10 feb. 2012

Tensiones en el Sahara Occidental


En el Sahara Occidental, último territorio no autónomo de África según la ONU, se ha radicalizado el conflicto entre los marroquíes y los saharauis, que rechazan la ocupación marroquí

Wakala es uno de esos barrios que, surgidos de la nada en los dos o tres últimos años, le dieron a Dajla, en el extremo sur del Sahara Occidental y en los confines de Mauritania, un aspecto de ciudad en plena expansión. Aquí, como en el conjunto de este vasto territorio anexado por Marruecos desde 1975, pero reivindicado por el Frente Polisario (ver recuadro), es difícil desplazarse sin despertar sospechas. Policías de la Seguridad Nacional y elementos de las Fuerzas Armadas reales son omnipresentes. “¡Todas esas fuerzas de seguridad son la peste! Por cada policía uniformado, hay diez de civil”, se indigna un residente extranjero que, al igual que muchos de nuestros interlocutores, desea mantener el anonimato.

Un rápido recorrido en automóvil por Wakala permite comprobar que las huellas de los últimos episodios de violencia, que estallaron a fines de septiembre pasado, ya desaparecieron. “La wilaya [división administrativa] se apuró a limpiar todo, a despejar todo”, cuenta Sidi (1), un saharaui de unos cuarenta años. Las autoridades locales, que se someten a su estrategia de “normalización”, evocan en cada uno de sus comunicados una ciudad “apacible y serena”. Pero estos enfrentamientos, asegura Sidi, siguen presentes en la memoria de todos y en todas las discusiones.

El 25 de septiembre pasado, al término de un partido de fútbol, “se produjeron altercados entre hinchas de ambos equipos –cuenta el semanario marroquí TelQuel–. Un joven saharaui habría sido agredido por habitantes originarios del norte del país. (...) Jóvenes saharauis corrieron a buscar refuerzos al centro de la ciudad. Se subieron de a decenas a bordo de vehículos todo terreno y se dirigieron al barrio de Wakala” (2). Mohamed, a quien encontramos en el lugar a comienzos de diciembre, confirma esta versión y describe una verdadera batalla: “Los marroquíes eran muchos, probablemente varios cientos –confía, lejos de miradas y oídos indiscretos–. Se nos acercaron. Los policías los dejaron actuar”. Con lujo de detalles, reconstruye sobre el terreno el desarrollo de los enfrentamientos: “Fue como una batalla de otro siglo, con sables”. Él mismo reconoce tener uno y haberlo utilizado “para proteger [a su] familia”. Otra arma se vuelve aún más temible: las 4x4, que no dudan en arremeter contra el bando contrario. “Es el arma secreta de los saharauis, para atrapar a los marroquíes por detrás”, agrega, sonriente. Siete personas encontraron así la muerte, entre ellas dos policías. Sidi piensa en su vecino de unos treinta años que, como muchos otros, fue detenido los días siguientes simplemente por tener una 4x4. “Desde entonces, sigue preso en la cárcel de El Aaiún”, cuenta (3).

Los enfrentamientos se extendieron por toda la ciudad, pero se concentraron en Wakala y sus alrededores, en un vasto terreno cercano al aeropuerto. Este barrio es emblemático de tensiones exacerbadas entre marroquíes (los saharauis hablan más bien de “marroquíes del Norte”) y saharauis (los marroquíes, así como muchos saharauis con quienes nos encontramos, dicen “gente originaria de la región”, “saharianos”, incluso “autóctonos”). El editorialista de TelQuel, Karim Boukhari, califica este conflicto de “bomba Sahara” (4).

En estas casas viven familias que provienen de las villas miseria. Llegaron a comienzos de los años 90, poco después del alto el fuego firmado por el Frente Polisario, cuando se preparaba el referéndum de autodeterminación. Se trataba entonces de asegurar el control del territorio e inflar los padrones electorales para influir en el resultado del escrutinio. Se les dio dinero, así como el terreno y los materiales para construir una casa. “En pocas semanas, ¡las villas miseria habían desaparecido!”, recuerda un europeo.

Una población dividida

Esta política clientelista explica en parte las tensiones actuales. Una ayuda pecuniaria se otorga a los “adherentes” saharauis que abandonan los campamentos de refugiados instalados desde hace treinta y seis años cerca de la ciudad argelina de Tinduf para volver a la “madre patria”, según la terminología del poder marroquí. Se habla también de una “tarjeta de promoción nacional” otorgada a muchos saharauis a cambio de “tareas de interés general” de todo tipo. En resumen, el poder compra a unos y a otros. Pero, en este pequeño juego, la envidia supera la paz social buscada.

