7 dic. 2011

Izquierda y cultura


Ilustración: Revista VadeNuevo
Transformar la realidad " A Pan y Canto"

Hay aportes positivos promovidos por gobiernos progresistas, pero también autorizaciones inconsistentes que conspiran contra el patrimonio cultural. La izquierda se compromete honda e integralmente con la cultura, o deja de ser izquierda.

¿Es viable una cultura sin izquierda?

¿Es creíble una izquierda sin cultura?

Tengo la plena convicción de que la respuesta a la primera interrogante no puede ser sino afirmativa y así lo avala buena parte de la historiografía y del arte.

Me cuesta imaginar en cambio que pueda existir, a cabalidad, una izquierda sin cultura. La dicotomía planteada no es meramente retórica, aunque pueda percibirse como reduccionista y aun embaucadora. Es más: admito que su formulación fue intencionalmente provocativa; y por honestidad intelectual, siento que no debo rehuir la explicitación de mis dudas y desconciertos; ni, mucho menos, soslayar convencimientos personales hondamente arraigados.

Nunca me ha resultado fácil la especulación reflexiva sin una concreta circunstancia que la motive; y lamentablemente no han sido pocos, en los años recientes, los disparadores capaces de justificarla.

No es por cierto mi propósito abrumar con ejemplificaciones decepcionantes y, mucho menos provocar involuntariamente el desaliento o un desmesurado inconformismo. Muy por el contrario, tanto en dictadura como ahora con más razón en plena democracia reconquistada, he tratado de alentar positivamente la conciencia colectiva capaz de promover lo que, según pienso, debería ser característica ineludible de una auténtica izquierda.

La cuestión pasa a tener especial relevancia, ya que la fuerza política a la que pertenezco desde un inicio gobierna desde hace más 20 años en Montevideo y pasó a ser gobierno en otros departamentos, así como también y por segundo período consecutivo, a nivel nacional.

No me engaño; soy consciente de que algunos compañeros perciben ciertas consideraciones críticas como inconvenientes y hasta molestas, en tanto las suponen derivadas de actitudes corporativas o excesivamente intelectualistas.

El planteo que aquí me propongo confía, sin embargo, en lograr una visión equilibrada, sustentada en argumentaciones quizá controvertibles, pero fundadas. Sin posturas extremas pero también sin complejos vergonzantes.

Comienzo por aclarar que estoy muy lejos de cuestionar todo lo que se impulsó, a nivel cultural por parte del Frente Amplio (FA), tanto en lo departamental como en lo global.

Me remito en particular a las iniciativas impulsadas en Montevideo en lo referente a las artes visuales y escénicas, a la música, a la promoción cinematográfica, televisiva, deportiva y literaria; a la instrumentación de múltiples cursos y a la red interconectada de bibliotecas barriales. Logros todos ellos que, aunque no siempre contaron con unánime aprobación, los considero positivos y de buena inserción comunitaria.

Hechas las precedentes consideraciones, mi propósito es centrarme en un específico ámbito cultural: aquél en el que he sido formado, aquél sobre el que he profundizado, aquél que me permitió –junto con un invalorable grupo de estudiantes y jóvenes arquitectos– cuestionar, en plena dictadura, el desborde autoritario; aquél por el cual, con desmesurada benevolencia, fui nominado por el general Liber Seregni y todos los compañeros frenteamplistas, como candidato a la Intendencia de la capital.

Me refiero obviamente a la ciudad, al espacio colectivo, a las obras testimoniales, al paisaje, a la vivienda y al hábitat.

Vuelvo una vez más a las interrogantes.

¿Es propio de la izquierda priorizar la inversión financiera, el rendimiento económico y el crecimiento del producto, dejando en un plano subalterno las calidades estéticas, los estímulos espaciales, el equilibrio ecológico y la biodiversidad? ¿Tiene la izquierda mala conciencia a la hora de optar entre la especulación inmobiliaria y el patrimonio cultural? Cuando la izquierda habla de sustentabilidad: ¿se limita a la consideración de parámetros monetarios o incluye, en forma prevalente, los socio‑culturales?

