3 nov. 2011

El mundo en guerra: consideraciones sobre el derecho a la normalidad


Claude Eatherly
En 1.959 un hombre llamado Claude Eatherly, roto y
desesperado, lleva ya seis años recluido en un hospital psiquiátrico de alta seguridad del Pentágono tratado por "trastornos edípicos y sentimiento de culpa". Internado y liberado muchas veces desde 1950, este hombre ha perdido toda esperanza, no sólo de reintegrarse a la vida normal de sus contemporáneos, sino incluso -y mucho más grave- de comprender exactamente la hechura de su problema. En 1945, de regreso del frente, Eatherly había evitado los homenajes de sus conciudadanos y se había encerrado tímidamente en su casa, agitado por un malestar incomprensible que ni siquiera su mujer, que lo había esperado con impaciencia y recibido con alborozo, pudo soportar. En 1947, ya divorciado, sin lazos que lo vincularan al optimista ajetreo de su país, decide emigrar a Canadá, a donde lo acompaña su angustia y de donde regresa un año más tarde sin haber conseguido librarse ella. En 1950, Eatherly se declara vencido y alquila una habitación en un pequeño hotel de Nueva Orleans; ingiere varias cajas de somníferos, se tiende en la cama y por un momento siente el alivio de dejar atrás el tormento que lleva dentro. Salvado en el último momento, su inestabilidad mental alternará desde entonces las tentativas renovadas de suicidio con extrañas iniciativas de todo punto incomprensibles: manda una y otra vez, por ejemplo, cartas compungidas a Japón con algunos dólares incluidos en los sobres. A partir de 1953, emprende una singular carrera de delincuente. Eatherly, en efecto, entra en un comercio o en una farmacia armado de una pistola que luego se descubrirá de juguete, encañona al cajero y le conmina a depositar la recaudación en una bolsa de papel; luego sale tranquilamente, con una cierta parsimonia exhibicionista, deja la pistola y el botín en la puerta y se deja prender por la policía. Cada vez que hace una cosa así, es conducido al hospital militar de Waco, donde los psiquiatras describen muy científicamente su caso: "Paciente completamente enajenado de la realidad. Miedos, crecientes conflictos internos, pérdida de los sentimientos, ideas fijas".

