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11 feb 2012

Llamado a huelga general marca primer aniversario de la caída de Mubarak


El Cairo. Egipto celebró el primer aniversario del movimiento
 que derrocó a Hosni Mubarak, sin embargo pocos activistas
 participaron en la huelga para protestar por la
 lentitud de la transición de gobierno. Ap
Los militantes que provocaron la dimisión del presidente egipcio exigen ahora que el ejército traspase el poder a los civiles.

El Cairo. El primer aniversario de la caída del presidente egipcio, Hosni Mubarak, estaba marcado este sábado por un llamado a una huelga general convocada por militantes pro democráticos para presionar al ejército y lograr que abandone el poder inmediatamente.

Varios grupos, incluidos "Los jóvenes del 6 de abril" que contribuyeron a lanzar la revuelta contra el ex presidente, llamaron a no acudir a las universidades ni a los centros de trabajo.

Un año después de la dimisión de Mubarak, forzada por la presión popular, los militantes que provocaron su caída exigen ahora que el ejército, acusado de perpetuar el antiguo régimen y de reprimir el movimiento pro democrático, traspase el poder a los civiles.

Los estudiantes tienen previsto manifestarse en varias universidades del país y en la plaza Tahrir de la capital, epicentro de la contestación, para exigir la salida del poder del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) a quien Mubarak entregó las riendas del país cuando dimitió.

"Hago huelga porque la situación del país es mala. No hay ninguna diferencia entre el consejo militar y Mubarak", aseguró Mahmud Magdy, estudiante de economía en la Universidad Aïn Shams.

El llamado a la huelga divide a la población y a las fuerzas políticas. Los Hermanos Musulmanes, que dominan el Parlamento recientemente elegido, se oponen a ella, al igual que numerosos ciudadanos que se quejan de la degradación de la economía y de la creciente inseguridad.

La televisión pública informó que los trabajadores del sector de los transportes no van a secundar la huelga. El diario progubernamental Al Ahram, por su parte, publicó en portada: "El pueblo rechaza la desobediencia civil".

Tras los llamados a la movilización, el ejército anunció que se desplegaría por todo el país para asegurar la seguridad.

El viernes por la noche, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas advirtió que no cederá a las "amenazas" ni a las "presiones" y denunció que el país es víctima de "complots".

"Estamos enfrentando complots contra la nación (...) que buscan hacer caer al Estado para que reine el caos", agregó en un comunicado.

El viernes, miles de manifestantes atravesaron El Cairo hasta llegar al ministerio de Defensa, defendido por la policía militar, con blindados y alambres de espino.

Este sábado, en el barrio del ministerio, algunos partidarios del ejército mostraron su apoyo al CSFA.

El 11 de febrero de 2011, tras 18 días de una revuelta social sin precedentes contra el régimen, el entonces vicepresidente Omar Suleiman anunció en un mensaje televisivo de menos de un minuto la dimisión de Mubarak.

Aclamada primero por la población, la junta formada por una veintena de generales que le sucedieron en el poder prometió facilitare el paso a la democracia y traspasar el poder a los civiles lo antes posible.

Pero hoy está acusada de buscar mantener sus privilegios y de continuar influenciando en la vida política.

Afp

Tomado: La Jornada.unam.mx

Artículo relacionado y video:
Revoluciones: ¿un producto de exportación?

28 feb 2011

Las rebeliones populares frente al neoliberalismo: desde Egipto a Wisconsin, EEUU


Caricatura: pacogarabato
Este artículo analiza las movilizaciones populares que se están extendiendo (desde Egipto a Wisconsin, EEUU) como protesta a las políticas neoliberales llevadas a cabo por sus gobiernos. El artículo señala que la interpretación dominante que intenta explicar tales movilizaciones como resultado de movimientos juveniles como Internet es profundamente limitada cuando no errónea.
Una de las causas de las movilizaciones en el mundo árabe fue la aplicación, por parte de las élites gobernantes, de políticas neoliberales que afectaron negativamente a las clases populares. Estas movilizaciones se habían ya iniciado meses y años antes, resultado de las medidas de austeridad (que incluyeron reducción de programas de protección social y disminución de salarios, eliminación de subsidios a los alimentos y desregulación de los precios de productos básicos), que crearon un gran malestar y que fueron las causas de que en estos países (en Túnez primero y en Egipto después) fuera la clase trabajadora, junto con sectores de las clases medias la que protagonizaran tales movilizaciones. Estas movilizaciones en protesta frente al neoliberalismo imperante están ocurriendo no sólo en países árabes, sino también en muchos otros países, incluyendo EEUU.
El último caso de estas protestas obreras ha ocurrido en el estado de Wisconsin, EEUU. El nuevo gobernador de tal estado, el republicano Scott Walker (de la corriente Tea Party) intentó aprobar una ley en el parlamento del estado que reduciría el sueldo de los funcionarios públicos un 7%, disminuyendo también sus pensiones, y obstaculizando además la sindicalización de los trabajadores en el sector público. Tal como indicó la Federación de los Sindicatos Estadounidenses (AFL-CIO) esta ley –de ser aprobada- sería un ataque frontal a los sindicatos de aquel país. La justificación que el gobernador Scott Walker dio para tomar tales medidas era que el presupuesto del estado tenía 137 millones de dólares de déficit.
La respuesta de los sindicatos en Wisconsin fue inmediata. A los pocos días, Madison, la ciudad más importante de aquel estado vio la manifestación más grande que nunca existiera en aquella ciudad. Los sindicatos se manifestaron frente al Parlamento (y frente al domicilio particular del gobernador Walker), exigiendo la retirada de la propuesta de ley. Lo que es interesante es que los manifestantes no eran sólo sindicalistas, sino también usuarios de los servicios públicos conscientes de que estos recortes iban a afectar a la calidad de sus servicios. Muy llamativa fue la cantidad de niños y sus padres que acompañaron a los maestros en su protesta, hecho remarcado por los medios de información. Las encuestas mostraban también que la mayoría de la ciudadanía de Wisconsin se oponía a las propuestas del gobernador Walker y apoyaban las movilizaciones en contra de ellas. Entre los que apoyan tales movilizaciones, adhiriéndose a ellas, estaban, por cierto, los policías y bomberos que el gobernador Walker había excluido de sus medidas de recortes salariales, dándoles un trato favorable. Los policías y bomberos expresaron, sin embargo, su solidaridad con los otros empleados públicos saliendo a la calle con ellos. Estos hechos están siendo seguidos por todo EEUU.
Las derechas, lideradas por el Tea Party, están deseando que el gobernador Walker pueda llevar a cabo tales medidas, una vez hayan sido aprobadas por el Parlamento del Estado de Wisconsin, donde el Partido Republicano tiene mayoría. Aunque el argumento que se utiliza para defender estas medidas es la necesidad de cubrir el déficit del Estado de Wisconsin, la causa real de que se esté presionando, por parte del Partido Republicano, para que tales medidas se aprueben en el parlamento de Wisconsin es una causa política: la de debilitar a los sindicatos, los mayores adversarios que tiene el Partido Republicano, que consideran a AFL-CIO como uno de los mayores pilares del Partido Demócrata.
En realidad, el déficit del presupuesto del Estado podría resolverse fácilmente aumentando los impuestos sobre la propiedad (entre otros), que el parlamento de Wisconsin, controlado por los republicanos, había reducido considerablemente durante los años de bonanza económica. Como siempre ocurre, el discurso económico, oculta en realidad, los argumentos políticos. El establishment económico y financiero del estado de Wisconsin, que se benefició enormemente de las políticas neoliberales de reducción de impuestos a las rentas superiores se resiste a que se reduzcan sus enormes ingresos (el 1% de la población estadounidense que tenía el 7% de la renta de todo el país en 1997, al principio de la “revolución neoliberal”, ha pasado a tener el 20% de tal renta) mediante el incremento de estos impuestos. De ahí que prefieran resolver el problema del déficit del estado de Wisconsin a base de reducir los servicios públicos a las clases populares en lugar de que suban sus impuestos. Los republicanos tienen a su lado a gran parte de los medios de información que intentan desacreditar al sector público indicando que los empleados públicos son unos “privilegiados”, que son unos “ineficaces”, y otro tipo de acusaciones previsibles a fin de conseguir el apoyo popular a aquellas medidas represivas. Hasta ahora tal campaña no ha sido exitosa y el 62% de la población estadounidense apoya a los empleados públicos.

¿QUIÉNES SON LOS JÓVENES?
Una última observación. Gran número de articulistas como Josep Ramoneda en EL PAÍS (“Un nuevo sujeto político”. EL PAÍS, 20.02.11) están enfatizando mucho el rol de los jóvenes en estas movilizaciones (desde Egipto, hasta Wisconsin), presentándolos como los nuevos agentes de cambio, sustituyendo con ello a otros agentes, como a la clase trabajadora a la cual, por lo visto, consideran inexistente o desaparecida. Ignoran o desconocen que la mayoría de estos jóvenes son y pertenecen a la clase trabajadora. Si se analizan las revoluciones que han existido en el siglo XX, se verá que en su mayoría, fueron los jóvenes los que lideraron estas rebeliones. No es, pues, una situación nueva. Lo que es nuevo es que se vea como una cosa nueva y ello es consecuencia del olvido de las categorías de análisis como clase social y lucha de clases, categorías que se consideran transcendidas y “anticuadas”, redefiniendo estas movilizaciones populares como movimientos estudiantiles con Internet y Facebook, categorías que son enormemente insuficientes para entender la realidad de los tiempos en que vivimos. La pregunta que no se hacen es a qué clase pertenece la mayoría de estos jóvenes. Ni que decir tiene que tanto la composición como la dinámica de clases varía con el tiempo. Pero de esta realidad no se puede ignorar su existencia, pues continúa siendo fundamental para entender nuestro entorno.

Vicenç Navarro

Tomado: VNavarro.org

25 feb 2011

La revolución sigue activa: Tunecinos y egipcios se echan a las calles pidiendo nuevos gobiernos


Foto: Urban Andersson

Túnez y Egipto están viviendo una jornada de manifestaciones a través de las cuales exigen la formación de nuevos gobiernos que pongan definitivamente fin a los regímenes anteriores.
Túnez y Egipto están viviendo una jornada de manifestaciones a través de las cuales exigen la formación de nuevos gobiernos que pongan definitivamente fin a los regímenes anteriores de Mubarak y Ben Ali.

En Túnez, miles de personas permanecen concentradas este viernes ante el Palacio de Gobierno, en la medina del centro del país para pedir la dimisión del Ejecutivo de transicióntunecino y del primer ministro, Mohamed Ghanuchi.