El Eldorado que miles de marroquíes encontraron –y que siguen viniendo a buscar– en estas tierras, gracias a la pesca de pulpo, las plantas de procesamiento de pescado, las fábricas de conservas de sardinas y las explotaciones hortícolas, como en esos gigantescos invernaderos que se observan alrededor de Dajla, o incluso en los fosfatos extraídos en Bu Craa, crea también divisiones en el seno de la población. Primero porque la emigración económica a veces se traduce en desengaños. Recientemente, frigoríficos encargados de procesar el pescado realizaron despidos. ¿La causa? La apertura de las aguas del Sahara Occidental, conocidas por su riqueza ictícola, a los inmensos buques europeos y rusos no favorece plenamente el desarrollo del sector (5). Las miles de toneladas pescadas en una sola jornada por la mayoría de los buques escapan totalmente a la industria local. El recurso desembarcado no es valorizado: muchos barcos optan por capturar un tonelaje máximo y transformar su pesca en... harina animal.

Por otra parte, la instalación en el Sahara Occidental de decenas de miles de marroquíes continúa a marcha forzada, dando lugar a la construcción de nuevos barrios en las inmediaciones de El Aaiún o Bojador, lo cual genera fuertes tensiones con la comunidad saharaui. Bachir cuenta: “Tuve que irme a Mauritania para ejercer mi oficio. Aquí, hay gente originaria (sic) y los marroquíes provenientes del norte. Y son estos últimos los que poseen las empresas”. Sidi se pregunta: “¿Por qué los saharauis deberían conformarse con ser simple mano de obra, trabajando doce horas por día por 2.000 dirhams (120 euros) por mes? Lo que quiere la gente de la región es poder explotar los recursos locales. ¿Por qué cualquier marroquí del Norte puede trabajar con los grandes barcos, y no puede hacerlo un saharaui?”. Y concluye: “Tengo la sensación de que Marruecos hace todo para radicalizarnos. Desde el momento en que uno pide explicaciones, en que reclama un derecho, ¡te tratan de separatista, de Polisario!”.

Seiscientos kilómetros al norte, en El Aaiún, el clima también se deterioró considerablemente este último año debido al cruce de esa famosa “línea amarilla” descripta por Sidi. Manifestar para protestar contra la marginación social y económica hace que se pase del estatuto de “buen” saharaui al de apestado. N’habouha ingresó en la segunda categoría desde la desaparición de sus dos hermanos, el 25 de diciembre de 2005. Con trece de sus compañeros habían decidido abandonar ese territorio donde, tras haber participado en manifestaciones saharauis pacíficas, vivían bajo una presión constante y la amenaza de detención. “Es una estrategia del Estado marroquí para incitar a los jóvenes saharauis a emigrar al norte del país –explica Ghalia Jimmi, vicepresidenta de una asociación saharaui de militantes de derechos humanos–. Si se niegan, las autoridades hacen todo lo posible para empujarlos a irse a las Islas Canarias. Lo que tuvieron que hacer seiscientos entre 2005 y 2010”.

Movilización saharaui

Así, el 10 de octubre de 2010, cuando comenzó a circular la información de que había comenzado a formarse un campamento de jaimas (carpas tradicionales nómadas) a unos quince kilómetros al este de El Aaiún, en Gdeim Izik, en medio del desierto, N’habouha, Kadija, Hadia y otras mujeres del grupo no dudaron en sumarse al movimiento, el más grande impulsado por saharauis desde la “marcha verde”, que marcó el comienzo de la anexión marroquí. Para estas mujeres, la voluntad de saber qué sucedió con sus hermanos o sus hijos se suma a un compromiso mayor por la dignidad. Gdeim Izik sería además apodado el “campamento de la dignidad” y considerado por algunos el verdadero punto de partida de la “Primavera Árabe”. Entre el 10 de octubre y el 8 de noviembre de 2010, esta movilización pacífica registraría alrededor de siete mil jaimas y reuniría a unas veinte mil personas. Con la marginación socioeconómica que denuncian los saharauis como telón de fondo.

Luego de unos días de entusiasmo, un importante despliegue de fuerzas de seguridad rodeó el campamento. Se mantuvo un único acceso para controlar mejor las entradas y salidas. El black out mediático y humanitario se organizaba. El 24 de octubre, un chico de 14 años fue asesinado por soldados marroquíes en un control militar. Y en la madrugada del 8 de noviembre se produjo el ataque. “Fue una confusión total, recuerda Leila. Los niños gritaban. Fuimos expulsados del sitio a palazos, con gases lacrimógenos y camiones hidrantes. Más tarde, de regreso a El Aaiún, fui detenida. Me golpearon, interrogaron y, luego de obligarme a decir: ‘¡Viva el rey, viva Marruecos!’, me liberaron el martes a última hora”.

