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18 dic 2010
En pos de una verdadera república
La honra. Ver cómo siempre triunfa la verdad en la historia. Se podrá mentir, se podrá ocultar, se podrá disfrazar de héroes a los misioneros de la muerte, pero llega el tiempo que queda todo al desnudo y ahí está, el triunfo de la Etica sobre los intereses económicos, sobre el uso omnímodo del poder. La vida sobre la muerte. Y es lo que acaba de ocurrir en El Calafate, ese paraíso sureño. Allí, ante la tumba masiva de los peones fusilados por el Ejército Argentino en diciembre de 1921, se hizo un acto donde primó el calor popular y la sabiduría de la Historia. Un acto inolvidable. Del silencio de décadas, a ese concurrir del pueblo a recordar un hecho que nos tiene que avergonzar a todos los argentinos. Con el agravante de que ocurrió no bajo una dictadura militar sino durante el gobierno del presidente radical Hipólito Yrigoyen.
En el acto participaron historiadores locales, cantores populares, el cura del lugar, el intendente de El Calafate, maestros, estudiantes, representantes de los pobladores originarios y pueblo, auténtico pueblo. Hubo emoción cuando los oradores recordamos la crueldad con que actuó el 10 de Caballería contra las peonadas. Allí, enfrente del cenotafio, se extiende la estancia La Anita, de Federico Braun, donde se hallan las tumbas masivas. Al finalizar el acto se hizo un asado para el público y todos estuvimos conversando sobre la injusticia cometida hace noventa años. Con niños, con estudiantes, con docentes, con trabajadores rurales, con vecinos de El Calafate, de Río Gallegos, hasta llegó un grupo juvenil de investigación histórica de Puerto Deseado que ha iniciado un estudio profundo del pasado de ese lugar y las repercusiones de las huelgas del campo de 1921-22 en esa zona. Ahí se dieron a conocer los planes de la Comisión por la Memoria de El Calafate, y se piensa solicitar al estanciero Federico Braun que se permita que el monumento recordativo se sitúe directamente donde se hallan las tumbas masivas de los peones fusilados. Y hay más planes, cargados de imaginación reivindicativa.
Lo que se prohibió o se silenció durante tantas décadas ahora está allí, permanente, el recuerdo. Es un principio de llevar a cabo la historia justiciera, la verdad de los hechos, y resaltar el nombre de los culpables, de aquel congreso nacional cuya mayoría radical se calló la boca y no permitió ninguna investigación y de un ejército que pasó a ser de liberador de pueblos con el pensamiento de Mayo a fusilador de obreros y más tarde a desaparecedor de personas y autores del robo de niños.
Un paso adelante. Por eso, nos parece bien el recuerdo de la Vuelta de Obligado, pero también deberíase recordar oficialmente, en el orden nacional, esta fecha de diciembre. No para corrernos a las playas o a “descansar”, sino para preguntarnos “qué nos pasó a los argentinos” para, después de ese pensamiento de Mayo, llegar ciento diez años después a los despiadados fusilamientos de peones rurales que salieron a pedir un poco de dignidad frente a las explotación de los latifundistas.