Por otro lado, decenas de miles de personas están concentradas desde el mediodía de este viernes en la plaza Tahrir de El Cairo para exigir la formación de un nuevo gobierno y que el expresidente Hosni Mubarak sea llevado ante los tribunales.

La manifestación, convocada por los mismos grupos que organizaron las protestas que acabaron con el régimen de Mubarak, el pasado 11 de febrero, se desarrolla en medio de especiales medidas de seguridad.

El acceso a la plaza Tahrir, que fue epicentro de la reciente revuelta popular egipcia, está custodiado por soldados, apoyados por tanques y tanquetas, y por un cordón de civiles que exigían documentos de identidad a quienes ingresaban a la plaza.


"No necesitamos este Gobierno,queremos uno nuevo que elijamos nosotros", afirmaba uno de los jóvenes manifestantes, Omar el Guendi.

Egipto vive un período de transición política que se abrió tras la renuncia de Mubarak, pero la mayoría de los ministros y el jefe del gabinete, Ahmed Shafiq, proceden del régimen anterior.

En muchos carteles de los manifestantes se pueden ver fotos de algunos de los 300 fallecidos durante las protestas políticas que acabaron con el régimen de Mubarak.

Los lemas de la concentración incluían la formación de un nuevo gobierno y un juicio contra el expresidente, que se retiró a la ciudad egipcia de Sharm el Sheij, en la península del Sinaí, después de anunciar su renuncia.

Tomado: Kaos en la Red.net

22 feb 2011

Egipto: la revuelta de la población trabajadora ignorada por los medios de comunicación occidentales


Ilustración:  Revista Sin Permiso

"La revolución en Egipto es una expresión de la voluntad del pueblo, de la determinación del pueblo, del compromiso del pueblo… Musulmanes y cristianos han trabajado juntos en esta revolución, como lo han hecho grupos islámicos, partidos laicos, partidos nacionalistas e intelectuales… Lo cierto es que todos los sectores han tomado parte en esta revolución: los jóvenes, los viejos, las mujeres, los hombres, los clérigos, los artistas, los intelectuales, los obreros y los campesinos.” – Hassan Nasrallah, Secretario General de Hezbollah
La historia real de lo que está aconteciendo en Egipto es ocultada en los EEUU: no casa con el lema de las “maravillas del capitalismo” que los medios de comunicación gustan de repetir hasta la náusea. La desnuda verdad es que el grueso de las políticas económicas exportadas por Washington a través del soborno y la coerción han causado un malestar masivo en la población trabajadora, lo que ha terminado por provocar un incendio en el Oriente Próximo. Mubarak es la primera baja en esta guerra contra el neoliberalismo; vendrán muchas más. En realidad, la dimisión de Mubarak es, probablemente, un mera concesión a los trabajadores egipcios ideada para que sigan el consejo de los militares y regresen como corderitos a sus maquilas para que los orondos ejecutivos con sede en Berlín y en Chicago puedan extraer unos cuantos centavitos más de su penoso trabajo. Lo más probable, empero, es que no ocurra tal cosa; porque los 18 días en la Plaza Tahrir ha tenido un efecto transformador de la consciencia de los 80 millones de egipcios que, subitáneamente, han dicho “basta”. El pueblo ha despertado de su sopor, y ahora están preparados para la pelea.

La revolución empezó mucho antes de las manifestaciones en la Plaza Tahrir, y seguirá durante mucho tiempo. Los trabajadores se están rebelando por doquiera contra unas condiciones miserables de vida, contra unos salarios de esclavitud y contra las “privatizaciones”, la joya de la corona del neoliberalismo. La privatización de las industrias públicas en Egipto es la causa más inmediata del levantamiento popular en curso. Ha llevado a un declive general de los niveles de vida de tamaña extremidad, que la gente prefiere ya enfrentarse a las cachiporras de la policía a seguir soportando más de lo mismo. He aquí un extracto de la revista Foreign Policy que resulta iluminador de lo que está pasando:

“En las fábricas conurbanas de El-Mahalla el-Kubra, una ciudad industrial situada a pocas horas de automóvil al norte del Cairo, radica lo que para muchos es el corazón de la revolución egipcia. ‘Es nuestro Sidi Bouzid’, dice Muhammad Marai, un activista sindical, refiriéndose a la ciudad tunecina en la que un vendedor ambulante frustrado se prendió un fuego que terminó por ser la chispa de la revolución.

“En efecto: las raíces del levantamiento de masas que echó del poder al dictador Hosni Mubarak han de buscarse en el papel central que jugó hace años aquella ciudad anegada por la contaminación industrial en el inicio de unas huelgas obreras y de unos movimientos sociales de base que terminaron extendiéndose por todo el país. Y es el núcleo simbólico de la reciente deriva hacia la revolución: una oleada de huelgas contra las desigualdades sociales y económicas que llevaron a la paralización de buena parte de Egipto.

“Más de 24.000 obreros en docenas de fábricas textiles, públicas y privadas, y en particular en la gigantesca planta de Egypt Spinning and Weaving plant, fueron a la huelga y ocuparon fábricas durante seis días en 2006, consiguiendo un aumento de sueldo y algunos beneficios asistenciales sanitarios. Análogas acciones tuvieron lugar en 2007…

“ ‘Luego de Mahalla en 2008, aparecieron las primeras debilidades del régimen’, dice Gamal Eid, de la Red Árabe de Información sobre los Derechos Humanos. ‘Nada fue igual en Egipto después de eso’.” ("Egypt's Cauldron of Revolt", Anand Gopal, Foreign Policy.)

Compárese esta historia con la narrativa ofrecida por los medios de comunicación estadounidenses, según la cual la revolución se desencadenó a causa de unos textos de twitter enviados a sus amigos por unos dichosos “veinteañeros” que deambulaban excitados por las calles del Cairo. Grotesco. Esta revolución arraiga en la clase obrera; por eso la prensa del establishment es tan reluctante a explicar lo que realmente está pasando. Hablar de “clases” es cosa expresamente prohibida en los medios de comunicación estadounidenses, porque eso viene a apuntar más o menos a los bolsillos sin fondo de los barones ladrones que han creado los mayores extremos de desigualdad que registra la historia universal. Escuchemos lo que dice Michael Collins en The Economic Populist:

“Egipto inició una serie de reformas en los 90 que alteraban deliberadamente las cosas en perjuicio de los trabajadores y de los pequeños campesinos. El gobierno liquidó a precio de saldo las grandes empresas públicas. Los nuevos propietarios privados tenían pocos incentivos para mantener a la gente en sus puestos de trabajo o para conservar puestos de trabajo en Egipto. El gobierno aprobó nuevas medidas para proteger a los grandes propietarios agrícolas, abandonando a su suerte a los pequeños campesinos.

“Cuando el primer ministro conservador Ahmed Nafiz llegó al poder en 2004, la situación se hizo desesperada. Merced a una ley hostil al mundo del trabajo, creció en Egipto la presión sobre los trabajadores industriales. La ETUF tenía poco que ofrecerles, y a menudo, anulaba los votos a favor de ir a la huelga de las secciones locales…

“El mismo movimiento trabajador que impulsó la huelga de 2006 y su secuela en 2007, llamó a una huelga nacional el 6 de abril de 2006 a favor del aumento del salario mínimo y en protesta por los elevados precios de los alimentos. El gobierno de Mubarak envió a la policía, que tomó la fábrica en la esperanza de abortar la huelga. Estalló entonces un conflicto cargado de violencia por parte de la policía contra los miembros de los sindicatos que llamaban a la huelga. Se detuvo a trabajadores. Enseguida vinieron procesos, acusaciones y condenas. Otros sindicalistas prosiguieron la protesta.

“Un escritor egipcio observaba: ‘En el levantamiento del 6 de abril, las reivindicaciones de los trabajadores se solapaban con las del conjunto de la población. La gente exigía una bajada de los precios de los alimentos y los trabajadores exigían un salario mínimo’.

“Además, el Movimiento juvenil del 6 de abril apareció como un actor clave en punto a fijar los objetivos de la huelga nacional. Es la misma organización que ha sido central en la movilización de multitudes por todo el país.” ("Forces Behind the Egyptian Revolution", Michael Collins, The Economic Populist.)

¿Lo ven? Esto no va de derrocar a un dictador; va de guerra de clases. Y de eso nadie habla en los medios de comunicación occidentales.

La revolución es un indicio del auge del movimiento obrero organizado, y constituye un asalto frontal al Consenso de Washington y al régimen que, lanzándolo a Egipto a una carrera hacia el abismo, ha puesto a los trabajadores en una situación límite. No ocurrió de un día para otro; esas fuerzas se habían ido fraguando durante mucho tiempo, y la yesca ha prendido ahora.

Se trata tanto de una lucha por los derechos de los trabajadores y por el poder político como de una lucha por la mejora salarial y de las condiciones de trabajo. La dimisión de Mubarak ha envalentonado a la gente y robustecido su determinación de combatir por un cambio estructural real. Es su oportunidad de configurar el futuro, y esa es la razón de que Washington esté tan preocupado. Fue también la razón de que las ONG respaldadas por los EEUU y sus agentes anduvieran tan diligentes en los intentos de deponer a Mubarak, porque creían que, removido el tirano, podrían apaciguar a las masas y conseguir que volvieran tranquilamente a sus fábricas y a sus maquilas con un par de palmaditas en la espalda. Pero no es así como están discurriendo las cosas. Diríase que los trabajadores saben intuitivamente que Mubarak es pieza perfectamente reemplazable en el mecanismo imperial. Hasta ahora, no han conseguido aplacarles, someterles o cooptarles, aunque la pandilla de Obama y su líder en la junta militar, Tataui, lo intentarán desde luego. He aquí un fragmento de la entrevista concedida por la profesora Mona El-Ghobashy (del Barnard College) a Democracy Now, útil para entender mejor el contexto de lo que está pasando en el Cairo.

“Esta revuelta tiene una prehistoria. La política egipcia no empieza el 25 de enero. Lo cierto es que se ha visto afectado por una extraordinaria oleada de protesta social desde al menos el año 2000. Esto no es ningún modo nuevo. De ningún modo es un fenómeno post-13 de febrero. Es algo que ha venido ocurriendo desde hace tiempo, con picos en 2006 y 2008, lo que da un peso extra a la protesta que se disparó entre los funcionarios, los policías y otros empleados públicos… Lo que muestra eso es una convergencia del viejo tipo de protesta con un ambiente político completamente cambiado. Ese es su significado…

“Así que, si queremos entender el significado de lo que ha pasado hoy, tenemos que vincularlo con la urdimbre de la política egipcia que empieza a configurar en 2000, para decirlo rápido, pero las protestas vienen ocurriendo ya desde los 90. Una de las protestas de mayor dimensión fue una huelga de los trabajadores de canteras en 1996, que realmente sacudió en su momento al país. Claro, nadie se acuerda ahora de eso.