Considero que estas nuevas preguntas tampoco son meramente retóricas. Baste recordar cómo se criticó desde la izquierda la decisión de nuestro equipo de gobierno departamental de recuperar el teatro Solís en peligro de colapso; se cuestionó entonces que se invirtiera en una sala de espectáculos, cuando la población montevideana presentaba aún muchas carencias. Al no tener en cuenta que la Intendencia destinaba más de un 40% de su presupuesto a políticas sociales para atender a los sectores poblacionales más desvalidos, tal planteo implicaba –sin proponérselo, claro está– una postura elitista: la de suponer que la cultura es para ricos; que la cultura debería venir después de y no junto con. Es por ello que tanto celebré el feliz acierto de la entrañable Nelly Goitiño cuando reiteradamente nos impulsaba a transformar la realidad “a pan y canto”.

Pero más allá de consideraciones especulativas, creo insoslayable aterrizar en ejemplificación concreta. Por su entidad, comienzo por recordar la inconsecuencia de un par de autorizaciones otorgadas por gobiernos progresistas, sin que mediaran explicitaciones transparentes y convincentes.

a) En Maldonado: la bochornosa desfiguración de la “Solana del Mar” en la playa de Portezuelo; a mi criterio, la obra más valiosa realizada en el Río de la Plata por el reconocido arquitecto catalán Antonio Bonet. Desfiguración que mereció un fuerte señalamiento condenatorio tanto a nivel nacional como internacional.

b) En Montevideo: la incompartible regresión urbana en el área de “Tres Cruces”, cediendo a las siempre crecientes apetencias comerciales del “shopping” allí instalado. Ello deriva en el empobrecimiento del entorno y contribuye a agravar aun más la incongruencia técnica de la localización de la terminal de transporte, impuesta arbitrariamente por la dictadura.

Agréguese a ello la aberrante pérdida cultural que significó la demolición de la magnífica casona Art Nouveau en Br. España casi Juan Paullier, desconociendo resoluciones municipales vigentes.

Cito además la insólita e incongruente edificación recientemente construida en el predio de Irigoitía esquina Hnos. Ruiz. No sólo incongruente con la excelente residencia contigua diseñada por el arquitecto Carlos Surraco, sino incongruente también con la alta calidad de un área particularmente protegida como lo es el Prado. Y lo más alarmante: sin haber contado, como correspondía, con el control de la Comisión Especial con competencia específica en la zona. ¿Omisión inspectiva o presión indebida? En todo caso: flagrante irregularidad.

Me propongo ahora considerar otras realidades, amplificando la visión a escala territorial.

1. No parece razonable postergar un análisis desprejuiciado y sereno sobre el carácter de Montevideo en tanto ciudad-puerto.

Desde luego que no puede desconocerse el muy positivo desarrollo que ha alcanzado el comercio internacional, de contundente beneficio para el país; pero no pueden desconocerse tampoco las consiguientes derivaciones, tanto a nivel de la estructura urbana como a nivel poblacional. Por lo mismo, debe serenamente plantearse la deseable compatibilización entre ciudad y puerto; entre la ciudad opaca e inerte –la de los contenedores que generan un amurallamiento agresivo, más rotundo que el impuesto por razones defensivas en el período colonial– y la ciudad actuante y viva; entre la lógica comercial y excluyente, y el derecho que desde siempre tuvo el ciudadano al uso y pleno goce de la urbe; en particular, el pleno goce del deslumbrante enclave geográfico que la singulariza. Señalo al respecto que las visuales hacia el Río de la Plata desde las calles de la Ciudad Vieja, que las empresas logísticas se habían comprometido a respetar, prácticamente se han perdido.