Pero en nuestro país siguen ocurriendo sucesos que nos demuestran que hay personas a las que no les importan estas enseñanzas de la historia. Por ejemplo, nos avergüenza lo ocurrido en Villa Soldati, en Formosa, y en tantos otros lugares donde se reprimió salvajemente al pueblo sin tener en cuenta que a los problemas hay que resolverlos de raíz. Por ejemplo, mientras no haya techos dignos para las familias, siempre habrá problemas; mientras no haya trabajo para los desocupados, siempre habrá violencia. Y al fin y al cabo, los hechos nos están diciendo que sólo cuando hay violencia de abajo para llamar la atención a los dueños del poder, entonces sí, empiezan las conversaciones para solucionar esos problemas que hasta ese momento habían sido negados. No se soluciona diciendo que los bolivianos tienen la culpa. Basta ver cómo estaba el llamado Parque Indoamericano. Qué parque si no es más que un enorme terreno baldío con basura y pozos. ¿Qué hicieron hasta ahora las llamadas autoridades de la Ciudad de Buenos Aires? En el barrio de Belgrano, donde vivo, recuerdo lo que era la placita Alberti, una manzana entre las calles que antes se llamaban Guanacache y Nahuel Huapi. Cuando yo era pibe estaba todo lleno de flores, verdes plantas y un césped maravilloso. Era un lujo sentarse en esos bancos de plaza, correr por los senderos y mirar todo esos colores. Ahora, la plaza es pura tierra y polvo, ya no hay más césped ni plantas. No se gasta un céntimo en cuidar ese pulmón verde en medio del barrio. Para qué –se pregunta uno– están las llamadas autoridades de la ciudad sino para observar estos bienes comunes entre los que están los más sagrado de una democracia: el derecho a una vivienda digna principalmente de las familias con hijos, esos hijos que son el futuro y no deben jamás crecer en un clima de violencias. Ese es el deber primordial de la democracia. Esperemos que aprendan, luego de los hechos sangrientos que nos han conmovido a todos y de los cuales la Justicia tiene que juzgar a quiénes han sido los culpables de crear ese estado de cosas y los responsables de cuidar los sagrados derechos de todos los ciudadanos, sean ricos o pobres, bolivianos o paraguayos. Recordemos a nuestros Libertadores, señoras y señores autoridades, que marcharon a liberar a los pueblos americanos sin encerrarse en el egoísta racismo de los pequeños, los que creen en fronteras.
Y mencionamos a la Justicia. Acaba de ocurrir un hecho que nos llenó de alegría y orgullo. La actitud del juez Raúl Zaffaroni, miembro de la Corte Suprema de la Nación, ante el preso político Roberto Martino, quien se hallaba en huelga de hambre en protesta por la más que injusta prisión por su protesta frente a la embajada de Israel. El juez Zaffaroni no miró despectivamente desde el trono jurídico al prisionero. Sino que fue a visitarlo a su celda carcelaria. Y le aseguró que cuando su causa llegue a la Corte Suprema hará todo lo que esté a su alcance para respetar los principios constitucionales que nos rigen. ¿Quién ha sido capaz de hacer esto en nuestro país? No, todos se refugian en la “importancia” de su cargo, o en los principios burocráticos de las cadenas de instituciones jurídicas para desentenderse del problema eminentemente humano de la causa “Martino” por la cual están luchando desde largo tiempo las organizaciones de derechos humanos. Hasta ahora, nuestra Justicia se comportó igual que la justicia de Estados Unidos con la prisión de los cinco cubanos, un hecho de una crueldad pocas veces vista en la historia de la justicia mundial. Y el juez Zaffaroni “bajó” hasta la humilde celda del preso político para darle la seguridad de que cuando a él le toque actuar hará sonar la voz de la honestidad, que debe ser el principio de esa palabra con mayúscula que se llama “Justicia”. Zaffaroni, un juez que nunca miró para otro lado, sino que estudió siempre a fondo cómo actuar en una sociedad que se dice democrática y justa pero que muestra síntomas graves de no haber aprendido todavía de la tortuosa historia de estos doscientos años argentinos. Vemos nuestra realidad: los políticos ladrones de la década del noventa, libres; pero un civil que hace uso de la protesta democrática en la calle, preso desde hace inmensos meses.
Este acto de este miembro de la Corte Suprema (vaya ese título de “suprema”) nos llena de optimismo. Mientras haya jueces con esa grandeza de sentimientos y ese coraje civil frente a cinismos o soluciones bizantinas que siempre favorecen al poderoso podemos tener fe en el futuro de nuestra República. Sí, lograr alguna vez poner en mayúscula ese término: República.
