considerado por Washington como un Estado de importancia menor, Túnez estaba siendo más utilizado en materia de seguridad que en el plano económico.

En 1987, un golpe de Estado derrocó al presidente Habib Bourguiba para favorecer a su ministro del Interior, Zine el-Abidine Ben Ali. Este último es un agente de la CIA entrenado en la Senior Intelligence School de Fort Holabird.
Según informaciones recientes, Italia y Argelia parecen haber estado vinculadas a aquella toma del poder [1].

Desde su llegada misma al Palacio de la República, Ben Ali establece una Comisión Militar Conjunta con el Pentágono que se reúne anualmente, en mayo.
Ben Ali no confía en el ejército, lo mantiene marginado y no le proporciona suficiente equipamiento, con excepción del Grupo de Fuerzas Especiales que se entrena con los militares estadounidenses y que participa en el dispositivo «antiterrorista» regional.

Los puertos de Bizerta, Sfax, Susa y Túnez se abren a los navíos de la OTAN y, en 2004, la República de Túnez se inserta en el «Dialogo mediterráneo» de la alianza atlántica.

Al no abrigar con Túnez expectativas especiales en el plano económico, Washington permite que los miembros de la familia Ben Ali exploten a fondo el país. Cualquier empresa que allí se desarrolle tiene que cederles el 50% de su capital y los dividendos correspondientes a esa tajada. Pero las cosas se ponen feas en 2009, cuando la familia que controla el país pasa de la glotonería a la avaricia y trata de chantajear también a los empresarios estadounidenses.

Por su lado, el Departamento de Estado prevé la inevitable desaparición del presidente. El dictador ha eliminado a todos sus rivales y no tiene sucesor. Se impone entonces buscarle un sustituto en caso de que fallezca. Se recluta a unas 60 personalidades capaces de desempeñar un papel político después de Ben Ali. Cada una de esas personas recibe un entrenamiento de 3 meses en Fort Bragg y posteriormente se le asigna un salario mensual [2]. Y pasa el tiempo…

Aunque el presidente Ben Ali mantiene la retórica antisionista en vigor en el mundo musulmán, Túnez ofrece diversas facilidades a la colonia judía de Palestina. Se autoriza a los israelíes descendientes de tunecinos a viajar a Túnez y a comerciar en ese país. Incluso se invita a Ariel Sharon a viajar a Túnez.

La revuelta
El 17 de diciembre de 2010, la inmolación voluntaria de un vendedor ambulante, Mohamed Bouazizi, quien se prendió porque la policía le había confiscado su carreta y sus productos, da paso a los primeros disturbios. La población de Sidi Bouzid se identifica con aquel drama personal y se subleva.

Los enfrentamientos se extienden a varias regiones y, posteriormente, alcanzan la capital tunecina. El sindicato UGTT y un colectivo de abogados organizan manifestaciones, sellando así –sin hacerlo a propósito– la alianza entre las clases populares y la burguesía alrededor de una organización estructurada.

El 28 de diciembre, el presidente Ben Ali trata de recuperar el control de la situación. Visita al joven Mohamed Buazizi en el hospital y se dirige esa misma noche a la nación. Pero su discurso televisivo expresa su ceguera. Ben Ali denuncia a los manifestantes como extremistas y agitadores a sueldo y anuncia una represión feroz. Lejos de calmar las cosas, su intervención convierte la revuelta popular en insurrección. El pueblo tunecino ya no denuncia solamente la injusticia social sino el poder político.

El productor Tarak Ben Ammar, propietario de Nessma TV y socio de Silvio Berlusconi. Es primo de Yasmina Torjman, la esposa del ministro francés de Industrias, Eric Besson.

En Washington se dan cuenta de que «nuestro agente Ben Ali» ha perdido el control de la situación. En el Consejo de Seguridad Nacional, Jeffrey Feltman [3] y Colin Kahl [4] consideran que es hora de deshacerse del dictador ya desgastado y de organizar la sucesión antes de que la insurrección se convierta en una verdadera revolución, o sea antes de que ponga en tela de juicio el sistema.

