Mostrando entradas con la etiqueta Gabrielle Giffords. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gabrielle Giffords. Mostrar todas las entradas

24 ene. 2011

Arizona: ¿quién es el loco?



En junio del año pasado la legislación del Estado de Arizona en materia de control de armas fue considerablemente relajada. La gobernadora republicana, Jan Brewer, impulsora de la cacería a todos aquellos sospechosos de haber incurrido en el delito de “portación de cara” (léase: personas con rasgos fisonómicos que se alejan del modelo “WASP”: blanco, anglosajón y protestante, es decir, lo que en Estados Unidos se conoce como “latinos”), promulgó una iniciativa de la Legislatura de ese estado, apoyada fuertemente por el poderosísimo lobby de la Asociación Nacional del Rifle, derogando una vieja ley estatal que obligaba a los poseedores de armas a obtener un permiso para llevar un arma oculta. Gracias a este “avance libertario y democrático” ahora cualquier persona mayor de 21 años puede portar un arma oculta entre sus ropas, o en su automóvil, o donde sea, sin necesidad de obtener una licencia previa.

La legislación vigente, de todos modos, era ya sumamente permisiva porque permitía a cualquier ciudadano mayor de 18 años, sin antecedentes penales, comprar o poseer un rifle o una escopeta. Para adquirir una pistola la ley se “endurecía” y el eventual comprador debía demostrar ser mayor de 21 años. La anterior gobernadora de Arizona, Janet Napolitano, actual secretaria de Seguridad Nacional de la Administración Obama, había vetado numerosos intentos de eliminar la licencia para portar armas ocultas. Derrotada por la derecha troglodita republicana, su sucesora corrigió de inmediato tamaño error.

La actual legislación, una obra maestra del terror, autoriza a quienes así lo deseen a circular armados en la vía pública con tal de que su arma no sea exhibida: pueden entrar a cualquier sitio, salvo un consultorio médico o una oficina empresarial. Se puede ingresar armado al recinto de la Legislatura estadual y a cualquier oficina pública del estado de Arizona. También a restaurantes y bares, a condición de que el individuo armado no consuma alcohol, algo que dependerá exclusivamente de su propia voluntad pues ni el cantinero ni el mesero están autorizados a preguntarle a quien ordena una bebida alcohólica si es que lleva un arma oculta entre sus ropas.

Las escuelas públicas no son excepción a esta regla: sólo que quienes porten armas deberán llevarlas descargadas y dejarlas en su automóvil mientras se lleva o recoge a un niño. Lo paradójico del caso es que algunas de las víctimas de la reciente masacre de Houston, como la congresista Gabrielle Giffords, aprobaron estas medidas, amparadas en una sesgada interpretación de la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos y en el respeto a los valores tradicionales de Arizona y, en general, del Lejano Oeste. Quien sí lo pagó con su vida, aparte de otros inocentes, entre ellos una niña de nueve años, fue el juez federal John M. Roll, quien había sentenciado la inconstitucionalidad de cualquier decisión del gobierno federal que obligara a los estados a llevar a cabo revisiones de antecedentes penales antes de vender un arma de fuego.

Una perlita indicativa de la gravedad de la crisis política que existe en la ejemplar democracia del Norte la ofrece el hecho de que no haya sido otro que el sheriff del condado de Pima, Clarence W. Dupnik, quien haya aportado un grano de cordura al criticar las leyes vigentes en Arizona y las iniciativas de algunos legisladores del estado que, como respuesta a la masacre perpetrada en Virginia Tech (Abril 2007, ocasionando 32 muertos) habían propuesto nada menos que permitir a estudiantes y maestros portar armas en colegios y universidades. Contrariamente a las enseñanzas de la filosofía política, que supone que jueces y legisladores deben ser personas sensatas, iluminadas por la sabiduría y bendecidas por la templanza, estos personajes públicos de Arizona –y, me arriesgaría a decir, en la mayoría de los estados de la Unión– son energúmenos merecedores de un profundo tratamiento de rehabilitación psiquiátrica antes de ser luego condenados al ostracismo vitalicio. Cabe preguntarse: en la tragedia de Tucson, ¿quién es el loco? El que vació su cargador matando a tantos inocentes o quienes estampan el sello de legalidad a tanta locura?

Pese a todo esto, los publicistas de la derecha insisten en que nada hay de malo en la sociedad norteamericana, que sus leyes son justas y sabias, y que no hay causalidad social que actúe como desencadenante de la tragedia de Tucson. El sistema es maravilloso, lo que fallan son algunos individuos. Si un afroamericano como Obama llegó a ser presidente –una fenomenal tentativa de reanimar al ya difunto Sueño Americano–, el que se quedó en el ghetto y vive del narcotráfico o la mendicidad es por sus vicios, su holgazanería y su irresponsabilidad. Las víctimas del sistema se convierten, en ese discurso, en victimarios. En línea con esta interpretación uno de esos publicistas, Howard Fineman, escribió días atrás en el The Huffington Post que “Las muertes no fueron provocadas por la política, por ideologías o por partidismo. Por lo que sabemos hasta ahora, los actos fueron cometidos por un loco que evidentemente estaba divorciado de la realidad, así como del debate público”. Un debate público que, para hacerlo más ameno, tiene como protagonistas a una gran cantidad de sujetos armados hasta los dientes. Pero con sus armas ocultas, eso sí.