“Pero, volviendo al extremo que quiero destacar, estamos entrando en un período, como observó Issandr, en un momento realmente revolucionario en la política egipcia: la constitución y el parlamento están suspendidos, pero, al propio tiempo, tenemos esta estructura social rodante en la que casi todo el mundo y prácticamente todos los sectores de la población están saliendo a la calle y buscando aprovechar la oportunidad política ofrecida por el cambio de régimen, y lo están haciendo porque ya sabían cómo hacerlo. Saben cómo ocupar y acampar en las calles. Saben cómo negociar con los ministros del gobierno. Saben cuánta gente hay que poner en una esquina para lograr que el ministro del gobierno vaya a hablarles a la esquina. Por eso es significativo, no porque el 13 de febrero sea un renacimiento de la política egipcia.” ( Mona El-Ghobashy, Democracy Now.)

La administración Obama no está “manejando los hilos” de esta revolución; la verdad es que está sin prácticamente margen de maniobra. Los EEUU tienen muy poco control sobre los acontecimientos de base, y todos sus esfuerzos se centran en el “control de daños”. Por eso sigue Obama con sus necios pronunciamientos, día sí y otro también, llamando a los manifestantes a a desempeñarse pacíficamente e invocando las palabras de Martin Luther King para calmar las aguas. Pero nadie presta la menor atención a lo que diga Obama. Es completamente irrelevante. También les taren al pairo los píos deseos de Hilary Clinton para que el Congreso asigne una partida para “ayudar al crecimiento de partidos políticos laicos”. ¿Para qué, si el caballo ya ha salido del establo?

Tampoco los militares egipcios tienen el control: por eso siguen emitiendo comunicados contradictorios , ora celebrando el triunfo en la Plaza Tahrir, ora amenazando con medidas drásticas si la gente no regresa a sus puestos de trabajo. Cuando los militares se decidan por una determinada estrategia y empiecen a reprimir masivamente a los trabajadores en huelga, empezará la revolución real y aparecerá una nueva realidad política. Nada galvaniza tanto la atención o conmueve más las propias raíces de clase que la sangre en la calle.

Y no hay fórmula establecida de antemano para dirigir una revolución, no hay libreto para el éxito. Cada revolución es diferente, como únicas son las aspiraciones de los pueblos empeñados en ellas. Rosa Luxemburgo se percató perfectamente de eso:

“La clase obrera moderna no lucha conforme a un plan preestablecido en algún libro de teoría; la lucha de los trabajadores modernos es una parte de la historia, una parte del progreso social, y en medio de la historia, en medio del progreso y en medio del combate aprendemos el modo en que debemos combatir… Eso es precisamente lo que resulta digno de alabanza de esa lucha: precisamente por eso, esta colosal pieza de cultura que es el movimiento obrero moderno define una entera época histórica: las grandes masas del pueblo trabajador comienzan por forjarse, a partir de su propia consciencia, a partir de sus propias convicciones y aun a partir de su propia comprensión de los acontecimientos, las armas de su propia liberación.”

El pueblo egipcio ha evitado una confrontación abierta con as fuerzas gubernamentales con una astucia impresionante. Pero el peligro de las medidas drásticas represivas sigue siendo muy real. Los trabajadores han presentado sus reivindicaciones, y en este nuevo ambiente de activismo político, es harto improbable que retrocedan mientras no consigan sus objetivos. No se conforman con la salida de Mubarak. Saben que “el nuevo amo es semejante al viejo amo”. Como declara en su Manifiesto, el Centro de los Sindicatos y Trabajadores de Servicios, no se trata ya sólo de “salarios decentes” o de “asistencia médica”; el pueblo egipcio “se niega a seguir viviendo una vida de humillaciones”.

Un extracto de ese Manifiesto de los sindicatos obreros:

“… 300 jóvenes han pagado con sus vidas un precio por nuestra libertad y por nuestra emancipación de la humillante esclavitud que padecemos. Y ahora, la vía, la senda, está expedita para todos nosotros…

“La libertad no es sólo una exigencia de la juventud… queremos libertad para poder expresar nuestras reivindicaciones y reclamar nuestros derechos … para poder encontrar una forma de gestionar la riqueza de nuestro país, los frutos robados de nuestro duro trabajo… para poder redistribuir con algún sentido de justicia… para que los diferentes sectores oprimidos de la sociedad puedan lograr más de lo que a ellos es debido y no tengan que padecer innecesariamente hambre y enfermedades.”

El pueblo egipcio quiere lo que le es debido: su libertad, su dignidad, y una porción equitativa del pastel. Y diríase que están en condiciones de conseguir todo eso.

Mike Whitney. Analista político independiente que vive en el estado de Washington y colabora regularmente con la revista norteamericana CounterPunch.
Traducción para www.sinpermiso.info: Mínima Estrella

Tomado: Revista Sin Permiso.info

19 feb 2011

Lo que no se conoce sobre Egipto


Ilustración de Mikel Jaso
La caída del dictador Mubarak como resultado de la movilización popular es un motivo de alegría para toda persona con sensibilidad democrática. Pero esta misma sensibilidad democrática debiera concienciarnos de que la versión de lo ocurrido que ha aparecido en los medios de información de mayor difusión internacional (desde Al Yazira a The New York Times y CNN) es incompleta o sesgada, pues responde a los intereses que los financian. Así, la imagen general promovida por aquellos medios es que tal evento se debe a la movilización de los jóvenes, predominantemente estudiantes y profesionales de las clases medias, que han utilizado muy exitosamente las nuevas técnicas de comunicación (Facebook y Twitter, entre otros) para organizarse y liderar tal proceso, iniciado, por cierto, por la indignación popular en contra de la muerte en prisión, consecuencia de las torturas sufridas, de uno de estos jóvenes.

Esta explicación es enormemente incompleta. En realidad, la supuesta revolución no se inició hace tres semanas y no fue iniciada por estudiantes y jóvenes profesionales. El pasado reciente de Egipto se caracteriza por luchas obreras brutalmente reprimidas que se han incrementado estos últimos años. Según el Egypt’s Center of Economic and Labor Studies, sólo en 2009 existieron 478 huelgas claramente políticas, no autorizadas, que causaron el despido de 126.000 trabajadores, 58 de los cuales se suicidaron. Como también ocurrió en España durante la dictadura, la resistencia obrera democrática se infiltró en los sindicatos oficiales (cuyos dirigentes eran nombrados por el partido gobernante, que sorprendentemente había sido aceptado en el seno de la Internacional Socialista), jugando un papel clave en aquellas movilizaciones. Miles y miles de trabajadores dejaron de trabajar, incluidos los de la poderosa industria del armamento, propiedad del Ejército. Se añadieron también los trabajadores del Canal de Suez (6.000 trabajadores) y, por fin, los empleados de la Administración pública, incluyendo médicos y enfermeras (que desfilaron con sus uniformes blancos) y los abogados del Estado (que desfilaron con sus togas negras). Uno de los sectores que tuvo mayor impacto en la movilización fue el de los trabajadores de comunicaciones y correos, y del transporte público.

Los centros industriales de Asyut y Sohag, centros de la industria farmacéutica, energía y gas, también dejaron de trabajar. Las empresas en Sharm El-Sheikh, El-Mahalla Al Kubra, Dumyat y Damanhour, centros de la industria textil, muebles y madera y alimentación también pararon su producción. El punto álgido de la movilización obrera fue cuando la dirección clandestina del movimiento obrero convocó una huelga general.

Los medios de información internacionales se centraron en lo que ocurría en la plaza Tahrir de El Cairo, ignorando que tal concentración era la cúspide de un témpano esparcido por todo el país y centrado en los lugares de trabajo –claves para la continuación de la actividad económica– y en las calles de las mayores ciudades de Egipto.

El Ejército, que era, y es, el Ejército de Mubarak, no las tenía todas consigo. En realidad, además de la paralización de la economía, tenían temor a una rebelión interna, pues la mayoría de soldados procedían de familias muy pobres de barrios obreros cuyos vecinos estaban en la calle. Mandos intermedios del Ejército simpatizaban también con la movilización popular, y la cúpula del Ejército (próxima a Mubarak) sintió la necesidad de separarse de él para salvarse a ellos mismos. Es más, la Administración Obama, que al principio había estado en contra de la dimisión de Mubarak, cambió y presionó para que este se fuera. El Gobierno federal ha

subvencionado con una cantidad de 1.300 millones de dólares al año al Ejército de aquel país y este no podía desoír lo que el secretario de Defensa de EEUU, Robert Gates, estaba exigiendo. De ahí que el director de la CIA anunciase que Mubarak dimitiría y, aunque se retrasó unas horas, Mubarak dimitió.

Ni que decir tiene que los jóvenes profesionales que hicieron uso de las nuevas técnicas de comunicación (sólo un 22% de la población tiene acceso a internet) jugaron un papel importante, pero es un error presentar aquellas movilizaciones como consecuencia de un determinismo tecnológico que considera la utilización de tecnología como el factor determinante. En realidad, la desaparición de dictaduras en un periodo de tiempo relativamente corto, como resultado de las movilizaciones populares, ha ocurrido constantemente. Irán (con la caída del sha), el Muro de Berlín, la caída de las dictaduras del Este de Europa, entre otros casos, han caído, una detrás de otra, por movilizaciones populares sin que existiera internet. Y lo mismo ocurrió en Túnez, donde, por cierto, la resistencia de la clase trabajadora también jugó un papel fundamental en la caída del dictador, cuyo partido fue también sorprendentemente admitido en la Internacional Socialista.

El futuro, sin embargo, comienza ahora. Es improbable que el Ejército permita una transición democrática. Permitirá establecer un sistema multipartidista, muy limitado y supervisado por el Ejército, para el cual el enemigo número uno no es el fundamentalismo islámico (aunque así lo presenta, a fin de conseguir el apoyo del Gobierno federal de EEUU y de la Unión Europea), sino la clase trabajadora y las izquierdas, que son las únicas que eliminarían sus privilegios. No olvidemos que las clases dominantes de Irán, Irak y Afganistán apoyaron el radicalismo musulmán (con el apoyo del Gobierno federal de EEUU y de Arabia Saudí) como una manera de parar a las izquierdas. Una de las primeras medidas que ha tomado la Junta Militar ha sido prohibir las huelgas y las
reuniones de los sindicalistas. Sin embargo, esta movilización obrera apenas apareció en los mayores medios de información.

