20 may. 2011

¿Quién es el próximo enemigo?



¿Cómo pudo sobrevivir este país antes de encontrar formidables enemigos acerca de los cuales el gobierno pudiera movilizar el odio y el temor? No recuerdo la década de 1930, cuando la pobreza, el capitalismo, la impiedad, el fascismo, el comunismo, los judíos y el alcohol competían en la mente norteamericana por ser el adversario número uno. No había un ganador evidente.

El 7 de diciembre de 1941 –yo tenía casi 6 años--, los japoneses, atrevidamente y en retrospectiva tontamente, bombardearon Pearl Harbor. Los japos y los nazis, el perfecto dúo vil. Hollywood se hizo cargo. Cada sábado yo luchaba contra ellos por vía indirecta en el cine –nuestros buenos derrotaban a sus malos.

Desde entonces –con breves excepciones— un enemigo viable se ha unido a nosotros. Para alejar a ese mal de nuestras playas, hemos mantenido un presupuesto de “defensa”.

Después de la 2da. Guerra Mundial (época de presupuesto de guerra), Stalin reemplazó a Hitler y a Tojo. Mi Weekly Reader me hizo conocer al Tío Joe durante la 2da. Guerra Mundial. Sin embargo, después de 1945, “El Carnicero Stalin” sembró agentes rojos en nuestro Departamento de Estado, los medios masivos, las escuelas y los hospitales veterinarios. El senador Joe McCarthy descubrió muchos más rincones donde se agazapaba la amenaza roja –por ejemplo, en las plantas empacadoras de carne.

En 1961 me desilusioné de la noción de la Unión Soviética como nuestro archirrival. En un viaje en auto desde Varsovia a Moscú adelanté a unos 8 vehículos –decenas de camiones y cientos de campesinos borrachos, dormidos sobre coches de caballos.

En Moscú comprendí que aparte de un hombre en el espacio, un eficiente sistema de metro y muchas armas, la URSS no podía, como comentaba C. Wright Mills, “publicar una revista legible o dirigir una economía moderna”. Mills se preguntaba: “¿Qué imperio no tiene instituciones para explotar sus colonias? Los soviéticos no tienen bancos ni corporaciones”.

Pero en su campaña eleccionaria de 1960, Kennedy hizo referencia a la “brecha de los misiles”, implicando que los soviéticos nos habían aventajado. La Crisis de los Misiles de octubre de 1962 reveló que los soviéticos tenían la decimoquinta parte del número de misiles balísticos intercontinentales de los EE.UU. Durante toda la década de 1960, los soviéticos trataron de alcanzarnos, pero nunca lograron la triangulación norteamericana: repartir los misiles nucleares entre aviones, submarinos y bases terrestres.

Los poderosos de Washington insistían en que los soviéticos se hacían más fuertes, mientras que los que no estaban ciegos veían lo contrario. En 1984, el descontento y la desmoralización caracterizaban a la URSS. El presidente Reagan insistía en que eran más fuertes que nunca y regresó a la mítica “brecha de los misiles”. Así que el Congreso autorizó más dinero para armas nucleares a fin de impedir lo que los inventores de mitos decían que era una amenaza de invasión soviética a Europa Occidental. En 1991, puff, la amenaza soviética desapareció. ¡Ganamos! Y adiós.

Sin un enemigo amenazante podríamos disfrutar “el dividendo de la paz”. ¡Uy! ¡Un gran imperio necesita de un enemigo extranjero!

En 1993, un grupo yihadista hizo estallar una bomba en el World Trade Center. Más tarde atacaron otros objetivos norteamericanos en África. Los directores de reparto de la seguridad nacional encontraron al actor ideal para el papel de demonio del siglo 21.

Como tal, Osama bin Laden recibió el crédito por producir cambios en el “American Way of Life”. Después del 11/9, el negocio anti-Islam prosperó. Los predicadores, lo mismo políticos que religiosos, peroraron acerca de las hordas amantes de la muerte y que odian la democracia –tanto en el exterior como en casa.

“Soldados, espías y fuerzas especiales recorren el mundo entero para luchar contra el terrorismo”, escribió Uri Avnery. “Bin Laden está en todas partes. La Guerra Contra el Terrorismo es una lucha apocalíptica con Satanás”.

En su empeño por parecer preparado para el nuevo reto, el gobierno restringió las libertades de los ciudadanos –en aras de su propia protección. Obsesivamente, el Congreso incrementó el presupuesto militar --¿para combatir a maníacos suicidas con corta cajas?—mientras que “intelectuales hambrientos de poder balbucean acerca del Choque de Civilizaciones y venden su alma a cambio de la fama instantánea”.

Después del 11/9, el torpe e incompetente George W. Bush se metamorfoseó en el presidente-guerrero militante que (retóricamente) encabezó las fuerzas de la luz en contra de la demoníaca al-Qaeda. Para el público, partidos islámicos como Hamas y Hezbollah –no importa a quién o a qué representan— significan el mal del siglo 21. Para confirmarlo, vean Noticias Fox.

Osama bin Laden se convirtió en el Dr. Malevolencia, vestido con batón suelto, llevando de manera inepta un AK y balbuceando amenazas en un video mal tomado. Casi un malo de historieta cómica, bin Laden reaparecía para recordar a los lectores adolescentes de la necesidad de un súper héroe.

Entonces, al fin, se compaginó la información policíaca y de inteligencia y nuestros heroicos SEALs lo encontraron y lo liquidaron –no en una cueva remota, sino en complejo de tres pisos de clase media en una ciudad de Pakistán.

En Washington, los directores de escena de la seguridad nacional ya habían esbozado el acto final. Liquídenlo y boten el cadáver. No debe haber ningún mártir para futuros santuarios.

Dejen que las masas árabes –lo que eso quiera decir— celebren o juren venganza. Estarán ocupadas en sus revoluciones y contrarrevoluciones. En 2012, Osama muerto puede ayudar a Obama. La orden de matar a bin Laden ya ha transformado su imagen de debilucho.

La celebración de la muerte de bin Laden se esfuma en bares y estadios de béisbol. Pocos lo lloran; aún menos recuerdan las razones esgrimidas por él para realizar su terror.

Una noticia de AFP reportó que bin Laden había realizado una última cinta, encontrada en un sitio web islámico: “Estados Unidos no podrá soñar con su seguridad hasta que vivamos en seguridad en Palestina”, dijo bin Laden. “Es injusto vivir en paz mientras nuestros hermanos en Gaza viven en la inseguridad. De acuerdo con eso, y con la voluntad de Dios, nuestros ataques continuarán contra ustedes mientras continúe su apoyo a Israel”.

¿Quién lo escuchó? A nadie le importa. La mayoría de los norteamericanos no interiorizan los millones muertos en Corea, Viet Nam, Irak y Afganistán. En su lugar “nosotros” ayudamos a esos ingratos y recordamos a nuestros propios muertos del 11/9. Y ahora, a buscar al próximo enemigo demoníaco.

(http://counterpunch.org/avnery05092011.html)


Saul Landau (Progreso Semanal)
Saul Landau, miembro del Instituto para Estudios de Política, produjo Por favor, que el verdadero terrorista se ponga de pie (distribuido por Cinema Libre Studio).

Tomado: Visiones Alternativas.com

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