Atilio A. Boron
Director del PLED, Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales.

Tomado: Página 12.com.ar

10 ene. 2011

Un acto atroz



Una triste noticia se divulgó en la tarde del sábado desde Estados Unidos: la congresista demócrata por Arizona Gabrielle Giffords fue víctima de un atentado criminal mientras participaba en un acto político en su distrito electoral de Tucson. Al otro lado de la frontera se encuentra México, el país latinoamericano al que pertenecía ese territorio, cuando en una injusta guerra le fuera arrebatado más de la mitad de su extensión.

Por su árida superficie, muchos de los que emigran de México, Centroamérica y otros países latinoamericanos intentan escapar del hambre, la pobreza y el subdesarrollo a los que han sido conducidos esos pueblos por Estados Unidos. El dinero y las mercancías pueden cruzar libremente la frontera; los seres humanos, no. Sin hablar de las drogas y las armas que en una y otra dirección cruzan esa línea.

Cientos de miles de latinoamericanos, que en aquel país realizan los trabajos más duros y peor pagados, son capturados cada año y devueltos a sus puntos de partida, muchas veces separados de sus familiares más allegados. Ellos esperaban de la nueva administración una rectificación de esa política criminal e inhumana.

De acuerdo con las noticias, 19 personas fueron alcanzadas por las balas, y seis murieron, entre ellas, una niña de 9 años y el juez John Roll.

La congresista fue gravemente herida por un disparo en la cabeza. Está casada con el astronauta de la NASA Mark Kelly. Fue electa por primera vez al Congreso en el 2006, a la edad de 36 años. “Es partidaria de la reforma migratoria, la investigación con células embrionarias y las energías alternativas”, medidas que detesta la extrema derecha. Había sido reelecta como representante demócrata en las pasadas elecciones. Preguntado su padre por la prensa si tenía enemigos, respondió: “Todo el Tea Party”. Se conoce que la ex candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos en las elecciones del 2008 y líder del Tea Party, Sarah Palin, publicó en su sitio web como objetivo para los seguidores de su partido, un mapa del distrito congresional de 20 de los representantes que habían apoyado la propuesta de reforma de salud del presidente Obama, y los tenía marcados con la mirilla de un fusil.

El contrincante de la congresista Gabrielle Giffords, era un ex marino que en la campaña electoral apareció con un fusil M-16 en un mensaje, cuyo contenido según se informa era: “Ayuda a sacar a Gabrielle Giffords... Dispara el cargador completo de un M-16 automático con Jesse Kelly”.

En marzo de 2010 la oficina electoral de Gabrielle fue atacada. Ella declaró que cuando la gente hacía eso se tiene que dar cuenta de sus consecuencias; los líderes políticos deben reunirse y decir el límite. Cualquier persona sensata podría preguntarse si un hecho como éste ocurrió en Afganistán o en un distrito electoral en Arizona.

Obama declaró textualmente: “Lo que sabemos es que un acto de violencia tan insensato y terrible no tiene cabida en una sociedad libre...”. “Pido a todos los estadounidenses unirse a mí y a Michelle para tener a la congresista Giffords, las víctimas de esta tragedia y sus familias presentes en nuestras oraciones.”

Es relativamente dramática y bastante triste su apelación. Hasta los que no compartimos en absoluto sus ideas políticas o filosóficas deseamos sinceramente que no mueran niños, jueces, congresistas, ni ciudadano alguno de Estados Unidos de forma tan absurda e injustificable. Es triste recordar que en el mundo están perdiendo la vida cada año muchos millones de personas, como consecuencia de guerras absurdas, pobreza, hambrunas crecientes y deterioro al medio ambiente, promovida por las naciones más ricas y desarrolladas del planeta. Nos gustaría que Obama y el Congreso de Estados Unidos compartieran con los demás pueblos esas preocupaciones.

Fidel Castro.

Tomado: CubaDebate.cu

Arizona: el M16 abrió fuego



El criminal atentado contra la congresista demócrata Gabrielle Giffords y el puñado de gentes que la rodeaba –que hasta ahora se ha cobrado la vida de seis personas, incluyendo la de un juez federal, John M. Roll– pone de manifiesto los alcances del proceso de fascistización en curso en la sociedad norteamericana. Por supuesto, la explicación políticamente correcta que tanto la Casa Blanca como los medios se encargan de difundir rechaza esta interpretación. Lo sucedido es la obra de un “chiflado”, uno más de un venenoso linaje que ya mató a John F. y Robert Kennedy, Martin Luther King y Malcom X, para no citar sino a personalidades altamente significativas de la escena pública estadounidense.