Se decide entonces movilizar a los medios de difusión, en Túnez y en el mundo, para limitar la insurrección. Se trata de dirigir la atención de los tunecinos hacia los problemas sociales, la corrupción de la familia Ben Ali y la censura de prensa.
Todo con tal de evitar el debate sobre las razones que llevaron a Washington a poner a Ben Ali en el poder hace 23 años y a protegerlo mientras se apoderaba de la economía nacional.

El 30 de diciembre, el canal privado Nessma TV desafía al régimen con la transmisión de reportajes sobre los disturbios y organizando un debate sobre la necesaria transición democrática. Nessma TV es propiedad del grupo italo-tunecino de Tarak Ben Ammar y Silvio Berlusconi. Los indecisos captan inmediatamente el mensaje: el régimen se tambalea.

Simultáneamente, expertos estadounidenses, así como serbios y alemanes, son enviados a Túnez para canalizar la insurrección. Son estos expertos quienes, manipulando las emociones colectivas, tratan de imponer consignas en las manifestaciones. Siguiendo la técnica de las supuestas «revoluciones» de colores, elaborada por la Albert Einstein Institution de Gene Sharp [5], estos expertos dirigen la atención hacia el dictador para así evitar cualquier debate sobre el futuro político del país. Aparece así la consigna «¡Ben Ali, lárgate!» [6].


(Foto tomada de una pantalla) El 2 de enero de 2010, el grupo Anonymous (una pantalla de la CIA) hackea el sitio web del primer ministro tunecino e inserta un mensaje en inglés. El logo es el del Partido Pirata Internacional, cuyo miembro tunecino Slim Amanou, apadrinado por la embajada de Estados Unidos, se convertirá rápidamente en ministro de Juventud y Deportes del «gobierno de unión nacional». Bajo la denominación Anonymous, el ciberescuadrón de la CIA –ya utilizado anteriormente contra Zimbabwe e Irán– hackea varios sitios web oficiales tunecinos e introduce en ellos un mensaje de amenaza en inglés.

La insurrección
Los tunecinos siguen desafiando al régimen de forma espontánea, lanzándose masivamente a las calles y quemando estaciones de policía y establecimientos pertenecientes a la familia de Ben Ali. Algunos lo pagarán incluso con su sangre.
Desorientado y patético, el dictador sigue sin entender lo que sucede.
El 13 de enero, Ben Ali ordena al ejército disparar contra la multitud, pero el jefe del Estado Mayor de las fuerzas terrestres se niega a hacerlo. El general Rachid Ammar, ya en contacto con el general William Ward, comandante del AfriCom, anuncia personalmente al presidente Ben Ali que Washington le ordena huir.

En Francia, el gobierno del presidente Sarkozy no ha sido prevenido de la decisión estadounidense y no ha analizado los diferentes cambios de casaca. La ministra de Relaciones Exteriores, Michele Alliot-Marie, se propone salvar al dictador enviándole consejeros en materia de orden público y equipamiento para que pueda mantenerse en el poder mediante procedimientos más limpios [7]. El viernes 14 se fleta un avión de carga. Cuando terminan en París los trámites de aduana, ya es demasiado tarde. El envío de ayuda ya no es necesario. Ben Ali ha huido.

En Washington y Tel Aviv, en París y en Roma, sus antiguos amigos le niegan el asilo. Va a parar a Riyadh (capital de Arabia Saudita), no sin haberse llevado consigo 1,5 toneladas de oro robado del Tesoro público tunecino.

Marketing: el logo de la «Jasmine Revolution» aparece en el preciso momento de la fuga de Ben Ali. En el centro se puede ver el puño en alto, símbolo ex comunista utilizado en todas las «revoluciones» de colores desde la época de Otpor, en Serbia. Desde la perspectiva de Washington, lo importante es hacer ver que todo ha terminado y que los hechos se inscriben en una dinámica internacional de carácter liberal. Es interesante señalar que el título aparece en inglés y que la bandera tunecina se reduce a un simple adorno encima de la letra R. Jazmín para calmar a los tunecinos
Los consejeros estadounidenses en materia de comunicación estratégica tratan entonces de dar el juego por terminado, mientras que el primer ministro saliente forma un gobierno de continuidad. Es en ese momento que las agencias de prensa lanzan la denominación de «Jasmine Revolution», ¡en inglés, por supuesto! Las agencias afirman que los tunecinos acaban de realizar su propia «revolución de color». Se instaura un gobierno de unión nacional y todo el mundo contento.

