25 abr. 2009

Pakistán: vergüenza y gloria

Ilustración: El roto
Mientras se multiplican los atentados y aumentan la influencia talibán, la inestabilidad y los ataques de EE UU, las movilizaciones ciudadanas han logrado la restitución del juez Chaudhry.
Pakistán ha sido testigo de la vergüenza y la gloria en las últimas semanas. El atentado contra el equipo de cricket de Sri Lanka el 3 de marzo constituyó un espectáculo ignominioso que provocó una reacción de condena unánime.
Por otro lado, el 15 de marzo se convirtió en un día de festejo para la sociedad civil pakistaní, cuando Lahore, la ciudad más poblada de la región del Punjab, estalló en una rebelión que ha obligado al Gobierno a plegarse al deseo del pueblo de restablecer en su cargo a uno de los símbolos de la oposición al general Pervez Musharraf (1999 y 2008), el presidente del Tribunal Supremo, el juez Iftikhar Chaudhry, depuesto anteriormente.
Ese mismo día, aviones estadounidenses no tripulados bombardearon Bannu, como un sombrío recordatorio de su presencia en Afganistán. Ésta es la estrategia de los Estados Unidos para obligar a Pakistán a acoger la política de la “guerra contra el terrorismo” de buen grado. Desde sus primeros ataques en 2004, este tipo de bombardeos se han cobrado 500 vidas. Además, las operaciones con aviones no tripulados se multiplicaron durante los últimos meses de mandato de George W. Bush. “En 2008, los EE UU han atacado Pakistán en al menos 35 ocasiones diferentes”, declaró en enero un oficial de defensa, que añadió que “desde 2004 han atacado en 50 ocasiones y se han cobrado más de 450 vidas”.
Pero la Administración Obama está demostrando ser más letal. Desde su investidura, siete ataques han matado a 109 personas. Irónicamente, Islamabad protesta tras cada uno de estos ataques, pero, como ha revelado recientemente un senador de EE UU, los aviones tienen sus bases en Pakistán. Esto refleja el complejo papel de este país en la “guerra contra el terrorismo”. Permitiendo los vuelos desde sus bases, el Ejército paquistaní evidencia el dominio estadounidense sobre su propio país. La dependencia en ayuda militar asegura la obediencia. Sin embargo, y reafirmando veladamente sus intenciones de controlar Afganistán, el Ejército sigue tratando a los talibanes con condescendencia por miedo a una creciente influencia de la India en Afganistán. Los talibanes velarán por sus intereses cuando los EE UU se hayan ido.
Los talibanes, por su parte, como resultado de esta esponsorización que se remonta a los ‘80, han desarrollado suficiente poder como para no prestar atención a sus ‘patrocinadores’ militares. Los ataques de Mumbay, perpetrados por una célula militante pakistaní, Laskar-e-Tayyaba, estuvieron a punto de desatar la guerra entre India y Pakistán. El ataque pretendía desviar a la frontera india tropas paquistaníes estacionadas en la frontera de Afganistán. Estos ataques suicidas contra objetivos de primer orden demostraron la capacidad de los talibanes para atacar a voluntad. Ellos también son conscientes de su fuerza. No colaboran con el Ejército sólo con meros soldados de a pie, sino que tienen sus propios objetivos: la “talibanización” de Pakistán. Ahora controlan efectivamente partes de las provincias fronterizas, donde han implementado estrictamente el código de la sharia: desplazar a las mujeres del sistema educativo y laboral, mutilaciones como castigos, barbas y plegarias obligatorias.
Restitución del juez Chaudhry
En medio de esta situación desalentadora, una larga marcha liderada por una hermandad legal ha transformado el paisaje político en cuestión de días. Todo comenzó en marzo de 2007, cuando el general Musharraf destituyó al presidente del Tribunal Supremo, Iftikhar Chaudhry, con acusaciones falsas. Algunas medidas radicales tomadas por éste habían enojado a Musharraf. La sumisa judicatura del país siempre había servido a los gobernantes militares. Por ello resultó una gran sorpresa la orden de Chaudhry de suspender la privatización de los Altos Hornos Pakistaníes aduciendo sobornos y violaciones de los derechos humanos en el proceso, así como los puentes tendidos con las organizaciones sindicales afectadas. En cualquier caso, sus declaraciones sugiriendo que Musharraf no debía continuar ejerciendo como presidente y jefe de las Fuerzas Armadas lo hicieron definitivamente intolerable para la junta militar. Musharraf lo destituyó y los abogados se levantaron en protesta.
Tras las elecciones de 2008, una coalición encabezada por el PPP de Benazir Bhutto formó un Gobierno que prometió restituir a Chaudhry en el cargo. Sin embargo, han sido exhortados a no hacerlo por la Administración de Bush, que les aconsejó cooperar con Musharraf. Washington considera a Chaudhry protalibán. El PPP aceptó el consejo, lo que condujo en 2008 a una ‘larga marcha’ protagonizada por millones de personas desde Karachi a Islamabad. Las exigencias eran la readmisión de Chaudhry y la dimisión de Musharraf, que fue anunciada el 18 de agosto. En su lugar fue elegido el viudo de Benazir Bhutto, Asif Zardari. Éste, que se enfrentaba a numerosos casos de corrupción, no quiso reinstaurar a Chaudhry por temor a que éste no contribuyera a mantenerlos en secreto. Esto llevó a otra marcha el 11 de marzo, de Karachi a Islamabad, boicoteada por las fuerzas del orden. Pero al llegar a Lahore, la ciudad estalló en disturbios. Fue esta repentina ‘intifada’ la que llevó el 16 de marzo al primer ministro a restituir a Chaudhry en su cargo.
Más medios para la guerra
G.M.L. El 27 de marzo, Barack Obama anunció una nueva estrategia estadounidense para Pakistán y Afganistán, tras reconocer que 2008 fue el peor año para las tropas ocupantes en este último país. Tras decidir el aumento de 21.000 soldados estadounidenses en Afganistán y mientras baraja el posible envío de otros 10.000, Obama ha exigido a sus socios de la OTAN un mayor compromiso económico y militar en el país, lo que se ha plasmado en la decisión por parte de los países miembros de enviar 5.000 nuevos soldados, de los que 2.000 se encargarán de instruir al Ejército. Zapatero, por su parte, se ha comprometido a aportar 450 soldados y nueve millones de euros para respaldar la guerra estadounidense en Afganistán. Asimismo, Estados Unidos anunció el pasado 4 de abril que destinará 3.000 millones de dólares durante los próximos cinco años para entrenar y equipar a las Fuerzas Armadas de Pakistán, país considerado tanto por Bush como por Obama parte del “frente central en la guerra contra el terrorismo.
Farooq Sulehria (Pakistán)
Tomado de Diagonal

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