Bomba atomica sobre Hiroshima
Pero, ¿quién es este incurable perturbado de nombre Claude Eatherly? ¿Por qué las autoridades de los EEUU no lo tratan como a un vulgar ratero y lo meten en la cárcel? ¿Por qué este empeño en "curarlo"? Pues bien: Claude Eatherly era el piloto estadounidense que el 6 de agosto de 1945, después de analizar las condiciones atmosféricas sobre el cielo de Japón, escogió Hiroshima para que el Enola Gay, a los mandos del coronel Thibbets, arrojara la primera bomba atómica. Eatherly contempló desde el aire el hongo místico de la explosión y quizás se abandonó un instante al placer estético de esta catedral de humo; después, de vuelta a la base, supo que su acción había derretido a 200.000 japoneses en apenas cinco minutos. El coronel Thibetts, entrevistado más tarde por un periódico estadounidense, declaró: "No tengo remordimientos. Se me dijo -como se ordena a un soldado- que hiciese una cierta cosa y yo la hice. Y no me habléis del número de las personas muertas. Yo no quería que muriese nadie. Miremos de frente la realidad: cuando se combate, se combate para vencer, usando todos los medios a nuestra disposición. No me plantea el más mínimo problema moral: hice lo que se me había ordenado y en las mismas condiciones volvería a hacerlo". Thibbets fue homenajeado, felicitado, condecorado y sus compatriotas le hicieron sentirse orgulloso de su acción; era el "normal". Claude Eatherly, en cambio, se sintió mal; y como no se podía encarcelar a un héroe de guerra sin que el gobierno y la sociedad estadounidense se viesen obligados a enfrentarse a su propia responsabilidad, fue recluido en el hospital militar de Waco, de donde escapó en 1961 para desaparecer -¿a la manera quizás argentina o chilena?- sin dejar rastro. Fue recluido, es decir, no por haber matado a 200.000 personas en cinco minutos sino por no haber sido capaz de "superarlo". Mientras él solicitaba una y otra vez "la gracia del castigo", sus compatriotas le castigaban precisamente declarándolo irresponsable de sus actos; estaba loco: se sentía culpable.
En 1958 el filósofo alemán Gunther Anders, uno de los grandes teóricos del movimiento anti-nuclear, entró en contacto epistolar con el prisionero de Waco mediante una primera carta fechada el 3 de junio en la que el escritor explica a Eatherly hasta qué punto su incapacidad para "superar" las consecuencias de su acción era un motivo de consuelo para él y sus amigos, comprometidos como estaban en la tarea de sensibilizar al mundo frente a la amenaza cósmica del armamento atómico. Después, durante dos años el filósofo y el piloto mantendrían una relación cada vez más estrecha -incluido un fugaz encuentro en Mexico- que contribuyó sin duda a la rehabilitación personal de Eatherly, pero también, por eso mismo, al agravamiento de las presiones que sobre él ejercía el gobierno estadounidense. En todo caso y para lo que aquí nos interesa, los argumentos de Anders frente al desamparo del prisionero estaban orientados a demostrar que no era él, Claude Eatherly, responsable directo de la muerte de tantos miles de personas, el que estaba enfermo; la que estaba enferma era la sociedad que consideraba anómala, irregular, enfermiza, su sanísima reacción moral. A partir de las reflexiones recogidas en su obra fundamental, La obsolescencia del hombre, Anders insistía frente al desconsuelo de Eatherly en el "desnivel prometeico" en virtud del cual la desproporción entre lo que el hombre puede (técnicamente) hacer y lo que puede representarse, entre su capacidad de actuar, multiplicada ad infinitum por el nuevo medio tecnológico, y su capacidad para imaginar, tan limitada como hace un millón de años, inducía esta incapacidad ya normalizada para responder proporcionadamente a las inconmensurables consecuencias de nuestros actos: es casi imposible representarse la relación entre una ligerísima presión del dedo índice y la muerte, 5.000 metros más abajo, de 200.000 personas, como es asimismo imposible imaginar -medir concretamente- la textura dramática de esta cifra. Los hombres, engranados como ruedecillas en un nuevo contexto tecnológico en el que "podríamos vernos implicados en acciones cuyos efectos seríamos incapaces de prever y que, de poder preverlos, no podríamos aprobar", nos encontramos ante una nueva situación moral, sin precedentes en la historia, que nos obliga a revisar el concepto mismo de responsabilidad. En algún sentido, dice Anders, nos hemos vuelto inocentemente culpables. No tenemos suficiente imaginación para atar cabos, enlazar continuidades, desenredar los hilos que vinculan nuestros cuerpos a la destrucción de los cuerpos más distantes. Y sin imaginación el mundo está moral y políticamente condenado a perecer. El 13 de enero de 1961, Gunther Anders escribía una Carta abierta al presidente Kennedy en la que declaraba lo siguiente sobre el "caso Eatherly":

“Cuando apelamos al aparato del que creemos ser meramente una pieza inconsciente y consideramos totalmente justificada la frase: “Nosotros sólo hicimos lo que hicieron los demás”, cancelamos la libertad de la decisión moral y la libertad de la conciencia, convertimos la palabra “libre” de la expresión “el mundo libre” en el término más vacío e hipócrita. Temo que no hayamos sabido evitar este riesgo. La grandeza de Eatherly consiste precisamente en haber tenido la valentía de dar la vuelta al argumento, con lo que se ha sustraido a la perversión moral dominante. Eatherly proclama: aquello en lo que yo sólo he participado es también algo que yo he hecho; objeto de mi responsabilidad no son solamente mis actos individuales, sino todos “los actos en los que he participado”; la pregunta de nuestra conciencia no es solamente “¿Qué debemos hacer?”, sino también: “¿En qué y hasta qué punto debemos participar?”. (...) Comportarse de forma irreprochable en la vida privada no es gran cosas, pues en esta esfera la costumbre suele sustituir a la conciencia. Es para enfrentarse al sutil terror de la participación para lo que se requiere una auténtica autonomía moral y un verdadero valor cívico. (...) Normalmente el aparato exime a todos –incluso a quienes lo dirigen y a sus propietarios- de toda responsabilidad, de modo que al final nadie asume responsabilidad alguna, y lo único que queda es la tierra carbonizada de las víctimas y la radiante buena conciencia de los necios” (pag. 187, Carta abierta al presidente Kennedy, 13 enero 1961).