La expresión «Jasmine Revolution» deja un sabor amargo a los tunecinos más viejos: es precisamente la que utilizó la CIA durante el golpe de Estado de 1987 que puso a Ben Ali en el poder.

La prensa occidental –sobre la cual el Imperio ejerce ahora más control que sobre la tunecina– descubre entonces la fortuna mal habida de la familia Ben Ali, que hasta ahora había ignorado. Se olvida, sin embargo, del visto bueno que el director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, le había dado a los funcionarios del régimen pocos meses después de los motines que protagonizó la población hambrienta [8].

También se olvida del último informe de Transparency International que afirmaba que en Túnez había menos corrupción que en varios Estados de la Unión Europea, como Italia, Rumania y Grecia [9].

Mientras tanto, se desvanecen los grupos armados del régimen, que habían sembrado el terror entre los civiles durante los disturbios y los llevaron incluso a organizarse en comités de autodefensa.

Los tunecinos, a quienes se creía despolitizados y manejables al cabo de tantos años de dictadura, resultan sin embargo muy maduros. Rápidamente se dan cuenta de que el gobierno de Mohammed Ghannouchi no es otra cosa que «benalismo sin Ben Ali». Con algunos cambios de fachada, los caciques del partido único (RCD) conservan los ministerios más importantes. Los sindicalistas de la UGTT se niegan a sumarse a la maniobra estadounidense y renuncian a los puestos que les habían sido otorgados.


Ahmed Nejib Chebbi, un oponente «Made in USA». Además de los inamovibles miembros del RCD, se mantienen los dispositivos mediáticos y varios agentes de la CIA. Por obra y gracia del productor Tarak Ben Ammar (el gran jefe de Nessma TV), la realizadora Moufida Tlati se convierte en ministra de Cultura. Menos implicado en el negocio del espectáculo, pero más significativo, Ahmed Nejib Chebbi, peón de la National Endowment for Democracy (NED), se convierte en ministro de Desarrollo Regional y el oscuro Slim Amanou, un bloguero conocedor de los métodos del Albert Einstein Institute, se transforma en ministro de Juventud y Deportes a nombre del fantasmagórico Partido Pirata, vinculado al autoproclamado grupo Anonymous.






La verdadera sede del poder ya no es el Palacio de la República sino la embajada de Estados Unidos. En ella se conformó el gobierno de Ghannouchi. Situada fuera de la capital tunecina, en un terreno fortificado, la embajada estadounidense es un gigantesco bunker estrechamente vigilado que abriga las oficinas centrales de la CIA y del MEPI para el norte de África y parte del Medio Oriente.

Por supuesto, la embajada de Estados Unidos no solicitó al Partido Comunista que se integrara al llamado «gobierno de unión nacional». Por el contrario, lo que hicieron fue traer de Londres, donde había obtenido el asilo político, al líder histórico del Partido del Renacimiento (Ennahda), Rached Ghannouchi.

Se trata de un islamista ex salafista que predica la compatibilidad entre el Islam y la democracia y que viene preparando desde hace tiempo un acercamiento al Partido Demócrata Progresista de su amigo Ahmed Nejib Chebbi, un socialdemócrata ex marxista. En caso de que fracase el «gobierno de unión nacional», este dúo pudiera representar una solución alternativa.

Los tunecinos se sublevan nuevamente, ampliando por su propia cuenta la consigna que se les había inculcado: «¡RCD, lárgate!». En comunas y empresas, ellos mismos expulsan a los colaboradores del régimen derrocado.

¿Hacia la revolución?