Y para terminar este deambular difícil, otra inmensa alegría. Que el docente Enrique Samar haya logrado triunfar en su lucha de años: que se haya cambiado el nombre de la plaza Virreyes por el del máximo libertador de la época colonial: Túpac Amaru. La dictadura de la desaparición de personas le había cambiado el nombre de Plaza Armenia por el de –nada menos– Plaza Virreyes. Un homenaje a los representantes del coloniaje con la esclavitud y la sumisión al “rey católico de España”. Samar, director de una escuela de esta capital, se jugó entero para terminar con esa ignominia. Y triunfó. Ahora la plaza recordará a quien sufrió la muerte más cruel en manos de los conquistadores europeos. Un paso más –esta vez simbólico pero pleno de fuerza– hacia la verdadera república.
Osvaldo Bayer
Tomado: Página 12
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14 mar 2010
Salamanca recibe los papeles sobre los esclavos de Franco
El Centro de la Memoria custodiará 150.000 documentos sobre los represaliados
Miles de milicianos apresados por las tropas franquistas vivieron durante años una segunda condena. A sus largas penas de cárcel sumaron horas y horas de trabajos forzados por el único delito de haber permanecido fieles a la República. Tendieron vías férreas. Abrieron carreteras. Levantaron pantanos. Restauraron pueblos destruidos por la guerra. E, incluso, se incorporaron como mano de obra barata a empresas de personajes cercanos al régimen. Todo ello con jornadas de sol a sol y a cambio de ranchos de sardinas, pan, mermelada y un poco de carne. La mayoría albergaba la esperanza de que con su esfuerzo verían reducidos sus años entre rejas.
Todos estos hombres y mujeres cerca de medio millón, según algunos historiadores tendrán ahora un hueco en la historia. El primer paso lo dio ayer el Centro Documental de la Memoria Histórica, en Salamanca, que recibió de manos de la subsecretaria del Ministerio de Cultura, Mercedes Elvira del Palacio, y del director general del Libro, Archivos y Bibliotecas, Rogelio Blanco, los 4.987 expedientes con miles de documentos sobre estos esclavos de Franco que el Tribunal de Cuentas albergó durante 35 años.
La cesión incluye 145 cajas de documentos sobre los movimientos mensuales entre 1936 y 1945 de los reclusos de 540 centros de retención, campos de concentración y "batallones de prisioneros trabajadores". Sus traslados de uno a otro. El costo de su alimentación y, en el caso de los batallones de trabajo, de sus salarios. Las órdenes de mandos reclamando más mano de obra... Toda una fría burocracia plagada de listados de presos sin fin y detalladas contabilidades del dinero supuestamente gastado que fueron enviados con todo el formalismo al Tribunal de Cuentas para su fiscalización y que ahora sirve para sacar a la luz el drama que vivieron aquellos republicanos.
Es el caso de Juan Campillo, un recluso del eufemísticamente llamada Batallón de Trabajadores Especialistas, con sede en Madrid, al que el jefe carcelero volvió a enviar a un campo de concentración por "haber atropellado a dos ciclistas" mientras ejercía de conductor a la fuerza. O el de David Miranda, quien, el 11 de mayo de 1939, ingresó en el Batallón de Trabajadores número 3, con sede en la capital, acusado de ser un desertor. O los de Julián Tomás, Esteban Gete y Pedro Arteaga, entre otros, a quienes "su mala conducta" les llevó a engrosar otro de estos batallones. Todo ello plasmado en largos estadillos con sus correspondientes sellos y pólizas, con el escudo del águila de San Juan como garante de su validez.
Una dura disciplina que se unía a las inhumanas condiciones de trabajo y que, según se deduce de la documentación ahora sacada a la luz, llevaba a muchos de estos trabajadores forzosos al hospital. El 15 de julio de 1939, la Inspección de Campos de Trabajo pide a un campo de concentración de Zaragoza "50 prisioneros para cubrir bajas".