Vicenç Navarro. Catedrático de Políticas Públicas de la Universitat Pompeu Fabra y profesor de Public Policy en The Johns Hopkins University

Tomado: http://blogs.publico.es/dominiopublico/

16 feb 2011

La revolución árabe no ha hecho más que empezar


La revolución árabe no ha hecho más que empezar.

Cuando Barack Obama proclamó desde la Casa Blanca que “este no es el final de la transición, sino el principio”, se refería sólo a Egipto tras la caída del dictador Hosni Mubarak, hasta muy poco antes el más fiel y valioso aliado de Occidente en Oriente Próximo. Pero sus palabras son sin duda premonitorias de un fenómeno mucho más amplio que la histórica victoria del pueblo, en sólo 18 días de revuelta callejera, sobre la colosal maquinaria represiva que el rais levantó en 30 años de despotismo.

La rebelión de los jóvenes ha prendido en todo el mundo árabe y se ha transformado en una revolución imparable que amenaza con barrer a los tiranos instalados durante decenios en la opresión de sus ciudadanos. Recién desencadenada esa convulsión mundial, las cancillerías occidentales, los especialistas y hasta los servicios secretos se preguntan hoy, estupefactos: ¿por qué ha estallado la juventud árabe? ¿Cómo pudo cogernos por sorpresa? ¿Hasta dónde llegará esta revolución?

“¡Qué equivocados estábamos!”, admite Roger Hardy, analista sobre Oriente Próximo del Woodrow Wilson Center de Washington. “Cuando los disturbios comenzaron en Túnez, la mayor parte de los expertos (incluido yo mismo) dijimos que el presidente Ben Alí aplastaría la revuelta y sobreviviría. Cuando salió huyendo del país, la mayoría de los expertos (incluido yo) argumentamos que Egipto no era Túnez y que Mubarak aplastaría la rebelión y sobreviviría”.

Pocos gobernantes están tan dispuestos a reconocer semejante error de cálculo, pero los militares y jefes del espionaje que tan estrechas relaciones mantenían con los regímenes que hoy se desmoronan no pueden ocultar que fueron incapaces de prever el tsunami revolucionario que va derribando a sus socios y amigos.

Al comienzo de las manifestaciones en la plaza Tahrir de El Cairo, la cúpula del Ejército egipcio no estaba en su país, sino en Virginia, a las afueras de la capital estadounidense, participando en el Comité de Cooperación Militar conjunto, la reunión que cada año reúne a los altos mandos de Egipto y de EEUU. El jefe del Estado Mayor, el general Sami Enan encabezaba una delegación de 25 oficiales para esos encuentros con sus homólogos estadounidenses, entre ellos el almirante Mike Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto norteamericano. El 28 de enero, los generales egipcios interrumpieron su visita y regresaron urgentemente a El Cairo.

Ni ellos ni sus mentores estadounidenses tenían la más remota idea de que la tempestad del cambio iba a derribar en poco más de dos semanas el régimen árabe más poderoso, que desde 1981 ha recibido 60.000 millones de dólares de Washington. En estas tres décadas, EEUU ha formado y financiado el Ejército egipcio, en una relación estratégica tan estrecha que los árboles de la cúpula militar de Mubarak impedían a los norteamericanos ver el inmenso bosque del descontento popular.

“Hemos entrenado a cientos, por no decir miles” de militares egipcios, subrayó el almirante Mullen en televisión hace algo más de una semana. “Han vivido con nosotros también sus familias y mi principal objetivo ha sido mantener el contacto con ellos”. Pero Mullen admitió en esa misma entrevista que los acontecimientos le habían “pillado por sorpresa” a pesar, o quizás a causa, de sus intensas relaciones con el Ejército del mayor país árabe.

A lo largo de los años, la proporción de ayuda militar de Washington a El Cairo fue creciendo, en relación a la económica, hasta ser cinco veces superior al monto de todas las otras aportaciones de EEUU a Egipto, a pesar de que ese país no participaba en ningún conflicto bélico. Y haciendo la vista gorda a la evidente corrupción en el seno de las Fuerzas Armadas egipcias.

Ahora, “el éxito del poder del pueblo en Egipto tendrá una repercusión en el mundo árabe mucho mayor que su triunfo en Túnez”, afirma Hardy, el analista del Woodrow Wilson. “El ejemplo egipcio ha electrizado a la opinión pública a lo largo de toda la región, en la que prevalecen males idénticos: autocracia, corrupción, desempleo, déficit de dignidad ciudadana… Los autócratas cuyos servicios de seguridad son más pequeños y débiles que los de Egipto son los más vulnerables al gélido viento de la ira popular. Los que cuentan con dinero están tratando de comprar la paz social, pero los estados más pobres, como Jordania y Yemen, tendrán que endeudarse para aplacar a la población”.

El problema es que hasta ahora las potencias occidentales despreciaban la capacidad de movilización de esas poblaciones y extendieron cheques en blanco a los déspotas, que se autoproclamaban baluartes contra el supuesto avance islamista para mantener durante decenios un estado de emergencia totalitario. Como en Argelia, donde ya se han producido graves disturbios en la capital al actuar con extrema contundencia la policía antidisturbios. Es, precisamente, en el tan cercano Magreb donde está llegando antes el virus revolucionario.

Palestino exiliado en Bélgica desde hace más de 40 años, Bichara Khader, director del Centro de Estudios e Investigación sobre el Mundo Árabe de la Universidad de Louvain, lo tiene claro: “Túnez ha sido la golondrina que anunció la revuelta árabe. El efecto de contagio en los demás países es evidente”. El Magreb cuenta con todos los ingredientes para que la sublevación popular estalle en las calles de Rabat, Casablanca, Argel y Trípoli: una población en su mayoría joven que se siente excluida, paro, represión política y social, y corrupción rampante de las autoridades.

“En Argelia y Libia, que cuentan con grandes recursos energéticos, las autoridades pueden decir: Consume y cállate’. Pero el dinero sólo sirve de somnífero y aplaza el despertar de la población”, explica Khader. Los analistas y diplomáticos occidentales aún ignoran qué está pasando en el país de Muamar al Gadafi. “No lo sabemos porque es un régimen cerrado y muy represivo”, se justifica Michael Willis, especialista en asuntos magrebíes del Middle East Centre de la Universidad de Oxford.

Pero sí vemos cómo los argelinos muestran su desesperación con intentos de suicidio a lo bonzo, gritando “¡basta!” a la hogra, el desprecio, en argelino. Argelia, un gigante económico con importantes reservas de petróleo y gas, mantiene a su población en estado de emergencia desde 1992 bajo el férreo control del Ejército.

“Argelia fue, en 1988, el precursor de las revueltas en el mundo árabe, pero su lucha fue secuestrada por el poder”, explica Aomar Baghzouz, profesor en la Universidad de Tizi Ouzou, al noreste del país. Y el sector en el que más ha invertido el Gobierno desde entonces ha sido el militar, mientras la población crecía más del 200% en medio siglo, hasta los 36 millones de habitantes, con una edad media de sólo 26 años.

Willis considera que en países como Argelia y Marruecos “hay una opresión económica y civil; es decir, la vida diaria es muy difícil, porque hay una falta de oportunidades, de visión para el futuro. Si no hay trabajo, no hay dinero; si no hay dinero, uno no puede casarse y no tendrá familia”. Pero desde las protestas que condujeron a la caída del tunecino Ben Alí, las poblaciones de los demás países de la zona “entendieron que era posible acabar con un dictador”.

“Sí, es posible” fue precisamente el titular de portada de la revista marroquí Tel Quel. En el reino alauí, consumido por la corrupción según Transparency International, y con una renta per cápita de unos 2.000 euros, la más baja de la región después de Mauritania, los sindicatos y la oposición islamista han convocado una manifestación el próximo día 20 para pedir más democracia.

“Marruecos es un caso complicado”, reconoce Bernabé López García, de la Universidad Autónoma de Madrid, “porque no es lo mismo echar a un tirano que se aferra al poder desde hace 30 años que a una monarquía que lleva ahí siglos, respetada hasta en las zonas más aisladas”.

Las autoridades de Rabat se han orientado hacia las reformas desde la muerte de Hasán II, en 1999, aunque muchos intelectuales marroquíes denuncian el autismo y autoritarismo del actual monarca, aún todopoderoso en su reino. “La corrupción endémica debería obligar a la Unión Europea a reaccionar y pedir reformas al Palacio Real. La primera de ellas debería ser un haraquiri del rey: que deje el poder absoluto e instaure una monarquía parlamentaria. Pero el problema es que los partidos políticos no están a la altura, se mantienen demasiado al margen”, considera el investigador español.

Los marroquíes tienen al menos a una figura central que encarna al poder, contra la que pueden gritar su malestar, “algo que falta a los argelinos”, según Willis. Abdelaziz Buteflika es presidente desde 1999, pero son los militares los que dirigen el país desde el golpe de Estado que abolió la victoria electoral islamista en enero de 1992. “El régimen contó con el maná petrolero para enfrentarse a las reivindicaciones sociales y sabe ahora que simples medidas económicas ya no son suficientes. Por eso ha anunciado el fin [en un futuro próximo] del estado de emergencia. Pero los argelinos seguirán reclamando cada vez más libertades y democracia”, dice el argelino Baghzouz.

Además, en Argelia “las desigualdades sociales son muy grandes”, subraya Amel Boubekeur, especialista del Magreb en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, quien teme “una represión brutal”. Porque, a diferencia de Túnez, el Ejército en Argelia “no ha sido marginalizado por las autoridades, sino que participa en el proceso de decisión política” y no dudará en usar la fuerza.

Pero las armas no bastan para acallar un volcán de indignación que se ha alimentado en el magma de internet y aprovecha las nuevas tecnologías para entrar en erupción. Porque las nuevas generaciones ya no pueden ser aisladas de la realidad por la censura.

Decenas de millones de árabes están enganchados a la serie Bab al hara (La puerta del barrio), que empezó a emitirse en 2006 y ha arrasado en casi todo Oriente Próximo. Ambientada en la ciudad vieja de Damasco en los años treinta, durante la colonización francesa de Siria y Líbano, y de la colonización inglesa de Palestina y Transjordania, debe su éxito, sobre todo entre los jóvenes, al enfoque moderno, hasta progresista, con que aborda las cuestiones sociales, incluida la situación de la mujer.

Bab al hara ha desplazado el foco de atención de Egipto a Siria, donde a pesar del régimen autoritario de Bashar al Asad, existe un margen para plantear cuestiones de más interés para la audiencia juvenil, ante la cual la sociedad tradicional de sus mayores se está resquebrajando rápidamente.