Contrariamente a lo que ha dicho la prensa occidental, la insurrección no ha terminado aún y la revolución todavía no ha comenzado. Es importante señalar que Washington no ha canalizado nada, exceptuando a los periodistas occidentales. Ahora más que en diciembre, la situación está fuera de control.

Thierry Meyssan

Analista político francés. Fundador y presidente de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008

Tomado: Red Voltaire.org







14 may 2010

El «desastre» al otro lado de la línea verde

Caricatura: Juan Kalvellido ANIVERSARIO DE LA NAKBA La Nakba conmemora cada 15 de mayo el «desastre» que provocó la huida de miles de palestinos a causa de la fundación de Israel. Un millón y medio de árabes viven como ciudadanos de segunda dentro del estado judío que celebra su creación durante estos días. Las viviendas del barrio de Wadi Shalib, en Haifa (actual Israel), llevan décadas sin ser habitadas por sus dueños. Rodeado por modernos edificios de oficinas, la basura y las malas hierbas han comenzado a comerse unos bloques de casas que se han convertido en testimonio de la Nakba en el interior de Israel. «Nadie puede vivir aquí», explica Eyad Barghouti, miembro de Ittijah, la coordinadora de ONG palestinas que trabajan dentro del Estado hebreo, que lamenta que los intentos de revitalizar la zona y devolver las viviendas a sus antiguos dueños hayan sido abortados por los israelíes. En realidad, 62 años después de la Nakba, resulta imposible hablar con ninguno de los propietarios originales. Podrían residir en Líbano, en cualquiera de los 12 campos de refugiados donde se hacinan más de 600.000 palestinos. O podrían haber terminado en Jenin, o en Nablus, en los territorios ocupados, donde las llaves de sus antiguas viviendas se han convertido en el símbolo de la obstinación palestina. Porque las piedras de Wadi Shalib, vacías y con el número 48 grabado en sus ventanas tapiadas, son el testimonio de la campaña de «desarabización» de los primeros líderes israelíes y que se extiende hasta la actualidad. Únicamente 3.000 de los 75.000 habitantes de la ciudad original resistieron al plan de expulsión masiva puesto en marcha en abril de 1948, apenas un mes antes de que David Ben Gurión proclamase el Estado de Israel. El historiador israelí Ilan Pappé recuerda en su obra «La limpieza étnica palestina»: «Los judíos querían la ciudad portuaria pero sin los 75.000 palestinos que vivían allí». Para ello, los sionistas bombardearon Haifa durante meses, llegando a disparar contra civiles que sólo buscaban refugio en Líbano. Según la Asociación Árabe por los Derechos Humanos «más de 800.000 palestinos fueron expulsados en la campaña militar israelí desatada entre 1947 y 1948». El siguiente paso fue la confiscación de sus propiedades, que pasaron a manos del Estado en virtud de la «Ley del ausente» que permitía hacerse con los bienes de los palestinos que habían huido para entregárselas a los judíos. «El desastre no ha concluido», denuncia Barghouti. 60 años después de la creación de Israel, más de 1,5 millones de palestinos residen en el interior del Estado hebreo, el 20% de la población total, concentrados en las localidades del norte de Galilea como Akko, Nazaret o Umm El Fahm. «Vivimos como ciudadanos de tercera», asegura Nadim Nashif, director de Baladna, la asociación de jóvenes palestinos dentro de Israel. Los árabes con documentación israelí, también conocidos como árabes israelíes, son otra cara del Estado judío, que sigue considerándolos una amenaza para la hegemonía hebrea. La persecución política, el empobrecimiento y el proceso de judeización desarrollado por Tel Aviv son las principales amenazas que enfrenta esta comunidad, según subraya Nashif. Además, últimamente se ha registrado un aumento de los ataques xenófobos protagonizados por hebreos, así como del hostigamiento a manos de la Policía. «Todo comenzó en 1948» Además, la promoción internacional de una solución de dos estados ha centrado la atención mediática en Gaza y Cisjordania, obviando aún más la problemática de los palestinos del 48. «Existe una tendencia a situar el conflicto en torno a los territorios ocupados en 1967, pero ésta