Dos semanas después reclama más presos con el mismo fin. En este caso, sendos grupos de 30 y 40 "trabajadores". A menudo, las bajas son definitivas. El Batallón Disciplinario número 11, con sede en Rentería (Guipúzcoa), emite el 1 de octubre de 1940 un escueto estadillo en el que señala cuatro "muertos por accidente". Ni siquiera pone nombre a todos ellos.
Sardinas, chuscos y membrillo
Todo ello salpicado con notas mecanografiadas o simplemente manuscritas por oficiales y suboficiales del Ejército vencedor en el que dan cuenta de la entrega de raciones "frías" y "calientes" para presos y "evadidos del campo rojo". El importe de las latas de sardinas, de las de ternera "a la jardinera", de las libras de chocolate, de los kilos de membrillo y de los chuscos de pan supuestamente dados a los presos se recogen con el único fin de que las arcas del Estado las sufragen. El "socorro alimentario" de uno de estos reclusos trabajadores era tasado en agosto de 1938 por los burócratas franquistas en 1,65 pesetas. En algunos batallones, como el número 111 de Valladolid, entraban al detalle, y reclamaban 20 céntimos por cada desayuno.
Son los años triunfales, como destacan todos los informes, en los que los reclusos van y vienen de un campo a otro. En uno, un coronel reclama presos republicanos para reforzar sus cuadrillas. Pero no vale cualquiera. Exige que sean enviados "convenientemente equipados, en perfectas condiciones higiénico sanitarias y con el pelo cortado". En otros casos se pide que conozcan determinadas profesiones. El 15 de septiembre de 1939, un alférez comunica el envío de dos prisioneros "debidamente custodiados" cuyo oficio es el de zapatero.
Algunos expedientes recogen los sueldos de los oficiales de los batallones, que van de las 916, 66 pesetas que cobraba un comandante a las 500 de un alférez. O las 600 pesetas de pensión extra a la que tenían derecho, en octubre de 1949, todos los que tuvieran la Cruz de San Hermenegildo.
Los documentos detallan algunos de los tajos a los que eran enviados los republicanos: las líneas de ferrocarril Soria-Castejón (Navarra) y Santander-Mediterráneo; la construcción del pantano de La Muedra (Soria); las minas de Utrillas (Teruel); la reconstrucción del puerto de Castellón o, simplemente, "la recuperación de chatarra en Huesca". Obras que cada poco tiempo necesitan nueva mano de obra. El 15 de abril de 1939, el coronel del Grupo de Trabajadores del Ferrocarril Soria-Castejón ordena al campo de concentración de Burgo de Osma (Soria) "un contingente de 150 prisioneros". El centro no puede cubrir el encargo y le comunica que 52 presos llegarán del Campo de Miranda de Ebro (Burgos). Al franquismo siempre parecía faltarle mano de obra barata.
Oscar López-Fonseca - Salamanca
Tomado de Público
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6 may 2009
Miguel Hernández (y la cultura obrera durante la República)
Miguel Hernández representa uno de los pocos casos de poeta y artista nacido entre las clases trabajadoras, y que consigue trascender el atraso secular impuesto por una sociedad radicalmente injusta.
El ideal socialista pasa entre otras cosas, por la unión entre la ciencia, la cultura y el pueblo. Sobre esto y sobre Miguel Hernández hablamos jóvenes y veteranos…
Sucedió en el marco del Ateneu Rebel y con una cierta presencia juvenil..
En una primera parte el camarada de Orihuela Manuel Mazón, evocó con todo lujos detalles, como en su pueblo natal se dejó de hablar de Miguel, y como cuando se ha empezado a hacer se le ha sustraído toda la parte más “roja”, la que le llevaron desde una mística cristiana más o menos “liberadora” hacia el compromiso con el pueblo y con el partido comunista. Nos habló de cómo esta evolución quedó enmarcada en su poesía, y como ésta en su trama final se convirtió en expresión viva del sentir del pueblo militante. Luego como fue abandonado, y sus vicisitudes hasta su muerte en 1942, muerte que cierra el ciclo de condenas de muerte que llevó al franquismo a acabar con las vidas de García Lorca, Antonio Machado y Miguel Hernández.
