24 oct. 2011

Imágenes de lo perverso y de la desgracia ajena


¿A quién puede caberle duda que la tecnología está aquí para quedarse? Sin embargo nos cuesta abarcar el fenómeno en toda su magnitud, especialmente en cuanto a su impacto en la cotidianeidad. Me quiero referir, puntualmente, a la popularización, en cuestión de meses o muy poquitos años, de la capacidad de registrar imágenes (fotografías y videos) al alcance de cualquiera desde los 3 o 4 años de edad en adelante.

Esta democratización de los medios de comunicación alcanza su máxima expresión en los teléfonos celulares con cámara y en la miniaturización de las cámaras de video y la proliferación de cámaras digitales, esto no solamente trae consigo una extensión de la capacidad de cualquier ser humano de registrar lo que ve sino de hacerlo en forma casi gratuita y muchas veces indetectable. Antes, en los conciertos, miles de llamitas de encendedores oscilaban en manos de los espectadores. Hoy en día, en cualquier espectáculo, lo que se percibe son los destellos de cientos de flashes y de teléfonos que apuntan al escenario.

Este fenómeno, gradual pero acelerado, nos requiere vincular manifestaciones concretas para poder sopesar sus aspectos positivos y negativos desde un punto de vista ético, es decir desde lo que está bien a lo que está mal en relación con el bienestar humano, la justicia social y el mejoramiento de la convivencia en nuestra sociedad. Consideremos algunos fenómenos recientes.

Hasta hace poco, las cámaras de vigilancia o la casual presencia de un camarógrafo o fotógrafo periodístico eran la única fuente de imágenes sobre acontecimientos callejeros. Por eso los criminales rodeados y las personas del común en situación difícil reclamaban (y reclaman) la presencia de periodistas con cámaras como testigos de que no serán maltratados o asesinados y esto es independiente de la idea que muchas veces difunden los editores cuando toman partido del “por algo será”.

Ahora, la capacidad testimonial se ha popularizado y desde hace unos años la brutalidad policial, los delitos violentos de todo tipo y los abusos de poder pueden ser registrados por cualquier ciudadano. La capacidad de producir “cámaras ocultas” se ha multiplicado aunque registrar la perversidad es un primer paso: después hay que animarse a difundir el testimonio y enfrentarse al aparato de que se trate y a las enormes presiones e inercias que operan en cualquier organización para ocultar, requisar, desacreditar o amortiguar el efecto de cualquier denuncia.

Aquí se abren varios géneros posibles. Sin ánimo de agotarlos u ordenarlos por su grado de perversidad, mencionaremos:

El negocio de la desgracia ajena
Es una compleja colección que comprende, por ejemplo, “los videos asombrosos”, de origen estadounidense aunque compran registros de desastres naturales, rescates y accidentes, de todo el mundo y los producen con testimonios de las víctimas y de los testigos en un formato cuyo lema es “te mostramos algo terrible, generalmente con final feliz, para que alimentes tus miedos volviéndote un voyeurista de la peripecia ajena”. Se aparenta mostrar las cosas “tal como sucedieron” y como en el género cinematográfico de catástrofes y persecuciones, fomenta, entre otras cosas, la desensibilización (o si se prefiere, la insensibilidad ante la desgracia) porque “lo terrible les pasa a otros, alguien lo soluciona (o no) y yo tranquilito en mi sillón”. Dentro del mismo género hay que incluir los “bloopers” de los cuales hay grandes colecciones y que no son más que videos caseros o presuntamente caseros, frecuentemente amañados, que se vanaglorian de presentar “la humillación, la tontería, el dolor, el ridículo” de distintas personas (de toda edad, sexo y condición) como temas reideros. Aquí se promueve activamente la perversión de gozar con la desgracia ajena porque todas las víctimas son estúpidas e indignas de compasión. Bajo una apariencia humorística esto nos prepara para burlarnos de las desgracias reales o de encogernos de hombros y mirar para otro lado ante los rostros de niños que mueren de hambre en Somalia o que sufren la indigencia en nuestro país. Con estos contenidos no se puede ser complaciente. Hay que recordar que son un lucrativo negocio. No olvidemos que los comienzos de Tinelli se basaron en la difusión de estos “bloopers” enlatados primero y en la producción de bromas pesadas descalificantes después (rompé Pepe, rompé).