sólo es una fase. Todo comenzó en 1948», recordaba en una entrevista con GARA Ameer Makhoul, director de Ittijah, y recientemente arrestado por el servicio secreto hebreo. Makhoul residía, hasta su arresto, en Haifa, uno de los núcleos de población donde se concentran los palestinos con carné israelí. Aunque Tel Aviv ha tratado de vender la ciudad portuaria como un ejemplo de convivencia entre las dos comunidades, la segregación entre árabes y judíos es su principal característica. «La administración funciona a diferentes niveles dependiendo de cuál sea tu procedencia», asegura Nadim Nashif, que explica que «más de la mitad de los jóvenes» de su comunidad viven bajo el umbral de la pobreza. Aspectos como el acceso a la educación o las infraestructuras son la muestra de una política de segregación que tiene como objetivo mantener la hegemonía judía. «Los palestinos estudiamos en un sistema separado y con muchas menos oportunidades», señala el director de Baladna, quien añade que el currículum que se aprende en las escuelas es otro elemento de «judeización». Lo cierto es que, mientras que la población palestina está obligada a estudiar hebreo o historia del pueblo judío, las autoridades educativas han prohibido cualquier referencia a la Nakba en los libros de texto. Además, un proyecto de ley que debate actualmente el Parlamento podría vetar las conmemoraciones de la «catástrofe» organizadas por los grupos palestinos, que cada año se desplazan a uno de los 532 municipios que fueron arrasados en 1948. «Existe una política israelí desde 1948 que trata de expulsarnos. Están confiscando nuestras tierras, demoliendo casas... Muchas localidades palestinas dentro del Estado de Israel parecen campos de refugiados», señalaba Abdelhakeem Mufla, portavoz del movimiento islámico dentro del Estado hebreo, en una entrevista a GARA. Mufla, que reside en Umm El Fahm, uno de los municipios de mayoría árabe, está en lo cierto, ya que las carreteras o los hospitales llegan a una u otra localidad dependiendo de cuál sea la composición étnica de la misma. La persecución religiosa es otra de las caras del hostigamiento israelí. Dos de los templos musulmanes que todavía quedan en pie junto al barrio de Wadi Shalib estuvieron recientemente a punto de ser vendidos a compañías hebreas, que pretendían derruirlos para construir edificios de oficinas. «Gracias a las movilizaciones conseguimos parar los planes del Ayuntamiento», subraya Barghouti. La mezquita de Ezzedim Al-Qassam es una de ellas y su caso es especialmente simbólico, ya que éste fue el templo desde el que el jeque Al-Qassam lideró la revuelta árabe contra la colonización judía de Haifa en los años 30. Ahora, las brigadas armadas de Hamas han tomado su nombre. La política es otro de los ámbitos de segregación. En Israel existen tres partidos que defienden las posiciones palestinas. Son el Hadash (Partido Comunista, que incluye en sus listas a árabes y judíos), la Liga Árabe Unida y el Balad. Además, existen otras fuerzas como Abnaa Al Balad y el movimiento islámico que propugnan el boicot al Parlamento hebreo. No obstante, la representatividad de los partidos palestinos y su capacidad para incidir en la política es prácticamente testimonial. A pesar de obtener 11 de los 120 escaños que forman el Parlamento israelí, ningún otro partido los tiene en cuenta. En la Knesset, el sionismo es condición sine qua non para alcanzar algún acuerdo. Además, la ilegalización de las formaciones palestinas siempre ha sido uno de los objetivos de la derecha israelí, que cuenta con el apoyo de casi todo el arco político y que, si hasta ahora no lo ha logrado, ha sido por la oposición del Tribunal Supremo. A pesar de todo, existen elementos para la esperanza. Contrariamente a lo que ocurre en Gaza y Cisjordania, donde la división entre Al Fatah y Hamas ha quebrado la propia sociedad, los palestinos de los territorios del 48 mantienen una fuerte cohesión por encima de sus diferencias. Como asegura Abdelhakeem Mufla, «somos parte del pueblo palestino y de la nación árabe. A pesar de lo que digan ciertos acuerdos de paz, estos territorios siguen ocupados». Alberto PRADILLA Tomado de Gara