A esta falta de imaginación, que se traduce en la buena conciencia del coronel Thibbets o del irreprochable funcionario Eichmann, Gunther Anders la llama "agnosia", aunque en términos más familiares podríamos también denominarla "indiferencia selectiva"; es decir, una especie de sensibilidad minuciosa para lo pequeño y banal, de honradez diminuta para lo más cercano y trivial, y de insensibilidad ciega, absoluta, total, para lo verdaderamente decisivo. Un ejemplo de "agnosia" nos lo ofrece el propio presidente Truman, responsable de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, al que una revista de su país, con ocasión de su 75 cumpleaños, preguntaba si se arrepentía de algo en su vida: "Me arrepiento", respondió Truman, "de no haberme casado antes". Otro ejemplo, éste más reciente e igualmente ignominioso, nos lo proporcionó por su parte la ex-ministra de Asuntos Exteriores del Estado español, Ana Palacios, durante la que fuera en el año 2004 su última visita al Bagdad ocupado. En traje de pionera colonial -con esa sumisión coqueta a los clichés en la que anida el más tranquilo desprecio de los otros- fue a visitar un hospital infantil cuya reconstrucción estaba financiando España, pero cuya destrucción había apoyado su gobierno; recorría las salas en las que se trataba con dinero español a niños de cuyas heridas o dolencias era precisamente responsable el gobierno español y de pronto, en una de las habitaciones, fijó una mirada severa en el techo, donde se veía... una pequeña grieta. Al día siguiente, algunos periódicos españoles reprodujeron con admiración la noticia de que esta mujer que había empujado las bombas cielo abajo con la mirada, siempre exigente y meticulosa, con insobornable honestidad de oficinista, había regañado al maestro de obras por su negligencia imperdonable. Indiferencia, pues, ante las ruinas y los escombros, pero sensibilidad extrema ante las grietas: podemos decir que esta enfermedad social que Anders describía a Eatherly para convencerlo de la salud superior que transportaba su tormento, era y sigue siendo -hoy quizás más que nunca- la nuestra.

Más allá de las inasibles corrientes de la complejidad económica de nuestro mundo -e instalada en su seno como su opacidad y su parásito-, la agnosia o, valga decir, la normalidad constituye el verdadero misterio y la más obstinada resistencia para el cambio social.

En 1933 un hombrecito que había sido pintor y al que una granada había herido en el frente de la Primera Guerra Mundial, fue nombrado canciller de Alemania por el presidente Hindemburg. Años más tarde, después de haber exterminado a gitanos, comunistas y judíos y de haber provocado una guerra que costó 60 millones de muertos (la tercera parte soviéticos) este hombrecito fue llamado "Hitler". No es que antes se llamara de otra forma, pero sin esta perpetración de catástrofes -como antes de ella- su nombre nos sonaría tan plano e inocente como "Gomez" o "Smith". En 1933 Hitler no era todavía "Hitler" e incluso los intelectuales alemanes que huyeron tempranamente al exilio se llevaron la sensación de un contratiempo provisional: "no durará más de un año". Si hoy nos parece que Hitler fue siempre "Hitler" es en virtud de eso que Aristóteles llamaba "entelequia" y que hoy nombraríamos quizás "virtualidad"; es decir, la operación mental mediante la cual tratamos retrospectivamente un objeto como si siempre hubiera sido aquello que llegará a ser. Eso es lo que hacen, por ejemplo, los malos biógrafos cuando investigan la infancia de Napoleón a partir de sus grandes conquistas europeas y ven manifestarse a "Napoleón" en pequeñas señales -ambición en el juego, hábitos alimenticios, lecturas de adolescencia- que pasaron desapercibidas y que nadie recordaría de no haberse convertido más tarde en "la Razón a caballo", según la descripción que hizo Hegel de él tras su irrupción en la ciudad de Jena. Nadie vio estas "señales" en el caso de Hitler, ni en 1933 ni en 1937 ni tampoco, probablemente, en 1940, cuando las potencias europeas, tras la política llamada de "apaciguamiento", reculaban impotentes ante el poderío militar del ejército nazi. Si Hitler es hoy "Hitler", si hoy Hitler fue siempre "Hitler", cifra de todo mal, es menos por las atrocidades que cometió que por el simple hecho -sin duda consolador- de que no venció. Pero no olvidemos que lo que hizo -desmantelamiento del orden jurídico internacional, invasión de países soberanos, desplazamiento y exterminio de población civil- lo hizo en tan sólo doce años, apenas un poco más de los al menos ocho años que George W. Bush se mantendrá en la presidencia de los EEUU.