A mí me tocaba hablar del encuentro entre la cultura y el pueblo durante la II República, y para más detalle incluyo al final como anexo un artículo sobre la cuestión. Ahora me limitaré a unas cuantas notas…
a) Miguel Hernández representa dentro de la cultura universal uno de los pocos casos de poeta y artista nacido entre las clases trabajadoras, y que consigue trascender el atraso secular impuesto por una sociedad radicalmente injusta, jerárquicamente clasista, y fue gracias a unas circunstancias de cambios favorables (el ascenso del movimiento obrero);
b) Esta evolución hacia el pueblo no fue personal, es más, por su edad, se da más bien tardíamente, de ahí su escasa formación política…De hecho se inserta en un extenso proceso que comienza a finales de los años veinte, y que se manifiesta tanto por la radicalización de un sector de la generación del 98 (Valle-Inclán, Machado), como por la opción obrerista, militante y comprometida de la mayor parte de la generación del 27…
c) Dicho encuentro es coincidente con el auge del movimiento obrero que fue la espina dorsal de la República, y que tuvo su mayor expresión entre los maestros; de que el franquismo se ensañara especialmente con ellos;
d) Igualmente se expresó con una enorme voluntad cultural que permitió que el libro dejara de ser una “exquisitez” de la clase media para llegar a los trabajadores a través de sindicatos y partidos, de sus secciones culturales, Casas del Pueblo, Ateneos…
e) También se traduce en el impulso de revistas, editoriales, conferencias, debates, y en la proliferación de ediciones de todos los clásicos socialistas y anarquistas pasados y presentes; de hecho, la mayor parte de las ediciones que se dieron en los años sesenta-setenta se sustentaron en el trabajo editorial desarrollado durante la República…
f) La actual desvinculación del arte y la cultura del pueblo, se debe ante todo a la extrema debilidad moral e ideológica del sindicalismo y de la izquierda “realmente existente”, así como a la capacidad e inteligencia del sistema de “colocarlos” y darles una tribuna y un escaparate en los que ganar fama y prestigio;
g) La lectura de la poesía y su estudio fue durante los años sesenta-setenta una de las armas de culturalización y sensibilización de amplios sectores del pueblo y de la juventud que descubrió a Machado, Lorca, Celaya, León Felipe, Marti i Pol, Celso Emilio Ferreiro, Blas de Otero, etc, como “camaradas”, y testimonio de esto fueron cantores como Ramón o Paco Ibáñez, símbolos de la resistencia y de nuevas aspiracone4s de vida
Anexo
Cuando la cultura levantó el puño (artículo publicado en Combate en octubre de 1987)
No hay la menor duda de que si el desenlace de la guerra civil española hubiera dependido de la correlación de fuerzas en el ámbito cultural, la derrota del bando militar-fascista hubiera sido aplastante. Como es sabido, el “Movimiento” odiaba profundamente a los intelectuales, sobre todo a los que trataban de establecer profundas conexiones con el pueblo. De ahí la sinceridad del grito de Millán Astray, ¡Abajo la inteligencia!, el carácter revelador del asesinato de García Lorca —como de las muertes trágicas de Antonio Machado y de Hernández—, la especial inquina en la represión de los maestros y la voluntad de destruir todos los vestigios de las conquistas culturales del pueblo desde los tiempos de la Ilustración. Por el contrario, el campo republicano tuvo en la actividad cultural más diversa, uno de sus puntos más avanzados.