6 sept 2009

El Muro

La palabra Muro se escucha con mayúscula por el que dividió a Berlín durante 28 años. Se lo llamó y llama todavía El Muro de la vergüenza, pero quedó muy atrás del que Israel construye en el territorio palestino ocupado: el alemán que erigió la ex URSS tuvo 155 kilómetros de largo, el israelí tendrá más de 700. La altura media del primero fue de 3,6 metros, la del segundo un máximo de 8 y su anchura podrá ampliarse ya que a uno y otro lado se cavan fosas de varios metros de profundidad, hay vallas electrificadas de alambre de púa, sensores térmicos, cámaras de video, torres de francotirador y carreteras para los vehículos israelíes de patrullaje, más una franja colchón de ancho variable. El 85 por ciento de este Muro se construye dentro de Cisjordania, a la que despoja del 9,5 por ciento de su territorio. “Es una locura”, calificó Roger Waters. El 19 de agosto pasado Naciones Unidas presentó en Jerusalén Este un corto narrado por quien fuera compositor, guitarrista, bajista, vocalista y fundador de Pink Floyd: se titula Walled Horizons (Horizontes vallados), dura 15 minutos y documenta los efectos que la construcción produce en cientos de miles de palestinos. “Me llena de horror la idea de vivir en una prisión gigantesca”, dijo Waters. Y escribió sobre el muro: “No al control del pensamiento” (www.fran ce24.com, 20-8-09). Puede verse en YouTube. La ONU promovió este acto para sacudir la memoria dormida de la comunidad internacional acerca de un hecho trascendente: el 9 de julio del 2004, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) –el tribunal supremo del mundo–- emitió una opinión consultiva en la que señala: “La construcción del muro que Israel, la potencia ocupante, está levantando en el territorio palestino ocupado, incluso en Jerusalén Oriental y alrededores, y el régimen asociado, se oponen al derecho internacional”. La CIJ señala que Tel Aviv debe desmantelar un muro que para el pueblo palestino entraña, entre otras cosas, “la destrucción o incautación de propiedad privada, restricciones a la libertad de circulación, confiscación de tierras de cultivo, corte del acceso a las fuentes de agua primarias” y constituye “una anexión de facto de territorio palestino” (www.icj.cij.org, 9-7-04). La resolución 62/181 de la Asamblea General de la ONU del 19 de diciembre de 2007 –entre otras– demanda a Israel “que cumpla plenamente las obligaciones legales mencionadas en la opinión consultiva” de la CIJ, es decir, la demolición del muro que “priva seriamente al pueblo palestino de sus recursos naturales”. Esta resolución fue aprobada por 166 países a favor –incluidos muchos que mantienen excelentes relaciones con Israel–, 7 en contra y 6 abstenciones (www.un.org, 31-1-08). Porque cabe preguntarse si esta construcción es para evitar atentados terroristas, como aduce Tel Aviv, o persigue otros fines. La CIJ subraya que “Israel no puede invocar el derecho de legítima defensa o un estado de necesidad a fin de eludir la ilegalidad del muro”. La idea del Muro es, en realidad, muy anterior a la primera intifada palestina, de 1987, y a la segunda, del 2000: ya en 1950 el parlamento israelí promulgó la llamada Ley del Ausente, que permite al Estado apoderarse de toda propiedad palestina que no ha sido utilizada durante un determinado período. Israel se ha quedado así con la tierra de miles de palestinos en razón de los retenes y las dificultades de circulación que el Muro acentúa gravemente. Y luego: Ron Nahman, alcalde del amplio asentamiento de Ariel, ubicado 22 kilómetros adentro de Cisjordania, declaró a la prensa israelí que “el mapa de la valla es el mismo mapa que vi en cada visita que Arik (Ariel Sharon) nos hizo desde 1978” (www.americanfreepress.net, 19-12-03). Tel Aviv no esperó a que se produjeran los atentados terroristas contra civiles israelíes que acompañaron a las intifadas y el objetivo final del muro es la anexión de hecho del territorio palestino ocupado desde 1967. “Los que intentan confundir y dicen que la valla no representa una línea política, no saben de qué están hablando”, declaró sin vueltas David Levy, presidente del consejo de colonos del valle del Jordán, al periódico israelí Yedioth Ahronoth (www.gush-shalom.org, 23-5-03). “Cada quien juega este doble juego –agregó– y es conveniente para todos. Por eso estoy a favor de la valla, es obvio que nos ubicará adentro (de Israel).” El valle del río Jordán corre a lo largo de toda la frontera de Cisjordania con Israel y está poblado de asentamientos israelíes ilegales. El corto del que participa Roger Waters recoge el testimonio de un palestino que vive a un lado del Muro y perdió su tierra porque está del otro. También el de una palestina cuyos niños no pueden ir a la escuela por idéntica razón. El Muro separa a matrimonios y a padres de sus hijos. Entre otras cosas que violan los derechos humanos del pueblo palestino y los pactos internacionales de los que Israel es Estado Parte. La