Súmese a ello que la bahía de Montevideo -el entorno paisajístico más atractivo de la capital- sigue reduciéndose por reiterados rellenos, sin que hasta ahora se avizore el impostergable plan estratégico capaz de encarar la necesaria ampliación del recinto portuario más allá del Cerro.

2. En otro orden de cosas, me pregunto si no es hora ya de hacer una ponderada evaluación de la política que desde décadas atrás concesionó multitud de espacios públicos destinados a clubes deportivos, sin que haya mediado un planteo de concepción integral.

Para despejar las previsibles reacciones que el tema puede suscitar, me apresuro a consignar que apoyé –y sigo apoyando– la actividad deportiva; sobre todo aquélla que beneficia y estimula a la población barrial de todas las edades, particularmente la perteneciente a los sectores poblacionales económicamente menos favorecidos.

Hecha la aclaración, entiendo imprescindible cuestionar si tales clubes beneficiados con localizaciones privilegiadas (Parque Rodó, Parque Batlle o el Prado, por ejemplo), han compensado, así fuera mínimamente, el generoso usufructo de amplísimos predios pertenecientes a la colectividad, asegurando el mantenimiento y el decoro estético que la ciudad y su población se merecen.

Por lo expuesto, pienso que es necesaria una voz de alerta de cara al futuro, para no repetir errores; y aludo, concretamente, al Parque Roosevelt en el departamento de Canelones.

Por una vez, al menos, sería deseable la adopción de una postura planificada y de largo aliento, capaz de considerar al Roosevelt como una suerte de “Central Park” de un área metropolitana en expansión, producto de la inexorable extensión de la capital hacia el este costero.

La alusión al parque central de Nueva York no es por cierto inocente. Vale la pena, desde la izquierda, tomar conciencia que en el riñón del capitalismo mundial y en un enclave como Manhattan, donde la especulación inmobiliaria seguramente es enorme, la colectividad neoyorquina fue capaz de mantener integralmente ese enorme pulmón verde urbano, incorporando tan sólo actividades funcional, paisajística y ambientalmente compatibles.

3. De menor cuantía, aunque de efectos fuertemente degradantes para la cultura urbana, es la polución visual de la ciudad, en gran medida originada desde la propia izquierda. Me refiero en especial a los denominados “graffitis” que agreden a multitud de edificios públicos y privados, llegando a afectar incluso, en el caso de Montevideo, los muros perimetrales de los cementerios.

Por su específico destino, el ejemplo quizás más hiriente y contradictorio es el del Instituto de Profesores Artigas sobre la avenida del Libertador; señalable realización de los arquitectos De los Campos, Puente y Tournier, desfigurada hoy por consignas que, más allá de sus contenidos, implican una afrenta a la inteligencia ciudadana, en tanto suponen que la validez del mensaje resulta proporcional al tamaño de la letra empleada.

No todo ha sido negativo sin embargo. Me propongo, por lo mismo, culminar estas ya extensas reflexiones con la enumeración de tan sólo un puñado de aportes positivos promovidos por gobiernos progresistas:

- en primerísimo lugar, el Plan Ceibal, en la medida que no sólo tiende a acortar la brecha digital, sino porque contribuye a disminuir la brecha socio-cultural;

- la decisión de democratizar y transparentar el acceso a los medios de comunicación, brindando mejores oportunidades a los creativos locales;

- la instalación de más de 100 “Centros MEC” a lo largo y ancho del territorio nacional;

- la recuperación de los teatros de Rocha, Salto y San Carlos;

- la puesta en valor del museo y sala de espectáculos de Treinta y Tres;

- la recuperación de la Casa de la Cultura y la recalificación del microcentro de Florida;

- el equipamiento de un importante tramo de la calle Sarandí de Maldonado;

- la edición del “Catálogo de Bienes Culturales de Canelones”;

- la recuperación del cementerio viejo (“Monumento a Perpetuidad”) de Paysandú;

- la inauguración del Auditorio del SODRE;

- la transformación de dos valiosas fincas del siglo XIX para sede de la Junta Departamental de Montevideo;

