24 nov. 2010

Los embarazos se disparan en Haití


La tasa de nacimientos en Puerto Príncipe se ha triplicado en 10 meses - Las violaciones son frecuentes en los campos de desplazados por el seísmo
Las parturientas que no gritan en el hospital Isaïe Jeanty de Puerto Príncipe, cantan. Cantan lo primero que se les viene a la garganta. Cantan konpa, ese ritmo entre la soka y el reggae que tanto suena en la radio, el que usan los candidatos para buscar votos.

Hasta 2005, la violación dentro de la familia no se consideraba delito

Las parturientas que no gritan en el hospital Isaïe Jeanty de Puerto Príncipe, cantan. Cantan lo primero que se les viene a la garganta. Cantan konpa, ese ritmo entre la soka y el reggae que tanto suena en la radio, el que usan los candidatos para buscar votos. Cantan tumbadas en el suelo, por los pasillos. Cantan hasta merecer, a pocos minutos de traer otro hijo al mundo, una de las seis únicas camas que hay en la sala de partos. Luego con el niño viene el silencio. Y si no hay complicaciones, al cabo de seis horas están de vuelta en la calle, buscando la manera de volver a casa.

Después del terremoto de enero pasado, la música se ha multiplicado en las maternidades de la capital haitiana. En los últimos 10 meses, la tasa anual de embarazos en la zona metropolitana de Puerto Príncipe, la más afectada por el seísmo, ha aumentado del 4% a 12%, de acuerdo con las cifras que maneja el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, en sus siglas en inglés).

El hospital Isaïe Jeanty está a reventar y ellas también. Hay ocho mujeres en trabajo de parto aún sentadas en la sala de espera, tratando de acompasar la respiración. Otras seis están en el pasillo, echadas en el suelo, secando con un trapo cuanto líquido les brota del cuerpo. En condiciones normales, una parturienta con cinco centímetros de dilatación estaría hospitalizada. En este hospital sin suficientes camas, se les acuesta cuando alcanzan los ocho centímetros de dilatación, cuando el niño ya está a punto de nacer.

Al menos ellas no han contraído el cólera. En el centro para el tratamiento de la epidemia de Médicos Sin Fronteras que funciona en el patio del hospital, hay cada día 10 mujeres conectadas a una bolsa de suero, desnudas, con espasmos, vomitando. Casi todas han perdido a sus bebés. Felipe Rojas López -chileno, de 27 años- es uno de los médicos que las atiende: "Las embarazadas llegan acá en muy malas condiciones y ya con ese nivel de deshidratación, el flujo de sangre hacia el feto es precario. Por eso la mayoría de los bebés mueren en el útero y hay que sacarlos". Los que nacen vivos, siempre necesitan ser reanimados; las madres de los que nacen muertos, también.

Pero no para todas ha sido una buena noticia la llegada de otro hijo a casa. "Cerca de dos tercios de esos embarazos son no deseados. Y en el 1% de los casos, ha habido violencia sexual en el momento de la concepción", dice Igor Bosc, representante en Haití del Fondo de Población de las Naciones Unidas. Hasta 2005, la violación intrafamiliar no era considerada delito en este país. Para algunos de los hombres haitianos que viven en los campamentos de refugiados aún no lo es. Las violaciones de mujeres y niñas, mientras van a las letrinas o a recoger agua por las noches, es cada vez más frecuente. El terremoto del 12 de enero destruyó la mayor cárcel del país y quedaron libres miles de presos. Durante aquellas noches de enero los campamentos fueron más inseguros que nunca. Pero la mayoría de las mujeres no admiten que fueron violadas.

Muchas ni siquiera se atreven a reconocer que viven en un refugio cuando, a los nueve meses, se registran en la maternidad. Dan las direcciones de casas que ya no existen, las que se desplomaron durante el terremoto. Medianite Benjamin Paul, la enfermera de guardia el lunes por la tarde en el Isaïe Jeanty, hace la prueba: trata de buscar una mujer que viva en un campamento entre las 14 nuevas madres que esperan para irse a casa. Vuelve con la respuesta: "Prefieren no decir que viven en los campamentos porque les avergüenza. Saben que quienes viven allí están estigmatizadas y no quieren sentir rechazo".

Solo Maigala Fiseme -34 años, los hombros apenas cubiertos por una película de piel- dice que sí: que ella vive en el campamento Boutillier, muy cerca del barrio de Carrefour, donde el 12 de enero desapareció su casa. Maigala nunca ha trabajado y su pareja... "¿Cómo podría decir?", piensa, mientras busca la palabra apropiada: su pareja se dedica a remover escombros en busca de vigas, rejas, metales en general que luego pueda vender por peso.

Este que va a tener sería su tercer hijo si los dos anteriores estuvieran con ella: la primera murió hace años, muy pequeña; el segundo vive con su padre, fuera de Haití. Ahora no recuerda la sensación de cuando supo que estaba embarazada. "Ha sido mucho sufrimiento, del cuerpo y de la vida".

-¿Y ya decidiste cómo lo llamarás?

-Si nace varón, Gerson. Y Maigardine, si nace niña.

Ese es el único instante en el que Maigala sonríe.

Maye Primera | Puerto Príncipe

Tomado: El País.com.es

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