Testimonios verdaderos y fraguados
Los testimonios más escalofriantes de apaleamientos, torturas, corrupción, abuso de la fe pública y otras perversiones han dejado de ser patrimonio del periodismo de investigación o de “cámaras ocultas”. Desde los Estados Unidos al Brasil pasando por muchos otros puntos del planeta las imágenes producidas por simples ciudadanos han desatado la indignación y en algunos casos han permitido sancionar actos condenables. En algunos casos y esto no es novedoso han sido los perpetradores de los crímenes los que han registrado las imágenes para su propio refocilamiento. Esta actitud de “muestren sus trofeos” era la de los verdugos nazis de las SS, la de los esbirros de Abu Ghraib en Irak, la de los tanques israelíes aplastando a una mujer indefensa, la de los marinos uruguayos en Port Salut vejando al muchacho haitiano. Sucede que las facilidades técnicas han producido una verdadera explosión de videos y fotos aberrantes donde los torturadores y perpetradores se retratan junto a sus víctimas. Lo que antes se hacía con una cámara analógica y en blanco y negro ahora se hace en colores y con sonido directo. No todos estos “videos caseros” son auténticos. Algunos pueden ser fraguados como lo demostraron hace poco un par de imbéciles en Buenos Aires cuando intentaron demostrar con la foto celular de un fósforo que una explosión de gas que provocó muertes y demoliciones había sido producto de “una luz que cayó del cielo”. Sin embargo lo más preocupante son las actitudes posteriores a la revelación de los testimonios gráficos. ¿Recuerdan a la patota de inspectores de tránsito de la Intendencia Municipal de Montevideo que filmó en acción una profesora de secundaria?, ¿y los abusos contra las cadetes en la Escuela Naval? Por lo general las autoridades competentes, llámense comandantes, ministros, intendentes, etc. empiezan por negar el hecho “no sucedió asi”, “hay versiones contradictorias”, “falta información”, “los testimonios no son confiables”, etc.), luego confrontados con testimonios insoslayables y movilizaciones adoptan una actitud de banalización (“no fue tan grave”, “no hubo penetración”, “fue una broma de mal gusto”, etc.) y finalmente se refugian en el olvido piadoso o retoman la negación para ganar tiempo (“se está investigando”, “esperamos el fallo de la justicia”). Es muy difícil que los perpetradores sean sancionados o, lo que es más importante, se adopten medidas preventivas o se reivindiquen los derechos de las víctimas. De todas maneras la proliferación de testimonios respaldados con imágenes ha aumentado el costo político de la negación y la banalización del mal y esto tiene un cierto efecto disuasorio.

Cuando las cámaras son ciegas
Es sabido que se venden aparatos que, a todos los efectos parecen cámaras de vigilancia pero que en realidad se trata de señuelos (las verdaderas cámaras están ocultas) o de simulaciones con propósito intimidatorio. Todos estos equipos también se han abaratado y aquello que antes estaba reservado a los bancos e instituciones financieras ahora ha llegado al modesto autoservicio del barrio, a los porteros eléctricos y se trasmiten al celular del cliente para que pueda ver, de cerca o de lejos, quien o quienes le están rapiñando. La utilidad de estas imágenes, ya sean en diferido o en tiempo real, es discutible, su capacidad preventiva limitada y su capacidad disuasoria decrece rápidamente (aunque no se pueda entrar con el casco puesto o la gorrita calada. Sin embargo estas imágenes cada vez ocupan más tiempo en los noticieros de televisión y muchas se abren camino hasta los “videos sorprendentes”, “las mentes criminales” o cualquier recopilación por el estilo. Son el “reality show”, el “gran hermano” de la rapiña y por lo tanto ya han ingresado, de lleno, en el próspero negocio de las imágenes comercializables. La contracara de estos modernos Argos Panoptes (el gigante de cien ojos de la mitología griega) es la ceguera de las cámaras. Por ejemplo, hace tres años, 350.000 euros en billetes fueron sustraídos de la bóveda central del Banco de la República. Nunca se supo cómo se produjo las desaparición del dinero ni se conoció resultados de las investigaciones para desvelar el delito (administrativa por el BROU y judicial). En concreto dos puntos: las cámaras que vigilaban el tesoro del Banco se apagaban cuando el personal se retiraba y se encendían al otro día con su retorno. Se dijo que las cámaras quedaban ciegas en aras de la economía, nunca se informó acerca de una revisión de los procedimientos de seguridad y en particular acerca de esta tonta y sospechosa ceguera. Sobre todo, hubo una víctima mortal. Ruben Sappia, el jefe de la sección que firmó el arqueo sin contar los billetes fue acosado hasta que se suicidó. Entonces una vida también fue cegada o segada, como prefieran, y los responsables del robo, del fracaso de las medidas de seguridad en la más segura de las instituciones del país y del acoso que condujo a la muerte de Sappia, permanecen impunes y en el anonimato. Crimen y desgracias de los cuales ninguna imagen podrá dar cuenta.

Imágenes perversas (ll) Hay cadáveres en el freezer.

Lic. Fernando Britos V.

Tomado: Laondadigital.com

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