- la recuperación del denominado “Hotel del Prado” y de los hoteles “Casino Carrasco” y “del Lago” en Montevideo;

- el exitoso resultado del Concurso Internacional para la ampliación del local central del Banco de la República, conjugando la contemporaneidad de la nueva propuesta, con la preservación de la Aduana Vieja y la puesta en valor de los vestigios coloniales de la Atarazana, recalificando un área emblemática de la ciudad;

- la promoción de cooperativas de vivienda por Ayuda Mutua en el casco antiguo de la capital, que contribuyeron a dignificar y revitalizar áreas deterioradas de la Ciudad Vieja, tanto en términos estéticos, como en contenidos de profunda sensibilidad social.

Por otra parte, no es menos cierto que desde el sector privado vinculado a la industria de la construcción -donde naturalmente el lucro opera como el estímulo primordial- se han venido registrando, fundamentalmente en la Ciudad Vieja de Montevideo, significativas inversiones, capaces de compatibilizar buenos diseños de inequívoca modernidad, con entornos testimoniales de alta relevancia. Me niego a pensar que no sea posible alcanzar una razonable vertebración entre el interés privado y el bien común. La pluridimensionalidad de lo cultural, en efecto, impone una mirada desprejuiciada y abierta; aunque también detenida y vigilante.

No me cabe duda sobre la voracidad insaciable, en lo que respecta a la especulación inmobiliaria, de muchos de los operadores privados. No me cabe duda asimismo sobre la displicencia burocrática –suponiendo que no cómplice- en algunos ámbitos del sector público.

Y no me cabe duda, tampoco, sobre la paulatina opacidad cultural que nos va tiñendo colectivamente, en tanto integrantes de una sociedad contemporánea narcotizada por los valores efímeros del consumismo, de la frivolidad autocomplaciente y del exitismo inescrupuloso.

Pero me resisto a la resignación.

¿Acaso hay que optar entre el “pasotismo” ilustrado y la plutocracia iletrada?

¿Entre el culturalismo trasnochado y la mera acumulación economicista?

¿Entre la permisividad ante el vandalismo y el elitismo autoritario?

La izquierda, en modo alguno debe sucumbir a semejantes disyuntivas embaucadoras. No tiene derecho a ello.

Hace algunos años atrás, el arquitecto Jaime Lerner -ex prefeito de Curitiba y buen amigo– comentó la existencia de una curiosa leyenda aparecida en un cerco de la ciudad de La Paz:

“BASTA DE REALIZACIONES
QUEREMOS PROMESAS”

Ciertamente, formulación algo descacharrante… salvo que, más allá de su desfachatada ironía, se la lea en clave cuestionadora. Su supuesta incoherencia podría no ser tal si por “realizaciones” se entendieran aquellas actuaciones aberrantes, empobrecedoras de la ciudad y del espacio colectivo; y por “promesas” se aludiera a los compromisos asumidos –y no cumplidos- frente a la ciudadanía.

Estoy entre los muchos que apuestan a la justicia social y que aspiran a una democrática y sostenida distribución de la riqueza. De la riqueza económica, de la riqueza natural, de la riqueza del conocimiento y por cierto, también, de la riqueza cultural. Desafío grande para la izquierda que no puede –no debe- ser soslayado sin riesgo de desnaturalizar su propia esencia.

Vienen a cuento las palabras del vasco Joxeán Fernández –hombre comprometido con la causa latinoamericana y popular– cuando afirma que la cultura es “capaz de tejer solidaridades entre generaciones. Capaz de velar por la sostenibilidad de nuestro entorno. Capaz de hacernos más reflexivos, más autocríticos”, para culminar sosteniendo que “sin cultura, la izquierda pierde su alma “.

En verdad, estoy convencido que la izquierda se compromete honda e integralmente con la cultura, o deja de ser izquierda.

Mariano Arana

Tomado: Revista VadeNuevo.com.uy

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