La penetración de la televisión por satélite en 22 países que comparten el conocimiento de un mismo idioma, el árabe clásico, también está siendo decisiva para internacionalizar la revolución de los jóvenes. Los planteamientos progresistas de la cadena de información Al Yazira, que ha estado en primera fila durante las revueltas, y que ha convertido su programación en una monografía sobre Egipto, están descubriendo una realidad distinta a millones de ciudadanos que durante toda su vida fueron sometidos al lavado de cerebro de medios de comunicación serviles con el poder.

El mundo árabe empieza a formar parte de la aldea global. Lo que ocurre en Túnez y Egipto se ve en directo en todos los demás países. Las redes sociales permiten que las protestas se convoquen de un día para otro, o en el mismo día. Los teléfonos móviles hacen que los manifestantes se organicen y reaccionen en segundos a los movimientos de la Policía o el Ejército.

Occidente siempre dio prioridad a la estabilidad de los regímenes árabes, por encima de la democracia y de los derechos humanos. Financiando y armando a los dictadores, dándoles manga ancha para oprimir y robar, confiando ciegamente en que las fuerzas represivas mantendrían a los ciudadanos a raya indefinidamente, EEUU y Francia han creado ese monstruo que ahora tanto temen: el poder revolucionario de un pueblo que ha perdido el miedo.

Los parias se han levantado, y nada les detendrá.

[CON INFORMACIÓN DE ISABEL PIQUER, GUILLAUME FOURMONT Y EUGENIO GARCÍA GASCÓN]

Tomado: El tablero global

15 feb 2011

La historia se escribe en la plaza




Juan Goytisolo
Ola de cambio en el mundo árabe - Revolución democrática en Egipto
Para quien haya cruzado docenas de veces el espacio caótico de la plaza de la Liberación , el espectáculo que ofrecía en el curso de los 18 últimos días de la protesta es absolutamente conmovedor. La última vez que la atravesé, en febrero de 2008, mi llegada del aeropuerto a un hotel contiguo a ella coincidió con el anuncio de la victoria de la selección nacional egipcia en la Copa de África: millares de personas se agolpaban en su calzada con cánticos y abrazos en medio de un mar de banderas. Me acordé al punto de las amargas palabras de Mahmud Darwish en Memoria para el olvido, sobre el fútbol como válvula de escape a la ira contenida de los árabes ante las humillaciones y afrentas que sufrían. Tras el asesinato de Sadat y la dictadura de Mubarak, la población parecía resignada al escenario político común a la mayoría de países hermanos: pobreza, analfabetismo, abismal diferencia de clases, corrupción, parlamentos sumisos, elecciones amañadas. El llamado Padre de la Patria -como Ben Ali en Túnez- se perpetuaba en el poder y preparaba su sucesión en la estela de las dinastías republicanas reinantes en otros países vecinos. Algunos especialistas en el islam hablaban de fatalismo. Los musulmanes, decían, solo pueden ser gobernados por dictaduras y teocracias.
La inmolación crística del joven tunecino Mohamed Buazizi (¿sabía Cristo la que se iba a armar en el mundo tras su crucifixión?), seguida por la de docenas de árabes que, en lugar de suicidarse llevándose consigo a centenares de supuestos traidores al servicio de sionistas y cruzados, se convertían en antorchas humanas para mostrar el grado de desesperación de unas existencias míseras y sin horizonte alguno, ha abierto la compuerta a una furia contenida durante décadas. Los cairotas que atestaban la plaza de la Liberación descubrían de pronto que podían ser dueños de su destino y decir basta. Adultos, familias, jóvenes, abogados, blogueros, sindicalistas, sin distinción de credo ni ideología, compartían una misma fe en la urgencia del cambio. Los seguí día a día y hora tras hora en televisión con un fervor y emoción que raras veces he experimentado en la vida.

Resulta difícil predecir cómo se llevará a cabo la indispensable transición democrática bajo la tutela del Ejército. Las patéticas medidas de cambio que ofrecía Mubarak horas antes de su encubierta expulsión del poder no eran de recibo. El pueblo egipcio reclama una auténtica democracia en la que todas las sensibilidades políticas y religiosas del país tengan cabida: asamblea constituyente, Gobierno provisional, elecciones libres, nuevo marco constitucional, políticas de ayuda social a las clases más desfavorecidas. Todo está por hacer y habrá que actuar con rapidez y pragmatismo, buscando un consenso que no excluya a ninguna agrupación o partido.

Las sombrías predicciones de una apropiación de la revuelta popular por los Hermanos Musulmanes, como la del FIS en las elecciones de Argelia convocadas por Benyedid, no se asientan en base alguna. Los propios islamistas son conscientes de sus anteriores fracasos y no quieren que se repitan. El triunfo del movimiento espontáneo de las masas egipcias es, al contrario, el mayor revés sufrido por el extremismo yihadista desde el 11-S. Obama lo entendió bien en su célebre discurso de El Cairo: la democracia, no una dictadura como la de Ben Ali y Mubarak, constituye el mejor baluarte frente al terrorismo de Al Qaeda.

La victoria del gentío congregado en la plaza de la Liberación es la de todos los pueblos árabes y amenaza tanto al "cuanto peor, mejor" de Netanyahu como a la desacreditada Autoridad Nacional Palestina, a la Libia de Gadafi como al Irán de Ahmadineyad. El tablero de juego político de Oriente Próximo ha dado un vuelco completo y la inquietud que corroe a los regímenes teocráticos de la península Arábiga no es menor que la de un Israel más autista que nunca y que ha dejado de ser además la "única democracia de la región".

La revolución que estamos viviendo ha puesto asimismo de manifiesto el mísero papel de la Unión Europea en su relación con la orilla sur y oriental del Mediterráneo. La condescendencia de Sarkozy y Berlusconi con los dictadores depuestos ha sido tan cínica como nociva. Los intereses y favores comprados no deben prevalecer sobre la defensa de los valores que de puertas afuera proclamamos. Los millones de personas que se han echado a la calle para sostenerlos deberían avergonzarnos de tanta hipocresía. Brindemos pues con los manifestantes de El Cairo, Alejandría y demás ciudades egipcias que han dejado de ser súbditos de un poder opresor y corrupto y celebran hoy su victoria como recién estrenados ciudadanos.

Juan Goytisolo

Tomado: El Pais.com

Alianzas¿De quién es el mérito de las revoluciones?


Un manifestante egipcio da las gracias a los jóvenes de Egipto y a Facebook
A veces los medios sociales no dejan ver el bosque, y esa es la preocupación de muchos activistas por los derechos humanos ante la tendencia a bautizar las revoluciones con el nombre de los medios que se usan en el siglo XXI para convocarlas: “Revolución Twitter”, “Revolución Facebook”, “Revolución Youtube”… Herramientas que a menudo restan protagonismo a quienes realmente lo merecen: las personas que salen a la calle, donde siempre se hacen las revoluciones, para reclamar sus derechos.

Hace unos meses el escritor canadiense Malcolm Gladwell publicó un artículo que generó mucha polémica, “Small change: Why the revolution will not be tweeted”, en el que cuestionaba el poder de plataformas y medios sociales para provocar cambios en el mundo físico. El título del artículo hacía referencia a lo que se conoció a través de los medios como la “Revolución iraní en Twitter”, que reflejaba la euforia occidental ante el potencial de Internet y las redes sociales para cambiar el mundo. Según Gladwell, los vínculos necesarios para hacer las revoluciones no se dan a través de medios y plataformas sociales, donde las jerarquías son sustituidas por redes descentralizadas:

Las plataformas sociales están construidas sobre vínculos débiles. (…) Estas redes no tienen una estructura centralizada y líneas claras de autoridad y para hablar de un sistema firme y bien organizado hace falta una jerarquía.
En el extremo opuesto está la tendencia a vincular cualquier movimiento social con la tecnología de la que se sirven ciudadanos y activistas para comunicarse y contar al mundo en primera persona lo que está sucediendo. Escritores como Clay Shirky y Cory Doctorow centran sus enfoques en el “poder especial de Internet para conectar y liberar.”

¿Por qué este enfoque centrado en las herramientas? Según Ulises A. Mejías, profesor de la State University College de Oswego, centrarse en Twitter, Facebook o Youtube ayuda a despolitizar la comprensión de los conflictos y lava el papel de las potencias occidentales en la represión de la democracia en la región.

Esta foto de un manifestante en Egipto muestra hasta qué punto medios sociales como Facebook han ganado protagonismo, y una imagen positiva, durante las revueltas en la región:

Un manifestante egipcio da las gracias a los jóvenes de Egipto y a Facebook
¿Merecen realmente las herramientas un agradecimiento? En un artículo titulado “Why Facebook should do more to help Egypt´s protesters”, Adrian Chen cuestiona el compromiso de esta red en el apoyo a las legítimas reivindicaciones de pueblos como el egipcio.

Facebook no sólo no ha apoyado a los manifestantes, sino que les ha puesto obstáculos. Hace unos meses, un grupo llamado “Todos somos Khaled Said” (en honor al bloguero asesinado por policías en Egipto) fue cerrado repentinamente porque sus administradores se habían registrado bajo pseudónimos. Según Facebook, el anonimato va en contra de su política, lo que supone muchos problemas para los activistas que lo utilizan en contextos represivos en los que expresarse en estas redes implica enormes riesgos. También es común la desactivación de cuentas con una actividad superior a lo habitual, como la del administrador del grupo Movimiento de la Juventud del 6 de abril en 2007.

Tampoco las declaraciones públicas desde esta red han demostrado un gran compromiso con las reivindicaciones por el derecho a la libertad de expresión:

Aunque las revueltas en Egipto son algo que deben resolver entre el pueblo egipcio y su Gobierno, limitar el acceso a Internet de millones de personas es un asunto que afecta a la comunidad global

Twitter, por otro lado, se ha posicionado con los manifestantes, ofreciendo con Google un servicio de mensajes de voz que se comparten automáticamente a través de Twitter tras el bloqueo del acceso a Internet en el país. Esta muestra de compromiso con la libertad de expresión fue muy bien acogida en un momento en que se cuestionaba el papel de ambos y su vinculación con las agendas políticas de los gobiernos occidentales. Hablamos sobre esta vinculación en Periodismo Humano en una entrevista al activista iraquí Raed Jarrar: “Es inquietante la relación entre gobiernos y gigantes como Google y Facebook”.

