16 jun. 2009

Un periodista en el infierno

Nunca ha dejado de ser periodista : desde el corredor de la muerte, Mumia Abu-Jamal ha escrito un artículo para Reporteros sin Fronteras. De la miseria de Philadelphia durante su libertad, pasando por las actuales condiciones de su detención, Mumia « "cubre" un universo oculto que en el que ni los periodistas más intrépidos pueden penetrar » escribe.
Comencé en el periodismo como reportero encargado de la vivienda, en una emisora de radio local, afiliada a la NPR (National Public Radio). En Philadelphia, una de las ciudades más antiguas de Estados Unidos, los problemas de vivienda son muy numerosos : se puede decir que hay un deterioro generalizado, sobre todo en los barrios habitados por negros, puertorriqueños y los blancos más desfavorecidos. Cuando recuerdo aquellos años (...) es imposible olvidar la manifestación contra las malas condiciones de vivienda, organizada por los inquilinos de una residencia de Southwest Philadelphia, una zona de la ciudad por la que hasta entonces había pasado en coche muchas veces, sin atreverme a entrar... Las fachadas del edificio eran más bien bellas, estilizadas, y se destacaban del resto de la calle gracias a sus molduras ornamentales, símbolos de una época pasada en la que los constructores, verdaderos artesanos, se preocupaban por la belleza. Cuando uno de los organizadores de la manifestación me llamó para avisarme, me dirigí inmediatamente al edificio. Al llegar allí se me encogió el corazón : los techos estaban peligrosamente hundidos, suspendidos encima de viviendas en las que había niños ; las tuberías estaban atascadas y el edificio estaba en tan malas condiciones que amenazaba la seguridad de sus habitantes. La rabia de los dirigentes de la manifestación era evidente. Cuando recuerdo ahora aquel acontecimiento, me doy cuenta de que no se trataba solamente de la vivienda. Se trababa de la resistencia. Eso es lo que da sentido a esta historia, que es un ejemplo de cómo vive la gente de clase obrera, que se enfrenta diariamente a condiciones de vida injustas e inaceptables. Muchos años más tarde, desde el fondo de lo que llamo la American House of Pain (mi cárcel), este sería mi objetivo. Las miles de personas encarceladas a mí alrededor podrían, cada una de ellas, ser objeto de un reportaje : sobre las razones que les han llevado a la cárcel o, más a menudo, sobre los procedimientos utilizados para condenarles. El sistema judicial estadounidense se parece a una picadora de carne : vistos de cerca, sus engranajes son repugnantes. He redactado numerosos artículos sobre detenidos condenados injustamente o ilegalmente, sometidos a terribles actos de violencia, víctimas de increíbles aberraciones burocráticas o de crueldades que te helarían la sangre. En 1995, fui objeto de sanciones por haberme « dedicado a actividades periodísticas ». Me hicieron falta años de luchas contra el sistema judicial, incluyendo semanas de comparecencia en una sala de audiencias, sujetado con cadenas tan apretadas que los tobillos se me hinchaban y sangraban, para que finalmente se admitiese que la primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos protege tales actividades (caso Abu-Jamal contra Price). No me arrepiento en absoluto de esa lucha. Durante mucho tiempo, para redactar mis artículos, me vi limitado a escribirlos en un bloc de notas, con un bolígrafo o a veces incluso con un simple tubo de plástico flexible y transparente de diez centímetros ; era como escribir con un tallarín. Dos de mis libros fueron escritos con tales instrumentos, y luego enviados a amigos o a editores para que fueran mecanografiados. Los ordenadores aún no han llegado al mundo carcelario (o, al menos, no en Pensilvania). A menudo me sorprendo al recibir cartas de personas bien intencionadas que me dan su dirección de correo electrónico o de su página Web. Llego a la conclusión de que piensan que dispongo, aquí en mi celda, de un ordenador, o que esta cárcel ofrece a los detenidos conexión a Internet. Para nada. Aquí no hay ni ordenadores, ni I-pod, ni CD, ni cassettes (¡es irónico que podamos comprar reproductores de cassette en la intendencia !). No somos más que dinosaurios de otra época, una era en la que se vive sin nada. Un detenido conocido como Amin (Harold Wilson), que había sido absuelto, tras un nuevo proceso, de varias acusaciones de asesinato infundadas, fue liberado tras dos décadas en el corredor de la muerte. Dejó la prisión central de Philadelphia con todas sus pertenencias metidas en una bolsa de basura, y con un billete de autobús. Un detenido puertorriqueño que había sido liberado de la misma prisión en el mismo momento, conmovido por la expresión de angustia en su cara, le ofreció su teléfono móvil. Amin frunció el ceño, mirando al pequeño aparato en su mano y preguntó : « ¿Y esto para qué sirve ? ». No tenía ni idea de cómo hacer funcionar aquel extraño objeto, pues jamás había visto ni tenido uno semejante. Más tarde, me dijo : « ¡Madre mía, parecía un aparato sacado directamente de Star Trek ! ». A veces hay historias que preferiríamos no conocer. Hace varios meses, Bill Tilley, apreciado por su sentido del humor en el corredor de la muerte, pero cansado de tantos años de darse cabezazos contra la gruesa muralla judicial y receloso de que sus recientes problemas de salud no fueran sino el preludio de un cáncer, se levantó al alba y, con ayuda de la rejilla de un conducto de ventilación de su celda, deshilachó los cordones de sus zapatillas e hizo un nudo corredizo. Se ahorcó. Tras su muerte, corrió el rumor de que efectivamente tenía cáncer, pero que el personal de la cárcel no había dicho nada, puesto que, al tratarse de un condenado a muerte, el Estado no quería despilfarrar el dinero en curar a un paciente que iba a morir de todas formas. Varias semanas antes de su muerte, Tilley había confesado a algunos amigos que creía que se trataba de cáncer, dada la severidad de los síntomas, pero que fuese lo que fuese, había sufrido tanto que no quería « nunca más, jamás, pasar por eso ». Lo que ignorábamos entonces es que nos estaba anunciando de la mejor forma que podía su proyecto de suicidio. Tal vez intentaba decirnos en pocas palabras que tenía más miedo a sufrir que a morir. Tilley puso fin a sus días a menos de doce metros de la puerta de la celda desde la que fueron escritas estas palabras. Cubrí la noticia, pero sin ningún placer. Hay decenas de miles de noticias que cubrir en esta « Casa del Dolor ». Me han inspirado centenares de artículos. Yo « cubro » un universo oculto en el que ni los periodistas más intrépidos pueden penetrar. Este universo es mi terreno, e intento hacer mi trabajo con el mismo rigor y la misma profesionalidad con que lo hacía en el pasado. Porque aunque se trate de un mundo oculto, ajeno a millones de miradas, se trata también de un mundo público, edificado y mantenido gracias al dinero de los contribuyentes. ¿Acaso no tienen estos derecho a saber a dónde van sus impuestos ? Yo informo lo mejor que puedo, varias veces al mes, por escrito, a través de artículos o de recopilaciones de comentarios. Me enfrento al hecho de que estoy aquí, pero estoy aquí ; y mientras esto dure, desde aquí seguiré escribiendo. Mumia Abu-Jamal Traducción: Sara De Albornoz Tomado de L´Humanité

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