Buscando procedimientos contra nuestra normal falta de imaginación, alguna vez he comenzado una charla leyendo una breve cronología de los años 30 en Alemania (el incendio del Reichstag, la quema de libros, la disolución de los partidos, el abandono de la Sociedad de Naciones, la anexión del Sarre, las leyes de Nuremberg, el bombardeo de Guernica, la anexión de Austria y de los Sudetes, las primeras deportaciones a Dachau, la noche de Cristal, la invasión de Polonia), cronología que inmediatamente he prolongado con la lectura muy rápida, un poco acezante, de un dosier de noticias de los últimos tres años, con el 11-S como punto de arranque (la Patriot Act, las leyes antiterroristas en todo el mundo, los empleos perdidos, las empresas quebradas, la invasión de Afganistán, las movilizaciones, los golpes de Estado, la intervención en Filipinas, en Colombia, en Nepal, el campo de concentración de Guantánamo, la ocupación de Iraq). El efecto es relampagueante: despojados de su inmediatez ansiolítica, liberados de esa magia periodística que nos presenta como igualmente divertida una boda principesca y una matanza, convertidos de alguna manera ya en pasado, estos acontecimientos desnudos y encadenados nos hacen pensar quizás que estamos viviendo una catástrofe. Pero, ¿es que no estamos viviendo una catástrofe? Estamos viviendo una catástrofe. Y entonces, ¿por qué no nos damos cuenta? ¿Por qué nos parecen tan ominosos, tan siniestros, tan irrepetibles, los acontecimientos de 1935 y tan normales, tan candorosos, los del 2004? Insistamos una vez más: también era normal el horror de 1935 en 1935. Al encadenar los acontecimientos de esta manera los despojamos de aquello que nos permite soportarlos: todo ese cálido cimiento antropológico, ese juego material de relaciones, ese relleno mundano que amortigua su pugnacidad y redondea su filo. Entre asalto y asalto los judíos de 1935 compartían la comida, hablaban de bodas y adulterios y comentaban las últimas noticias: “qué tiempos tan malos”, y cada vez que se decían esto unos a otros, con un vaso de te entre las manos, se sentían seguros y casi invulnerables. Hoy sabemos lo que significaron para Europa esos años; retrospectivamente cada uno de esos momentos está preñado de la tragedia que estallaría más tarde y nos parece, por tanto, que el dramatismo de aquella época es incomparable con el de la nuestra. Pero entonces, como ya hemos dicho, Hitler no era todavía Hitler sino un hombre al que la mayor parte de la población alemana –incluidos algunos intelectuales señeros, como Jünger o Heidegger- apoyaban. La filósofa francesa Simone Weil, una excepción, describía a su regreso de Alemania en 1933 la indiferencia de comunistas, socialistas y sindicatos, que no se apercibían de nada; y comparaba, como hacemos con los EEUU hoy que hemos vuelto a sumergirnos ásperamente en la historia, el Tercer Reich con el Imperio Romano. No darse cuenta sino demasiado tarde forma parte del hecho de que los hombres no vivimos entre las causas sino entre las cosas, erguidas en el espacio, claras y tranquilizadoras incluso los grises días de lluvia: edificios que se mantienen más o menos en pie, periódicos, una manzana sobre la mesa, cuerpos familiares que se repiten a nuestro alrededor. No darse cuenta sino demasiado tarde forma parte del hecho de que los hombres no vivimos en la Historia sino en la sociedad; no experimentamos cotidianamente -salvo en los malos sueños- las leyes de lo que nos falta sino los medios materiales, por precarios o escasos que sean, de lo que aún tenemos o todavía no nos han quitado. Y allí, alrededor del fuego, en torno a la frágil mesa mal calzada, por encima de un mínimo de calor y un mínimo de alimento, poder comentar en voz alta y en compañía lo malos que son los tiempos nos produce más placer que dolor la maldad misma de los tiempos
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Santiago Alba.

Tomado: Rebelión.org

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