No existe la menor intención de vincular lo ocurrido en Tucson con las tendencias profundas de la sociedad norteamericana que periódicamente afloran cada vez con más virulencia e impacto masivo (McCarthy, Reagan, Bush Jr., ahora el Tea Party) y se cobran nuevas víctimas. Lo mismo ocurrió con los casos anteriores: para prueba ahí está el siniestro Informe Warren –así llamado por el nombre del presidente de la Corte Suprema de Estados Unidos que presidió la comisión investigadora del asesinato de John F. Kennedy– en donde se sostiene que una sola persona, Lee Harvey Oswald, fue el responsable del magnicidio y que no hubo conspiración para perpetrarlo. No es un dato anecdótico recordar que uno de los integrantes de esa comisión era el ex director de la CIA Alan Dulles. Se le encargó al zorro el cuidado del gallinero.

Gabrielle Giffords, que aún lucha desesperadamente por su vida, representa una corriente progresista dentro de los demócratas, algo sumamente peligroso en un estado como Arizona cuya gobernadora, la racista republicana Jan Brewer, promulgó en mayo de 2010 una ley que autoriza a la policía a detener y exigir documentos personales que acrediten su legal condición de residencia a cualquier persona de sospechosa apariencia, léase “latinos”. Giffords se opuso valientemente a esa iniciativa y no sólo eso: en el Congreso apoyó la Ley de Reforma del Sistema de Salud y se manifestó a favor de la reforma migratoria, la investigación con células madres y de las energías alternativas. Es decir, se constituyó en un blanco perfecto para la creciente legión de los fascistas norteamericanos.

Por eso su contrincante en las recientes elecciones parlamentarias, Jesse Kelly, un ex sargento de los marines que mordió el polvo de la derrota en Irak, aparecía en un afiche de campaña empuñando un rifle de asalto M16 e invitando a los electores a vaciar su cargador sobre Giffords (foto). Candidato de la horda de freaks del Tea Party, el nombre de su contendora había aparecido –como lo recuerda Fidel en su “Reflexión” (ver aparte)– en un anuncio patrocinado por Sarah Palin como una de las bancas a conquistar para el movimiento en las elecciones de noviembre pasado. Su distrito, como otros diecinueve, estaba marcado por una mirilla de fusil. Esa descarada apología de la violencia no perturbó el rodaje de las tan alabadas instituciones de la república imperial. El trágico desenlace de tanta violencia era apenas cuestión de tiempo. En una repugnante muestra de hipocresía, el sitio web de Kelly subió el día de hoy un anuncio diciendo que el autor intelectual del crimen elevaba sus rezos por la recuperación de la congresista y las víctimas fatales del incidente. Otro tanto hizo el presidente Obama, incapaz de arbitrar algunas medidas más terrenales para poner fin a la crisis que está destruyendo su país. Con sus rezos no irá demasiado lejos en su empeño.

Hay algunas claves que será preciso explorar para comprender lo ocurrido. En primer lugar, lo más elemental: un país embarcado en una desorbitada militarización internacional requiere cultivar actitudes patrioteras, fanáticas y violentas para sostener ideológicamente desde adentro sus planes de conquista militar. El problema es que luego es imposible evitar que esas cualidades se trasladen al espacio doméstico, lo que imposibilita establecer un ámbito de debate sereno y racional en la política nacional. Esto lo advirtió Tocqueville hace más de un siglo y medio, y es más cierto hoy que ayer. No fue casual que Kelly haya propuesto vaciar el cargador de su M16 sobre Giffords. Alguien tomó nota de ese mensaje y lo hizo.

Segundo: el papel de los medios en Estados Unidos –y en especial de la cadena Fox– que, salvo contadas excepciones, permanentemente alimentan el racismo, el fanatismo, la intolerancia y la violencia ante la indiferencia de las instituciones, que deberían regular el ejercicio de la libertad de prensa y que no lo hacen so pretexto de defender la sacrosanta propiedad privada y la libertad de expresión, aunque ésta sea utilizada para incitar al magnicidio.

Tercero, la crisis económica que, como es sabido, estimula toda clase de conductas antisociales tendientes a criminalizar e incluso satanizar al otro, al diferente. Un país en donde los pobres se empobrecen cada día más y los sectores medios bajos sienten que se hunden en la pobreza, mientras contemplan que una minoría se enriquece escandalosamente, crea un caldo de cultivo inigualable para la aparición de comportamientos y actitudes aberrantes que, rápidamente, serán juzgadas como normales. Por ejemplo, vaciar simbólicamente un cargador de un M16 en un adversario político. Las consecuencias están a la vista.

Atilio A. Boron.
Politólogo.

Tomado: Página 12
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...