palabra Muro se escucha con mayúscula por el que dividió a Berlín durante 28 años. Se lo llamó y llama todavía El Muro de la vergüenza, pero quedó muy atrás del que Israel construye en el territorio palestino ocupado: el alemán que erigió la ex URSS tuvo 155 kilómetros de largo, el israelí tendrá más de 700. La altura media del primero fue de 3,6 metros, la del segundo un máximo de 8 y su anchura podrá ampliarse ya que a uno y otro lado se cavan fosas de varios metros de profundidad, hay vallas electrificadas de alambre de púa, sensores térmicos, cámaras de video, torres de francotirador y carreteras para los vehículos israelíes de patrullaje, más una franja colchón de ancho variable. El 85 por ciento de este Muro se construye dentro de Cisjordania, a la que despoja del 9,5 por ciento de su territorio. “Es una locura”, calificó Roger Waters. El 19 de agosto pasado Naciones Unidas presentó en Jerusalén Este un corto narrado por quien fuera compositor, guitarrista, bajista, vocalista y fundador de Pink Floyd: se titula Walled Horizons (Horizontes vallados), dura 15 minutos y documenta los efectos que la construcción produce en cientos de miles de palestinos. “Me llena de horror la idea de vivir en una prisión gigantesca”, dijo Waters. Y escribió sobre el muro: “No al control del pensamiento” (www.fran ce24.com, 20-8-09). Puede verse en YouTube. La ONU promovió este acto para sacudir la memoria dormida de la comunidad internacional acerca de un hecho trascendente: el 9 de julio del 2004, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) –el tribunal supremo del mundo–- emitió una opinión consultiva en la que señala: “La construcción del muro que Israel, la potencia ocupante, está levantando en el territorio palestino ocupado, incluso en Jerusalén Oriental y alrededores, y el régimen asociado, se oponen al derecho internacional”. La CIJ señala que Tel Aviv debe desmantelar un muro que para el pueblo palestino entraña, entre otras cosas, “la destrucción o incautación de propiedad privada, restricciones a la libertad de circulación, confiscación de tierras de cultivo, corte del acceso a las fuentes de agua primarias” y constituye “una anexión de facto de territorio palestino” (www.icj.cij.org, 9-7-04). La resolución 62/181 de la Asamblea General de la ONU del 19 de diciembre de 2007 –entre otras– demanda a Israel “que cumpla plenamente las obligaciones legales mencionadas en la opinión consultiva” de la CIJ, es decir, la demolición del muro que “priva seriamente al pueblo palestino de sus recursos naturales”. Esta resolución fue aprobada por 166 países a favor –incluidos muchos que mantienen excelentes relaciones con Israel–, 7 en contra y 6 abstenciones (www.un.org, 31-1-08). Porque cabe preguntarse si esta construcción es para evitar atentados terroristas, como aduce Tel Aviv, o persigue otros fines. La CIJ subraya que “Israel no puede invocar el derecho de legítima defensa o un estado de necesidad a fin de eludir la ilegalidad del muro”. La idea del Muro es, en realidad, muy anterior a la primera intifada palestina, de 1987, y a la segunda, del 2000: ya en 1950 el parlamento israelí promulgó la llamada Ley del Ausente, que permite al Estado apoderarse de toda propiedad palestina que no ha sido utilizada durante un determinado período. Israel se ha quedado así con la tierra de miles de palestinos en razón de los retenes y las dificultades de circulación que el Muro acentúa gravemente. Y luego: Ron Nahman, alcalde del amplio asentamiento de Ariel, ubicado 22 kilómetros adentro de Cisjordania, declaró a la prensa israelí que “el mapa de la valla es el mismo mapa que vi en cada visita que Arik (Ariel Sharon) nos hizo desde 1978” (www.americanfreepress.net, 19-12-03). Tel Aviv no esperó a que se produjeran los atentados terroristas contra civiles israelíes que acompañaron a las intifadas y el objetivo final del muro es la anexión de hecho del territorio palestino ocupado desde 1967. “Los que intentan confundir y dicen que la valla no representa una línea política, no saben de qué están hablando”, declaró sin vueltas David Levy, presidente del consejo de colonos del valle del Jordán, al periódico israelí Yedioth Ahronoth (www.gush-shalom.org, 23-5-03). “Cada quien juega este doble juego –agregó– y es conveniente para todos. Por eso estoy a favor de la valla, es obvio que nos ubicará adentro (de Israel).” El valle del río Jordán corre a lo largo de toda la frontera de Cisjordania con Israel y está poblado de asentamientos israelíes ilegales. El corto del que participa Roger Waters recoge el testimonio de un palestino que vive a un lado del Muro y perdió su tierra porque está del otro. También el de una palestina cuyos niños no pueden ir a la escuela por idéntica razón. El Muro separa a matrimonios y a padres de sus hijos. Entre otras cosas que violan los derechos humanos del pueblo palestino y los pactos internacionales de los que Israel es Estado Parte. Juan Gelman Tomado de Página 12