Una convergencia contra la reacción
Esta desigualdad en la correlación de fuerzas puede ser establecida muy brevemente. Mientras que en el campo mal llamado “nacional” sólo logró convocar a figuras de muy segundo orden —Unamuno se arrepintió al poco tiempo, d’Ors agonizaba como creador; incluso los jóvenes falangistas de talento no tardaron en abrazar la disidencia después de la guerra, unos pronto y otros más tarde—, en el campo republicano se sumaron todas las generaciones, desde la del 98 —Valle Inclán que no conoció la guerra pero que simpatizó con la extrema izquierda, y Machado—, hasta la llamada “de la República”, pasando por la del 27 (Alberti, Buñuel, Guillen, Aleixandre, etc.) y que configuraron lo que se ha venido a llamar la “edad de plata” de la cultura española.
Algo parecido y si cabe todavÍa más claramente, ocurre en el Orden internacional donde al lado de los sublevados se erigen las figuras oficiales de los regimenes fascistas, y la figura aislada de Paul Claudel —al frente del batallón de la Action Française que servirá al régimen de Vichy más tarde—, al servicio de la República se coloca parte de la flor y nata de la cultura mundial, algunos combatiendo —como Hemingway, Dos Passos, Orwell, Caudwell—, otros trabajando en la retaguardia —como Neruda, Ehrenburg o Vallejo, que murió queriendo ser un miliciano—, o apoyando diversas campañas favorables a su causa como Tagore, GB. Shaw, Russell, Selma Lagerloff, y un etcétera impresionante, como nunca se había conocido en ningún otro conflicto mundial.
En esta convergencia republicana hay un punto de partida elemental y que Gide define como algo parecido a un enfrentamiento entre el bien y el mal, entre la reacción y el progreso, entre las fuerzas sociales opresoras y las que llevan la promesa de una emancipación. Esta división necesita, naturalmente, muchos matices, pero así de rotunda parecía en momentos como los de Badajoz, Guernica o el frente de Madrid. En España se libraba una batalla contra la peste fascista que se había impuesto sin apenas resistencia en Italia, Alemania y Austria, y se jugaba también una nueva edición de una guerra internacional que habla comenzado victoriosamente con la toma del Palacio de Invierno en octubre de 1917. También se sentía como un preludio de “la próxima guerra”, esa que, según aparece en una memorable novela del conservador pero muy contradictorio Evelyn Waugh, vela venir todo el mundo menos los gobernantes.
La guerra por lo tanto aparecía como varias cosas a la vez, unos enfatizaban su aspecto más antifascista, su carácter de resistencia nacional, popular y democrática, de acuerdo con los planteamientos vigentes en los aledaños del Komintern —Neruda, Aragón, Buñuel, Hernández, Machado, de hecho la mayoría—; para otros era la defensa de las tradiciones republicanas y democráticas aunque no estaban de acuerdo con el auge de los comunistas, mientras que para un sector minoritario aunque también importante, se trataba de una revolución socialista surgida en la defensa de las libertades democráticas. Por esta convicción trabajaron, no solamente los que lo hicieron al lado de la CNT —León Felipe, Simone Weil, Kaminski, Berneri, etc.—, o del POUM —Orwell, Benjamin Peret, etc—, sino también, a su manera, muchos de los cuales se alinearon con otras posiciones aunque aceptaron de buena fe la idea de los dos plazos, primero la guerra, luego la revolución. Recordemos que éste fue el planteamiento Inicial del propio Orwell, y es el que aparece en gran medida en la extraordinaria película de Joris lvens, Tierra de España, en cuyo guión contribuyeron Dos Passos y Hemingway.
