2 dic. 2011

Al maestro Julio Castro, desaparecido en dictadura, lo recordaban como si estuviera vivo


Presidencia aseguró que los restos hallados
en el Batallón 14 pertenecían al maestro
 Julio Castro, desaparecido en la dictadura.
 Aquí un relato del periodista Andrés Alsina
 de cómo los vecinos del docente
lo recuerdan hoy
Los vecinos de Julio Castro recordaban su cumpleaños y le sumaban años hasta hoy. El hecho motivó un reportaje de Andrés Alsina, El efecto capullo, publicado recientemente por Irrupciones Grupo Editor junto con otros diez textos y con el título común de Historias de verdad. Con su autorización se reproduce la primera parte del trabajo. Ahora, el maestro podrá ser enterrado.

El efecto capullo

Fue el viernes, al día siguiente de llegar a Cuchilla Alta que lo supe, en el mismo boliche de Nelly donde había escuchado que a la dictadura se la seguía mentando como “proceso”, a la guerrilla sólo se la nombraba como “subversión” y advertido que la reacción ante el extraño seguía siendo, a tanto tiempo de idos los militares del gobierno, considerar promitente subversivo a quien no acatara los eufemismos a gusto del poder perimido. El jueves yo había preguntado por el maestro Julio Castro y me fue aplicado todo el léxico represivo en frases elusivas.

Sucedió pues a la tarde del viernes, en la continuidad de un diálogo que sólo puedo describir como el lirio de un rizoma. Empecé a hablar alguna nadería con Nelly, ocupada en anotar los premios del sorteo de quiniela de la transmisión radial, sabiendo ya cuándo debía callarme para que ella prestara atención a los números que salían. No había nada extraño a mi derecha, excepto un señor en la tarea de mantener en un nivel adecuado la borrachera de la noche, cosa de no perder la inversión; me estaba dando la espalda en el mostrador para enfrentar la verdad de su copa y sin avisar se dio vuelta y me espetó:

-- De acá mismo se lo llevaron.

No se me ocurrió siquiera inquirir la identidad del sujeto implícito de la frase; mi baquía en la escuela cuchilla altana del posmodernismo clandestino no sería en vano.

--¿De acá?

--Ajá. Digo yo. Porque esa mañana yo al jeep lo vi. Y después dijeron que el jeep no apareció más.

--Barbaridad.

Nelly, que está más allá de toda sorpresa en la vida, siguió el sobreentendido, lo que implicaba validar mi credencial de interlocutor.

--¿Vio la casa? Le dicen La casa de los caracoles.

En ese momento la radio anunció el primer premio, algo con 04. “La hacen para ellos”, reaccionó el hombre, resignado, mientras Nelly anotaba. Hasta mucho después estuve creyendo que el hombre había saltado de un tema a otro, sin comprender yo que no cabían dos conspiraciones entre esas dos orejas. Naturalmente, era expresión de la concatenación general de los fenómenos por haber nombrado al maestro.

Había sido distinto el jueves. Sobre esa misma hora, Nelly y una amiga ganaban una redoblona a la quiniela, chance que consiste en apostar a dos números de dos cifras: lo que se gana al acertar uno se vuelca como apuesta al otro, así que tienen que salir los dos para ganar. Habían jugado a la edad que tenía el maestro Julio Castro en ese 2000, secuestrado y desaparecido por los militares años antes, y a la fecha del día en que por primera vez en décadas, se habló del vecino maestro en su boliche, en una pregunta que había parecido quedar en el vacío. De modo que el maestro seguía cumpliendo años y sería cada vez más viejito hasta que se demostrara lo contrario, y la magia de los números había corroborado esa verdad, de la misma manera que luego el poder capaz de llevárselo desde allí también había tergiversado el azar dando el primer premio al número que le convenía “a ellos”. Oscuras señales de los dioses. Le di una vez más la razón a un viejo querido, mi abuelastro, que me recomendó leer a los clásicos y me regaló La Ilíada; yo tenía trece.