13 may 2009

El Papa condena el Muro de Cisjordania

Benedicto XVI se ha lamentado que en un mundo de fronteras más abiertas "es trágico ver que todavía se levantan muros"
El papa Benedicto XVI ha condenado hoy en Belén el muro de separación construido por Israel en Cisjordania y ha dicho que en un mundo en el que las fronteras son siempre más abiertas "es trágico ver que todavía se levantan muros".
El Papa hizo esta condena en el campo de refugiados palestinos de Aida, a dos kilómetros de la ciudad cisjordana de Belén, en el que viven unas 5.000 personas y que se encuentra a apenas 15 metros del muro de seguridad levantado por Israel y considerado ilegal por la comunidad internacional.
"En un mundo en el que las fronteras están siempre más abiertas, al comercio, a los viajes, a la movilidad de las personas, a los intercambios culturales, es trágico ver que aún se siguen levantando muros", dijo el Pontífice.
"¡Cuánto deseamos ver los frutos de la difícil tarea de edificar la paz, cuánto rezamos de manera ardiente para que acaben las hostilidades que han llevado a la construcción de este muro", afirmó el Papa.
En presencia del presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmud Abbas, Benedicto XVI añadió que el muro es una de las causas del punto muerto "en el que parece encontrarse los contactos entre israelíes y palestinos".
Reza por todos los refugiados palestinos
Denunció que muchas familias están divididas debido "al encarcelamiento de algunos de sus miembros o a las restricciones de movimiento" y que muchas han sufrido pérdidas en el curso de las hostilidades.
El Pontífice dijo que su corazón se une al de los palestinos que sufren y aseguró que reza por todos los refugiados palestinos en el mundo y especialmente por los que han perdidos sus casas y familiares durante la reciente operación militar israelí sobre Gaza.
Acogido con banderas palestinas, cantos y bailes y teniendo como fondo el muro y la alambrada, el Papa subrayó el deseo de paz de los palestinos, que dijo que en estos días asume una particular "intensidad" mientras recuerdan "los acontecimientos de mayo de 1948 y los años de un conflicto todavía no resuelto, que siguieron a esos eventos".
AGENCIAS - Belén
Tomado: Público
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