Los medios sociales son sin duda herramientas enormemente útiles que han permitido un cambio en el enfoque de la comunicación tal y como tradicionalmente se ha entendido. A través de estas herramientas los ciudadanos construyen su propia narrativa sin necesidad de intermediarios, en contextos en los que no siempre se centra la atención de los medios de comunicación tradicionales. De esas fuentes, que nos acercan en primera persona a realidades a las que de otro modo no tendríamos acceso, beben ahora también los medios de comunicación. Al-Jazeera, el medio de comunicación basado en Qatar que se ha convertido en la principal cobertura mediática de las protestas en Egipto, Túnez y el resto de la región de Oriente Medio y Norte de África, ha entendido la lógica de la Red y cómo aliarse con las plataformas y medios sociales de Internet para complementar el trabajo de sus periodistas sobre el terreno. El medio, que emite en directo a través de su canal de streaming, cita constantemente mensajes en Twitter y Facebook y comparte material que publican los usuarios en Youtube, Flickr y otras plataformas. Material como este vídeo de “La canción de la revolución egipcia”, uno de los más vistos de estos días:



Es precisamente esa combinación del trabajo de sus reporteros sobre el terreno con las fuentes que proporcionan a tiempo real los participantes en las protestas lo que ha hecho que Al-Jazeera se convierta en el medio al que más usuarios recurren para conocer la última hora de la región. Pero los medios y plataformas sociales son también empresas que tienen sus propios intereses y entre valorar en su justa medida el uso que hacen los ciudadanos de la tecnología a mitificar las herramientas hay un trecho. Como dice Jillian C York, del Berkman Center de Harvard:

Me alegra que los tunecinos hayan podido utilizar los medios sociales para llamar la atención hacia sus reinvidicaciones. Pero no deshonraré la memoria de Mohamed Bouazizi (su muerte desencadenó las revueltas en Túnez) o de los otros 65 que murieron en la calle por la misma causa, etiquetando lo que está sucediendo de ningún otro modo que como una “revolución humana”

Leila Nachawati

Tomado: Alianzas.PeriodismoHumano.com

11 feb 2011

Idas y venidas



Son notorios los vaivenes del Departamento de Estado ante la continuada protesta popular en Egipto: el viernes de la semana pasada, Hillary Clinton se enojó con Frank Wisner, su enviado especial a El Cairo, porque había alentado a Mubarak a seguir en el poder hasta las elecciones de septiembre. Dos días después, con más precisión técnica, declaró lo mismo que había propuesto Wisner, quien –entre paréntesis– funge como ejecutivo de una firma consultora de la que Mubarak es cliente. Tienen más importancia, sin embargo, los “vaivenes” del ejército egipcio: de defender a los manifestantes de los ataques de policías de civil y otros elementos mubarakistas, el domingo se dedicó a detener sin cargos a algunos periodistas y activistas de los derechos humanos.

Las fuerzas armadas de EE.UU. serán parte del complejo militar-industrial que preocupaba al general Eisenhower. Las de Egipto pueden calificarse de complejo militar-industrial-agrario-comercial y durante 30 años sostuvieron al hoy repudiado mandatario, uno de los suyos finalmente. Nunca abandonaron el designio de reducir a los mismos grupos opositores que hoy tienen presencia en la plaza pública: siempre los consideraron “una amenaza para la seguridad nacional”. Dicho de otra manera, contra sus propios intereses.

Un extenso cable de fecha 9 de agosto de 2008 que la embajada estadounidense en El Cairo envió al Departamento de Estado, y que Wikileaks filtró, describe así la situación (//213.251.145.96/cable/2008/09/08CAIRO2091.html: “Aunque los analistas perciben que un escaso número de élites empresariales y del régimen incrementan su control político y económico del país, a la vez reconocen la gran influencia de los militares en la economía de Egipto”. Los contactos nos informan que los militares “poseen compañías, con frecuencia dirigidas por generales retirados, particularmente activas en aceite de oliva, agua, cemento, construcción, hoteles y las industrias gasolineras”. XXX subrayó que los militares son dueños de vastas extensiones de tierras ubicadas en el delta del Nilo y en la costa del Mar Rojo, una suerte de “beneficio adicional” porque ellos aseguran la estabilidad y la seguridad del régimen. Estos beneficiados quieren el statu quo con Mubarak o sin él.

La protesta generalizada ha obligado al mandatario egipcio a producir algunos gestos: anunció que no presentará nuevamente su candidatura en los comicios de septiembre, su hijo tampoco; renunció a la conducción de su partido, disolvió el gabinete y nombró otro igualmente servil, designó vicepresidente a Omar Suleimán, un conocido violador de los derechos humanos muy bien visto por el gobierno estadounidense y hoy encargado de “la transición”, siempre con Mubarak. El vocero de la Casa Blanca, Robert Gibbs, no le teme al ridículo y calificó esos retoques cosméticos de “cambios monumentales”. Las propuestas de Suleimán a la oposición gozan del mismo tipo de monumentalidad.

El régimen imperante en Egipto, incluso más que en Pakistán, es una dictadura militar vestida de civil, con una administración pública repleta de jefes y oficiales. Las fuerzas armadas comenzaron a ganar prestigio popular cuando un grupo al mando de Gamal Abdel Nasser derrocó a la monarquía en 1952. De la humillación que les infligió Israel en la guerra de 1967, algo se recuperaron en el nuevo conflicto de 1973. Los manifestantes bailaron y cantaron con los soldados en la plaza Tahrir y se produjeron algunos actos de confraternización entre los unos y los otros. Pero Mubarak cuenta con la lealtad del ejército y si no lo emplea para lanzar una represión masiva es porque el contexto ya no es el de los últimos 30 años y teme, como el alto mando, que se le dé vuelta.

Los Hermanos Musulmanes, el sector islámico más moderado del mundo árabe, respeta al ejército, elogia su neutralidad y lo considera un factor de decisión honesto. Algunos de sus dirigentes incluso aceptan que Mubarak siga en el cargo hasta las elecciones. Sucede que esa organización viene negociando hace años con el gobierno, que le ha hecho no pocas concesiones en el campo socio-cultural a fin de apaciguarla. Esto recorta la secularización que avanzó con Nasser en los ’50 y los ’60. Otra paradoja de la política exterior de Estados Unidos.

Suleimán fue director del espionaje egipcio, tuvo en consecuencia frecuentes contactos con los servicios norteamericanos y en muchos cables de la embajada estadounidense en El Cairo que dio a conocer Wikileaks se lo considera “el elemento más exitoso” de esa relación. Washington lo apoya y hace años que para Tel Aviv es el sucesor ideal de Mubarak. Pero el flamante vicepresidente no se porta bien: insiste en subrayar que “Egipto no está preparado para la democracia”, una declaración que todo aspirante a dictador inteligente se guardaría para sí, y no acepta las demandas de la oposición, comenzando por la principal: la salida ya de Mubarak. Tal vez confía en el cansancio de los manifestantes, pero el ímpetu con que iniciaron su tercera semana de protesta no ofrece indicios de que pronto suceda.

Juan Gelman

Tomado: Página.com.ar

9 feb 2011

Sonallah Ibrahim : "De esta revolución nace una autoridad popular"


El escritor egipcio Sonallah Ibrahim tiene esperanza en este movimiento que compara con el de 1919, el cual fue un levantamiento popular contra la potencia colonial británica. Enviado especial.

Sonallah Ibrahim es un opositor desde hace mucho tiempo. Miembro del partido comunista, fue encarcelado de 1959 a 1964, durante el mandato de Nasser. Su pluma siempre ha estado al servicio del pueblo egipcio al cual ha sabido describir bien, sobretodo en Charaf o El honor (Editorial Actes Sud), donde a través de la vida en la cárcel de presos políticos, traza un retrato de la sociedad egipcia actual que se subleva. Nos hemos reunido con él en su casa, en un barrio de los suburbios de El Cairo.

¿Qué siente usted al ver a todos los manifestantes en las calles del Cairo y en las ciudades de Egipto ?

Sonallah Ibrahim Esta visión me llena de alegría. Son días de gloria. Esperábamos este tipo de manifestaciones sin creer demasiado en ello. Nos hemos sorprendido. Todo el pueblo ha bajado a la calle sin un guía político. Es extraordinario. Una sola petición : la dimisión de Mubarak. Lo que ha pasado en Túnez ha mostrado a los egipcios que es posible derrotar a los dictadores. Para mí, el régimen ha acabado. Es un régimen corrupto, aliado de Estados Unidos e Israel. Sólo es cuestión de días. El problema ahora es de definir bien las etapas que vamos a seguir. Si Mubarak se va pero su vicepresidente se queda, las manifestaciones no pararán.

¿Cuál es el proceso político que debemos esperar en el caso de que se vaya Moubarak ?

Sonallah Ibrahim Habrá una verdadera respuesta democrática que será la expresión del pueblo. Para acceder a esta nueva república, se han de unir las fuerzas de la oposición con los manifestantes y se ha de formar un gobierno de carácter nacional. Lo que evidentemente significa la disolución del Parlamento, elegido por fraude, convocar elecciones y la elaboración de una nueva Constitución. Pero la condición es clara : Mubarak, Souleiman (el vicepresidente – NDLR) y Shafik (el primer ministro – NDLR) deben irse.

¿Cómo juzga usted la actitud del ejército ?

Sonallah Ibrahim Hablemos primero de la policía. Ha sido una herramienta de represión. El ministro de interior ha jugado un papel peligroso retirándola de las calles, la policía tampoco regula el tráfico y se ha retirado también a los bomberos, abriendo las puertas de las cárceles donde están los presos comunes dejando así escapar a los criminales, utilizados por la policía secreta para cometer robos y pillajes. El objetivo era claro : crear caos y llevar a la mayoría de los egipcios a optar por la seguridad que ofrecía Mubarak. Pero esta estrategia no tuvo éxito ya que la gente se ha unido y han afrontado el problema de la seguridad. Estamos ante una revolución que ha creado el nacimiento de una autoridad popular. Esta revolución es comparable a la de 1919.

La posición del ejército es un misterio. Porque en el fondo, no sabemos qué va a hacer. El lunes por la tarde prometió que no haría nada contra la población aunque en realidad no lo ha cumplido. Pero en el mundo entero, el ejército es el garante del régimen que gobierna ¿entonces ?

¿Qué piensa usted de la actitud de la oposición, en particular de los Hermanos Musulmanes ?

Sonallah Ibrahim Por su actitud, podemos decir que la oposición se ha inscrito en un paisaje largamente diseñado por el régimen. Debemos pues situar nuestras esperanzas en los nuevos movimientos. En cuanto a los Hermanos Musulmanes, no han participado masivamente en las manifestaciones pero es posible que intenten aprovecharse de la situación. El lunes, grupos de manifestantes gritaban : “islam, islam” pero la respuesta masiva no tardo en llegar : “la nación, la nación”. Creo que las clases populares no permitirán que nadie les robe la revolución. Se habla mucho, en los medios de comunicación occidentales, de Mohamed El Baradei ¿Qué piensa usted ?