El saldo oficial para los marroquíes arrojó once muertos entre las fuerzas del orden y dos muertos saharauis, confirmados por la Asociación Marroquí de Derechos Humanos. Según una fuente bien informada, ciento sesenta y ocho personas habrían sido detenidas el día de la destrucción del campamento y los subsiguientes. Fueron agredidas, incluso torturadas y luego liberadas sin que se las procesara ni se levantaran cargos en su contra. La misión de la ONU, limitada al control del alto el fuego, no pudo actuar. Estos últimos años, algunos miembros del Consejo de Seguridad, entre ellos Francia, rechazaron la extensión de su mandato a un “control de los derechos humanos”. A comienzos de enero, veintidós militantes saharauis detenidos alrededor del 8 de noviembre de 2010 aún permanecían presos en la cárcel militar de Salé, aunque fueran civiles. Interrumpieron luego de treinta y ocho días su huelga de hambre iniciada el 31 de octubre de 2011 para denunciar sus condiciones de detención (según sus abogados, la mayoría fueron torturados, varios fueron violados y dieciséis se encuentran en celdas de aislamiento), tras haber recibido la promesa de que su proceso se llevaría a cabo muy pronto por parte de las autoridades marroquíes. Éste debía haber tenido lugar el 18 de enero pasado, pero fue suspendido.

“Después de Gdeim Izik, las cosas nunca más serán como antes”, estima N’habouha. Fue en 1999 cuando, por primera vez, civiles marroquíes participaron de la represión contra los saharauis. El Comité de Coordinación de los trabajadores saharauis acababa de crearse, por iniciativa de los trabajadores saharauis de la mina de fosfatos de Bu Craa. “Habíamos organizado una manifestación, pero la policía intervino de manera muy violenta –recuerda un jubilado de la mina–. Los civiles marroquíes descendieron de camionetas y saquearon todo, los negocios y las casas de los saharauis. Pero, con Gdeim Izik, las cosas tomaron además otra dimensión”. Numerosos testimonios cuentan la manipulación de civiles, especialmente jóvenes, y las exacciones y actos de violencia cometidos por estos últimos en noviembre de 2010. “Desde hace un año, un odio y un espíritu de venganza nuevos surgieron entre las dos comunidades –continúa Jimmi, que estuvo “desaparecida” durante aproximadamente cuatro años–. Mi generación es pacífica, indulgente. Siempre perdonamos al pueblo marroquí; los queremos en el Estado. Pero esto ya no sucede con los jóvenes que ven que en otras partes la comunidad internacional interviene, pero no aquí. Pierden confianza y hoy creen en la violencia”.

1. La mayoría de los nombres fueron modificados.

2. Driss Bennani, “Quand Dakhla s’embrase”, TelQuel, Casablanca, 7-10-11.

3. Véase Gaël Lombart y Julie Pichot, “Peur et silence à El-Ayoun”, Le Monde diplomatique, París, enero de 2006.

4. Karim Boukhari, “La bombe Sahara”, TelQuel, 2-10-11.

5. En febrero de 2007, Marruecos y la Unión Europea firmaron un acuerdo de pesca que incluye el Sahara Occidental. Prevé el desembarco de un porcentaje de los volúmenes pescados y el otorgamiento de licencias a los buques europeos a cambio de una subvención, que ascendía a más de 144 millones en los primeros cuatro años. En un primer momento, el acuerdo se prorrogó hasta febrero de 2012 a pesar de la oposición de siete Estados miembros. Pero el 14 de diciembre de 2011, el Parlamento europeo votó en contra de su prórroga. Quienes se oponen lo consideran ilegal mientras el conflicto no se resuelva y no se demuestre que la población saharaui obtiene un beneficio.

Un territorio en disputa

Colonia española desde 1884, el Sahara Occidental fue evacuado en 1975 y su territorio repartido entre Marruecos y Mauritania, que renunciaría a sus adquisiciones en 1979. Creado en 1973, el Frente Polisario proclamó la independencia del territorio en 1976, y fundó la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), reconocida por la Organización para la Unidad Africana (OUA). Inmediatamente estalló la guerra entre Rabat y el Frente Polisario. Decenas de miles de saharauis huyeron de los bombardeos y se refugiaron en Argelia (apoyo del Polisario), en campamentos de la región de Tinduf. En 1991, se firmó un alto el fuego que debía abrir camino a un referéndum de autodeterminación.

A pesar del envío de una misión de la Organización de Naciones Unidas (ONU), aún en el lugar, el referéndum nunca se llevó a cabo (1). Sin embargo, el Consejo de Seguridad, en su Resolución 1783, adoptada el 31 de octubre de 2007, reafirma su “voluntad de ayudar a las partes a lograr una solución política justa, duradera y mutuamente aceptable que permita la autodeterminación del pueblo del Sahara Occidental”.

El Frente Polisario considera que debe organizarse un referéndum con varias opciones, incluyendo la independencia, mientras que Marruecos aboga por un régimen de autonomía negociada y un referéndum de confirmación con una única opción. Hasta el momento, el Sahara Occidental es considerado por la ONU como el último territorio no autónomo de África, cuya descolonización aún no ha terminado.

1. Véase Khadija Finan, “Se actualiza un antiguo conflicto”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2006.

Olivier Quarante / Periodista (enviado especial).

Tomado: Le Monde Diplomatique.org

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