Ni Nelly ni ninguno allí me supo decir siquiera el año preciso en que lo secuestraron a Castro, pero me estaban transmitiendo algo más importante: seguía siendo un vecino. Lo único que dijeron, en verdad -ella, la receptora de juego que casi nunca jugaba y su amiga, cómplice del inocente chisme sobre mí que motivó la apuesta--, era que estaban contentas con la plata que sacaron, y se siguió adelante con el sobreentendido. Pero la puerta a la intimidad del recuerdo estaba abierta, y las anécdotas empezaron a desgajarse con una sorprendente riqueza para la memoria que merecen otras cosas del pueblo.

La vecina de La casa de los caracoles sabía cuándo llegaba él porque se empezaban a oír los martillazos de su afición a la carpintería. El trabajo acá él no lo tocaba. Era maestro y periodista. El semanario Marcha salía los viernes y sobre las cuatro de la tarde pasaba por el apartamento de la calle Julio Herrera y Obes a buscar a Zaira, la mujer, y se venían. Este hombre que llegaba de Montevideo era del departamento de Florida, no sabían bien si de la ciudad, pero se lo hacían del campo, “de campaña”: andaba por acá de bombacha y alpargata o bota, y camisa con parches. No era de por sí charlatán pero le gustaba el diálogo y estar en rueda.

El campo le encantaba, sí. Dicen que no más por hacer algo, Zaira un día le compró un predio de 34 hectáreas del otro lado de la ruta. Pero a lo más que llegaron fue a hacer un ranchito y se fueron para Ecuador porque a él le salió un trabajo internacional allí para la CEPAL; fue el último que agarró fuera del país porque dijo que ya estaba viejo para eso. Es de Ecuador que vinieron los caracoles que adornan todo por dentro la otra casa, la que se hizo del lado del mar porque eso quería, de modo que es una casa llena de casas, con incontables espirales de las que los milicos no fueron capaces de extirparlo. En el caracol de su oído, la vecina todavía extraña los martillazos del viernes a la tarde de los que salían un marco o un portalón, todo rústico y ligeramente innecesario. Ni buenas herramientas tenía: apenas un banco de carpintero en el garaje del fondo.

Y si no era eso, era charlar con gente, y contaba historias de América Latina, de Venezuela, de Panamá, de Nicaragua. Sabía mucho de Centroamérica, y mucho de México. Uno se quedaba las horas escuchándolo hablar de historia reciente. No quise preguntar si recordaban algo de lo que había contado, sabiendo que siempre es más importante el momento del cuento que su contenido. Era buen relator, sí, porque había visto y sobre todo, vivido; eso dice la gente, y se ve que se conserva el encanto en gente grande seducida largos ratos por sus palabras. Dicen de él que debía de ser muy buen maestro, por cómo contaba. Eso de ser hombre vivido, claro, sigue siendo particularmente novedoso en Cuchilla Alta. Uno de la rueda era un coronel que vivía al final de su cuadra y que después fue un duro en los años duros, y después de 1980 fue un blando que buscaba acomodar la retirada.

Castro no era menos que nadie allí. Sabía escuchar y percibir lo que era importante, sobre todo si se hablaba del campo. Porque a él lo que le gustaba de Cuchilla Alta no era tanto que estuviese sobre la playa sino que parecía más bien un pueblo del interior, a 70 kilómetros de Montevideo, sobre la Interbalnearia. Primero alquilaban, claro, y se ve que después les gustó. El terreno en el que edificaron cuando volvieron de Ecuador, tal vez por 1964, se lo compró de palabra a Agustín Pons, que vivía enfrente: Castro le dijo que le gustaba el balneario porque era tranquilo y muy poco habitado, y yo no sé si a Pons le gustó escuchar eso porque el cuento no lo dice. En todo caso era cierto, porque cuando edificó no tenía nada delante hacia el mar.

El Observador.com.uy

Tomado: Filosofía Uruguaya.spruz.com

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