Sonallah Ibrahim El Baradei ha estado siempre fuera del país. Nunca ha participado en la vida política. Es extraño verle llegar de repente y pretender que él pueda ser presidente. Hay centenas de personas conocidas en Egipto que se han sublevado contra el régimen y que pueden jugar un papel importante.

La actitud de los países occidentales especialmente Estados Unidos y Francia ¿le sorprende ?

Sonallah Ibrahim Estos países han apoyado siempre a Moubarak para proteger sus propios intereses. ESto no es muy sorprendente, de parte de los países imperialistas, poco interesados por el pueblo egipcio. Tampoco olvidaremos la posición de Israel que es uno de los grandes amigos de Moubarak.

Entrevista realizada por Pierre Barbancey

Traducción: Ana López

Tomado: L´Humanitè.com

Plazas llenas de manifestantes


Los espacios públicos de El Cairo y Alejandría volvieron a poblarse con manifestantes con el mismo reclamo que hicieron oír durante los catorce días de protestas. El Ejecutivo avanza con las reformas.

Lejos de extinguirse, el fuego de las protestas egipcias contra el gobierno de Hosni Mubarak demostró sus llamaradas más fuertes ayer, cuando la plazas centrales de El Cairo y Alejandría volvieron a poblarse con cientos de miles de ciudadanos. Su reclamo, la renuncia del presidente, sigue siendo el mismo que hicieron oír durante los días anteriores y consecutivos de movilizaciones y protestas y parece ser innegociable, pese a su cada vez más lejana posibilidad de consecución. Así, los manifestantes hicieron oídos sordos a los anuncios que el Ejecutivo realizó ayer con el ánimo de demostrar sus intenciones de avanzar en la transición gubernamental. La creación de tres comisiones que supuestamente ayudarían a la apertura política parecieron haber caído en saco roto. Estados Unidos, al igual que Francia, reiteró su pedido de que la transferencia del poder se realice “pacíficamente”. Pero además aprovechó para advertir al resto de los países árabes que adopten cambios políticos: “Tienen que seguir el ejemplo de lo ocurrido en Egipto y Túnez”, consideró el secretario de Defensa del país norteamericano, Robert Gates.

La supuesta apertura que el gobierno egipcio llevó a cabo convenció poco a los principales referentes opositores y nada a los miles de manifestantes. Luego de la negociación sin precedentes del domingo entre el vicepresidente Omar Suleimán y la oposición, Mubarak oficializó ayer los primeros –y prácticamente únicos– acuerdos de ese encuentro: la creación de tres comisiones para reformar la Constitución, en aspectos relativos a los períodos presidenciales y a los requisitos de los partidos para participar de los comicios; el debate de reformas políticas y económicas y la investigación de los ataques a manifestantes durante las protestas de la semana pasada.

Suleimán aseguró que el gobierno no perseguirá a los manifestantes. La agencia de noticias oficial MENA anunció ayer que el gobierno liberó a 34 presos políticos. “Se evaluó la posición de los presos. Mostraron buenas intenciones y expresaron su deseo de vivir pacíficamente en sociedad”, rezó el comunicado transcripto por el medio. Los liberados se suman al medio centenar de jóvenes que salieron de prisión durante los últimos días, todos detenidos en las revueltas en las que las protestas fueron atacadas por patotas pro Mubarak. Sin embargo, el diario El País, de España, informó que el ejército egipcio sigue deteniendo gente.

Para Estados Unidos, Egipto, al igual que Túnez, ya se convirtió en ejemplo a seguir: “Mi esperanza es que los otros gobiernos de la región, viendo los hechos espontáneos en Túnez y Egipto, adopten las medidas necesarias para moverse en dirección positiva para resolver los reclamos de sus pueblos en materia política y económica”, indicó el secretario de Defensa estadounidense.

La masiva presencia de ayer en Tahrir, así como en el centro de Alejandría y en varias otras ciudades del país, no hace más que demostrar que los ciudadanos superaron el miedo a la represión y sostienen firmes su rechazo al gobierno actual. La Hermandad Musulmana calculó que sólo en la plaza central cairense había más de 300 mil personas, concentración que por momentos colapsó su principal acceso, según los opositores. Allí, además de carteles con exigencias de renuncia a Mubarak, los manifestantes colgaron grandes fotos de las personas que fallecieron en los enfrentamientos de la semana pasada, a quienes consideran mártires.

Según la cadena de noticias árabe Al Jazeera, la nueva “marcha del millón” de ayer contó con la presencia de muchos hombres y mujeres que no habían participado antes de las revueltas. La prensa añadió que los nuevos protestantes se unieron a los reclamos callejeros impulsados por la liberación del ejecutivo de Google Wael Ghonim. El joven gerente también participó de la concentración y habló ante la multitud. “Un gobierno que arresta a su gente por expresarse debe ser derrocado”, apuntó Al Jazeera que Ghonim repitió una y otra vez frente a la multitud. En tanto, un joven estudiante de Ingeniería, Tarek Hamza, dio su versión de los hechos: “Fuera de Tahrir, la vida ha vuelto a la normalidad. Por eso, mucha gente aprovecha para venir en cuanto sale del trabajo. Antes nuestras familias no querían que viniésemos. Ahora directamente vienen ellas”.

Los manifestantes han establecido un calendario claro, con grandes convocatorias los martes y los viernes, mientras que el resto de los días, sólo resisten unos cientos que permanecen acampando en la plaza.

Tomado: Página 12.com.ar
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7 feb 2011

El Movimiento en Egipto



Egipto es la piedra angular del plan norteamericano para controlar al planeta. Washington no va a tolerar ningún intento de Egipto de poner fin a su total sumisión a los intereses imperiales, algo que también necesita Israel para proseguir colonizando lo que resta de Palestina. Este es el objetivo excluyente de Washington en su “involucramiento” para impulsar una “transición suave” en Egipto. En vista de esta situación, EE.UU. podría considerar que Mubarak debería renunciar. El recién designado vicepresidente, Omar Suleimán, jefe de la inteligencia militar, quedaría a cargo. Pero el ejército fue muy cuidadoso en no quedar pegado a la represión, preservando su imagen ante la sociedad.

Allí aparece entonces El Baradei. El es todavía más conocido fuera que dentro de Egipto, pero podría corregir ese defecto rápidamente. El Baradei es un “liberal”, sin ideas sobre el manejo de la economía, y por eso no puede comprender que es precisamente eso lo que ha producido la actual devastación social en Egipto. Es un demócrata en el sentido de que quiere “elecciones genuinas” y el respeto a la ley (por ejemplo, parar los arrestos y las torturas), pero nada más.

No es imposible que El Baradei pueda ser un aliado en la transición. Pero ni el ejército ni las agencias de Inteligencia están dispuestos a abandonar la posición dominante de que han disfrutado en el manejo de la sociedad. ¿Aceptará esto El Baradei?

En caso de “éxito” y “elecciones”, la Hermandad Musulmana será la principal fuerza parlamentaria. Al parecer, los EE.UU. verían con satisfacción este resultado porque han caracterizado a la HM como “moderada”, dócil, dispuesta a aceptar la sumisión del país a la estrategia norteamericana, dejando además que Israel continúe con la ocupación de Palestina. La Hermandad Musulmana está también a favor de la economía de mercado existente, que hace de Egipto un país totalmente dependiente del exterior. Ellos son, de hecho, los socios y aliados principales de la burguesía “compradora”, enfeudada de mil modos al imperialismo. No es un dato menor que la HM se haya manifestado en contra de las huelgas obreras y de las luchas de los campesinos por la propiedad de la tierra.

El Plan de Estados Unidos para Egipto es similar al modelo paquistaní: una combinación de “Islam político” más Inteligencia Militar. La HM podría compensar su apoyo a estas políticas siendo precisamente “no moderada” en su conducta hacia otras confesiones. Pero, ¿podría un sistema de ese tipo merecer un certificado de “democracia”?

El movimiento actual tiene como sus componentes fundamentales a la juventud urbana, con estudios y diplomas pero sin trabajo, apoyada por segmentos de las clases medias educadas, demócratas. El nuevo régimen podría tal vez hacer algunas concesiones –por ejemplo, garantizar su reclutamiento para servir en los aparatos estatales– pero difícilmente algo más que eso.

Por supuesto, las cosas podrían cambiar si la clase obrera y los movimientos campesinos entran en la escena. Pero por ahora tal cosa no parece estar en la agenda. Por supuesto, en la medida en que el sistema económico sea manejado de acuerdo con las reglas de la “globalización neoliberal”, ninguno de los problemas que dieron origen al actual movimiento de protesta contra Mubarak podrán ser realmente solucionados.

Samir Amin
Economista egipcio. Profesor en la Universidad de París y en el Centro de Investigaciones Africanas y Arabes de El Cairo. Traducción: Atilio A. Boron.

Tomado: Página12.com.ar

5 feb 2011

Egipto al borde del baño de sangre


Los grandes medios de difusión se apasionan por las manifestaciones egipcias y predicen la llegada de la democracia occidental a todo el Medio Oriente. Thierry Meyssan desmiente esa interpretación, señala la existencia de fuerzas opuestas en pleno movimiento y precisa que el resultado va en sentido contrario del orden estadounidense en la región.
Ayer por ejemplo, alrededor de dos millones de personas marcharon por la calles de El Cairo, la capital del país, para exigir la salida inmediata del presidente, de su recientemente nombrado vice-presidente, el general Suleiman y de todos aquellos que representan el viejo orden estatal al servicio del neocolonialismo occidental.
Hace una semana que los medios de prensa occidentales vienen haciéndose eco de las manifestaciones y de la represión en marcha en las grandes ciudades egipcias. Esos medios establecen un paralelismo entre estos hechos y los que desembocaron en la caída de Zine el-Abidine Ben Ali, en Túnez, y hablan de un aire de rebelión que recorre el mundo árabe. También según esos medios, este movimiento puede extenderse a Libia y a Siria y debe beneficiar a los demócratas laicos, no a los islamistas, según dicen, porque la administración Bush sobreestimó la influencia de los religiosos y el «régimen de los ayatolas» que reina en Irán no es bien visto. Se cumpliría así el deseo expresado por el presidente estadounidense Barack Obama en la universidad del Cairo: la democracia reinará en el Medio Oriente.

Este análisis es falso en todos sus aspectos.

En primer lugar, las manifestaciones de Egipto comenzaron hace meses. Los medios de prensa occidentales no les prestaban atención porque pensaban que no llegarían a nada. Los tunecinos no contagiaron a los egipcios sino que les abrieron los ojos a los occidentales sobre lo que está sucediente en la región.