El Congreso de Valencia
La culminación pública de esta convergencia y también, en cierta medida, de la contradicción guerra-revolución, tuvo lugar en julio de 1937 en el Congreso de Escritores Antifascistas celebrado en Valencia bajo la presidencia de Negrín, y que reunió prácticamente a todo el plantel de escritores demócratas y de Izquierdas del mundo en un debate en el que se insistió sobre todo en la lucha contra el fascismo y en la defensa del compromiso del Intelectual con el pueblo, pero esto ya en un sentido un tanto diferente al que le hablan dado Gide y Malraux en el congreso anterior celebrado en París en 1935. Este congreso se celebró cuando el estalinismo ya ha “normalizado” el bando republicano y no se permiten voces disidentes, ni siquiera la del prestigioso Gide que, en rigor, venia a refrendar la línea general antifascista del encuentro, Su pecado era haber escrito su Retour de l´ URSS y ser sospechoso de “trotskismo”. El “trotskismo” estaba fuera de la ley y los agentes del Komintern en el sitio —Ehrenburg, Neruda, Koltzov, etc— le impidieron expresarse. La protesta fue mínima.
Con ser esplendoroso este momento para la cultura e impresionante la convergencia Internacional con la República, hay una dimensión del hecho cultural que permanece casi invariablemente oculto y sin el cual difícilmente Se puede explicar fa emergencia de grandes figuras, se trata de lo que podíamos denonimar “revolución cultural” en los años treinta y que se caracteriza por un creciente encuentro entre todas las vanguardias —desde la teatral hasta la política— y el pueblo.
Desde 1917 se va desarrollando un giro hacia la izquierda entre la intelligentzia que alcanza hacia 1934 su apogeo y que se manifiesta en la creciente radicalización de nombres como Lorca, Machado, Bergamín, etc. Paralela a esta radicalización viene a ser una multiplicación de los libros de Izquierda, y el auge de obras teatrales y cinematográficas de signo “comprometido”; el obrero ocupa el lugar predominante entre los consumidores de cultura, fenómeno que hasta Ortega y Gasset observará con sentimientos ambivalentes. Los campesinos buscan a los que entre ellos saben leer para que les de a conocer obras de Kropotkin u otros, y los obreros forman grupos de teatro y devoran a Zola, Lenin, Bakunin o las novelas de Sender. Los Ateneos Libertarios y las Casas del Pueblo se extienden cada vez y arrastran a un número creciente de trabajadores ávidos de conocimientos para cambiar el destino de sus vidas. El tipo humano del trabajador-medio pasa de ser el conformista que rehuye los peligros del activismo para refugiarse en el deporte, a ser el militante abnegado y autodidacta que, con todas sus limitaciones, dará vida y un potencial formidable a todas las formaciones proletarias sin excepción, aunque muy particularmente a la cenetista que es la que cuenta con la acumulación de militantes llanos más amplia y extendida.
Tan poco tiempo...
Serán estos hombres y mujeres los que protagonizarán en primera línea no sólo los grandes acontecimientos sociales de la República y las grandes batallas de la guerra, sino también la odisea de los campos de concentración y de la resistencia y el exilio, cuando no —más minoritariamente—, la guerrilla y la lucha clandestina contra el franquismo, ayudando a forjar las nuevas generaciones .que, a la postre, harán Imposible la mera continuidad de la dictadura. En este terreno, en el de los hombres y las mujeres que fueron militantes, la crisis española encontró su expresión más fascinante y avanzada, aunque no fue en absoluto correspondida con una expresión politica consciente, capaz de convertir lo que era conciencia en si, en conciencia para sí.
...¡Fue tan poco tiempo! Esta expresión de un viejo libertario plantea todo lo que se consiguió en unos pocos años —que continuaban una larga tradición de lucha casi siempre de élites— y lo que pudo ser. No era posible un movimiento social y cultural desde abajo tan avanzado y así lo comprendió justamente —para sus intereses— la derecha, y así lo han comprendido los actuales “padres” de la democracia que saben que la ‘consolidación” de una democracia en la que todo lo fundamental estuviera “atado y bien atado”, pasaba por la domesticación de sus movimientos sociales, sobre todo de los sindicalismos. Pero también de la cultura, y lo cierto es que lo ha conseguido, al menos hasta ahora.
Pepe Gutiérrez-Álvarez
Tomado: Kaos en la Red
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