En segundo lugar, los tunecinos se rebelaron contra un gobierno y una administración corruptos que poco a poco comenzaron a expoliar a toda la sociedad, privando así de toda esperanza a un número cada vez mayor de categorías sociales. La rebelión egipcia no está dirigida contra ese modo de explotación sino contra un gobierno y una administración que están tan ocupados en servir a los intereses extranjeros que no les queda energía para responder a las necesidades básicas de su propia población.
Numerosos motines se han producido en Egipto durante los últimos años, ya sea contra la colaboración con el sionismo o provocados por el hambre. Estos dos temas están íntimamente vinculados. Los manifestantes se refieren simultáneamente a los acuerdos de Camp David, el bloqueo contra Gaza, los derechos de Egipto sobre las aguas del Nilo, la división de Sudán, la crisis de la vivienda, el desempleo, la injusticia y la pobreza.

Además, Túnez era administrado por una dictadura policial, mientras que Egipto es administrado por un régimen militar. Digo «administrado», y no «gobernado», porque en ambos casos se trata de Estados que se encuentran una bajo tutela postcolonial, privados de política exterior y de defensa independiente. Como consecuencia, en Túnez, el ejército logró interponerse entre el pueblo y la policía del dictador, mientras que en Egipto la cuestión tendrá que resolverse a golpe de fusil automático entre militares.

En tercer lugar, si lo que está sucediendo en Túnez y en Egipto constituye un estímulo para los pueblos oprimidos, la realidad es que esos pueblos no son los que los medios occidentales se imaginan. Para los periodistas de esos medios, los “malos” son los gobiernos que se oponen –o que parecen oponerse– a la política occidental. Sin embargo, para los pueblos, los tiranos son quienes los explotan y los humillan. Es por eso que no creo que veamos revueltas similares en Damasco.
El gobierno de Bachar el-Assad es el orgullo de los sirios. Se ha puesto del lado de la resistencia y ha sabido preservar sus intereses nacionales sin ceder nunca ante las presiones. Lo más importante es que ha sabido proteger a su país del destino que Washington le reservaba: el caos, como en Irak, o el despotismo religioso, como en Arabia Saudita. Aunque ciertos aspectos de su administración son muy criticados, está desarrollando una burguesía y los procesos de decisión democrática que la acompañan. Por el contrario, Estados como Jordania y Yemen son inestables, en lo que concierne al mundo árabe, y el contagio puede extenderse también al África negra, por ejemplo, a Senegal.

En cuarto lugar, los medios de difusión occidentales están descubriendo tardíamente que el peligro islamista no es más que un espantapájaros. También deberían admitir que quienes lo activaron fueron los Estados Unidos de Clinton y la Francia de Mitterrand, durante los años 1990 en Argelia, y que la administración Bush lo infló después de los atentados del 11 de septiembre, mientras que los gobiernos neoconservadores europeos de Blair, Merkel y Sarkozy se dedicaban a alimentarlo.
Tendrían que reconocer además que nada tienen en común el wahabismo saudita y la Revolución islámica del ayatola Khomeiny. Calificar a ambas tendencias de «islamistas» no sólo es simplemente absurdo, sino que equivale a prohibirse a sí mismo la comprensión de lo que está pasando.
La familia Saud ha financiado, en colaboración con Estados Unidos, a grupos sectarios musulmanes que predican un regreso a la imagen que ellos tienen de la sociedad del siglo VII, la época del profeta Mahoma. Pero su impacto en el mundo árabe es similar al de los amish, con sus carretas de caballos, en Estados Unidos.
La Revolución de Khomeiny no tiene como objetivo la instauración de una sociedad religiosa perfecta, sino el derrocamiento del sistema de dominación mundial. Afirma que la acción política es para el hombre un medio de sacrificarse y de superarse a sí mismo y que es por lo tanto posible encontrar en el Islam la energía que se necesita para lograr el cambio.

Los pueblos del Medio Oriente no aspiran a reemplazar las dictaduras policiales o militares que los oprimen por dictaduras religiosas. No existe un peligro islamista. Simultáneamente, el ideal revolucionario islámico, que ya dio lugar al nacimiento del Hezbollah en el seno de la comunidad chiíta libanesa, está influenciando ahora al Hamas en la comunidad sunnita palestina. También puede ser capaz de desempeñar un papel en los movimientos que ya se encuentran en marcha, y ya lo está haciendo en Egipto.

En quinto lugar, aunque no sea del agrado de ciertos observadores, y aunque estamos asistiendo a un regreso de la cuestión social, no se puede reducir este movimiento a una simple lucha de clases. Por supuesto, las clases dominantes tienen miedo de las revoluciones populares, pero las cosas son mucho más complicadas. Así que no tiene nada de sorprendente que el rey Abdullah de Arabia Saudita haya telefoneado al presidente Obama para pedirle que pare el desorden en Egipto y que proteja a los gobiernos ya establecidos en la región, sobre todo el suyo. Pero ese mismo rey Abdullah acaba de favorecer un cambio de régimen en el Líbano a través de la vía democrática. Abandonó al millonario líbano-saudita Saad Hariri y ayudó a la coalición del 8 de Marzo, incluyendo al Hezbollah, a poner en su lugar como primer ministro a otro millonario líbano-saudita, Najib Mikati. Los diputados que habían elegido a Hariri representaban al 45% del electorado libanés, mientras que Mikati acaba de ser electo por parlamentarios que representan al 70% del electorado.
Hariri respondía a los intereses de París y de Washington, mientras que Mikati anuncia una política de apoyo a la resistencia nacional. La cuestión de la lucha contra el proyecto sionista es en la actualidad extraordinariamente determinante en relación con los intereses de clase. Además, más que la repartición de la riqueza, los manifestantes protestan contra el sistema capitalista seudoliberal impuesto por los sionistas.

En sexto lugar, y volviendo al caso de Egipto, los medios occidentales se precipitaron a aupar a Mohamed El Baradei, nombrándolo como líder de la oposición. Esto da risa. El señor El Baradei es una personalidad que goza de una agradable reputación en Europa por haber resistido por algún tiempo a las presiones de la administración [Bush], sin oponerse a ella completamente. Representa por lo tanto la buena conciencia que pretende tener ante Irak la Europa que, después de oponerse a la guerra, acabó apoyando la ocupación. Sin embargo, objetivamente, El Baradei es el hombre de los paños tibios al que le dieron el premio Nóbel de la Paz para no dárselo a Hans Blix. Se trata, sobre todo, de una personalidad sin influencia en su propio país. Existe políticamente porque los Hermanos Musulmanes lo convirtieron en su vocero ante los medios occidentales.
Estados Unidos ha fabricado opositores más representativos, como Ayman Nur, que Washington seguramente no tardará en sacar del sombrero, aunque sus posiciones a favor del seudoliberalismo económico lo descalifican ante la crisis social que está atravesando el país.

Como quiera que sea, en realidad sólo existen dos organizaciones de masas, implantadas en la población, que se oponen desde hace mucho a la política actual: los Hermanos Musulmanes por un lado y la iglesia cristiana de los coptos por el otro (aunque S. B. Chenudda III ve una diferencia entre la política sionista de Mubarak, a la que él se opone, y el rais, al que él se adapta). A los medios occidentales se les escapa ese detalle porque les han hecho creer al público que eran los musulmanes quienes perseguían a los coptos, cuando en realidad es la dictadura de Mubarak quien lo hace.

No resulta inútil hacer un paréntesis en este punto. Hosni Mubarak acaba de nombrar vicepresidente a Omar Suleiman, un gesto que busca evidentemente hacer más difícil su posible eliminación física por parte de Estados Unidos.
Mubarak se convirtió en presidente porque había sido designado vicepresidente y Estados Unidos eliminó al presidente Annuar el-Sadat a través del grupo de Ayman al-Zawahiri. Así que Mubarak se negó siempre a designar un vicepresidente por temor a ser asesinado a su vez. Al designar al general Suleiman, Mubarak escoge ahora a uno de sus cómplices, el mismo con quien él se manchó las manos en la sangre de el-Sadat. En lo adelante, para tomar el poder, no bastará con matar al presidente sino que habrá que ejecutar también a su vicepresidente. Pero Omar Suleiman es el principal artífice de la colaboración con Israel, así que Washington y Londres van a protegerlo como la niña de sus ojos.

Además, Suleiman puede apoyarse en el ejército israelí frente a la Casa Blanca. Y ya trajo francotiradores y equipamiento israelíes que se encuentran listos para abatir a los elementos más activos (líderes o cabecillas) durante las manifestaciones callejeras.


El general-presidente Hosni Mubarak y su general-vicepresidente Omar Suleiman aparecieron en televisión junto a sus generales-consejeros para demostrar que el ejército conservará elpoder.
En séptimo lugar, la situación revela las contradicciones de la administración estadounidense. En su discurso de la universidad del Cairo, Barack Obama tendió la mano a los musulmanes y exhortó a la democracia. Pero ahora hará lo que sea para impedir elecciones democráticas en Egipto. Él puede tolerar un gobierno legítimo en Túnez, pero no en Egipto. Unas elecciones beneficiarían a los Hermanos Musulmanes y a los coptos. De ellas saldría un gobierno que abriría la frontera con Gaza y que liberaría al millón de personas allí encerradas.
Los palestinos, con el apoyo de sus vecinos, el Líbano, Siria y Egipto, romperían el yugo sionista.

Hay que señalar aquí que durante los dos últimos años, estrategas israelíes han analizado la posibilidad de orquestar una maniobra. Considerando que Egipto es una bomba social, que la revolución es allí inevitable, han estudiado la posibilidad de favorecer un golpe de Estado militar a favor de un oficial ambicioso e incompetente.
Este último emprendería entonces una guerra contra Israel y fracasaría en ella. Tel Aviv recuperaría así su antiguo prestigio militar y recuperaría también el monte Sinaí y sus riquezas naturales. Se sabe que Washington se opone resueltamente a ese escenario, demasiado difícil de controlar.

En definitiva, el Imperio anglosajón sigue anclado a los principios que él mismo fijó en 1945: es favorable a las democracias que toman «la decisión correcta» (la del servilismo) y se opone a los pueblos que toman «la mala» (la de la independencia).

Por consiguiente, si les parece necesario, Washington y Londres no tendrán reparos en apoyar un baño de sangre en Egipto, con tal de que el militar que salga ganador sobre los demás se comprometa a mantener el statu quo internacional.

La policía egipcia del régimen de Mubarak se comporta de manera criminal


Thierry Meyssan
Analista político francés. Fundador y presidente de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).

Tomado:Voltaire.net
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